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Yo seré tu realidad – Capítulo 11

Capítulo XI: Cita con la verdad
por Eiffel

Patty terminaba de impartir su lección de matemáticas a los niños del hogar de Pony, y al terminar envió a sus alumnos al patio en su hora de recreo. Fue la última en abandonar el aula que años atrás había sido improvisada por la Señorita Pony y la Hermana María…cuando lo hizo, Tom la esperaba en la sala principal.

El se puso de pie, sus largas piernas evidenciando la ardua faena en la granja del señor Steve. “¿Salimos a dar un paseo, Patty?”

Ella sonrió tímidamente. “Aún no termino de dar clases.”

“No tomará mucho tiempo.”

“Está bien.” Caminaron en silencio hasta la colina de Pony, y cuando llegaron sintieron una leve y agradable brisa gracias al frondoso Padre Árbol. “En todo el tiempo que llevo viviendo aquí, no había tenido la oportunidad de venir a la colina de Pony. ¡Es tal y como Candy me había contado! En Londres había una colina muy parecida a ésta.”
“Pero te apuesto a que no era la mitad de espectacular que la colina original.”

“Esta colina es más tranquila, ¡pero se respira una paz!”

“¿Quieres saber lo que es respirar paz de verdad?”, preguntó Tom. Y extendiendo su mano, le dijo: “¡Ven, vamos a trepar el árbol y sabrás a qué me refiero!”

“Ayyy… es que sólo una vez he trepado un árbol, y fue en el Colegio San Pablo…”

“Si lo hiciste una vez, puedes hacerlo ahora. “

“¡Tengo miedo!” Pero al ver la mano de Tom aún extendida en dirección a ella, no pudo negarse. Tomó la mano del joven, y en un solo movimiento se sintió impulsada hacia arriba, y por instinto se aferró a la primera rama que había encontrado.

“¿Ves que no es tan difícil?”, sonrió Tom, comenzando a escalar el tronco. “¡En menos de lo que imaginas, habrás trepado casi todo!”

“Tanto como todo esta difícil… ¡pero si es un desafío, acepto!”
Llena de energía alcanzó una segunda… tercera… cuarta rama. En esta última, se sintió fatigada y se recostó contra el tronco.
Tom la alcanzó rápidamente; su experiencia trepando árboles y realizando fuertes trabajos físicos se pusieron de manifiesto. Se sentó frente a ella.

“Elegiste la rama más importante de todo el árbol.”

“¿Por qué es la más importante?”, preguntó ella con curiosidad.

Tom permaneció pensativo, y luego contestó: “Porque a través de él puedes mirar más allá de la colina y del hogar de Pony… puedes ver aquellas cosas que ya conoces y también las que no conoces, y estás tranquila porque desde aquí puedes apreciar todas las oportunidades que Lakewood puede ofrecerte.”
Patty sólo lo miraba.

“Decías que en Londres Candy había seleccionado una segunda colina de Pony”, continuó él. “Supongo que deseaba darse una oportunidad a sí misma estando lejos de su casa… y yo quiero que hagas tú lo mismo, Patty. Este es tu árbol de las oportunidades, y sueño con que algún día me conviertas en una de ellas.”

Patty respiró largo y tendido. Aún estaba fresca en su memoria la tragedia de Stear; sin embargo, Candy también había sufrido la partida de Anthony y cuando menos se lo esperaba la vida de ésta había dado un inesperado giro cruzándola en el camino de Terry Grandchester. ‘Se dio una oportunidad’, pensó.

Recordó cuando unas noches atrás le había mencionado a su amiga la idea de que la imagen de Terry ya no permanecía en el corazón de ella, sino en su mente… y pensó que eso era precisamente lo que le estaba ocurriendo con la memoria de Stear.

“Es difícil decir adiós a algo que pudo haber sido hermoso”, dijo finalmente en voz alta; y con resolución, alzó la cabeza mirando a Tom. “Pero prefiero vivir la realidad y no lo que ésta pudo haber sido. Sé que Stear lo entenderá… y yo también quiero darme una oportunidad. Aquí, con los niños, con el Padre Árbol… contigo.”
Tom la contempló extasiado, y avanzó un poco para dar lo que para ella sería su primer beso. En eso, Patty recordó que debía regresar a clases. “¡Ya está por finalizar el tiempo de recreo!”, exclamó.

“No te preocupes”, dijo él, sin poder ocultar su orgullo por la pequeña chica que logró apoderarse de los corazones de todos los que habitaban en el hogar de Pony, y sin olvidar tampoco su fallido beso. “Ya habrá otra oportunidad.”

Patty y Tom no eran los únicos que disfrutaban un rato de ocio. En los predios del Hospital Santa Juana, Candy admiraba el resto de la ciudad desde lo alto de un árbol.

“Archie”, suspiró. “Tu seguridad… tu gentileza… tus creencias firmes…¿cómo no supe valorar todo eso?”, se preguntaba una y otra vez. “Ahora veo por qué Annie se enamoró de ti. Ella vio tus cualidades primero que yo, y tú siempre me amaste. Archie…¡oh, Archie, cómo deseo verte!”

En la oficina de los Andley, Archie no lograba concentrarse en los asuntos que había encargado Albert. ‘Tengo que dejar de verla por un tiempo. Dios,¡ es tan confuso estar cerca de ella! Annie cree que yo le gusto a Candy, pero es sólo una suposición. ¡Y yo no puedo ni quiero arriesgarme a que me rechace nuevamente!’

Tanto Candy como Archie estaban ajenos a la nueva maquinación de los hermanos Leagan, quienes en ese momento abandonaban la mansión Andley de Chicago y abordaban furiosos un carruaje que los llevaría de regreso a su estancia en Lakewood.

“¡No puedo creer que la tía abuela nos prohibiera verla hasta nuevo aviso!”, exclamó Eliza. “¡Y todo por tu culpa, Neil! ¡Solo a ti se te ocurre secuestrar a Candy haciéndote pasar por Terry!”
“¿Cómo iba a imaginar que sería Albert quien la rescataría?”
“De todos modos lo que hiciste fue estúpido… ahora debemos idear una forma de hacer pagar a Candy por toda esta humillación.” Sus ojos se iluminaron. “Neil,¿ recuerdas por qué se formó la discusión con ella y Archie?”

“Claro que lo recuerdo. Candy y el imbécil de Cornwell se mostraron ofendidos al yo reclamarle a ella el no haber olvidado aún a ese actorcillo presumido.”

“¡Exacto! ¿Y no te diste cuenta de algo más, hermanito?”, sonrió Eliza con malicia.

“No se me ocurre otra cosa.”
“¿No viste cómo se miraban Candy y Archie? En dos ocasiones he sido testigo de ese tipo de trato: mientras Candy estaba enamorada de mi Anthony… y cuando estuvo enamorada de Terry.”

“¿Por qué Candy no puede simplemente estar tranquila, sin enamorarse de nadie más?”, preguntó Neil con enfado.

“¿Aún te gusta, verdad?”

“Así es, pero no perderé mi dignidad por ella. Pero dime, ¿qué relación hay entre la presentación de Terry en Chicago y la amistad de Cornwell con Candy?”

“Neil, hoy leí los diarios… Terry ya se encuentra en Chicago.”

“¿Y? Aun sigo sin entender.”

“¿No te das cuenta? No podemos permitir que Candy y Archie estén juntos… ¡qué mejor manera de evitarlo que engañar a Candy para que salga al encuentro de Terry y así confundirla lo suficiente como para que no pueda estar con Archie!”

Neil abrió la boca perplejo. “¿Y por qué mejor no haces que Candy y Terry se encuentren realmente?”
Eliza volvió a sonreír. “Aquí es donde entras tú, hermanito. Tal y como lo hicieras antes, serás tú quien se reúna con Candy… y esta vez no habrá Albert ni Archie alguno que impidan que tomes venganza.”

“¿Cómo puedes estar tan segura?”
“Haré que ustedes se encuentren en el más accesible, pero recóndito de los lugares, y conozco un amigo que puede darte las llaves para entrar a él. ¡En el teatro!”

Archie conducía de regreso a su casa, y no pudo evitar tomar la ruta en dirección al Hospital Santa Juana. ‘No pienso verla’, se dijo, ‘pero al menos puedo ver el hospital mientras manejo y puedo imaginarla en los jardines o atendiendo con amor a uno de sus pacientes…’
Pasaba frente a la entrada del hospital cuando vio a Candy en el umbral. Al principio pensó fingir no verla, pero ella lo vio primero, por lo que no le quedó otro remedio que estacionarse.

El corazón de Candy dio un vuelco, y casi saltó de alegría al verlo… entonces recordó el contenido del telegrama que acababa de recibir justo cuando terminaba sus labores.

“¿Adónde te llevo, Candy?”, preguntó Archie casualmente, y una creciente tensión se generaba entre ellos. “Tengo entendido que tu departamento esta aquí dentro del hospital.”

“Sólo demos un paseo, por favor… “, murmuró Candy. Montó el coche, y mientras viajaban Archie advirtió que Candy no paraba de temblar. “¿Te sientes bien?”

Ella movió la cabeza. “No, Archie. Pero por favor, no digas nada. Sólo conduce, por favor.”

Recorrieron un largo camino por toda la ciudad, y hablaron sobre diversos temas, entre ellos el noviazgo de Annie y Albert… pero Candy estaba ausente, como si estuviera en estado de shock. Ante la palidez de su amiga, Archie condujo de regreso al hospital.

Una vez frente a la entrada, Archie tomó la mano de Candy, y al igual que en el Colegio San Pablo, decidió tomar el riesgo de revelar sus sentimientos, aunque ello significase cometer el más grave error de su vida. “Candy, he estado por decirte esto hace mucho tiempo, y ahora te veo tan triste que ya no puedo permanecer callado. Candy, aún te amo, siempre te he amado, y siempre te amaré.”

Ella sólo lo observó, y por un momento Archie se preguntó si acaso Annie había intervenido.

“Archie”, dijo Candy llena de emoción, “cualquier otro día tu confesión me habría convertido en la más feliz de todas las mujeres, y es que no puedo negar que me gustas…que no puedo dejar de pensar en ti y si no te lo había dicho antes era porque me sentía culpable con respecto a

Annie… pero algo sucedió hoy.” Extrajo el telegrama de su bolso entregándoselo a Archie. “Puedes leerlo y sabrás a qué me refiero.”

Archie leyó el telegrama, y su mundo se vino nuevamente abajo:
CANDY: TENEMOS QUE HABLAR. ESPERAME MAÑANA A LAS DOS EN PUNTO EN EL TEATRO… TERRY.
Dobló el telegrama y lo devolvió a su destinataria. “Debes ir, Candy…”

“¿Cómo que debo ir? ¡Hemos terminado, no tenemos nada que hablar!”

“Por el contrario, aún guardas mucho dolor porque no han tenido la oportunidad de hablar.”

“Sería como volver a abrir la herida, Archie…”

“Sé que no será fácil, pero sólo así podrás aclarar las dudas que hay en tu corazón. Sobre Terry… y sobre mí. “

Al día siguiente, Candy estaba parada frente a la puerta principal del teatro donde habría de presentarse Romeo y Julieta… y el mismo estaba cerrado. ‘¡No puedes hacerme esto Terry!’, se dijo con enfado. ‘¡No después que me concedieran el día libre!’, y caminó en dirección a la parte trasera del edificio, cuyas puertas también estaban cerradas. Fue entonces cuando vio una escalera en una delas paredes. ‘¿Adónde me llevará?’, se preguntó Candy. Sin pensarlo dos veces comenzó a subir la escalera con la misma naturalidad con la que acostumbraba trepar árboles. ‘¡Es más sencillo de lo que parece! ‘

Luego de lo que pareciera una eternidad, Candy alcanzó el último peldaño y subió a la azotea del edificio, y como era de esperarse, vio la salida de emergencia. ‘De seguro está cerrada’, pensó. Sin embargo, decidió caminar en dirección a la puerta, ¡y para su sorpresa la misma estaba abierta! Sin titubeos, entró y rápidamente bajó las escaleras en busca de Terry.

No se había percatado que al otro lado de la azotea una silueta la observaba detenidamente.

En las grandes escaleras ubicadas en la entrada al teatro, Archie Cornwell se mostraba preocupado. ‘Algo me decía que tenía que estar aquí…ahora el teatro está cerrado y sabe Dios dónde está Candy. ¿Dios, qué debo hacer? Ahora no sé si mi Candy está a salvo, de todos modos ella no sabe que estoy aquí…’
No sabía que desde lo alto del edificio alguien lo estaba observando.

Al llegar al final de las escaleras, Candy no tuvo dificultad encontrando el camino que la conduciría al escenario, donde seguramente la esperaría Terry. Aun quedaba intacta en su memoria la noche del estreno del Rey Lear y de todos los intentos que había hecho Candy en conseguir un asiento desde el cual pudiera apreciar la actuación del entonces novel actor.

Tras bambalinas, Neil sonreía en su interior mientras colocaba las llaves del teatro en uno de sus bolsillos. ‘Seguramente bajaste por la azotea. ¡Sigue sufriendo, amante de los establos, no sabes lo que te espera!’ De repente sintió que lo agarraban por el hombro, y antes que Neil se diera cuenta, estaba recibiendo un poderoso puño en el ojo… el golpe propinado había sido de tal magnitud que Neil no alcanzó a ver a su contrincante… cayó inconsciente al suelo no sin antes llamar a la autora de sus días…”Mamáaaa……”

‘Esto está muy extraño’, pensó Candy. Por impulsivo que fuera Terry, él nunca le haría bromas de este tipo, mucho menos luego de haber terminado con ella. Aguardó unos minutos, hasta que escuchó un fuerte golpe, y luego silencio. ‘Debió haber sido mi imaginación… ¡aún le temo a los fantasmas!’, se dijo.

Segundos después, el silencio continuaba reinando en el gran auditorio. Candy caminó en dirección al corredor no sin antes gritar: “Mocoso insolente, ¡por tu culpa estoy completamente sola aquí y tendré que salir por la azotea nuevamente! ¡Me concedieron el día libre por ti, mocoso engreído!”

“Yo en tu lugar no diría eso, Tarzán pecosa…”, dijo una voz a sus espaldas.
Candy se volteó, y la espera había terminado. De entre las bambalinas emergía, con mirada altiva pero atónita, la figura de Terry Grandchester.

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Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12 – Gran final

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