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Un día de luna de miel 2

Un día de luna de miel (2)

Por Manzana9

Otro día más de la luna de miel de Candy y Terry. Continuación del Fic 1918 y de Un día de luna de miel (1). Espero lo disfruten tanto como yo. Gracias por comentar.

 

Febrero, 1919.

Escocia

 

La tan anhelada luna de miel en Escocia fue el mejor regalo de bodas que Candy y Terry pudieron obsequiarse. Después de darle unos días de vacaciones a la Sra. Catherine y a su hijo Mark,  la pareja disfrutó de la villa de la familia Grandchester sin miradas curiosas ni invitados inesperados. Borraron sus huellas de los caminos para reducir el mundo a un íntimo universo en donde ella fue todo para él y él, todo para ella. Compartieron cada bocado, cada sorbo, cada latido, cada paso, cada caricia, cada gemido, cada respiración, cada pensamiento, cada oración. Ignorantes de las horas, charlaban hasta el amanecer, dormían todo el día y se despertaban al atardecer para amarse  sin sobresaltos.  Cuando tenían hambre preparaban juntos la comida, pero la limpieza de la cocina siempre se demoraba por los amorosos jugueteos que Terry iniciaba en cuanto Candy mojaba sus manos con agua y jabón.

En los días soleados salían a pasear recorriendo el bosque solitario cubierto de nieve. Al llegar al lago caminaban entre los árboles deteniéndose para disfrutar de la campiña escocesa.  Les gustaba charlar recordando el pasado o haciendo planes para el futuro. En ocasiones, las palabras no eran necesarias. Se miraban y sonreían admirando sus siluetas adornadas bajo los brillantes rayos del sol.  En otras, al llegar al claro de la parte alta de la colina junto al lago, Terry le robaba un beso y después reían al recordar como años atrás lo había hecho por primera vez en ese preciso lugar ganándose un par de sonoras bofetadas.

Dos semanas después de iniciada su luna de miel, se anunció que llegaría una fuerte tormenta de nieve que duraría varios días. Decidieron ir al pueblo a comprar leña y provisiones y al emprender el regreso a la villa, los primeros copos los sorprendieron en el camino sin que les importara porque el amor los hacía ver una lluvia de blancas y finas estrellas que los invitaba a bailar bajo su encanto. Pasaron aquellos días y noches escuchando el rugir del viento y viendo la nieve caer acompañados de comida caliente y la chimenea encendida.  Junto al fuego, Candy le contó historias del Hogar de Pony,  de su vida en Lakewood y de sus pacientes de la Clínica Feliz. Terry la escuchaba sin perder detalle y aprendió a descifrar sus expresiones. Un guiño delicado, una sonrisa sutil o una tímida caricia eran la más dulce insinuación para interrumpirla e iniciar el ritual del amor en el momento más inesperado.

En una de esas noches de amorosa intimidad, en el salón de música, el viejo piano de cola fue cómplice de su romance. Cuando sonó la última nota bajo la rítmica danza de las manos de Terry, sus labios ya se deseaban y nada impidió que se unieran para luego convidar a sus cuerpos. Bailaron armoniosamente con una métrica distinta, ahuyentando el más mínimo espacio que quedara entre ellos.  Una canción inspirada en el amor nació en ese soplo de tiempo, cuando él la tenía entre sus tibios brazos y le susurraba versos de amor aderezados con una dulce melodía nacida del corazón.  Esa noche, esa improvisada canción adquirió un significado que en el futuro solo ellos comprenderían. Cada vez que Candy lo escuchara cantarla reconocería los íntimos deseos de su esposo procurando satisfacerlos diligentemente. De manera invariable, ella soñaría siempre con esos momentos.

Pero fue la cálida estancia su lugar preferido al iniciar la noche y hasta el renacer del día siguiente.  A petición de Candy, improvisaban vestuario y escenografía para que Terry se transformara e improvisara los monólogos más selectos de las obras de Shakespeare.  La magia llenaba el ambiente llevándolos a vivir las dudas de Otelo, la pasión de Romeo, la desesperación de Lisandro, la fuerza de Antonio, el dolor de Claudio. Ella se conmovía al ver sus gestos, al escuchar los intensos tonos de su voz, al contemplar su metamorfosis  representando las escenas más románticas y dramáticas cuyas secretas intenciones eran enamorarla todavía más.

El actor la sorprendió con frases terribles  y arrebatos de celos, con sonoras carcajadas, ira incontenible y lágrimas arrastrando desesperanza. Vivió el delirio y la lujuria, la desesperación  y el tormento, la esperanza y la tragedia de los personajes dejando al descubierto la parte más frágil de su alma.   Cada actuación fue singular, siempre magnífica, pero con una característica en particular. Invariablemente, el héroe agonizante de amor, caía rendido a los pies de su amada y la seducía.

El suave y acojinado sofá frente a la chimenea se transformaba en un lecho de hierba fresca, en arena suave y blanca a la orilla del mar o en una alfombra de flores delicadas que desprendía el más delicioso aroma. Lo irreal cobraba vida y en más de una ocasión, el amanecer los sorprendió en el tálamo de la entrega y la mutua satisfacción, donde el amor va más allá del encuentro físico para convertirse en una alianza total y plena.  Al primer asomo de sol, él la llevaba en brazos a la cama y se recostaba a su lado para entibiar su cuerpo entre las sábanas heladas.  Candy se dormía enseguida pero Terry tardaba en conciliar el sueño.  Se quedaba varios minutos contemplándola en el lecho, escuchando su suave respiración como música selecta para sus oídos. Así acallaba el miedo y la inseguridad en su corazón. Candy era suya, no porque él la mereciera sino porque ella lo amaba y lo amaría siempre por voluntad propia.

Al finalizar el mes, la nieve cedió su lugar a la lluvia que fue pintando de colores todos los bosques y las colinas cercanas.  La tierra húmeda y fría mantenía escondida la vida que pronto renacería al llegar la primavera. Al notar el cambio de clima, Terry decidió llevar a Candy a conocer sus propiedades en las Tierras Altas de Escocia, una zona montañosa de altos acantilados y extraordinarios paisajes.

Viajaron en tren desde Edimburgo hasta Glasgow y desde ahí cruzando el viaducto Glenfinnan hasta Mallaig, en la costa del Atlántico.  Se hospedaron en un viejo castillo de piedra, propiedad de la familia Grandchester. La servidumbre los recibió cálidamente y les preparó la habitación principal en la parte alta de la torre de homenaje.   Los viejos pisos de piedra y madera crujían a cada paso que daban por los largos pasillos iluminados con antorchas.   Candy observaba todo a su alrededor un tanto emocionada, un tanto asustada, y Terry aparentaba no darse cuenta de que su esposa iba caminando aferrada a su brazo. Al  abrir la puerta del aposento,  candelabros largos con gruesas velas encendidas les permitieron ver el mobiliario;   una mesa redonda, dos sillas y la cama eran de estilo gótico, en madera gruesa y oscura.  Varias pieles de borrego rodeaban la cama y otras tantas cubrían la sobrecama.  La chimenea parecía un enorme fogón para cocinar ya que en medio de ella había una estructura de hierro sosteniendo un caldero de color negro. Al fondo había una bañera de madera y hierro fundido y un enorme ropero de madera. Pero Candy se sintió atraída por la ventana y al abrirla, disfrutó de un paisaje incomparable flanqueado por las verdes colinas y la inmensidad del mar. Terry abrazó a su esposa por detrás y la invitó a dar un paseo por los alrededores.  Un mozo les preparó una  pequeña carreta guiada por un caballo zaino que dócilmente se dejó guiar por las veredas hasta el pueblo.

La brisa marina les acariciaba el rostro cuando se detuvieron a admirar uno de los acantilados. Candy estaba maravillada por la belleza del lugar.  El aire estaba frío y tenía aroma a sal, y a la distancia se veían unas islas cercanas. Después continuaron colina abajo hasta llegar a una playa pequeña. Bajaron de la carreta y corrieron hasta tocar el agua que parecía un enorme espejo azulado.  La sombra de sus cuerpos se iba alargando al paso de los minutos en los cuales permanecieron absortos mirando al mar.   Después sus miradas se encontraron y sin pensarlo, se besaron en esa bella soledad.

El sol empezaba a esconderse tras el mar cuando llegaron al pueblo. Estaban hambrientos por lo que entraron a una taberna para comer algo.  La música de gaitas y violines los sorprendió al abrir la puerta y vieron a pescadores y lugareños que bebían y bailaban alegremente.  Uno de los taberneros reconoció a Terry y lo saludó con entusiasmo. Llevó a la pareja a una mesa un poco retirada y les ofreció la comida típica del lugar, caldo escocés a base de cordero, cebada y verduras, arenques ahumados y unos tarros de cerveza de barril.  Al terminar de comer,  Terry invitó a su esposa a bailar un par de melodías.  Sentía el corazón vibrante y disfrutó al ver a Candy reír y girar entre sus brazos.

Ya entrada la noche, emprendieron el regreso.  El viejo pueblo de pescadores quedó atrás cuando la carreta se alejó por el estrecho camino.  Hacía mucho frío pero no perdieron la oportunidad de detenerse y admirar el cielo cubierto de estrellas.  Había luna nueva y la Vía Láctea adornaba a todo lo largo la bóveda celeste brindando un espectáculo único y fascinante.

Cuando llegaron al castillo estaban congelados hasta los huesos. Terry pidió a los mozos que les prepararan té y que llenaran la bañera con agua caliente. En la chimenea de la habitación ardía un buen fuego y juntos se acercaron a calentarse las manos.  Sonrieron con complicidad en cuanto se quedaron a solas. Se abrazaron y sin prisa, se quitaron las ropas.  Tomaron el té en la bañera y al salir se arroparon para meterse a la cama.  Al apagar las velas,  Terry se acercó a su esposa para que ella se acurrucara en su pecho.  La besó estrechándola entre sus brazos  y la dejó dormir plácidamente.  Ella estaba cansada por el viaje y necesitaba descansar.

El actor cerró los ojos pero no se durmió. En tres días más terminaría la luna de miel y regresarían a Londres para comenzar los ensayos de Hamlet con la compañía de teatro.  Harían una gira, primero a Inglaterra y después a otros países de Europa.  Estaba entusiasmado pero preocupado por Candy.  Aunque no quería alejarse de ella estando embarazada, sabía que no podría pedirle que lo acompañara a todos los viajes.  Las giras eran agotadoras y llegaría el momento en que su estado le impediría viajar.  Abrió los ojos y el fuego de la chimenea le permitió admirar sus facciones.  Ella dormía apaciblemente y por alguna extraña razón su rostro tenía un brillo especial. La maternidad le sentaba bien a Candy.  Entonces en su mente la vio corriendo tras un pequeño pecoso en un jardín lleno de flores.  Esa imagen lo emocionó y lo hizo sonreír.  Nunca antes imaginó merecer tanta felicidad. Se acercó al rostro de su esposa y la besó suavemente en los labios.  Ella se movió un poco pero no se despertó sino que se acurrucó de nuevo entre sus brazos.  Él suspiró,  cerró los ojos y durmió tranquilo al lado de Candy.  Por la mañana la despertaría con un beso para amarla de nuevo como si fuera la primera vez.

 FIN

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4 comments

  1. Me encanta esta historia , todo se ve muy tierno y apesar de los problemas hay mucho amor =)=) , esta historia no termina ahun hay mas , esperamos pronto que hagas la tercera parte pliss, gracias =)

  2. Muy delicado tu relato, me gustó. Ojalá y pronto puedas subir un capítulo más o una nueva historia.
    Nuevamente gracias por compartir con tus lectores tu talento ; espero que ya no te ausentes por tanto tiempo.
    Siempre es un deleite leer tu trabajo.
    Saludos. 🙂

  3. Excelente. Me gustó bastante.

    Espero leer nuevas historias tuyas.

    Saludos.

  4. Bello como siempre escribes hermoso bencines saludos

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