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Secretos de la colina

ADVERTENCIA: A diferencia de mis dos fanfics anteriores, este es un Albert-Fic. Si sientes que no soportas esta clase de relatos (antes me pasaba) y que no te va a gustar la historia por el simple hecho de que Candy NO queda con Terry, entonces, POR FAVOR… no la leas… Y si lo lees… a tu propio riesgo…

Esta historia comienza inmediatamente donde el manga termina, en las tres últimas páginas. Enjoy!

por Dorita

“Tengo tantos recuerdos en esta colina… risas… llantos…”

“Niña… Te ves más bonita cuando sonríes”

Candy recordó con mucha ternura aquella frasea tal punto que le pareció oírla de nuevo. Se sobresaltó al darse cuenta de que realmente había escuchado eso. Perpleja, se volteó y vio a Albert junto al viejo árbol. El joven repitió lentamente, para confirmarle bien lo que había escuchado:

« Te ves más bonita cuando sonríes… »

La mente de Candy entró en un estado de agitación febril. ¡Un momento! pensó mirando a Albert con los ojos cuadrados de la sorpresa. Esa voz tan dulce… los cabellos rubios… los ojos azules… ¡Dios mío! ¡Él es… es… se parece tanto… ¡Es el Príncipe!

Candy se quedó atónita ante esta revelación. La imagen del Príncipe de la Colina estaba grabada indeleblemente en su memoria. Al examinar a Albert con más atención, reconoció poco a poco los rasgos de su querido Príncipe. Claro que el tiempo los había modificado y ya no tenía cara de niñito bonito, sino de un hombre muy guapo. Pero la mirada buena y tierna no había cambiado para nada.

Candy sintió que algo muy dulce le subía de golpe por la garganta. Una sensación de dicha invadió todo su cuerpo. Albert le sonrió tímidamente y todo el rostro de Candy se iluminó con una gran sonrisa.

¡Albert! pensó la chica con emoción. El tío William… y ahora… ¡Mi Príncipe!

Candy no contuvo más ese sentimiento y respiró muy hondo. El viento se mezcló con el aroma de las flores de la Colina de Pony mientras Candy comenzaba a correr hacia Albert. Él abrió los brazos para recibirla. También se sentía muy emocionado en ese momento de verla tan feliz al descubrir su otra identidad secreta.

“Candy…” se dijo al verla reír mientras corría. “Me encanta tu sonrisa… Nunca la olvidaré. Candy… ¡Nunca te olvidaré! Nunca lo hice…”

Soltó una carcajada cuando la muchacha se tiró en sus brazos. Ambos rieron con alegría mientras Albert le hacía dar varias vueltas en el aire. Cuando la volvió a bajar, los dos dejaron la risa para mirarse a los ojos un momento. Suavemente, Candy recostó su frente contra el pecho de Albert mientras él la estrechaba en un cálido abrazo.

« Candy… » murmuró él hundiendo el rostro en los rizos rubios de Candy.

« ¿Así que eras tú todo el tiempo? ¿Por qué nunca dijiste nada? »

La chaqueta de Albert atenuaba la voz de Candy, por lo que la abrazó con más fuerza para oírla mejor mientras respondía:

« Pensé que lo habrías olvidado… Eras tan pequeña. ¿Qué sentido habría tenido recordártelo?

-¿Olvidarlo, dices? -exclamó Candy separándose de Albert para mirarlo a la cara.- Nunca te olvidé.

-Yo tampoco. -aseguró él. Y nunca, nunca pienso olvidarlo.

-Ya me había resignado a no volverte a encontrar… Ni siquiera sabía tu nombre… ¿Por qué te marchaste tan rápido esa vez? »

Albert alzó los hombros, tristemente resignado.

« Ya sabes… mi existencia no ha sido más que un secreto todo el tiempo. Tuve miedo de estar haciendo algo que me estaba terminantemente prohibido… y salí corriendo. Siempre lamenté haber hecho eso.

-Mira, tengo algo que darte. »

Candy se apartó de Albert y se puso a buscar algo en el bolsillo de su vestido. Él la miró con curiosidad y extendió la mano para recibir un pequeño objeto. Al examinarlo con atención exclamó:

« ¡Mi broche! ¡Candy! ¡Es mi broche! ¿Qué haces tú con él?

-Se te cayó ese día mientras te ibas… ¡esa era mi única prueba de que no habías sido una ilusión!

-¡Así que ahí fue donde lo perdí! No tienes idea de cuánto me regañaron por haberlo perdido… era una joya de familia. »

Candy sintió como si hubiera cerrado un capítulo en su vida. Siempre había querido encontrar al Príncipe para devolverle el broche de los Andrey y ahora que finalmente lo había hecho… se sentía muy feliz y muy triste a la vez. Una lágrima rodó por su mejilla, pero no supo identificar si era de alegría o de dolor. Mantuvo una sonrisa tímida, pero los labios le temblaban un poco. “Creo que voy a llorar” pensó alarmada.

Albert también se dio cuenta y tomó el rostro de Candy entre sus manos. Le secó las lágrimas con sus dedos. La chica se estremeció con ese contacto y sintió que se sonrojaba.

« Pero, Candy, ¿por qué lloras? Por favor no llores…

-Mi Príncipe… » balbuceó Candy.

Y con estas palabras lo abrazó otra vez. Repitió otra vez “Mi Príncipe…” mientras él acariciaba sus cabellos. Albert olía muy rico y entre sus brazos, Candy se sentía tranquila… protegida… feliz.

« Mi princesa… »

Candy abrió los ojos, un poco asustada. ¿Princesa? Dio un paso hacia atrás, sin soltar a Albert, y lo miró sorprendida:

« ¿Princesa? No entiendo… ¿qué estás diciendo? »

Albert se sonrojó. Oh, ligeramente. Pero se sonrojó y ella se dio cuenta. Candy no pudo evitar sentir una gran curiosidad de averiguar la razón. Él se río nerviosamente y comenzó a contar:

« Está bien, pero no te rías de mí ¿está bien, Candy? -ella asintió interesada.- Yo era un niño muy solitario, porque no me permitían amigos. Tenía muy poco contacto con niños de mi edad. Ese día que me escapé y que te vi… no sé cómo explicarlo… sé que eras muy pequeña en esa época, pero al verte tan linda… pensé que cuando fueras grande serías hermosa… Y que yo querría tener una novia como tú. Fue la primera vez que me puse a pensar en que algún día yo iba a tener una. Decidí que serías una princesa, como en los cuentos de hadas… MI princesa. -Albert trató de reírse- ¡Pero no era más que un niño! ¡Sólo tenía trece años! »

Albert miró a Candy con penita, pero ella no se reía. La chica explicó con una sonrisa angelical:

« Es lo más lindo que me han dicho. ¿Yo, una princesa? Oh, Albert… »

Candy volvió a acurrucarse en los brazos del hombre. Él cerró los ojos y pensó: Candy… no te dije que ahora pienso que eres hermosa y que quisiera que fueras mi novia… Calla, tonto, todavía es muy pronto para pensar en eso… Te quiero tanto…

« Te he extrañado mucho todos estos años… -dijo Candy refiriéndose al Príncipe. ¿Por qué no volviste otro día a verme? »

La chica lo miró con cara de reproche. Él suspiró:

« Esa semana, decidieron que yo estaba dando muchos problemas permaneciendo en América… Mi escapada fue como un timbre de alarma. Me enviaron a estudiar al Colegio San Pablo.

-¡Oh! ¡Pobre de ti!

-¡Candy! ¡Ese colegio no es tan malo…! Pero sí debo admitir que fui muy desdichado ahí… Imagínate, yo siempre había estado acostumbrado a mi libertad relativa y a mi soledad y de pronto estaba en una escuela con un mundo de compañeros y reglas estrictas. Pero a pesar de mis constantes ruegos, permanecí ahí hasta graduarme. ¡Ja! ¡Apenas salí tomé la existencia esa del vagabundo que conociste!

-Tu historia se parece mucho a la mía… » observó Candy.

Por primera vez en mucho tiempo, Candy miraba a Albert de forma distinta. Lo entendía mejor y lo veía desde una perspectiva más humana. El haber compartido tantos secretos ese día los unía mucho más de lo que estaban antes, y eso que ella creía no poder ser más unida a Albert. Le sonrió, franca y abiertamente como sólo ella lo sabía hacer. Casi involuntariamente, le acarició su melena dorada. Pero interrumpió el gesto, asustada de lo que podría significar.

Albert la miró profundamente a los ojos. Cuando ella había empezado su caricia, él había creído que iba a explotar de felicidad. Pero cuando ella quitó su mano temerosamente, él se la agarró.

Candy volvió a estremecerse al sentir la mano de Albert contra su piel. “¿Qué es esto?” -se asombró la chica. “Sólo me he sentido así con…” No terminó su pensamiento, porque Albert le besó la mano. Ella no pudo atinar a hacer más nada que mirarlo con la boca abierta, mientras una gama de sentimientos nuevos comenzaban a agitarse en su corazón. Albert le besaba los dedos uno por uno, con mucha ternura, sin dejar de mirar a los ojos, donde ella pudo leer sin dificultad alguna el inmenso amor que éste hombre sentía por ella.

Al llegar al dedo meñique, Albert dejó la mano de Candy contra su cara y la movió suavemente para rozara sus mejillas. Le soltó lentamente la mano. Entonces ella continuó su caricia con más confianza, explorando el rostro de Albert con sus manos. La frente… los ojos… la nariz perfilada… los labios.

Candy puso los dedos sobre los labios de Albert. Se quedó un momento acariciándolos con la yema de sus dedos, perdida en sus pensamientos. El contacto de las manos de Candy parecía quemar a Albert y enviaba una corriente de impulsos eléctricos a través de su cuerpo. Si me atreviera… pensó. Oh, Candy, ¿tienes alguna idea de lo que me haces sentir al estar así conmigo? Pero no se movió, dejando que acariciara su cara hasta que Candy se sonrojo y dijo, con la voz un poco débil, pues se le había formado un nudo muy extraño en la garganta:

« Albert… -murmuró- Tú has sido todo para mí desde el principio… tú lo sabes, ¿verdad? »

Él asintió lentamente y la tomó por la cintura acercándola brevemente a él para murmurarle al oído:

« Candy… tú también. »

Candy sintió ganas de llorar otra vez, pero sonrió y tomó a Albert de la mano.

« Regresemos a la fiesta… ¡Deben estar extrañándonos! »

Albert sonrió también, pero la atrajo otra vez hacia él y le dio un beso en los cabellos. Una sonrisa pícara apareció en el rostro de Candy. Se alzó en la punta de los pies y besó rápidamente su mejilla. Un beso furtivo, tierno, y lleno de esperanzas.

Entonces, bajaron la colina de Pony cogidos de las manos. Lo que fuera que les depara el futuro, estos dos estarían juntos, ya que ahora tenían la certeza de que sus vidas estaban cruzadas para siempre…….

Capítulo 2: Una Tarde muy especial.

Candy salió al portal del Hogar de Pony y se sentó en un escalón para ver las estrellas. Era bastante tarde y la noche estaba muy fría, pero de verdad no podía dormir. Entonces había preferido levantarse y reflexionar un poco sobre todo lo que había sucedido en ese día.

“¡Qué alocado día! A ver… Haré una lista de todo lo que me pasó hoy. Descubrí que Albert era el Príncipe.”

Hubiera querido seguir con su lista, pero sentía que ese acontecimiento requería un análisis mucho más profundo. Cerró los ojos y suspiró entrecortadamente, pues sentía un extraño miedo de tener que ponerse a pensar en lo que había sentido.

Él había sido una de las figuras importantes de su infancia y la niña que había sido soñaba con volver a ver a ese muchacho tan lindo al que había bautizado “Su Príncipe”. La elegancia y sus maneras refinadas la habían impresionado y además había sido bueno con ella. Y ahora resultaba ser Albert. Se preguntó fugazmente si eso no significaría algo importante.

Pero su mente no le permitió indagar más sobre ese tema: parecía que por alguna razón no quería, no podía pensar en las consecuencias de ese maravilloso descubrimiento. “Supongo que aún no estoy lista para ello” se dijo y, más tranquila, siguió con su “reprise” de ese día.

Cuando Albert y ella bajaron de la Colina, encontraron a Annie, Archie y a Patty metidos en la cocina con la señorita Pony y la Hermana María, haciendo los últimos arreglos antes de empezar con la fiesta. Candy habría querido ayudarlos, pero no se lo permitieron, ya que era la agasajada.

El almuerzo fue servido para todos, a pesar de que ya estaba bastante entrada la tarde. Candy estaba muy contenta pero lo que más feliz la hacía eran las miraditas de complicidad que ella y Albert intercambiaban de vez en cuando. Esa fiesta no habría sido lo mismo si no hubiera sabido que Albert era… ¡y de nuevo volvía el tema! Candy sacudió la cabeza, impaciente y siguió recordando.

Después de comer, todos se habían puesto a jugar con los niños del Hogar. Hasta Annie y Patty corrían como chiquillas y se divertían mucho. Candy, que había llegado a estar muy preocupada de lo mucho que la muerte de Stear había afectado a Patty, vio satisfecha como su amiga se recuperaba de su dolor. Ah, pero Candy no se quedaba atrás en los juegos. Y Albert, Albert había resultado ser la sorpresa en las carreras de sacos, ganándole a todos con una gran ventaja.

El último juego al aire libre que habían organizado había sido el de las escondidas. Candy había querido esconderse por detrás de la casa, pero se había dado cuenta que el sol se estaba poniendo y tuvo una inspiración: subió hasta la Colina para verlo mejor. ¿Y a quién se encontró muy sentado arriba del árbol? A Albert, claro. Albert, Albert, Albert. Lo quisiera o no, todo ese día había girado en torno a él.

Cerró los ojos para volver a ver la sonrisa de Albert cuando se había bajado del árbol. Se habían mirado sin decir nada y de repente Albert le puso el broche de los Andrey en las manos:

« Candy… quiero que te quedes con él.

-Pero Albert… -protestó ella inútilmente.

-No. De verdad quiero regalártelo. Todos estos años ha sido tuyo. No creo que haya sido una coincidencia que fueras tú la que lo encontrara y guardara. ¿Tú que crees? »

¿Qué se respondía a algo así? Candy había enmudecido y se había puesto a mirar el broche con atención, para convencerse que esta vez era suyo, que el Príncipe se lo había regalado. De repente otra pregunta le pasó por la mente:

« ¿Por qué usabas el kilt ese día?

-Estaba en una fiesta, Candy. Me escapé porque estaba aburrido y malhumorado de tener que estar ahí. -respondió él, poniéndose serio.

-Pero ¿de dónde te escapaste? Has debido caminar una distancia enooorme.

-Bueno, ahora que lo pienso, en verdad sí caminé mucho, pero estaba tan aburrido que no me importaba. Además, ya sabes lo mucho que me gusta pasear. »

Albert sonrió otra vez al decir eso. Candy se dio cuenta entonces que a Albert no le gustaba hablar mucho de su infancia. Sin embargo, le hizo una última pregunta:

« ¿Y todo ese tiempo supiste que era yo? ¿Cuando me rescataste en el río… y en Londres…?

-¿Honestamente? No, no sabía quién eras. Es decir yo recordaba un niña linda que se parecía a ti y todo, pero no sé, no se me ocurrió que pudieran ser la misma… ¿Sabes cuándo me di cuenta que eras esa niña? -Candy negó con la cabeza- Cuando recuperé mi memoria… Por una razón extraña, al recodar todo de golpe; a ti, mi enfermerita y la niñita de la Colina, es que entendí que eran las mismas… Y que era la Colina del Hogar de Pony a la que había llegado ese día que te vi. »

Candy hubiera podido quedarse mucho tiempo así, junto a Albert mirando el sol ponerse, pero Jimmy había subido corriendo a la colina, buscando el escondite de su amiguita Candy. Así que habían regresado los tres al Hogar, y Candy cada vez sentía que ese día sólo traía hermosas sorpresas.

Lamentablemente, ya era bastante tarde, y por mucho que todos hubieran querido quedarse a dormir en el Hogar, las camas no habrían sido suficientes. Archie fue quien sugirió que se retiraran y pasaran la noche en la Residencia de Lakewood, porque el trayecto sería más peligroso si esperaban más.

En ese mismo portal se habían despedido todos de Candy. Primero Annie y Archie, comentándole lo bien que la habían pasado. Después Patty, que reiteró su deseo de regresar al Hogar y quedarse ahí por un tiempo. Regresaría a Chicago para convencer a sus padres. Candy deseó con todo su corazón que los O’Brien lo permitieran.

Albert fue el último en despedirse, cuando ya todos estaban instalados en el carro. Le había dado un abrazo rápido y un beso en la frente. Pero al sentir sus manos sobre sus hombros mientras él la miraba afectuosamente, Candy no pudo evitar sentirse muy triste. “Si antes había una parte de mí que no quería dejar a Albert al venirme al Hogar, ahora lo único en que puedo pensar es que no lo voy a ver en muchísimo tiempo y que lo voy a extrañar demasiado…” pensó y toda su tristeza se debió reflejar en su cara: Albert le sonrió suavemente y le dijo al oído:

« Vamos, Candy… Nos veremos más pronto de lo que crees. Me harán una fiesta para celebrar mi presentación a la sociedad como Sir William. ¿Te gustaría ser mi pareja? »

Candy se apartó de él para mirarlo con los ojos brillantes de esperanza:

« Claro que sí. ¿Cuándo será la fiesta?

-Dentro de un mes, mas o menos. Tú ni te preocupes, te mandaré a buscar cuando sea la fecha. »

Y con esto, se habían marchado todos.

Ahora, al estar sentada en el portal, la promesa de esa fiesta era lo único que le impedía sentirse muy solita, pero eso Candy no lo sabía aún.

Sintiéndose más relajada, entró a la casa y se acostó en su camita. Entre las sábanas olorosas, exhausta de todas las emociones del día, no tardó en conciliar el sueño. Sus últimos pensamientos antes de dormirse, envueltos en una agradable atmósfera cálida y borrosa, fueron para un Albert sonriente tocando la gaita en la Colina.

Capítulo 3: Frente al espejo.

Candy alisó su uniforme de enfermera y tomó su bolso antes de bajarse de la carreta. Agradeció amistosamente al conductor y se despidió de él mientras tomaba el camino al Hogar de Pony. Mientras recorría la pequeña distancia, alcanzó a percibir el olor del almuerzo… “Mmmm… ¿estofado?” se dijo mientras aligeraba el paso para llegar más rápido: no habían ningún niño afuera, señal innegable de que el almuerzo estaba siendo servido.

Ya habían pasado tres semanas desde la fiestecilla que le habían hecho sus amigos en el Hogar. No había perdido nada de tiempo y ya estaba trabajando de voluntaria a tiempo parcial en un hospital bastante cerca al Hogar de Pony. A tiempo parcial, porque también deseaba pasar mucho tiempo en el Hogar con sus dos mamás, jugando y brindándole cuidados a los niños. Llegaba muy temprano al hospital y salía al mediodía, justo a tiempo para almorzar en el Hogar. Trabajaba de voluntaria, era porque sabía que Albert, Annie y Archie no perderían la ocasión de hacerla pasar unos días con los Andrey cada vez que pudiera, y no quería tener problemas en el trabajo por estar solicitando días libres a cada rato. Le pagaban por los días de trabajo realizados, y ese sueldo iba para el Hogar de Pony. Candy estaba muy satisfecha con el estilo de vida que llevaba.

Entró al Hogar y saludó a todos con una gran sonrisa. Fue a cambiarse inmediatamente y a lavarse las manos para no contagiar a nadie con alguna enfermedad del Hospital. Cuando salió, Patty, que tenía puesto un delantal blanco, le sirvió un plato caliente de estofado. Candy se lo agradeció y se sentaron juntas a la mesa.

Al enterarse de lo que su hija deseaba hacer, los padres de Patty no se habían opuesto a que pasara un tiempo en el Hogar de Pony, simplemente porque estaban muy preocupados por ella y temían que si la contrariaban se sentiría peor. Así que Patty vivía en el Hogar, ocupándose de las cuentas. “Siempre me encantaron las matemáticas” le decía a Candy cada vez que ésta la veía con recelo mientras sumaba los números. El resto del tiempo, estaba feliz de ayudar a la Hermana María y a la Señorita Pony en todo lo que le fuera posible.

Mientras Candy disfrutaba de su almuerzo, Patty le contaba los pormenores del día. De repente puso un sobre blanco delante de las narices de su amiga:

« ¡Mira! Te llegó una carta. ¿A que no sabes de quién? »

Candy se apresuró a tragar su bocado y se limpió las manos para examinar el sobre. Enseguida reconoció la letra de Albert.

« ¡Es de Albert!

-Sí. Yo también recibí una esta mañana. Era una invitación a una fiesta.

-¿En serio? -exclamó Candy entusiasmada, olvidando su almuerzo.

-Sí. Será este sábado. »

Patty le quitó la carta de las manos para que no dejara de comer. Candy ser rió con penita y terminó de comer. Durante esas tres semanas, Albert le había mandado ya una carta, en la cual le relata lo aburrido que era recibir abogados que le decían todos lo mismo. Candy le había respondido contándole su vida de enfermera, pero no era igual. Ésta era la carta que Candy esperaba con impaciencia. Y así lo dejó muy claro cuando apenas terminó de comer, corrió a su cuarto a leer la carta, bajo la mirada atónita de Patty.

Querida Candy:

Aquí te envío la invitación para la fiesta de este sábado. Te recuerdo, por si se te ha olvidado (lo cual, conociéndote, no me asombraría), que prometiste ser mi pareja.

Candy, te quiero pedir que te vengas a Chicago desde el jueves. Espero que no sea ninguna molestia. Enviaré al chofer, pero si no pudieras venir, sólo díselo y yo entenderé. Por Patty ni te preocupes, enviaré por ella el sábado. Pero me harías muy feliz si vinieras desde el jueves, ya que por motivos de la fiesta estaré libre por primera vez en lo que parecen siglos, y me gustaría pasar ese tiempo contigo.

Te esperaré.

Albert.

Candy se puso muy contenta y se puso a bailar en la habitación. “Lalalala…” tarareó mientras daba vueltas. “¡Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que fui a una fiesta a bailar! ¡Espero que no se me haya olvidado!” En los días siguientes, una Candy muy risueña se dedicó a contar las horas que faltaban para que fuera jueves.

***

Tal como Albert había ordenado, el chofer de los Andrey llegó ese jueves al Hogar de Pony. Candy tenía la maleta lista desde el martes; y no perdieron nada de tiempo en irse del Hogar, ya que el viaje hasta Chicago era bastante largo. Estaba ya bien entrada la tarde cuando llegaron a la Residencia Andrey.

Candy hubiera querido ir a ver a Albert de una vez, pero el mayordomo la hizo pasar a la biblioteca diciéndole que buscaría al Señor William y Candy no se atrevió a protestar.

Hizo bien, ya que Albert estaba en su recámara con el sastre de la familia, midiéndose el traje tradicional escocés de la familia Andrey. Ya habían pasado muchísimos años desde la última vez que lo había usado y el que tenía de niño obviamente ya no le servía. Discutía con el sastre sobre el largo del kilt cuando el mayordomo entró y le dijo con la solemnidad que le caracterizaba:

« La señorita Candice ha llegado, señor. Lo está esperando en la biblioteca. »

El rostro de Albert, que hasta ese momento sólo reflejaba cansancio, se iluminó al oír esa noticia. Una sonrisa casi involuntaria acudió a sus labios. Si hubiera sido por él, habría dejado todo en el aire y habría corrido a ver a Candy. Pero obviamente tenía que guardar la compostura, sobre todo con el sastre que había estado atendiéndolo por horas.

« Bien, Pierre -le dijo al mayordomo. Estaré ahí en un momento. Ian -ahora se dirigía al sastre – Ian, recuerda: no encima ni debajo, sino EN la rodilla. Gracias por todo.

-Bien, Señor Andrey, lo tendré listo para mañana.

-Gracias, Ian, hasta mañana. »

Albert se cambió rápidamente, y olvidándose de aparentar una serenidad que estaba muy lejos de sentir, se apresuró a llegar a la biblioteca. Se detuvo delante de la puerta para retomar el aliento y esperó que las mejillas no se le hubieran sonrojado de la carrerita que había echado desde su cuarto. Respiró hondo y abrió la puerta muy despacio.

Candy estaba de espaldas mirando los impresionantes tomos de libros en las estanterías de la biblioteca. Albert se quedó muy calladito un momento, admirándola en toda su sencilla belleza: el vestido que llevaba no era despampanante ni nada, pero se veía hermosa en él.

« Candy… -dejó escapar para que notara su presencia .

-¡Albert! »

Candy se volteó a verlo y le sonrió de oreja a oreja. No lo pensó mucho y corrió a abrazarlo. Él, que lo deseaba, pero no se lo esperaba, la recibió un poco sorprendido, pero le devolvió el abrazo tan pronto la sintió contra él. La meció suavemente y le dijo:

« Te he extrañado…

-Y yo también. »

Albert deseó no tener que soltar a Candy, pero ella se apartó después de un momento. Lo miró cuidadosamente, pues había temido olvidar su rostro por haber estado separados “tanto” tiempo. Dándose cuenta de que eso se podía prestar a mal interpretaciones, preguntó abruptamente:

« ¿Y cómo van los preparativos de la fiesta?

-Uff, ya me están volviendo loco. Si supuestamente es mi cumpleaños, yo debería pasarla bien, pero no me dejan ni respirar…

-¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué dijiste? ¡Albert! ¿Es tu cumpleaños?

-Sí, ¿no te lo dije? -se asombró él.

-¡Nooo! ¡Sólo dijiste que era un fiesta! Albert… no te traje ningún regalo.

-¡Vamos, Candy! -se rió Albert. No seas tonta, tú sabes bien que eso no me importa. Ya con que hayas venido es regalo suficiente para mí.

-Pero es que…

-No importa, olvídalo. De verdad es lo de menos. -Sus ojos brillaron de emoción- ¡Candy, ven! ¡Tengo una sorpresa para ti!

-¿Una sorpresa? »

Sin dejarle más tiempo para pensar, la tomó de la mano y salió de la biblioteca. Candy se dejó llevar y él no le soltó la mano hasta que llegaron al cuarto que era de Candy. Entraron y Albert, ordenándole que cerrara los ojos, se dirigió al armario y puso algo sobre la cama.

« ¡Ya puedes abrir! Te lo mandé a hacer sólo para ti. »

Candy abrió los ojos y vio sobre la cama un deslumbrante conjunto hecho del tartán de los Andrey. Era tan hermoso que no podía hacer otra cosa que mirarlo con la boca abierta.

« Al… ¡Albert! -balbuceó. ¡Es demasiado precioso! No has debido…

-Tonterías, Candy. Yo mismo vestiré con el tartán, y ya que serás mi pareja, he querido que estés vestida así. ¿Te gusta?

-¿Que si me gusta? ¡Claro que me gusta! ¿Cómo no podría gustarme? »

Candy se acercó y acarició el vestido con una sonrisa maravillada. Le gustaba la sencillez, pero como a toda chica le fascinaban los vestidos bonitos. Examinó con respeto los colores del tartán de los Andrey. Siete, siete, como tanto se lo habían repetido Anthony, Archie, Stear y la institutriz que tenía en aquella época. Era un honor particular que Albert se lo hubiera mandado a hacer, sería la prueba de que ella SÍ pertenecía a esa familia. Albert siempre tan bueno y con sus finas atenciones. La sacó de sus pensamientos al pedirle:

« ¿Te lo puedes medir? Me encantaría ver cómo te queda. ¿Quieres que te llame a una mucama?

-Oh, no, eso no será necesario. Yo puedo sola. »

Albert salió de la habitación, muy contento de ver que a Candy le hubiera gustado su vestido. “Seremos la mejor pareja de la noche” se dijo mientras imaginaba bailar con ella. Después de esperar un tiempo prudente, tocó tímidamente a la puerta. Un “Ya puedes pasar” le respondió y volvió a entrar al cuarto.

Se quedó parado en la puerta, incapaz de moverse ante esa aparición. De pie delante del espejo, estaba Candy engalanada de escocesa. Vestía una falda larga y una blusa blanca inmaculada. Cruzado sobre el pecho tenía el tartán de la familia. Ni en sus más locas fantasías se había imaginado Albert que a Candy le quedaría tan perfecto el vestido.

Sintió que algo se le atragantaba en la garganta, al tiempo que experimentaba una fuertísima atracción hacia la joven vestida de gala delante de él. Una atracción tan grande, tan solemne, que parecía haberse originado en lo más profundo de las raíces escocesas de Albert. Un solo pensamiento le pasó por la mente: “Esta es. Esta es la Mujer de mi Vida. ¡La amaré para siempre!”

Pero ¿cómo podía acercarse a ella? Tan bella y tan inocente. Los seis años que los separaban le hicieron preguntarse si tenía derecho siquiera a aspirar a su amor. Y quién sabe, tal vez su corazón aún no dejaba de pertenecerle a cierto joven actor. Esta posibilidad le dolió tanto a Albert que decidió esperar un tiempo prudente antes de tomar cualquier decisión apresurada que le costaría su amistad con Candy.

Y ella, ajena a la fascinación que ejercía sobre Albert, seguía arreglándose con desenfado. Se volteó a ver a su amigo, que ya se había repuesto de la revelación que había tenido, y le preguntó con cierta preocupación:

« ¿Para qué lado es que va el tartán? ¿Izquierdo o derecho?

-Derecho, Candy, derecho. »

Albert se acercó y se paró detrás de ella para verla en el espejo. Pensó fugazmente que ojalá algún día Candy llegara a usarlo del lado izquierdo, como las esposas de los jefes de clanes. SU esposa, claro. Sacudió la cabeza para espantar estos pensamientos y comentó poniéndole una mano en el hombro:

« ¿Sabes con qué sería lindo sostenerlo aquí? Creo que el Broche te quedaría de maravilla.

-Ah, sí, ¡qué buena idea! ¿Puedes buscarlo? Está en esa cajita. »

Albert se acercó a las maletas que los sirvientes habían subido. En la cómoda de Candy había una cajita muy sencilla de madera. La abrió con precaución.

Vio tres objetos. El crucifijo de Pony, una foto de Anthony, un recorte de periódico de Romeo y Julieta, y finalmente, el broche de los Andrey. Albert se consoló al ver que por lo menos, su recuerdo tenía un lugar especial entre los recuerdos de los otros dos amores de Candy. Regresó al lado de Candy, y mientras ella se abrochaba el tartán le preguntó:

« ¿Qué pasó con el crucifijo? Antes lo usabas todo el tiempo. ¿Ya no? ¿Por qué está en esa caja? »

Aquella vez Albert se había dado cuenta que Candy llevaba un broche de los Andrey, pero no se imaginó que sería el suyo; sino que sería algún regalo de Anthony, Stear o Archie. Candy sonrió suavemente y explicó:

« Cuando me viste usarlo esa vez, era una época tan difícil para mí… El peligro, el dolor estaban a la vuelta de la esquina. Pero ahora… últimamente… me he sentido tan bien… tan tranquila… Me siento protegida aún sin él. »

Candy se sonrojó, porque sabía que el nuevo aspecto de su relación con Albert tenía mucho que ver con ese sentimiento de paz interna. Rápidamente ocupó su mente en otra cosa, y se miró en el espejo.

A Albert no se le había escapado el rubor de Candy, y rogó esperanzado que fuera por él. Miró a Candy en el espejo, y se dio cuenta que hacía una mueca insatisfecha, como si no creyera que se veía bien. La examinó de arriba abajo y sugirió:

« Tu cabello… ¿por qué no lo sueltas? »

Juzgando la idea buena, Candy se llevó las manos a los lazos que tenía, pero Albert se le adelantó diciendo:

« Permíteme. »Y ella asintió, contenta de que Albert le ayudara a peinarse. Delicadamente, le soltó las dos colitas que tenía y le alisó el cabello para que los rizos no se dividieran. La larga cabellera cayó en cascada sobre sus hombros. Como siguiendo esa línea, él puso sus manos sobre los hombros de Candy.

Al eliminar el peinado infantil, había quedado delante del espejo una joven muy hermosa y Albert no pudo evitar reaccionar como el hombre que era:

« Candy… te ves… espectacular. »

Ella se sonrojó como aquella vez en la Colina; los cumplidos tan sinceros de Albert tenían ese poder, el de hacerle perder la calma instantáneamente. Sintió cómo las manos del joven temblaban sobre sus hombros. Albert estaba luchando con la tentación de acariciar los hombros de Candy, de deslizar sus manos por sus brazos, de apretarla contra él y pedirle que fuera suya.

Pero no lo hizo. Asustado, recordando su decisión de unos momentos, dio un paso hacia atrás y le sonrió diciendo:

« Te esperaré afuera. Pronto será hora de cenar. »

Le tocó cariñosamente la mejilla antes de salir. Pero Candy se quedó un momento inmóvil delante del espejo. La salida amistosa de Albert con ese gesto no la había engañado para nada. No era tan inocente como todos pensaban y ella sí había sentido el cambio en el ambiente de la habitación cuando Albert le puso las manos en los hombros. Al mirarlo en el espejo, vio cómo su mirada cambiaba para ponerse tan seria, tan seria que se quedó desconcertada: y ahora ¿qué? Sentía que no sabría cómo reaccionar si Albert movía sus manos como obviamente parecía querer. Pero a la vez, Candy había deseado con todas sus fuerzas que lo hiciera y su corazón había latido alocadamente en su pecho.

¿Cómo podía quedarse impasible ante el evidente cambio que estaba ocurriendo? Respiró entrecortadamente y se llevó las manos al corazón, sintiéndose muy confundida. Al levantar la mirada, se encontró con el reflejo del espejo. Se miró, un poco asombrada, pues la imagen difería con la que esperaba encontrar. En vez de la niña asustadiza, estaba ante ella una mujercita, que si bien tenía un poco de miedo en los ojos, no podía ignorar lo agitada que se sentía ni desconocer la causa de ello.

Todavía sonrojada, se apuró a cambiarse y a salir al pasillo, donde un Albert más sereno la esperaba. Le ofreció el brazo como si nada y fueron a cenar. Él, que se había dado cuenta que había ido demasiado lejos con sus locuras, llevó la conversación hacia temas agradables y seguros y al poco tiempo ambos olvidaron lo ocurrido y hablaban amistosamente como siempre lo habían hecho. Se hubieran podido quedar toda la noche echando cuentos, pero el viaje había cansado mucho a Candy así que se excusó temprano para ir a dormir. Albert pareció un poco decepcionado, pero la dejó irse mientras la miraba con una sonrisa condescendiente.

Capítulo 4: Confesiones en la hierba.

Al día siguiente, al despertarse, Candy encontró una nota junto a su cama:

“Vine a verte y estabas dormida. Te esperaré junto al lago. A.”

A Candy le pareció lindo que Albert hubiera pensado en ella de tan buena mañana. Se estiró perezosamente, estaba muy a gusto en esa cama inmensa, nadando en las gruesas sábanas especialmente bordadas para la familia Andrey. Se hubiera quedado ahí un rato más, pero recordó que si no se apuraba llegaría alguna mucama a ayudarla a bañarse, a vestirse, a peinarse… y a Candy no le gustaban tantas atenciones. Se levantó de un brinco y se arregló rápidamente. Después de desayunar se dirigió al lago para encontrarse con Albert.

Había esperado encontrarlo subido en el árbol, pero Albert estaba tirado en la hierba, mirando el cielo. Candy se sentó a su lado y él la saludó, contento de verla. Sin embargo, no quiso continuar la conversación, porque se sentía en paz con toda la naturaleza y disfrutaba a lo máximo de su día libre tan esperado. Candy lo entendió y se dedicó a jugar con las flores que habían por ahí, retomando la pose de aquella vez que habían pasado la noche en la cabañita de Albert y que George los había interrumpido para volver a Chicago. El verano estaba en todo su apogeo y ambos estaban felices de estar juntos.

Llevaban como una hora de estar así en la hierba. Albert, que ya extrañaba a Candy, rodó un poco y la miró. Se dio cuenta que su amiga ya había tejido dos coronas de flores y que ahora parecía muy ocupada con algo que tenía en las manos y murmuraba algo que Albert no podía oír.

« ¿Candy? -se sorprendió él. Estás deshojando una margarita? »

Candy se sonrojó un poco y le mostró tímidamente la margarita. Explicó, un poco apenada:

« Cuando estábamos en el Colegio, Patty era la que más sabía francés. Un día me enseñó a deshojar margaritas en francés y es mucho más divertido que en español. En vez de “me quiere, no me quiere” se dice: “Il m’aime un peu, beaucoup, à la folie, pas du tout”… »

Albert sonrió al oír la pronunciación de Candy, pero se puso serio rápidamente: ¿por qué Candy deshojaba una margarita? Sintió la punzada de los celos y preguntó en un tono muy alto:

« ¿Por qué haces esto, Candy? ¿Te gusta alguien?

-Ahh… -ella se rió nerviosamente. Puede ser que sí. »

Más sintió Albert la punzada en el pecho. Una multitud de escenas acudieron a su mente en espacio de segundos. En las más desagradable de ellas, Candy hablaba y se reía coquetamente con un doctor del hospital. Tenía miedo de enterarse, pero no pudo dejar de averiguar y la bombardeó de preguntas:

« ¿Quién es? ¿Lo conozco? ¿Lo ves a menudo? ¿Desde cuando te gusta?

-Pero… ¡Albert! -balbuceó ella, sorprendida.

-¡Candy! -a Albert se le heló la sangre. No me digas que… ¿Es Terry??

-¿¡Terry?! -se indignó Candy. ¡Nooo! ¡Claro que no, como crees! »

Miró a Albert con tanta indignación y vehemencia que se puso rojo de vergüenza. Quiso que se lo tragara la tierra por haber revelado sus celos tan fácilmente; bajó la mirada y se dedicó a estudiar con atención una margarita que tenía cerca.

Pasada su primera reacción de enojo, Candy se puso a pensarlo mejor: “Terry… hace tanto tiempo que no me detenía a pensar en él. ¡No puedo creer que Albert haya pensado eso! La verdad… Terry y yo, eso fue hace mucho tiempo… casi 3 años. No son más que recuerdos…” La chica pensó con nostalgia que aquella Candy de hacía 3 años en Escocia era muy diferente de la que estaba sentada con Albert junto al lago. Aquella era tan inocente… a la vez asustada e impaciente de conocer. Pero ahora… ¿ahora qué?

Volvió a mirar a Albert, que todavía estaba apenado y esperaba dócilmente como un niño espera un regaño. Candy pensó con una sonrisita que era la primera vez que veía a Albert celosillo y que, en el fondo, eso le agradaba bastante. Pero se compadeció de verlo tan incómodo y decidió darle un giro a la conversación hacia un tema que le había estando vueltas en la cabeza desde hacía un tiempo:

« ¿Qué me dices de ti, Albert? ¿Por quién deshojarías una margarita? Nunca me has contado de tus novias. »

Si Albert hubiera tenido algo en la mano, lo hubiera dejado caer al oír esa pregunta. Esperaba reproches, gritos, acusaciones, lágrimas tal vez. ¿Pero esto? Encontró los ojos de Candy fijados sobre los suyos con curiosidad. Se sintió un poco invadido, pero se dijo que si él conocía todo sobre los novios de Candy, no tenía nada que esconderle a ella.

« ¿Mis novias, Candy? ¿Estás segura que quieres saber esto? Podría tardar años contándote -añadió con picardía guiñándole el ojo a Candy.

-¡Albert! -se atragantó Candy.

-¡Jajaja! Era una broma, Candy. ¿Quién te crees que soy?

-La verdad, no sé mucho de ti -respondió ella suavemente. »

La mirada de Candy era dulce, pero Albert pudo notar un poco de tristeza en ella. Se sentó sobre la hierba y le tomó una mano:

« Es verdad, Candy. En todos estos años no te he hablado mucho de mí. Te prometo que esto va a cambiar a partir de ahora. Pero ya sabes… hasta hace muy poco teníamos muchos secretos entre nosotros.

-Lo sé. -Candy se sintió un poco turbada de la cercanía de Albert y de lo cálida que estaba su mano contra la suya y protestó quitando la mano- Bueno, pero no me hagas trampa, no cambies de tema.

-¡No estaba cambiando de tema! -se defendió él. Sólo preparaba el terreno…

-¿Pero entonces sí has tenido?

-Sí. »

Albert quitó la mirada, porque todavía no sabía cómo empezar. Candy, que comenzaba a sentir una irritante desazón, le facilitó las cosas al soltar varias preguntas a la vez, como él mismo lo había hecho momentos antes:

« ¿Cómo se llamaba? ¿Dónde la conociste? ¿Cuánto tiempo duraron? ¿Por qué terminaron? »

Albert se rió tímidamente y Candy no pudo evitar pensar que había momentos en que parecía un niño tierno e ingenuo. Tuvo ganas de abrazarlo, pero se acordó del tema que estaban tratando y se puso seria. Sin alzar la mirada, él comenzó a contar:

« Bueno. En el Colegio San Pablo yo no era muy sociable que digamos. Durante los recreos me daba escapadas por los jardines y a veces ni regresaba a clase. Tampoco iba a los bailes ni a eventos de esa clase. Te podrás imaginar que no tenía muchos amigos, pocos eran los que me hablaban en el salón de clases. La tía Elroy, por supuesto se desesperaba de mi comportamiento “poco digno de un caballero” y cada vez que podía, invitaba a compañeros y compañeras de familias nobles y adineradas a la mansión de Londres para que nos conociéramos mejor. ¿Qué crees? ¡Siempre me fugaba cuando llegaban las visitas! -Ambos se rieron.- Pero un día… mientras me escondía detrás de un macetero de la mansión, veo venir a una muchachita de mi edad, aparentemente tratando de esconderse también. Nos caímos bien instantáneamente y ahora que lo pienso, ella fue la única amiga que tuve en el Colegio. Se llamaba Madeline. Nos volvimos inseparables desde ese día, a pesar de la vigilancia de las monjas. La tía Elroy deploraba mi nueva amiga, porque a pesar de ser de buena familia, era muy poco convencional y las reglas de sociedad la tenían sin cuidado, como a mí, dicho sea de paso. Entonces, para exasperarla, no paraba de hablar de ella. »

La mirada de Albert pareció perderse en el vacío, recordando aquellos tiempos, mientras una sonrisa enternecida acudía a sus labios. Candy, sin saberlo, se sentía terriblemente celosa de esa Madeline, pues mientras ella era aún una niñita pensando en su príncipe, él ya la había reemplazado con esa chica. Pero luego recordó que más tarde, ella también lo había remplazado y preguntó en un tono muy bajo:

« ¿Y qué pasó? »

Albert suspiró y siguió contando:

« Bueno, como año y medio antes de graduarnos, su padre se encargó de un negocio en Italia y toda la familia se fue. Al principio me escribía, pero después de unos meses, dejaron de llegar cartas. No volví a saber de ella… en muchos años… »

Albert vaciló, dudando si contarle a Candy el resto. Al ver que su amiga se veía un poco pensativa, decidió hacerlo, para aclarar bien que el ciclo se había cerrado:

« En África, tenía una, eh… una amiga muy… especial. Creo que te hablé de ella en una carta, era una enfermera. Un día, ella me mencionó a una amiga que tenía, su mejor amiga. Vivía en Italia y… era Madeline. No sé en qué pensaba en ese momento, pero decidí ir a Italia a buscarla. Fue algo precipitado e irracional, pero ahora creo que fue bueno que lo hiciera. Cuando llegué a la ciudad que me habían indicado, fue solo para encontrar su casa saqueada y en ruinas. A pesar de que Italia aún no entraba en guerra, los nacionalismos y enemistades estaban exacerbados y no dudaron en atacar la residencia de ingleses. Todos estaban muertos, y ella también. Después de pensarlo mucho, decidí unirme al ejército. Mis raíces inglesas me lo reclamaban y el ambiente que se vivía en esos días acabaron de decidirme. Creo que esto nunca te lo he contado… Afortunadamente, nunca llegué al frente. De haberlo hecho, no sé si estaría vivo ahora o si podría alguna vez reponerme de haber combatido. Pero mientras iba en el tren, Poupé -fui tan loco de llevarme a Poupé, pero hoy no me arrepiento- Poupé saltó del tren en marcha. Lo seguí y en los segundos que siguieron, el tren explotó. Tú sabes el resto… »

Candy se quedó muy callada. Por fin se enteraba por qué Albert estaba en Italia y no en África y por qué estaba en ese tren de soldados. “Por ella, por ella, fue por ella.” se repitió y se sintió cada vez más triste. Sin atreverse a mirarlo a los ojos, preguntó, o más bien concluyó, asombrada de cuánto le dolía haberse enterado:

« La amabas… ¿verdad? »

El tono de Candy no se le escapó a Albert y se sintió miserable de ser el causante de ello. ¿Amar? Oh, no… nada de eso. Él sólo había Amado una vez… Se acercó más a Candy y tomó la carita llena de pecas entre sus manos para forzarla a mirarlo. Al verse reflejado en esos ojos verdes que lo miraban triste, sintió algo muy cálido en su corazón, pues entendió que ella le había importado y que en el fondo, estaba celosa, celosa de él. Exultando ante esta revelación se apresuró a aclarar:

« No. Yo no la amaba. Yo creía que la amaba en ese entonces. Pero no la encontré viva en Italia, porque ese no era mi destino. Ahora sé que no la amaba, que lo nuestro no fue más que un juego de niños, un amorcillo de Colegio… -Albert puso especial énfasis en estas palabras y Candy, entendiendo lo que implicaban, asintió lentamente para mostrarle que había entendido- Yo creo que mi destino era saltar de ese tren y perder mi memoria… y venir a Chicago, y que tú me encontraras… »

Se quedó un momento esperando la reacción de Candy. Sintió cómo las mejillas de ésta se sonrosaban entre sus manos y cómo su mirada se iluminaba, mostrando a la vez alegría, miedo y turbación. Albert fijó los ojos en los labios de la muchacha y sintió cómo una ola de calor le subía al cara al sonrojarse él también. Sólo tenía que acercarse para besarla, unos centímetros más y podría probar esos lindos labios rosados… Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no acercarse más. Desvió la mirada y pensó mientras la soltaba: “No así… no ahora…” Había leído en los ojos de Candy que ella no estaba lista aún y por nada del mundo quería forzarla a besarlo.

Candy observó con decepción cómo Albert se alejaba y se volvía a acostar en el pasto, como si nada. Por un momento había creído que la besaría y muy por dentro de ella no podía evitar sentir curiosidad si estaba en lo cierto o no. Miró la margarita olvidada en la hierba y le pareció absurda. Ya ni podía seguir con el juego, porque se le había olvidado por qué pétalo iba.

Meditó sobre las últimas palabras de Albert. En cierta forma había dicho que su destino era encontrarse con ella… Parte de Candy quería creer que esas palabras significaban mucho, pero la otra parte… La otra parte ¿qué? Candy comenzaba a enojarse contra esta otra parte de ella que no hacía más que confundirla a cada momento y no le aclaraba nunca las dudas que provocaba.

Pero algo que no podía negar era que definitivamente todo parecía apuntar a que Albert y ella debían encontrarse. Primero aquella vez en la Colina, luego en el río, en Londres, en Chicago… y finalmente en la Colina otra vez. Sonriente, se volteó hacia él y vio que tenía los ojos cerrados. Tomó una de las coronas y la puso suavemente sobre la cabeza del muchacho. Él abrió los ojos para encontrarse a Candy muy cerca de él y su corazón dio un salto. Albert se llevó una mano a la cabeza y encontró la corona. Candy se rió y dijo:

« ¡Es tu corona de Príncipe! »

Albert también se rió y se sentó para tomar la otra corona. Se la puso a Candy y dijo dulcemente:

« Y tú, serás mi Princesa. »

Antes de que Candy pudiera detenerlo, Albert le pasó una mano por la cintura y le dio un beso en la frente. Ella, sorprendida, se quedó con la boca abierta en forma de “o” y él añadió, tocándole la punta de la nariz con el dedo:

« Y mañana, seremos la mejor pareja de todo el baile. »

Candy se sintió deliciosamente abrumada por la cercanía de Albert. Podía sentir la respiración del joven contra su mejilla y siguiendo un impulso que aún no comprendía muy bien, se hundió en los brazos de Albert en un abrazo tierno. Él, por supuesto, la recibió y la mantuvo muy cerca de él. Le murmuró en el oído mientras la mimaba:

« Candy, hay algo muy especial que quiero pedirte… Estoy muy contento de estar contigo. Sé que eres feliz viviendo en el Hogar, pero por favor… vente a vivir conmigo aquí en Chicago. Me harías tan feliz… No tienes que responderme de una vez… Piénsalo, ¿sí? »

Candy asintió casi imperceptiblemente. ¿Cómo podía resistirle a Albert cuando estaba tan bien junto a él? Pero el Hogar… decidió pensar en eso más tarde y disfrutar su día con Albert.

Cápítulo 5: Una Fiesta de ensueño.

El resto de la mañana, Albert y Candy lo pasaron caminando juntos, correteando y mojándose a orillas del lago con grandes risotadas. “Me gustaría que esto fuera así para siempre” pensó Candy fugazmente mientras Albert la alcanzaba y le pasaba los brazos por la cintura.

Almorzaron y conversaban animadamente cuando George entró al comedor. Albert lo saludó, contento de verlo

« ¡George! Me alegra que hayas venido!

-Sir William –le estrechó la mano– Señorita Candy –le besó la mano.

-Ya terminamos de comer. ¿Quieres que llame para que te sirvan?

-No se preocupe por mí, Sir William. »

Albert miró a George detenidamente. En un punto de su adolescencia, George había dejado de llamarlo Albert, reemplazándolo por un respetuoso “Sir William”. Albert sospechaba que era para que se fuera acostumbrando a su posición social, pero cuando George usaba ese apelativo, Albert se sentía alejado por un muro invisible de ese hombre que había sido lo más cercano a un padre para él, el más atento de los hermanos mayores y el mejor de sus amigos.

George pensaba en el brillo en los ojos de Albert cuando había entrado a la sala. No dudaba ni un momento que era Candy la que lo tenía tan contento. Lo conocía como la palma de su mano y pensó: “No lo he visto tan alegre desde…” Pero no terminó el pensamiento y una sonrisita acudió a sus labios al notar la miradita que Albert intercambiaba con Candy.

Albert pareció recordar algo repentinamente y exclamó:

« ¡George! ¿Averiguaste lo que te pedí aquella vez?

-Sí. Está en este fólder –respondió George mostrando la carpeta que traía en la mano.

– Muy bien, vamos a mi oficina. Candy –dijo tomándole las manos entre las suyas– Candy, por favor espérame. No voy a demorarme. »

Candy asintió y Albert y George salieron de la habitación y la sonrisita de George era cada vez más grande. Una vez en la oficina, Albert se tiró en su silla con desenfado y subió los pies sobre el escritorio.

« Ah, George –suspiró Albert– Qué aburrido es todo esto. A veces extraño un poco mis andanzas de antes… »

La mirada de Albert se perdió en el vacío por un momento pero sus reflexiones se vieron interrumpidas por un golpeteo en la gran puerta de vidrio que daba al balconcito de la habitación. El joven se levantó inmediatamente y la abrió para recibir un animalito negro que se acurrucó entre sus brazos.

« Poupé… » murmuró Albert acariciando a su mascota. George, que miraba enternecido, se acercó y comentó, tuteándolo como en los viejos tiempos:

« Así que aquí es que tienes escondida a Poupé… ¿No te da miedo que un día entre sin avisar cuando estás reunido con alguien?

– Para nada… Que entre… ¿Qué me pueden decir? Que digan lo que quieran… »

Poupé había sido la inseparable compañera de Albert por 12 años, desde la época en que lo habían mandado al Colegio San Pablo. Se la había llevado a escondidas de todos en el barco y lo tuvo en su cuarto hasta que un día la Madre Superiora la encontró debajo de la cama. Se la quitaron y amenazaron con ahogarla. Albert, que hasta entonces había sido un alumno indisciplinado, pero que aceptaba los castigos con un mutismo y una frialdad que desconcertaban a las monjas, entró en cólera y armó tal arrebato que fue necesario llamar a George porque nadie sabía cómo calmar a Albert.

George tuvo que usar de toda su diplomacia para que le devolvieran a Albert a su querida Poupé. Pero las monjas no aceptaron que la mantuviera en su cuarto, así que desde ese día Poupé vivió en un árbol del jardín del Colegio y Albert nunca dejaba de irla a visitar en los recreos… y a veces hasta durante las horas de clase…

George sabía que era un poco responsable de la aversión de Albert por los negocios e inversamente, de su amor a la naturaleza. Los primeros años que Albert había pasado con Rosemary habían sido determinantes para el pequeño. Si bien George trató de hacerlo cambiar cuando lo tuvo a su cargo, pronto se había dado cuenta de la compleja y rica personalidad del hombrecito y de ahí en adelante, se había dedicado a cumplirle la mayoría de sus gustos (sus “excentricidades” como decía la Señora Elroy), alimentando el interés del niño con innumerables libros de Ciencias Naturales. Pero ahora Albert era muy desdichado y aunque George sabía que no había sido un error educarlo como lo hizo, comprendía que no era muy justo que Albert estuviera obligado a aceptar un cargo que rechazó desde el primer momento que George se lo mencionó.

Albert se volteó resignadamente y se volvió a sentar en la silla, con Poupé en el hombro. George se sentó en frente de él y abrió la carpeta.

« ¿Qué noticias me tienes, George?

-No muy buenas… o no sé cómo las quieras tomar tú. De acuerdo con los notarios, la adopción es inválida. Según la Ley, debías ser quince años mayor que ella al momento de adoptarla. Y según entiendo, apenas le llevas seis.

– Sí… seis años –repitió Albert pensativamente.

-También está el hecho que todos desconocían que eras menor de edad en esa época.

– ¿Qué hay de la tutela?

– La tutela es aún más complicado. No pueden ser tutores los que ya se encuentran bajo tutela. ¿Qué edad tenías en ese entonces? ¿19, 20? Legalmente, yo todavía era tutor tuyo.

– ¿Entonces, qué? ¿Todos los documentos son inválidos? ¿Candy no es reconocida por esta familia?

– Lo que le molesta al notario es que los documentos estén firmados por alguien… que no era lo que pensaban. Sin embargo, sería difícil invalidarlos, porque eras el jefe de familia de todas formas. Pero me planteó una solución: como yo era tutor tuyo en esa época, al querer ser tú el tutor de Candy, yo me convertiría en el tutor de ella. Entonces no habría mayor problema para que fuera reconocida por la familia.

– ¡George! ¿Harías eso por mí? »

George asintió lentamente y Albert suspiró, aliviado. Todo cuadraba, poco a poco los velos se despejaban… Ese asunto era el último impedimento que quedaba entre Candy y él. Sólo quedaba esperar… “Ojalá… ojalá ella…” Pero Albert volvió a fijar los ojos en George y preguntó abruptamente:

« ¿Por qué me estás tuteando ahora? »

George se sobresaltó y no supo qué responder. Albert frunció el ceño y continuó:

« Hace unos minutos sólo estaban Candy y Pierre, que no desconoce lo que has sido para mí. Me siento el peor de los ingratos al dejar que me hables así.

– William… Albert. No olvides tu puesto en la sociedad… y no olvides el mío –explicó George suavemente– Nadie entendería…

– ¡Es absurdo! Mi padre te quería como un hijo, por eso te nombró mi tutor y por eso te dio la mejor educación.

-¡Albert! ¿Cómo sabes tú eso? ¿Has estado leyendo los papeles?»

Albert se sonrojó un poco, pero volvió a retomar su aplomo al responder brevemente:

« Sí. También son míos.

-¿Entonces sabes lo de Sarah Leagan?

-Sí.

– Supongo que por eso no la invitaste. ¿Y qué vas a hacer?

-No lo sé aún. No quiero pensar en ella… no hoy. No ahora que Candy está conmigo. Mañana es mi fiesta y quiero pasarla con ella. Sin preocuparme por nadie. »

Albert miró a George, pues prácticamente estaba confesando parte de sus sentimientos por Candy. George no reaccionó y aparte de la sonrisita que había vuelto a aparecer en sus labios, parecía como si estuviera oyendo lo más natural del mundo. Albert sonrió y se despidió de él, ya impaciente de ir a ver a Candy.

***

Albert y Candy pasaron todo el resto del viernes poniéndose al día con todos los cuentos del mes en que no se habían visto. Verdaderamente eran los mejores amigos el mundo y podían pasarse horas hablando sin aburrirse.

En los momentos de silencio, Albert se dedicaba a mirar a Candy una y mil veces, confirmando cada vez esa intuición que había tenido de niño de que era la Niña más bonita del mundo. Lo que había sentido en ese entonces, sumado a lo que había empezado a brotar tímidamente en su corazón cuando estaba amnésico, ahora se había convertido en un sentimiento gigante, misterioso, complejo y que ya difícilmente podía seguir conteniendo. Pero sólo por ella lo hacía, porque sabía cuánto había sufrido y lo frágil que era su corazoncito. No quería asustarla ni presionarla… Pero esas bellas resoluciones se dispersaban cada vez que ella lo miraba a los ojos; Albert creía que se moriría sin llegar a hacer nada.

Su más gran deseo era que poco a poco ella viniera a él y pudieran empezar una vida juntos. “Candy… sé que, si tu me lo permites… yo puedo hacerte feliz como nadie lo ha hecho antes…” pensó mientras le daba el beso de las buenas noches sobre los rizos dorados.

***

El sábado pasó a una velocidad increíble. Después de desayunar con Candy, Albert se fue a medir otra vez el traje y a coordinar más detalles de la fiesta, lo que le llevó buena parte de la mañana. Terriblemente aburrida sin Albert, Candy daba vueltas en la mansión sin saber qué hacer para pasar el tiempo. Decidió ir a la biblioteca porque nunca la había explorado a fondo. Pero al abrir la puerta, una voz seca y austera preguntó:

« ¿William? »

La señora Elroy se levantó de su silla y su cara reflejó su decepción al ver que sólo era Candy. La señora luchó con esa aversión que le tenía y que sintió apenas la reconoció y se sentó de nuevo.

La verdad es que en los días que habían pasado desde el anuncio intempestivo de William Albert a la sociedad, había tenido mucho tiempo de pensar, en la villa de Chicago donde había preferido retirarse para reponerse de lo sucedido aquella vez.

No le había sido fácil reconocerlo, pero lo quisiera o no, la muchachita esa había ayudado invaluablemente a toda la familia Andrey. Donde George y ella habían fallado en encontrar a Albert, Candy no sólo lo había hallado, sino que había logrado que recuperara la memoria

« Candice. –pronunció en un tono neutral a manera de saludo.

-¿Cómo está, señora Elroy? Permítame buscar a Albert.

-No es necesario, ya está en camino.

-Oh. Está bien, entonces. Discúlpeme si la molesté.»

Candy sonrió tímidamente y se disponía a salir, pero la señora la interrogó sorpresivamente:

« ¿Has estado viviendo aquí todo este tiempo?

-Yo… eeh, no, señora Elroy. He estado… trabajando.

-¿De enfermera, supongo?

– Sí…»

A la señora le costó trabajo tomar una expresión neutral al oír eso. Definitivamente Candy no se oponía a todos los esquemas de una dama que ella tenía establecidos. Pero de no haber sido enfermera, William estaría aún perdido, amnésico… muerto, quizá. Tal vez, sólo tal vez, era una buena cosa que ella fuera enfermera. Candy dijo:

« Yo sé que usted desaprueba que yo sea enfermera, pero le aseguro que eso me hace inmensamente feliz; el ayudar a los demás es verdaderamente mi vocación…

-Basta, Candice, no sigas. –interrumpió la señora Elroy– Esta familia le debe todo a esa vocación tuya. Tengo una deuda muy grande contigo. Aún me es difícil comprender tus decisiones, pero me doy cuenta que en todos estos años nunca lo he intentado siquiera. No pretendo que seamos amigas. Pero creo que a William le agradaría si por lo menos te tolerara. »

La señora Elroy quitó la mirada, pues esas palabras le habían costado un trabajo enorme. Candy se acercó a ella y dijo con mucha sencillez:

« Muchas gracias, señora Elroy. No se hable más de ello. Albert se pondrá muy contento de esto. »

En ese preciso momento, Albert entró en la habitación y se sorprendió de ver a Candy ahí. Le sonrió y le informó que Patty acababa de llegar y que la esperaba. Candy fue a ver a su amiga, contenta.

Albert fue a darle un beso respetuoso a su tía y después de informarse sobre su estado de salud y de recibir las felicitaciones de cumpleaños, se pusieron a hablar de algunos negocios y de relaciones con las familias de alta sociedad de Chicago. De pronto la señora soltó:

« Aún no me has dicho con quien irás de pareja esta noche. ¿Hasta cuándo vas a mantener el secreto?

– Iré con Candy, tía. –respondió Albert con firmeza.

– ¡Pero William! ¿Te has vuelto loco? ¡Tú no puedes ir con ella!

– Iré, tía. –replicó Albert calmadamente– Ya no tengo trece años; ya no puedes decidir por mí quién irá conmigo al baile del Festival de Mayo.

– Ya no tienes trece años, es cierto, pero a veces parecería que disfrutas llevarme la contraria con tus decisiones extravagantes. ¿Has pensado siquiera que a los ojos de la sociedad, ella es tu hija adoptiva?

– Ya me encargué de eso, tía. Los papeles de adopción son inválidos. Y no es pupila mía, sino de George, porque yo era menor de edad cuando se tomó la decisión. Además, dudo que alguien sea tan ridículo como para considerarme padre de ella; sólo nos llevamos seis años.

– ¡Tantas jóvenes de la alta sociedad que están disponibles! Debes pensar en tu futuro, en el futuro de la fortuna de la familia, no cometas ninguna tontería con Candy, mejor búscate una joven de buena familia.

– ¡Basta! ¡Eso es inconcebible! –estalló Albert– ¡Jamás frecuentaría esas jóvenes vacías y prefabricadas que propones! ¡¿Qué es lo que realmente te interesa?! ¿Mi felicidad o el futuro de la fortuna? ¡¿Soy un fajo de billetes, es eso lo que soy para todos?! »

Albert caminó hacia una ventana para calmar su enojo. La señora Elroy no respondió nada, porque había aprendido a callar cuando Albert hablaba en ese tono tajante. Y ese tono usualmente significaba que la decisión estaba tomada y bien tomada, que nada le haría cambiar de opinión y que era inútil decir cualquier cosa. Quería mucho a su sobrino, pero siempre la desconcertaba su forma de ser.

Albert se acercó a su tía, más sereno. Tomó las manos de la señora entre las suyas y preguntó dulcemente:

« Por favor, tía… ¿No podemos llevarnos bien, solo por esta vez? »

Era difícil para una mujer resistirle a Albert cuando miraba de esa manera y la señora Elroy no era la excepción. Suspiró y miró a su sobrino que siempre se salía con la suya y no hacía nada más que su santa voluntad.

« Dios sabe que yo siempre he querido llevarme bien contigo, William. Pero siempre fuiste un muchachito imposible de comprender… Sólo te pido que pienses bien en lo que estás haciendo.

– Oh, ya está muy bien pensado… »

***

Toda la alta sociedad de Chicago se había reunido en la mansión Andrey. En las mesas se podían degustar exquisitos manjares y un cuarteto ambientaba el salón con música. En cada esquina de la sala habían señores muy elegantes vestidos de frac, respetables señoras mayores y jovencitas que conversaban con afectación. Por supuesto, entre las jovencitas el tema de la noche era William Albert Andrey, el soltero más guapo y más codiciado de Chicago:

– Yo estaba ahí el día del supuesto compromiso de Neil Leagan y lo alcancé a ver–decía una con cierto orgullo a sus dos amigas–Vieran lo apuesto que es; es increíblemente guapo, casi un sueño.

– ¿De veras? ¡Qué suerte, Marysse!

– ¡Sii, qué envidia! Pero cuéntanos lo que pasó aquella vez.

– Pues parece que querían casar a su hija adoptiva Candice con Neil sin su consentimiento y él entró a anunciar que el compromiso no se daría, ¿puedes creer?

– ¿Pero esa Candice de dónde salió? Dicen que es muy bonita.

– Oh, sí, Neil perdió la cabeza por ella.

– Pues yo he oído que es una enfermera y que trabajó de sirvienta donde los Leagan.

– ¿Cómo va a ser? ¡Qué increíble!

– ¿Saben lo que yo he oído? Que ella y William tienen un romance desde hace tiempo.

– Oh, sí, yo también he escuchado eso, ese día Neil mencionó que vivieron juntos por un tiempo. Y William no lo desmintió.

– ¡Pero qué escándalo!

– Bah, han de ser habladurías. William no se fijaría en una chica como ella. Se fijará en chicas de buena familia como nosotras, ¿verdad chicas?

– A propósito ¿quién será su pareja?

– Alguna tonta afortunada. Nadie sabe quién será.

– La mujer del mayordomo de mi padre dice que escuchó que él le mandó a hacer un vestido especialmente para la ocasión.

– ¿En serio? ¡Qué suerte tiene esa tipa! Pero apenas se descuide, William estará libre para nosotras.

– Claro, no puedo esperar a que lo anuncien, ya verán como bailará conmigo.

– No te hagas muchas ilusiones, Marysse, tendrás que compartirlo con todas nosotras. »

Conversaciones similares se daban en todos los grupos y todas se peleaban a William Andrey de antemano. De pronto los músicos finalizaron la pieza: todos en el salón hicieron silencio y se podía sentir una agitación impaciente entre los presentes. El maestro de ceremonia anunció con voz fuerte a Sir William Albert Andrey.

Un “Aaah” general recorrió la sala cuando Albert apareció en lo alto de las escaleras. Con la cabeza en alto y un garbo que le era natural, se avanzó hasta el borde y contempló a los presentes. Parecía una escultura griega observando pensativamente la asamblea de los mortales. El tartán de la familia acentuaba el rubio de sus cabellos y los rasgos harmoniosos y viriles de su rostro. El kilt que le cubría hasta las rodillas despertó sentimientos atrevidos hasta en las más respetables señoras.

Indiferente a las reacciones que provocaba su aparición, Albert se volteó para sonreírle a alguien que los presentes no podían ver y extendió una mano en esa dirección. Tímidamente, Candy salió del pasillo donde estaba, tomó la mano de Albert y él le ofreció el brazo. La joven caminó con una majestuosidad que nunca antes había tenido; parecía que el aire solemne de la situación la hacía actuar como toda una dama experta.

Mientras descendían la escalera, se escuchó esta vez un “Oooh”, porque Albert y Candy no se veían para nada como pupila y tutor, ni mucho menos como padre e hija, sino como marido y mujer. El vestido de Candy, finamente bordado en el mismo tartán que el que llevaba él, acentuaba más esa impresión de pareja que tenían los presentes. En determinado momento, Albert miró a Candy con tanta solicitud que todas las jóvenes comprendieron que la partida estaba perdida de antemano, y que esa noche, William Albert Andrey sólo tendría ojos para Candice.

Al pasar juntos delante del cuarteto, uno de los músicos le preguntó:

« ¿Alguna pieza en especial, Sir William? »

Albert pensó por un momento en el vals apropiado para abrir esa noche y respondió:

« Mmm, sí. El vals de la Bella Durmiente de Tchaikovski. »

Mientras los músicos alistaban las partituras y sus instrumentos, Albert guió a Candy hasta la mitad del salón de baile. Al comenzar los primeros acordes, Candy y él se inclinaron para hacerse la reverencia y empezaron a bailar.

Vals tras vals… pieza tras pieza… Albert y Candy no se habían soltado en toda la noche, dando vueltas sin cesar en la pista de baile. Ninguna de las parejas presentes bailaba con tan perfecta gracia y sincronía. En los brazos de Albert, Candy creía vivir un sueño. Desde tan pequeña había deseado bailar con él, con su Príncipe… y ahora él estaba junto a ella y los bailes parecían no tener fin. Él la miraba de un modo especial, también inmensamente feliz poder compartir esa noche mágica junto a ella. Porque eso sentían los dos, que la noche era mágica, que sólo era para ellos y que no existía más nadie…

Cuando la música terminó por fin, ambos se quedaron parados en medio de la sala, asombrados de lo mucho que habían bailado y de lo cansados que se sentían de repente. Entonces Candy decidió que necesitaba tomar aire y que saldría a la terraza. Albert prometió ir a acompañarla, pero antes iría a buscar un par de copas de champaña para quitarse la sed.

Pero a Albert le fue difícil esquivar las presentaciones ya que cada tres pasos se encontraba con alguna alta personalidad de Chicago que quería conocerlo –o peor, presentarle a su hija. Entonces, por cortesía, él estaba obligado a hablar con esas personas, simular estar agradablemente sorprendido ante las jóvenes… y Candy que lo esperaba en la terraza. “¿Qué no ven que solo quiero estar con ella?” pensó mientras salía con las copas en la mano, al tiempo que se felicitaba de haberse zafado de una vieja intrigante que lo quería forzar a bailar con su hija.

Pero ahí estaba Candy, esperándolo. La sonrisa que le dedicó hizo que Albert sintiera que todo había valido la pena. Puso las copas sobre la baranda y se volteó para verla. Ella lo sorprendió con un abrazo espontáneo y él la recibió. Se quedaron un momento sin decir nada. Candy sólo pensaba en lo guapo que se veía él con el kilt. El niño lindo de la Colina ahora era un hombre… el verlo así vestido le hacía perder la calma, la razón. Sólo sabía que quería estar junto a él y que nadie más estuviera con él. Perfume… la colonia de Albert olía deliciosamente y ella sentía que sus brazos era el mejor lugar en el que podía estar…

« Albert… –dijo alzando la mirada y se dio cuenta de lo cerca que estaba su rostro.

– Dime, Candy –murmuró él, también consciente de la cercanía.

– Hoy es tu cumpleaños… Y como es una noche tan especial, todos tus deseos serán cumplidos.

– ¿Adónde quieres llegar, Candy…? –Albert no podía despegar sus ojos de los de Candy… sólo milímetros y…

– Me quedaré en Chicago contigo.

– ¡Candy! ¿En serio? –ella asintió– Pero el Hogar…

– Shh. No protestes: es sólo porque hoy es tu cumpleaños… –dijo ella acercándose peligrosamente a Albert.

-Ohh… –murmuró él, incapaz de resistir un momento más la tentación de esos labios rosados que… –¿Sí? –continuó con voz sensual– Es que esta noche, yo quiero pedir otra cosa…

– ¿Qué quieres pedir, Albert? »

La voz de Candy no era más que un susurro imperceptible. Lentamente, Albert tomó la barbilla de Candy entre sus dedos y juntó las narices. Se quedó un momento sin hacer ningún movimiento, sólo para asegurarse que Candy entendía adonde quería llegar. Ella no se movió tampoco y su respiración entrecortada hacía cosquillas sobre los labios de Albert. Él cerró los ojos para capturar ese momento sublime en que finalmente la besaría… Candy lo vio cerrar los ojos y fijó los suyos en la boca de Albert, que temblaba a la espera… Candy cerró los ojos también e impaciente, avanzó la cabeza para besarlo…

En ese PRECISO momento!!!! La puerta de la terraza se abrió bruscamente, dejando pasar a Archie que sostenía a Annie por el brazo. Annie no notó nada, pero a Archie no se le escapó la posición comprometedora en que estaban Candy y Albert ni el salto que pegaron cuando los vieron entrar. Observó que las mejillas de Candy estaban sonrojadas y que Albert se alejaba de ella nerviosamente. Archie frunció el ceño. Sus sospechas eran ciertas: al verlos bailar esa noche había sentido que por fin había sucedido algo que Annie y él venían comentando desde hacía ya cierto tiempo… la amistad especial de Candy y Albert era algo más que amistad… Pero todo esto pasó por la mente de Archie en fracción de segundos y recordó de golpe que Annie no se sentía bien y se sonrojó él también al farfullar:

« Eeh… Perdón, no quisimos interrumpir… no sabía… es que Annie se siente mal… »

Vio como la cara de Candy cambiaba inmediatamente, ahora reflejando preocupación. Ahora convertida en enfermera, se acercó a su amiga para ocuparse de ella. Mientras la hacía sentarse en un banco y le hacía preguntas, Archie observó que Albert tomó una de las copas de champaña que estaban en la baranda y se la bebió de un solo golpe “¿Para calmarse los nervios?” se preguntó Archie, terriblemente curioso de saber lo que habían interrumpido. También en ese momento, Patty salió a la terraza, también preocupada por Annie y Albert dejó escapar una risita que sólo Archie escuchó. Definitivamente la terraza era un lugar aún más público que el mismo salón. Albert tuvo ganas de beberse la otra copa, más porque le molestaba verla ahí olvidada que porque realmente le gustara la champaña. Optó por dejarla ahí. Al acercarse a las muchachas, se encontró con la mirada interrogativa de su sobrino. Ignorándolo, preguntó, genuinamente preocupado ahora que veía la cara de Annie:

« ¿Qué pasó?

-Creo que Annie se mareó por el champagne –respondió Patty

-¡Archie! –regañó Candy– ¿Qué le has estado dando?

-No me di cuenta que se sentiría mal… Annie, te llevaré a tu casa, ¿sí?

-Anda, Annie, estarás bien –aseguró Albert ayudándole a pararse– Generalmente pasa las primeras veces.

– Sí, la próxima vez estarás mejor. »

Archie salió con Annie y Patty se ofreció a acompañarlos hasta la puerta. Candy iba a seguirlos, pero inesperadamente, Albert la detuvo por el brazo. Quería saber… si ella se alegraba de la interrupción o si, como él, se preguntaba cómo habría sido besarse. No dijo nada; sólo la miró. Candy no se sonrojó ni trató de zafarse. Primero lo miró con un dejo de tristeza en los ojos y Albert creyó morirse. Pero luego le sonrió coquetamente y le guiñó el ojo con complicidad. Entonces Albert sonrió también y le besó la mano:

«¡Regresemos a la fiesta, Candy! »

Candy vaciló un poco, pero no dudó más: Annie se repondría y Archie la cuidaría. Mientras tanto, ella y Albert podían pasarla bien juntos en la fiesta. Después de todo, era la fiesta de cumpleaños de Albert. Mientras le tomaba el brazo y volvían a la sala, ella se sorprendió de lo calmada que estaba. No se sentía asustada ni nada… era como si lo que estuvo a punto de suceder, era algo que siempre había debido pasar… “Creo que me gustaría intentarlo otra vez…” se dijo con picardía. Aunque no hubo otra ocasión de escabullirse de la fiesta, el resto de la noche fue entretenida para los dos, porque juntos podían hacerle frente a los invitados sin que ninguno se atreviera a hacer insinuaciones extrañas.

El brindis… más vals… el encanto de la noche no parecía acabarse nunca. Pero lo que Candy atesoraría en un lugar muy especial en los recuerdos de la noche, era el salto que había dado su corazón al sentir la proximidad de los labios de Albert junto a los de ella.

*******************

Cápítulo 6: Misterios de Familia

Albert suspiró pesadamente y se aflojó un poco la corbata. Apoyó su cabeza sobre la puerta que acababa de cerrar al despedir a uno de los innumerables notarios que se ocupaban de la fortuna. Caminó hasta el escritorio y consultó la agenda abierta en una esquina. Todas las mañanas, George la ponía bien visible para que él recordara todas las citas del día y que no se le ocurriera siquiera darse una fugadita. Afortunadamente, George se esmeraba en dejarle horas libres entre las citas y además, horas desocupadas extra -que Albert pasaba con Candy.

Ya había pasado más de un mes desde aquella fiesta mágica que Albert no dejaba de recordar. Pero no había pasado mucho tiempo hasta que él había comprendido con dolor que esos tres días con Candy habían sido un lujo casi irrepetible. Todos los días tenía citas, visitas, almuerzos, negocios, reuniones, cenas… era para volverse loco. Pero esa era la clase de vida que le había sido destinada desde su nacimiento y ya le había rehuido por demasiado tiempo. A veces en medio de una reunión, mientras que algún señor se ponía a citar estadísticas, Albert se desconectaba y pensaba en otras cosas mientras fingía tomar notas en su agenda. Surgían entonces a su encuentro paisajes exóticos, aire cálido y sobre todo una gran nostalgia de la Aventura, de lo Desconocido, de aquella sensación agradablemente inquietante que sentía al pisar tierras lejanas… y en esos sueños despierto invariablemente aparecía una linda pecosa de rizos dorados que lo acompañaba en las exploraciones y cuya risa iluminaba aún más los paisajes soleados… Verdaderamente que no se imaginaba viajar sin Candy a estas alturas…

Pero casi siempre el orador lo interpelaba, haciéndolo regresar bruscamente a la realidad a la cual pertenecía y entonces, nervioso, consultaba unas notas inexistentes pensando qué responder. Pero entonces George, que siempre lo acompañaba a todas las reuniones comentaba algo para salvar la situación. Las miradas discretas de reproche de George hacían que Albert se prometiera cada vez que se esforzaría por interesarse en los negocios, pero esta situación se repetía invariablemente y Albert sabía que no estaba poniendo suficiente de su parte.

¿Pero cómo podía poner interés en algo que le robaba tiempo con Candy? Extrañaba los tiempos de Chicago, cuando vivían juntos y se veían todos los días… ¡Cuán felices eran esos tiempos! Aunque ahora le dedicaba sus pocas horas libres a su querida Candy, alternando almuerzos, cenas y paseos en el amanecer o en el atardecer, no era suficiente y temía que ocurriera un distanciamiento… Después del casi beso de la fiesta no había tenido ocasión de intentarlo otra vez y ya se preguntaba si en realidad había sucedido o si se lo había imaginado. Habían habido otras fiestas, sí, en casa de otras familias y Candy siempre había sido su pareja, pero la libertad que tenían allá no era la misma que en la mansión de Chicago. En su desesperación, Albert había incluso considerado organizar otra fiesta, pero terminó desechando esa idea poco agradable en muchos sentidos.

Comprobó con alivio que no tenía nada apuntado en la agenda a esa hora. Recordó que Candy estaba visitando a Annie y que por lo tanto no podía verla. Pero por lo menos sabía que Candy no se aburría tanto en su ausencia: siempre manteniéndose activa, ahora se dedicaba a recorrer hospitales, orfanatos y asilos de ancianos junto con Annie y Archie y juntos liderizaban un movimiento que financiaba obras de caridad. No era tarea fácil concientizar a la alta sociedad de Chicago, pero el apellido Andrew ayudaba mucho y era algo que ni Candy ni Archie dejaban pasar por alto.

Albert caminó hasta la puerta de vidrio y le abrió a Poupé. Tiró el saco sobre el escritorio, se soltó completamente la corbata, se desabotonó los botones de arriba de la camisa y la sacó un poco del pantalón. Ahora más cómodo, acarició dulcemente a la mofeta y se sentó en la silla. Dormitaba a medias cuando de repente escuchó un revuelo en el pasillo, unos pasos que se acercaban firmemente y una voz que hablaba en un tono alto. Sorprendido, observó cómo la puerta de su oficina se abría sin más miramientos. ¿Quién podía atreverse a entrar sin tocar? Poupé dio un salto desde su regazo hasta un cajón, donde se escondió. Ahora francamente inquieto, Albert se puso de pie y vio que la persona era nada más y nada menos que Sarah Leagan.

Ni siquiera hizo el esfuerzo de disimular la mueca de desagrado que acudió a sus labios al ver a esa mujer en su oficina. Sin dejarse intimidar, ella cerró la puerta y avanzó hasta el escritorio. Miró a Albert de arriba abajo; él no se movió y ella comentó sarcásticamente:

« ¡Vaya, hermanito, veo que tomas muy en serio tu trabajo!»

Él alzó los hombros y miró a través de la puerta de vidrio sin responder nada. Ella no podía dejar de estudiarlo: era la primera vez que estaba frente a frente con este misterioso miembro de su familia. Albert preguntó secamente sin voltearse:

« ¿Qué haces aquí, Sarah? »

La pregunta brusca la había desarmado un poco: esperaba conversar más con él, pero su frialdad dejaba muy claro que no estaba interesado en mostrarse amistoso con ella. La Sra. Leagan tomó una actitud de reina ofendida:

« Me dijeron que diste una fiesta hace más de un mes. Me enteré por habladurías. ¡Hace un mes, William! ¿Por qué no fui invitada?

-Eres un mujer inteligente, Sarah. ¿Es tan difícil encontrar la razón?-el tono irónico de Albert no se le escapó.

-¿A qué te refieres?

-Pensé que tú y tus hijos preferirían evitar la humillación de enfrentarse a la sociedad de Chicago después del compromiso frustrado de Neil -replicó él volteándose hacia ella. ¿Cómo están las cosas por Florida?

-Lo que sucedió con Neil fue lamentable. No veo por qué tuviste que intervenir de esa manera tan tajante. Podrías habernos evitado semejante humillación…

-No lo creo. Eso es algo que tus hijos se estaban buscando desde hace tiempo. No desconozco ninguna de sus tretas y de los malos tratos que le han dado a Candy desde que entró a su casa.

-Vaya, vaya… -comentó ella insidiosamente. También era cierto lo que me dijeron: esa Candy te tiene embobado. ¡No puedo creer que le creas a ella y que la defiendas! ¡Neil y Elisa son tus sobrinos!

-No lo son. »

Albert soltó esas palabras con tanta calma y determinación que la Sra. Leagan perdió todo su aplomo y palideció ligeramente. Pero no quiso que Albert se diera cuenta de ello y descaradamente fingió sorpresa:

« ¿Cómo que no son tus sobrinos? ¿Acaso no son mis hijos, los hijos de tu hermana?

-No eres mi hermana, Sarah. »

Esta vez ella no pudo disimular la inquietud que empezaba a ganarla y vaciló. Temblando ligeramente, se sentó en una de la sillas para no caerse. Albert continuó con la misma serenidad:

« ¿Qué crees? He estado leyendo los papeles… Aprendí muchas cosas interesantes sobre la historia de nuestra familia.»

Ella lo miró con furia, sintiéndose impotente. Sarah Leagan renegó silenciosamente del que no había quemado esos papeles. Albert caminó pausadamente por la oficina, dejándole unos momentos para reponerse de esa noticia intempestiva.

***

Sir William Alexander, el abuelo de Albert, había tenido tres hijos: William Christopher, el mayor y el heredero de la fortuna, un hija: Margaret Rachel (quien más tarde se convertiría en la Sra. Elroy) y el menor, John Gilbert.

William Christopher y Margaret diferían en muchísimas cosas, pero en algunos rasgos no dejaban de parecerse. Ambos sentían un amor intenso hacia Escocia y las tradiciones de la que consideraban su patria. Los dos demostraban gran inteligencia y una habilidad innata hacia los negocios. Se destacaron siempre por sus excelentes calificaciones, pero Margaret, por ser la segunda y mujer, sabía que el manejo de la fortuna no le estaba destinado. A pesar de esto, William Christopher nunca perdía la ocasión de consultarla cuando tenía algún negocio importante. Por lo demás, los dos hermanos eran tan diferentes que ellos mismos preferían no discutir de temas que no fueran de negocios. William tenía una alma recta y bondadosa, dada a la generosidad, mientras que Margaret mantenía siempre una actitud fría y severa a pesar de su juventud y observaba todas las normas sociales con una rectitud que horrorizaba a su hermano mayor. Tampoco se parecían físicamente en lo más mínimo y esto no hacía más que aumentar la brecha invisible entre los dos .

El tercer hijo, John, no hacía más que darle dolores de cabeza a sus padres. Desde muy niño se acostumbró a ser el más pequeño, el más consentido y sus rabietas frecuentes parecían augurar el tipo de vida desordenada que llevaría. Mal estudiante, perezoso, no se interesaba en los negocios de la familia si no era por el dinero, el cual adoraba malbaratar. Sus hermanos siempre se mantuvieron a cierta distancia de él, por considerarlo “chiquito” e inmaduro. Para acabar de subrayar las diferencias entre ellos, John nunca pareció interesarse en las costumbres escocesas que tanto ilusión le hacían a William y Margaret. De niño lo vestían con el tartán como a William, pero cuando creció no volvió a usarlo más. William y Margaret pensaban que de su padre, ellos habían heredado lo escocés, mientras que su madre le había legado lo inglés a John. Este matrimonio entre dos culturas tan diferentes había tratado de inculcar a los niños amor por las dos, pero de forma misteriosa, William y Margaret manifestaban tan poco interés por sus raíces inglesas que John por las escocesas. Simplemente, no les llamaba la atención.

La estancia en el Colegio San Pablo de Londres había sido determinante para John. Inmediatamente sintió un fuerte amor por esta ciudad cubierta de niebla y cuando su padre puso fin al suplicio de los estudios, decidió establecerse en Londres. Esto no hizo más que aumentar la distancia entre los hermanos: casi no se escribían; y las breves visitas de William y Margaret a Londres eran siempre una escala entre América y su querida Escocia.

A la muerte de sus padres, William heredó toda la fortuna, las residencias y la mayoría de las villas. Rachel, que para ese entonces ya se había casado con Matthew Elroy, heredó unas cuantas villas en diversas ciudades de América: Chicago, Nueva York, Detroit y varias en Florida. Sabiamente, William Alexander había previsto que era preferible que su hijo John no tuviera mayor acceso al dinero de la familia. Recibió una modesta herencia -modesta en comparación con la de sus hermanos, pero era una suma importante de dinero- y las villas de Londres y de Inglaterra que habían pertenecido a su madre.

La vida de John en Londres dejaba mucho que desear. Tenía deudas, hacía apuestas a diestra y siniestra, pasaba la noche en bares y cabarés, tenía múltiples duelos… La perspectiva de tener mucho dinero le hacía llevar ese tipo de vida desordenada.

Sin embargo, una noche en un bar… John conoció a la mujer más bonita que había visto. Su nombre era Amanda y a pesar de su empleo de mesera, de todos sus gestos emanaba una majestuosidad que cautivó al muchacho, que todavía era jovencito. Se enamoró perdidamente de ella y se hubieran casado al nacer su hijita de no haber sido por la muerte repentina de Amanda al momento del parto. Esta perdida dejó a John devastado y pensó incluso acabar con sus días… lo hubiera hecho de no ser por la bebé que lloraba en su cunita y cuyas delicadas facciones le recordaban tanto a Amanda.

John resolvió ocuparse de su hija, a la que llamó Sarah. No juzgó importante notificar a sus hermanos de lo sucedido; porque ellos nunca le escribían y sobre todo por la ausencia de pruebas de matrimonio. Ya imaginaba los alaridos de Margaret al ver a esta niñita nacida fuera del matrimonio.

Sarah Andrew creció como la princesita de su papá. Cada día se parecía más a su madre y John le corría todos los gustos. Por ella, él hubiera abandonado su mala vida y habían periodos en que era un padre modelo… pero siempre terminaba regresando a los bares y a las apuestas. A la niña no le importaba esto y siempre le manifestó un cariño sin límites a su padre, al que cuidaba a pesar de lo pequeña que era con gestos inocentes y tiernos cuando regresaba malherido de alguna pelea.

Pero las deudas de John crecían cada día más; él mismo se sentía inquieto y por el bienestar de la niña decidió escribirle una carta a su hermano para mandársela en caso de que algo le sucediera. Una noche no reconoció en el bar a uno de sus deudores. Este lo siguió hasta su casa y armó una pelea en su propio jardín, de la cual John había resultado terriblemente herido. Se había arrastrado como pudo hasta la sala de su casa, donde Sarah, que entonces tenía seis años lo había recibido horrorizada. La niña vio como su padre moría entre sus bracitos y era algo que nunca había podido olvidar.

Alertado inmediatamente de la muerte de su hermano, William viajó a Londres desde Escocia, donde se encontró con la carta y con una niña huraña y retraída que, según lo que escribía John en la carta en que relataba toda su historia, era su sobrina. Sarah no tenía casi ningún rasgo de los Andrew, pero al verla tan desamparada, William no había podido dejar de compararla con sus dos hijitas, Nicole y Pauna, que lo esperaban confiadamente en casa y se había conmovido del destino de esta criaturita. La tomó en brazos y sin pensarlo dos veces, se la llevó consigo a Escocia, donde pasaba una temporada con su familia.

Le informó inmediatamente a Margaret de lo sucedido y le manifestó su intención de quedarse con la pequeña. Pero la Sra. Elroy, que llevaba ya varios años de casada y no tenía hijos, propuso ocuparse de ella. Y es que Sarah provocaba sentimientos encontrados en ella: por un lado, un ligero desprecio hacia la hija ilegítima de un hermano al que nunca le había tenido simpatía. Pero por otro lado, la niña tenía una elegancia y una gracia en sus maneras que definitivamente no tenía de su padre. Se veía como toda una damita en miniatura y su triste historia le recordaba algo que había sucedido hacía mucho tiempo ya y que todos habían olvidado.

Pero William no cambió de opinión. Él estaba seguro que la niña estaría mucho mejor con él, su esposa y sus dos hijas. Además, Margaret no tenía hijos y sería muy raro verla de repente con una niña. Él, al contrario, ya tenía dos niñas, a las que muy pocos conocían por lo pequeñas que eran. Nadie se asombraría de ver una tercera cuando regresaran a América, sobre todos porque las niñas estaban en Escocia desde hacía un par de años. Sarah tenía 6, Pauna 5 y Nicole 8: las tres se llevarían muy bien.

¡Cuán equivocado estaba Sir William Christopher al pensar eso! Nicole y Pauna acogieron a su nueva hermana sin hacer demasiadas y desde el principio le trataron con mucho cariño. Pero Sarah Andrew no era una personita fácil de querer: desde su llegada a la casa de su tío, a quien ahora debía llamar “padre” se había dedicado a hacerle la vida imposible a sus “hermanas”. Tiraba los cabellos de Pauna, le destrozaba las rosas que tanto le gustaban, le escondía los libros a Nicole… pero todo de una forma tan sutil que no había forma que ninguna de las niñas la pudiera acusar. Incluso Nicole y Pauna, que siempre se habían llevado muy bien, sobre todo por la naturaleza dulce y calmada de Pauna, ahora discutían y peleaban todos los días.

William Christopher veía con mucha tristeza como a pesar de los buenos tratos de todos, Sarah seguía con sus maldades. Y es que la niña se había hecho la idea que en esa casa nadie la quería, cosa que terminó siendo cierta con el paso de los años. Para alejarla al menos de Pauna quien era la que más sufría por ser la más pequeña e indefensa, enviaban a Sarah durante largos periodos a vivir con la tía Elroy, que siempre la recibía gustosa. Sarah se había dado cuenta desde el principio que esta señora le tenía un gran aprecio y era la única con quien se portaba amable y sacaba a relucir su carácter de damita, cimentando así una relación especial que duraba hasta el presente.

Al hacerse mayores, la rivalidad se había acentuado aún más. Como ya no podía hacerle maldades a Pauna porque George la defendía, ahora Sarah tenía una nueva estrategia silenciosa: intrigar con todos los chicos que se interesaban tanto en Nicole como en Pauna. Afortunadamente este jueguito no duró mucho, porque las casaron a las tres muy temprano.

Albert había leído todo las maldades que le hacía Sarah a sus hermanas en el diario que Pauna llevaba cuando era niña. Lo triste que sonaba Pauna le rompía el corazón y no hace falta añadir que leer eso, le había hecho detestar a Sarah Leagan más de lo que ya lo hacía. Recordaba vagamente que cuando era muy pequeño, Pauna, Sarah y él vivieron un tiempo muy breve juntos… y siempre en sus recuerdos Sarah aparecía como la villana, una figura “mala” y lo que había leído le confirmaba eso. La miró sentada muy cómodamente en la oficina…. ¿Qué se había creído, que él la recibiría con los brazos abiertos?

Ella trataba aún de reponerse del ataque sorpresa de Albert. Ese “hermano” que muy poco había conocido… Recordaba haber vivido con él y la forma en que ese duendecillo rubio defendía a Pauna como podía. Sarah nunca le había prestado atención, porque no era más que un bebé.

A la muerte de William Christopher, ella estaba segura de heredar la fortuna. Nicole había cometido la tontería de casarse y tener a su niño, Pauna era demasiado “angelical” según todos para ocuparse de los negocios de la familia, William un niñito de cuatro años y George… bah, George. Era imposible que él fuera mencionado. La única candidata era ella…

De todos los presentes en la lectura del testamento, nadie había estado tan estupefacto como ella de enterarse quién era el heredero universal. Con un grito de horror se había volteado a mirar al niñito que jugaba con sus juguetes, sentado en el piso del cuarto. ¿Él? ¡Pero si era solo un bebé! Y George, manejar la fortuna mientras??¡Eso era inconcebible, él ni siquiera era un Andrew! ¡Ni siquiera había terminado sus estudios!

Por una vez, Pauna había demostrado un carácter fuerte al imponer su voluntad de quedarse con William Albert hasta que George terminara sus estudios y pudiese desempeñar su rol de tutor. Sarah se había sentido tan frustrada y horrorizada que había preferido retirarse de la reunión, no sin antes ver lo feliz que se veía William entre los brazos de Pauna.

Con la aparición de un tal tío abuelo William que era un primo de la Sra. Elroy que ella misma había ido a ver en Escocia, Sarah se había tranquilizado. Por lo menos la fortuna estaba en manos de alguien amigo de la tía Elroy, alguien respetable… No un niño. En su mente, William Albert no había pasado de los cuatro años y se había olvidado de él, ya que casi nunca lo veía. Hasta ahora que resurgía y comenzaba a imponer su ley por todas partes, una ley que ni la tía Elroy podía contradecir.

Él, sintiendo que la entrevista había durado suficiente, decidió acortarla diciendo mientras se volvía a sentar en su silla:

« Si eso era todo, Sarah, te agradecería que te marcharas. ¿Te parece si en futuro evitamos esta clase de visitas? »

Sarah Leagan dio un brinco y se paró de su silla para enfrentarlo:

« ¿Qué estás diciendo? ¿Pretendes impedirme que regrese a Chicago?

-No te lo estoy prohibiendo. Puedes regresar a Chicago si quieres. Pero te ruego que te abstengas de regresar aquí, a mi oficina y a mi casa. Muchas personas estarían felices si eso sucediera, incluyéndome a mí. Claro… para el cumpleaños de la tía Elroy o cosas parecidas, tendrás que venir, pero creo que sobreviviré si no me saludas… »

Albert soltó estas palabras con mucha indiferencia, mirando hacia otra parte. Ella, que lo miraba boquiabierta ante tal ofensa, primero no supo qué decir. Balbuceó algunas sílabas sin sentido, pero tomó fuerza con su mejor argumento y soltó, elevando la voz:

« ¡No puedes excluirme de este círculo! ¡Eso es algo que tú no puedes hacer! ¡Soy tan Andrew como tú! »

Esta vez Albert palideció como si lo hubieran insultado en lo más profundo de su dignidad. Se paró de golpe y enfrentó a su seudo-hermana, midiendo sus palabras cuidadosamente antes de responder con grandes gestos irritados:

« ¿Cómo te atreves a decir algo semejante? ¿Cómo te atreves? ¡No sabes siquiera lo que significa ser un Andrew! -ahora el enojo teñía las mejillas de Albert de rojo- Dime, Sarah ¿alguna vez le has puesto el kilt a Neil? ¿Qué saben Neil y Elisa sobre la historia de nuestra familia? Estoy seguro que no me equivoco al afirmar que jamás les has inculcado la más mínima noción de las tradiciones de la ilustre familia Andrew. ¡Ser un Andrew es mucho más que llevar un apellido! Un Andrew tiene buen corazón, un corazón sensible a la injusticia y que se conmueve ante la maldad. Mira a Anthony, a Stear y a Archie. Ellos tres son Andrew y es algo que nadie puede poner en duda. ¿Pero tus hijos? Ni tú ni ellos tienen una pizca de compasión o de sensibilidad social, se escudan bajo el apellido para hacer sus maldades y sus actos despreciables. ¡Son la vergüenza de esta familia! »

Sarah Leagan tenía un concepto muy alto de su persona: eso era lo que la hacía actuar tan arrogante y pedante, pero como todas las personas de ese temperamento, sabía reconocer cuando alguien la ponía en su lugar. El tono de Albert indicaba muy claramente que ya no podría volver a jactarse de su posición social sin recordar esta escena. Se mordió los labios y miró a Albert directo a los ojos, pero él no la miraba más. Sarah se levantó sin decir una palabra y salió de la habitación, esta vez no altanera como cuando llegó, sino cabizbaja y con la firme decisión de no regresar jamás.

Albert suspiró de alivio, pero su satisfacción sólo era a medias. Se había librado de su odiosa prima, pero sabía que seguían habiendo personas tan retrógradas en su círculo social… y que probablemente tendría que lidiar y codearse con ellos durante varios años. Volvió a suspirar, esta vez melancólicamente… ¿cuándo regresaría Candy?

Capítulo 7: Un Día Difícil.

Fue una catástrofe que comenzó muy temprano.

Albert supo inmediatamente que algo andaba mal al abrir los ojos. Se sentó en la cama, asustado y miró a su alrededor. Al principio no entendió lo que estaba sucediendo, pero una mirada hacia el reloj de pared del cuarto lo hizo ahogar un grito de horror. ¡Las 9! Recordó angustiadamente que ese día tenía una cita a las 9:30 con un inversionista importante y se levantó de un brinco.

Corrió a lavarse a toda prisa, sumamente preocupado. Claro, la noche anterior había tenido que resolver un asunto pendiente en un documento. Sólo recordaba que George hablaba y hablaba… el reloj marcaba como las 2 de la mañana… Ni siquiera recordaba si habían resuelto el problema de lo cansado que estaba a esa hora. Él, siempre tan matinal, se había quedado dormido. ¿Por qué nadie había venido a despertarlo? pensó azoradamente mientras buscaba una camisa blanca en el armario.

Se indignó al darse cuenta que ninguna estaba planchada. Aparentemente las habían apartado para plancharlas, pero de alguna forma eso nunca se llegó a cumplir. Albert pensó con cierto enojo que eso nunca había pasado nunca, excepto el día que estaba apurado. Se puso el resto de la ropa y salió sin camisa, con el saco y la corbata en la mano. Se dirigió a toda prisa hasta el cuarto que ocupaba George sin encontrarse a nadie en el camino.

Obviamente, George no estaba en su cuarto. Como siempre que entraba ahí, Albert se asombró (brevemente, esta vez) del orden y la limpieza que reinaban en la habitación de George: todo estaba impecablemente arreglado, organizado… ¡Rápido! Albert abrió el armario y tomó una de las camisas blancas de George.

Vio en el espejo que le quedaba un poco grande, pero se dijo que al ponerse el saco no se notaría eso. Al arreglarse la corbata, se dio cuenta que el reflejo del espejo se veía bastante asustado. ¿Dónde estaba el Albert alegre y despreocupado que alguna vez había sido? Todavía habían una partecita de él que murmuraba que estar atrasado no era el fin del mundo, pero… ¡No hay tiempo de pensar en eso ahora! Faltaban escasos minutos para las 9:30 y Albert corrió de nuevo, esta vez hasta la cocina.

No había tiempo de sentarse cómodamente a desayunar. Sólo tomaría un café para despertarse, porque se sentía todavía un poco adormilado. Mientras le servían su café se enteró por la cocinera que el ama de llaves se había enfermado y que esa era la razón por la cual las camisas no estaban listas. Albert pensó que alguien más podría haberse ocupado de sus camisas y tomó la taza, pero no la asió correctamente y se quemó los dedos: sorprendido, soltó la taza de café que, antes de estrellarse contra el piso, se derramó sobre la camisa blanca.

Albert miró la camisa de George sin moverse ni decir nada. Apartó suavemente a la cocinera que se afanaba a su lado por ayudarlo a limpiarse y regresó al cuarto de George a buscar otra camisa. Prefirió no mirarse al espejo y pensó con desgano Tal vez debería quedarme en casa hoy… Quimeras, quimeras… Sin apurarse, porque ya sentía que estaba irremisiblemente tarde y el apurarse no cambiaría nada, fue al despacho a buscar su maletín. Antes de salir, recordó que después tenía una junta con todos los accionarios y tomó uno de los fólderes que estaba sobre el escritorio, seguro de que ese era el que necesitaría. Por suerte que me acordé se dijo mientras subía al carro y que le recomendaba al chofer que se apurara.

Cuando llegó a la cita con el inversionista el reloj apuntaba las 10:15. ¡Qué terrible! Respiró hondo y trató de aparentar calma al pasar a la oficina donde lo esperaba. El inversionista, el Sr. Arkhonnen, estaba sentado detrás del escritorio consultando unos papeles. Al ver entrar a Albert, se quitó los lentes y lanzó una mirada indignada al reloj. El joven comenzó a disculparse:

« Sr. Arkhonnen, buenos días. Le ruego que disculpe mi tardanza… »

Un gesto altanero del Sr. Arkhonnen lo interrumpió antes de que pudiera dar alguna explicación y no tanto intimidado, sino sorprendido, Albert se detuvo a media oración. Su interlocutor, un hombre de cierta edad y de cabellos canosos, colocó los papeles en una carpeta y estudió a Albert de pies a cabeza. Al final comentó:

« Es usted mucho más joven de lo que pensaba. »

La entrevista no podría empezar peor. Que le recordaran su edad era algo que Albert detestaba. Todos los días se codeaba con respetables señores de avanzada edad, él siempre era más joven de la sala y muchas veces lo trataban como si fuera incapaz de manejar la fortuna de los Andrew a los 25 años. Mientras Albert sentía que cierto rubor le subía a las mejillas, el Sr. Arkhonnen continuó:

« Sr. Andrew, son casi las 10:20. Corríjame si me equivoco, pero esta reunión era hace casi una hora.

– Sí, es cierto, pero déjeme explicarle, he…

-Mi joven amigo, hay algo muy importante que ha de aprender si quiere seguir en este mundo de los negocios… La puntualidad. Saber aprovechar bien el tiempo puede ser determinante… Imagínese, en esta hora que pasó, acaba usted de perder un negocio. »

Albert miró al Sr. Arkhonnen con horror. ¡No podía ser cierto! Este era el tercer negocio que perdía en la semana. Olvidando todos los consejos de George sobre lo que había que hacer en esos casos, balbuceó:

« ¡Pero Sr. Arkhonnen! ¡Debe haber alguna manera de arreglar esto!

-No, no, le ruego que no insista. He tenido tiempo de pensar mientras lo esperaba. Creo que sería una locura de mi parte invertir en acciones suyas. Me parece terriblemente joven e inexperto para estar a la cabeza de un consorcio tan importante y poderoso como el de los Andrew. »

El joven fijó sus grandes ojos azules en los del Sr. Arkhonnen. Le pareció escuchar la voz de George en su cabeza: El cliente siempre tiene la razón… trata de contentarlo siempre… ¿Pero qué se creía ese Arkhonnen? No tenía que ser tan grosero sólo porque no quería el negocio y eso no le daba derecho alguno a insultarlo. Con esa fría determinación que parecía nacerle a veces, soltó mientras caminaba hacia la puerta:

« Como quiera. ¡Usted se lo pierde! »

****

¿Usted se lo pierde? De todas las cosas que había podido decirle al Sr. Arkhonnen ¿eso era lo que le había dicho? Sentado en el carro en camino a la reunión con George y los notarios, Albert se pasó por la cara con desgano: había sonado como un niño tonto y petulante. ¡Vaya empresario que había resultado ser!

Se bajó a toda prisa en el edificio donde tenía lugar la reunión, consciente que también estaba tarde. Al entrar al salón de reuniones, se hizo un silencio y si bien los señores se levantaron en señal de respeto, Albert sintió las miradas desaprobadoras mientras se sentaba a la cabeza de la larga mesa, con George a su derecha y un leve rubor en las mejillas.

« Estábamos hablando de esas estadísticas que revisamos anoche. ¿Las recuerdas? » dijo George a media voz.

« Sí, aquí están… » respondió Albert en un susurro.

Y al abrir el fólder para darse una idea general antes de comentar algo, Albert se dio cuenta de que no eran las estadísticas que necesitaban, sino unos informes de otro caso… Pánico… Clavó su mirada en la hoja como si eso pudiese transformar el hecho de que había tomado el fólder equivocado. Se imaginó todas los pares de ojos fijos sobre él y sin saber muy bien lo que hacía, se puso de pie de un salto y salió de la sala a toda prisa balbuceando vagamente unas disculpas, ante la mirada atónita de George que no pudo hacer otra cosa que seguirlo a toda prisa.

Estaba en el carro a punto de decirle al chofer que arrancara cuando George lo detuvo abriendo la puerta:

« Sir Willia… ¡Albert! ¿Adónde vas? »

Albert sacudió la cabeza obstinadamente, pero George siguió diciendo:

« Había previsto que algo así pasaría… así que el fólder lo traje yo… »

Albert miró a George con una mezcla de resentimiento y alivio. Suspiró ruidosamente y salió del carro para que el chofer no escuchara. Miró a su “mano derecha” y dijo con gran pesar:

« Perdí el negocio de hoy con el Sr. Arkhonnen.»

Nuevamente Albert se enfrentó a los reproches silenciosos de George. Se tomó la cabeza entre las manos y gimió:

« George, tú y yo sabemos que no sirvo para esto. »

George suspiró también pero en vez de comentar algo, tomó a Albert por el brazo y lo condujo suavemente, pero firmemente hacia la sala de reuniones, indicándole que debían continuar a pesar de todo.

****

La reunión transcurrió sin más incidentes y ahora George y Albert estaban en el carro de regreso a la mansión discutiendo sobre lo que se había comentado en ella.

«En fin –concluyó Albert con un suspiro– No salió todo tan mal después de todo.

– No, al contrario, la reunión estuvo bastante bien… en general… Si obviamos esos… ejem… pero bueno. Por cierto ¿qué le pasa a tu camisa hoy? Se ve bastante… extraña.

– Jejeje –rió el joven tímidamente– Se ve extraña porque no es mía, tuve que tomar una tuya esta mañana. ¡Qué día tan horroroso, George! Solo quiero llegar a casa y esconderme en alguna parte para no tener más sorpresas desagradables. ¡Por favor dime que ya no hay nada que hacer! –imploró–

– Bueno –George consultaba la agenda– Todavía tenemos que cerrar el trato con Hopkins. Espero que Candy se haya ocupado bien de él.

– Ah, sí, Candy… es cierto…»

Juzgando que la conversación había terminado, Albert se dedicó a mirar por la ventana del auto. El señor Hopkins era un cliente difícil: George y Albert llevaban varias semanas intentando convencerlo de que firmara el trato con ellos. Hopkins se había mostrado poco receptivo y bastante cascarrabias, algo que Albert atribuía a su avanzada edad. Sin embargo, unos días atrás, en medio de una acalorada discusión con él, Candy había entrado al despacho de Albert para informarle de algo importante.

Albert había presentado a Candy y la actitud de Hopkins se había suavizado bastante. Candy había conversado brevemente con él, con esa alegría y buen humor que no parecían dejarla nunca: una leve sonrisa había aparecido tras los bigotes canosos. Albert recordó la conversación con una sonrisita divertida:

«Vamos, señor Hopkins, ¿por qué está tan alterado? –había dicho Candy bastante ingenuamente, sin pensar un momento que podía estar cometiendo una indiscreción.

-¡Es este contrato que no me convence para nada! –para gran asombro de George y de Albert, Hopkins le había contestado a Candy.

-Bueno, pero no vale la pena de enojarse así por un simple contrato… No es bueno para la salud –y Candy le sonreía amablemente– Estoy segura que George y Albert pueden arreglar esto.

-¡Qué agradable es hacer negocios con esta jovencita! Deberían dejarla que se ocupe de esto… »

El señor Hopkins había cambiado tanto su actitud que cuando sugirió hacerle una visita a Candy para conversar un poco y que ella aceptó, George y Albert habían suspirado de alivio: aparentemente ella podría ponerlo en mejores disposiciones para que firmara el contrato. George se había encargado de aleccionar brevemente a Candy sobre lo que debía decir… Con suerte, cuando llegaran a la Mansión, ya todo estaría listo para ser concluido.

***

Pero definitivamente nada era predecible ese día. Cuando Albert y George entraron al despacho, se encontraron con un señor Hopkins furibundo! Rojo de cólera, se levantó al verlos entrar y vociferó:

« ¡Esto es un escándalo!

– Pe.. ¡pero señor Hopkins! ¿Qué sucedió…? –balbuceó Albert

– ¡Esa muchacha! ¡Candice! –gritó Hopkins haciendo grandes gestos desordenados con su bastón en la mano– ¡Se ha negado a recibirme! ¡Me ha echado del cuarto donde estábamos! ¡Nadie nunca… pero que osadía! ¡Nunca me habían tratado de esa forma! »

Albert sintió como si algo dentro de él se desinflara. ¿Candy? ¿Pero por qué? ¡Qué decepción… y qué terrible! Estaba sin palabras ante las acusaciones del señor Hopkins. George intervino lo más cortésmente que pudo:

« Vamos, señor Hopkins… Usted sabe cómo son los jóvenes ahora… estoy seguro de que la señorita Candice no quiso…

– ¡Quiso perfectamente!

– Le ofrecemos nuestras más sinceras disculpas en su nombre… Espero que este incidente no…

-¡Puede olvidarse de ese contrato para siempre! ¡Y créame que jamás negociaré con los Andrew otra vez! ¡Qué desagradable es hacer negocios con los Andrew!!!! »

Diciendo esto, el señor Hopkins se retiró de la habitación con grandes pasos furiosos.

« Pero ¿qué habrá pasado? » dijo George con preocupación. Hasta entonces no se había percatado del silencio sepulcral de Albert y volteó a verlo: la expresión de su rostro lo sorprendió hasta sobresaltarse. Pues Albert no tenía ninguna expresión. Estaba muy pálido, pero sus facciones no reflejaban nada en especial y era esa vacuidad lo que le daba ese aspecto inquietante. ¡Pero los ojos! Al acercarse más, George descubrió la tormenta que se agitaba en los ojos de Albert: prácticamente lanzaba destellos de cólera a través de ellos. Nunca, nunca lo había visto tan terrible y silenciosamente furioso.

George iba a decir algo para calmarlo, pero de repente Albert dio media vuelta y salió del despacho. Comprendiendo lo que iba a hacer, George corrió detrás de él y trató de detenerlo por el brazo:

« ¡Albert! ¡Albert! ¡No vayas! Estás muy enojado… ¡vas a decir cosas que no quieres decirle! »

Albert soltó su brazo de George sin esfuerzo aparente y siguió su camino ignorando abiertamente lo que le decía. Sin desistir, George siguió caminando a su lado para tratar de hacerlo entrar en razón, pero Albert no escuchaba… Estaba demasiado enojado con ella….

Abrió de golpe la puerta de la sala de estar, donde sabía que ella estaba. Las últimas palabras de George murieron en sus labios y viendo que ya nada podía hacer, prefirió retirarse para no presenciar lo que ocurriría. Candy se sobresaltó al oír la puerta y se levantó. Comenzó a sonreír al ver a Albert, mientras que cierto alivio se pintaba en su rostro. Pero esas manifestaciones de cariño se congelaron cuando miró a Albert más cuidadosamente.

Albert… » susurró sin comprender el por qué de la frialdad de sus gestos.

Él cerró la puerta detrás de él, sin quitar su mirada indignada de los ojos de Candy en ningún momento. Se acercó lentamente a ella. Francamente asustada, ella dio un paso hacia atrás. Jamás había visto a Albert enojado y su silencio era peor que cualquier arrebato. ¡Y ese enojo parecía estar dirigido a ella! Albert dijo pausadamente, pero dejando oír un temblor en su voz:

« Candy… ¿Cómo te has atrevido a hacer semejante cosa? »

Al principio sin entender, Candy comprendió bruscamente a qué se refería Albert. De inmediato sintió la necesidad de aclarar lo sucedido y abrió la boca para explicar, pero él no le dejó hablar siquiera: se acercó aún más a ella y siguió con el mismo tono amenazador:

«¿Acaso no sabes lo importante que era este negocio para nosotros? Yo confiaba en ti, Candy. Realmente confiaba en ti. Y ahora hemos perdido este trato por tu culpa!!»

Después de esto, Albert gritó unas frases entrecortadas sin pie ni cabeza que decían más o menos “no lo puedo creer” y “muy decepcionado” o “tú entre todas las personas hacerme esto”. Candy intentaba decir algo, pero él no le dejaba tiempo, hasta que ella gritó aún más fuerte que él:

«¡Albert! ¡¡Albert!! ¡¡¡Albeeeeeert!!!»

Él se detuvo bruscamente y la miró todavía con enojo. Ahora Candy también estaba furiosa y durante un breve momento, Albert se sorprendió al descubrir también enojo en los ojos de ella. El rubor subió a las mejillas de Candy mientras gritaba:

«¿Qué es lo que te pasa? ¡Ni siquiera sabes lo que pasó! ¿Sabes lo que pasó, Albert?? ¡El señor Hopkins! –los rizos rubios se agitaron sobre el cuello de Candy, copiando la irritación de su dueña– ¡TU señor Hopkins… me ha dicho, me ha propuesto…! –sus mejillas se colorearon aún más y por un momento tartamudeó, no sabiendo cómo seguir, pero se repuso rápidamente y continuó furiosa– …¡cosas que no ha debido sugerir jamás! ¡Pero ya veo que eso no te importa! ¡Sólo te importa el estúpido contrato y nada más! ¡Ni siquiera me has querido escuchar!»

Cada uno de los reproches de Candy golpeaba a Albert como una bofetada. Perdiendo todo su aplomo, él suspiró brevemente y cerró los ojos. Al abrirlos vio que todavía estaba alterada. Un poco tarde comprendía lo sucedido… Qué desfachatez del Hopkins… seguro Candy estaba asustada, asqueada… y él no había hecho otra cosa que reclamarle lo que ella estaba en todo el derecho de hacer. Cuando fijó su mirada en los ojos verdes de Candy, se dio cuenta de dos cosas: que ya no estaba enojado… pero Candy sí lo estaba y que definitivamente no lo perdonaría de una vez.

Ah, qué día. ¿Una pelea con Candy? Eso no debía haber sucedido jamás. Muy disgustado consigo mismo, decidió que por ese día ya no podría arreglar más nada… Le lanzó una mirada triste a Candy antes de salir de la habitación, cerrando la puerta con mucho cuidado.

Un poco desconcertada por la salida silenciosa de Albert, Candy se volvió a sentar lentamente en el sillón donde estaba. Se sentía como ausente, como si aún no entendiera lo que acababa de suceder. De repente murmuró: “Albert… ¡nunca habíamos peleado antes!” Y rompió a llorar desconsoladamente.

Capítulo 8: Descubrimientos

William Albert Andrew se agachó y levantó la colcha que cubría su cama, asomándose debajo de ella. Evaluó la posibilidad de caber en ese espacio reducido… Ciertamente había pasado mucho tiempo desde que… No vaciló ni un momento más y se metió debajo de la cama. Dejó escapar un largo suspiro desanimado, cuando de repente sintió un cuerpecito y peludo que se acurrucaba contra él:

« Poupée… –susurró Albert con melancolía. ¿Cómo me encontraste?»

Se sentía exhausto después del día tan malo que había tenido, tanto física como moralmente. No había tenido ánimos de salir a los jardines después de la discusión con Candy… arrastrando los pies había llegado hasta su habitación y, retomando una costumbre que tenía de niño, se había escondido debajo de la cama… Recuerdos vagos acudieron a su mente…

¿Qué edad tendría en aquel entonces? Aún vivía en Chicago con la tía Elroy y George, así que debía tener unos… ocho o nueve años… Ya ni recordaba porqué se escondía de la tía Elroy… Sólo sabía que ella lo estaba buscando y que estaba enojadísima… No había tenido de escapar hacia el lago y la cama ofrecía un buen escondite provisorio. Le parecía volver a escuchar los pasos de la tía Elroy sobre el piso del cuarto mientras vociferaba: “¿Dónde está ese niño? ¡Nunca he visto algo semejante! George ¡deberías tratar de aconductarlo!” Ah ,sí, George también estaba ahí, buscándolo… “No está por aquí, fíjate debajo de la cama, George” El niño había aguantado la respiración y de pronto George estaba agachado, levantando un pedazo de la colcha. George y Albert se habían mirado por un momento en silencio y luego, para gran sorpresa de Albert, George se había incorporado diciendo: “No está aquí, señora Elroy…”

La parte de la historia que Albert no sabía era que George se había compadecido del niño que lo miraba desde debajo de la cama, sin un destello de miedo en sus ojos azules. Al contrario, estaba serio y su mirada reflejaba más bien interés: “¿Me acusarás o no?” Y George había optado por el no… Después de todo, Albert era SU protegido… no el de la tía Elroy…

Pero Albert, ajeno a todas esas cavilaciones de George, hasta el día de hoy no se explicaba esa escena… George como siempre, protegiéndolo de la tía Elroy, como ahora lo protegía de su deber… ¿En qué otra ocasión se había escondido ahí? Los recuerdos de niño de Albert estaban como encerrados en una pesada caja fuerte… prefería no recordarlos, pero cuando los sacaba a la luz, como ahora, casi nunca podía detener que siguieran su curso…

El siguiente recuerdo debajo de la cama era… Ah sí… el día de la fiesta aquella… No le gustaba recordar ese día para nada… Sí, era el día de la Colina… el broche perdido… la indignación de todos, hasta de George… George anunciándole que lo enviarían a un Colegio en Inglaterra… entonces se había escondido, como si eso pudiera evitar…

Albert abrió los ojos sobresaltadamente: se había quedado dormido debajo de la cama. ¿Cuánto tiempo habría pasado así? De recuerdos confusos había pasado al mundo de los sueños, pero eran sueños agitados y angustiados. Poupée todavía seguía a su lado y gruñó suavemente mientras el joven se desperezaba.

“Heme aquí” se dijo “escondido debajo de la cama, escondiéndome como siempre de mi destino… Creo que ya no puedo seguir con esto… Tengo que tomar una decisión… La Decisión… por más infeliz que me haga a mí… o a ella…”

¡Candy! ¡La pelea! Tenía que ir a disculparse con ella… Ella no tenía la culpa de todas las cosas que le habían pasado ese día, cómo había podido… Se arrastró para salir, pero una mirada hacia la ventana le bastó para comprender que ya había anochecido y que ella estaría durmiendo… “Mañana hablaré con ella…” decidió y suspiró, pues lo que le tenía que decir no iba a ser fácil…

****

Candy se despertó muy temprano esa mañana, pues casi no había podido dormir… Sentía que no soportaba estar acostada y cada vez que cerraba los ojos, volvía a recordar la discusión que había tenido con Albert… ¿Seguiría enojado con ella? se preguntó con angustia mientras salía al balconcito de su habitación. El sol apenas salía y el cielo tenía un tono blancuzco, perezoso… De repente, Candy fijó su vista en una silueta que caminaba con dirección al lago: era Albert, que ya estaba levantado y vestido como para ir a trabajar, con el saco negro en la mano…

“¡Albert!” pensó Candy. Tuvo ganas de salir corriendo e ir tras él, pero su orgullo se lo impidió por un momento: ella también estaba enojada con él. Discutió consigo misma en voz alta y finalmente decidió seguir a Albert. Es que como estaba vestido como para ir a trabajar, Candy pensó que después del paseo, seguro se iría y no lo vería en todo el día… Tenía que saber si todavía estaba enojado, por lo menos antes de que se fuera.

Lo encontró sentado a la orilla del lago, mirando las suaves ondas que agitaban la superficie y absorto profundamente en sus pensamientos. No la escuchó acercarse y cuando la sintió sentarse al lado suyo, se sobresaltó y levantó la mirada. Ella no lo miraba, también parecía contemplar el lago. Se sintió aliviado de que estuviera ahí: a pesar de su enojo, ella quería estar junto a él. Así lo interpretó Albert y se acercó un poco más a Candy.

Por un momento, ninguno de los dos dijo nada ni hizo ningún gesto, pero fue Albert quien, cautelosamente, rodeó los hombros de Candy con su brazo. Candy no se movió ni hizo ademán de quitarse, pero todavía no lo miraba. Animado al ver que ella no se alejaba, Albert se acercó aún más a ella y apoyó su cabeza contra la de ella mientras decía:

«Candy… Candy, ayer… las cosas que dije fueron inaceptables. Jamás debí enojarme sin saber primero tus razones… No quise escuchar y te prometo que esa fue la primera y última vez que haré algo así. Me siento muy mal por lo que sucedió y tienes todo el derecho de estar enojada conmigo… Por favor, te pido que me perdones…»

Entonces Candy volteó a verlo y le sonrió suavemente. Albert sonrió también, sintiéndose más calmado ahora que los ojos verdes parecían decir alegremente “perdonado.. perdonado…” Quitó su brazo de los hombros de Candy, porque se dijo que tal vez ella quería decir algo también y no quería incomodarla. Efectivamente, mirando insistentemente el suelo, Candy murmuró:

«Estabas muy enojado… Yo… pensé que ya no me querías. »

Albert se rió suavemente y luego dijo muy serio:

«Candy, por favor… ¡Eso nunca va pasar!»

Ella volteó a verlo para ver qué cara tenía, pero la mirada de Albert se había perdido en el horizonte. En realidad él estaba pesando sus palabras:

«Mira, Candy, me enojé contigo pero tú no eras la razón. Por eso lamento tanto lo ocurrido, es que no tengo ninguna razón por la cual enojarme contigo. Estoy tan triste que hayamos discutido así…

-Ay Albert, yo también estoy triste…

-Es que me he puesto a pensar, Candy y en alguna forma preferiría no haber tenido que hacerlo… Mmm…»

Albert vaciló antes de comenzar: Candy era siempre la que le contaba sus problemas ¿podría él confiarle los suyos? ¿Entendería? Vio como la muchacha lo miraba atentamente, lista para escuchar lo que él iba a decir. Se decidió finalmente y explicó:

« Es que ves, Candy… tú hiciste lo correcto ayer. Te negaste a recibirlo y no te importó el trato, porque eso es lo normal que cualquiera haría. Pero en este mundo de negocios, en esta sociedad más que todo, uno no se puede dejar llevar por lo que el corazón o lo que el sentido común le indica… Tú no eres así, al contrario, tú eres tú misma y esa es una de las cosas que más admiro de ti. Por nada quisiera que te convirtieras en una de esas “damas” tontas que abundan por aquí. Pero… lo que sucedió ayer me duele, porque me di cuenta de lo que yo te puedo ofrecer… Una vida en una sociedad donde ni tú ni yo encajamos bien. En cuanto a mí, pues, ni modo… Para eso nací y no puedo zafarme, pero tú, Candy… No quiero que vivas así, ni quiero que finjas ser feliz en este mundo. Tú no mereces eso… Desearía que permanecieras siempre una persona independiente, inteligente y encantadora. No mereces este estilo de vida que te estoy ofreciendo; tú mereces ser libre como un pájaro. Y a mi lado, pues, temo que eso no pueda ser… »

Candy estaba atónita ante las palabras de Albert, realmente no se esperaba algo así. ¿Exactamente qué estaba diciendo él? Trató de protestar:

«Pero Albert… »

Sorprendentemente, pensó que tendría mil argumentos en contra de lo que él acababa de decir. Pero al momento de expresarlos, no se le ocurrió nada que decir… “Habla!!! Habla!!!!” se gritó interiormente y sin embargo no encontró nada que responder.

Albert esperó pacientemente a que ella dijera algo pero cuando la vio sin palabras comentó suavemente, como leyendo sus pensamientos:

«No sabes qué decir, porque sabes que es verdad… Piénsalo, Candy y verás que tengo razón.»

Le tocó la mejilla y Candy lo miró alarmada. El joven se veía muy triste y parecía no querer mirarla. Explicó mientras hacía ademán de levantarse:

«Ya tengo que ir a trabajar… Piensa en lo que te dije ¿sí?

-¡Albert! –por fin Candy recuperaba el habla y obligó a Albert a que la mirara– Albert… ¡Tú más que nadie sabes que mereces ser libre como un pájaro también!

– No es tan sencillo… Ya he huido de esto toda mi vida… Es hora de que asuma mis responsabilidades de verdad y renuncie a… al estilo de vida que llevaba antes.»

Lo único que Candy atinó a pensar mientras Albert se alejaba era: “¡Pero eso está muy mal!” Pero le faltó coraje o voluntad para decírselo… “Es tan extraño… Todo este tiempo, a pesar de que Albert y yo no teníamos nada, ahora… ahora me parece como si estuviéramos terminando…” Muy a pesar de ella, Candy sabía que de verdad él tenía razón. También se daba cuenta de lo mucho que le importaba Albert y lo difícil que sería si alguna vez decidieran… ¡Albert había hablado como si todo estuviera perfectamente claro entre ellos! ¡No era justo! Se mordió los labios, contrariada: ¿se habían reconciliado? ¿En serio?

****

El resto del día transcurrió lentamente. Por la tarde, Candy recordó de repente que esa noche tenían una fiesta en la mansión de los Wyse… y que Albert y ella habían decidido ir juntos, como a todos los otros eventos. Sin embargo, realmente no se sentía de humor para ir a bailar; estaba muy cansada y tenía un dejo de mal humor que le hacía pensar que sería más prudente quedarse en casa. Tomó una pluma y un papel para dejarle un mensaje a Albert.

Varias horas después, cuando ya había anochecido, Albert entró al cuarto de Candy, sumamente preocupado. Ella estaba sentada en su peinadora, cepillando su larga cabellera. Desde la fiesta de cumpleaños de Albert, Candy había tomado la costumbre de llevar su cabello suelto la mayor parte del tiempo, pero eso requería de muchos cuidados que ella, por más que quisiera obviar, terminaba haciéndolos por la falta de otras actividades.

El corazón de Albert dio un salto en su pecho cuando la vio peinándose… Algún día, tal vez… él podría presenciar cada vez que ella se peinara y tal vez… tal vez ayudarla… Pero recordó el motivo de su presencia en el cuarto y se acercó a la joven diciendo:

«Candy, acabo de recibir tu mensaje. ¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?»

Candy puso el cepillo sobre la cómoda y respondió:

«Sí, estoy bien… Sólo estoy un poco cansada, Albert… No creo que pueda resistir toda la fiesta sin quedarme dormida.

-Entiendo. » dijo Albert con una sonrisa condescendiente.

Iba a salir del cuarto, cuando Candy lo llamó:

«¿Albert?

-Dime…

– Ya no estamos enojados ¿verdad?

– No, mi niña… Claro que no. »

Candy intentó devolverle la sonrisa, pero no pudo ser indiferente a la creciente irritación que se agitaba dentro de ella. ¿Mi niña? ¡¿Mi niña?! repitió en voz baja con disgusto mientras Albert cerraba la puerta. ¡Uy! ¡Hubiera querido golpearlo!

****

Albert se aburría horriblemente en la fiesta de los Wyse. Había causado cierto revuelo en la sala cuando había llegado solo, sin pareja y no con Candy como ya era costumbre; comenzando por Archie y Annie, que acudieron preocupados. A continuación, todas las jóvenes que no habían podido acercársele en las otras fiestas por la molesta presencia de Candy, literalmente se habían abalanzado sobre él: ¡ya le dolían los pies de tanto bailar! Y lo peor era que no podía negarle una pieza a ninguna dama, porque se vería terriblemente descortés.

Mientras bailaba con… uhm, ¿cómo era que se llamaba? Oh, sí, Isabelle. Mientras bailaba distraídamente con Isabelle, un grupo de personas en un extremo de la sala llamó su atención, por lo animada que se veía la plática que sostenían. Mientras daba las vueltas del vals se torció el cuello tratando de adivinar quién estaba al centro del grupo. ¡Qué sorpresa se llevó al ver que era Archie!

Archie estaba rodeado en su mayoría de jóvenes de su edad, tanto caballeros como damas, pero había algunos señores más viejos y todos lo escuchaban con atención, mientras él acaparaba la conversación. De pronto Annie entró al grupo y Albert vio como todos la saludaban efusivamente mientras tomaba el brazo de Archie. Él le sonrió brevemente a su novia y luego siguió hablando.

“Vaya, a Annie y a Archie les gustan estos eventos” se dijo Albert… Después de unos momentos en los que su mente pareció procesar sus palabras, tuvo una Revelación sobre esto, tan fuerte que paró de bailar en seco.

«¿William? ¿William? –llamaba Isabelle.

– ¿Cómo? Oh, sí, disculpa, ¡sigamos bailando!»

Mientras terminaba la pieza, Albert comenzó a hacer planes en su cabeza: tendría que hablar con George y arreglar una cita con Archie… Si tenía talento para los negocios como para socializar, entonces… ¡Ah! ¡Pero qué excelente idea! ¿Cómo no se le había ocurrido antes? ¡Así él podría delegar…! Entre más lo pensaba, más se emocionaba con la idea y se prometió comunicársela a Candy cuanto antes. Tal vez, tal vez… por fin podrán ser felices los dos…

****

Candy movió ladeó la cabeza suavemente. Entreabrió los ojos y se dio cuenta que todavía era de noche. Los volvió a cerrar y divagó unos momentos en la semi-inconsciencia que sigue a los sueños. Sonrió plácidamente, recordando escenas de su sueño. Ahh, sí… Albert estaba ahí… Era en Lakewood… Sí, estaba vestido de Príncipe y podía sentir su perfume mientras acercaba a ella… Mmm… le tomaba el rostro entre las manos y le rozaba los labios en un tierno beso… Un beso que se alargaba deliciosamente… Ahh, qué rico…

Candy abrió los ojos bruscamente y se incorporó en la cama, casi asustado de lo que acababa de pensar. ¿Realmente había soñado eso? ¡Sí! chilló una vocecita dentro de su cabeza. Sintió como su corazón latía alocadamente en su pecho e involuntariamente se llevó los dedos a los labios. ¡Oh, qué dulce era el beso de Albert en su sueño! Ojalá no hubiera sido un sueño…

Ahogó un grito al comprender hacia donde la llevaban sus pensamientos: ¡ella de verdad quería estar así con Albert, quería que él la besara! Y entonces entendió todo de golpe: “Yo.. ¡yo amo a Albert!¡Estoy enamorada de Albert!”

Inmediatamente sintió como un alivio en su pecho mientras se repetía en voz baja lo que acababa de descubrir: “Estoy enamorada de Albert… estoy enamorada de Albert… ¡Estoy enamorada de Albert!” ¿Desde cuándo se engañaba sin darse cuenta de lo que pasaba? ¿Desde aquella fiesta? No, más. Recordó cómo él había intentado besarla… ¡lo que ella había sentido en ese momento había sido más que curiosidad! ¡Ahora se daba cuenta de cuánto deseaba ese beso desde lo más profundo de su ser!

Siempre quería pasar tiempo con él, oírlo hablar, estar con él… Albert, Albert, Albert… Se había convertido en una parte entrañable de sí misma, a tal punto que… Y él siempre estaba con ella, a su lado, apoyándola… Desde aquella vez en la Colina cuando apenas era una niña… ¿Sería que desde entonces su corazoncito sabía que él…? “¡Lo quiero! ¡Tengo que ir a hablar con él! ¡Debo saber si él…”

Candy se levantó de un brinco de la cama y comenzó a correr hacia la puerta del cuarto, titubeando un poco pues no se despertaba completamente. Inesperadamente recordó algo y se detuvo a medio camino: Albert estaba en la fiesta, la fiesta a la cual ella había rehusado asistir. Muy lentamente regresó a la cama y se sentó en el borde; cada uno de sus movimientos le pesaba.

¿Saber si él sentía lo mismo por ella? Las palabras que él había dicho en la mañana resonaron en sus oídos: “Me di cuenta de lo que yo te puedo ofrecer… No quiero que vivas así… No mereces este estilo de vida que te estoy ofreciendo. Y a mi lado, pues, temo que eso no pueda ser…” ¿No era eso una manera amable de decirle que era imposible que estuvieran juntos? ¿Que él no quería que ella estuviera con él?

A la euforia del descubrimiento de lo que sentía por él, le siguió el amargo sabor de la realidad. Sintió con indiferencia cómo unas lágrimas rodaban por sus mejillas. Sorprendentemente, en vez de ahogarse en un mar de llanto, tomó una fría determinación, tan repentina que ni siquiera pensó en cuestionarla: “Me voy. Me voy.”

*****

Al día siguiente, Candy se dirigió con paso firme al despacho de Albert. Al momento de tocar la puerta, tuvo que detenerse un poco para tomar aire y para darse fuerzas para lo que iba a hacer. Nadie le respondió después de golpear, así que entreabrió la puerta:

«¿Albert? ¿Puedo pasar?»

La oficina estaba vacía y Candy estuvo de darse media vuelta e irse. Pero la voz de Albert se elevó desde la terraza:

«¿Candy? Estoy acá. »

Albert abrió la puerta de vidrio y entró a la oficina, sin saco ni corbata y la camisa remangada. Se alegró de verla, así podría contarle de la idea que se le había ocurrido la noche anterior. Explicó ante la mirada perpleja de Candy:

«Estaba ocupándome de unas plantas… ¿Cómo estás?»

Ignorando la pregunta, Candy caminó hacia el escritorio, forzándose a no echar un vistazo al pedazo de pecho de Albert que asomaba por la camisa. Sintió que se sonrojaba y eso la enojó. Respiró hondo y soltó de pronto:

«Albert, voy a regresar al Hogar de Pony. »

Tomado por sorpresa, Albert frunció el ceño y caminó hacia el otro lado del escritorio, para quedar de frente a Candy. De verdad que no se esperaba eso… Dijo con una voz átona:

«¿Qué dices?»

Forzándose a mantener la calma, Candy respondió:

«Pensé en lo que me dijiste ayer y es verdad, tenías toda la razón… Por eso creo que lo mejor por ahora es que me vaya al Hogar de Pony… –de alguna manera Candy perdió todo su aplomo pues al decirlas en voz alta, las palabras tomaban un verdadero significado– …eeh… por lo menos por un tiempo.»

No quiso mirar a Albert. Él, por el contrario, estudiaba cada movimiento de su cara. Claro, era de esperarse una respuesta así de parte de ella… Pero no había contado con que tomara una decisión tan pronto. ¡Y menos ahora que vislumbraba una posibilidad de una vida sencilla! Realmente se veía bastante decidida, a pesar de su mirada huidiza y eso le causó una punzada en el corazón.

Albert abrió la boca para intentar decir algo: por primera vez quería decirle que estaba equivocada, que no se fuera, que no tomara una decisión así. Pero no encontró palabras… ¿Cómo podía ahora desmentir lo que había dicho el día anterior? No podía echar para atrás sus argumentos así de repente. Tal vez… era mejor que así fuera. Haciendo un soberano esfuerzo por dominar sus sentimientos y aparentar la misma calma de siempre, dijo en el tono que pretendía ser el bondadoso y alentador que lo caracterizaba:

«Bueno, Candy, si eso es lo que tú quieres… me parece muy bien… »

Por más que intentó disimularlo, Candy se dio cuenta que había algo diferente en la forma como lo dijo. Él quitó la mirada rápidamente, temiendo que Candy pudiera leer en sus ojos algo de la decepción que sentía. No quería verla, no quería, pero al saber que ella lo observaba con atención, le lanzó una ojeada rápida. Asombrado de lo que distinguió en ella, la miró más atentamente, fijando sus ojos azules en los de ella. Sí, pudo discernir en Candy algo que nunca había visto en su mirada pero que siempre había anhelado. Estuvo a punto de emocionarse pues pensó creer que tal vez ella sí le correspondía a pesar de todo… Pero una voz en su cabeza pareció gritarle: “¿Pero de qué hablaaaaas?? ¿Que no ves que se va? ¡SE VA! ¡SE VA! ¡Deja de imaginarte cosas que no son!”

Así que quitó la mirada y repitió con un tono que esta vez sí sonó alegre y sincero, pues la faceta de “amigo y protector”, que jamás dejaba a Albert cuando estaba con ella, ahogó sus sentimientos:

«Sí, Candy. La pasarás muy bien allá. ¿Cuándo sales?

– Eeh.. Hoy. Hoy, si es posible.

-Bueno. Le avisaré al chofer que te lleve.

-Sí. Gracias.»

Albert se preguntó si no era obvio para Candy que su corazón se estaba desmoronando en mil pedacitos. Curiosamente, ella también pensaba algo similar. Pero ninguno de los se daba cuenta que tenían puestas unas máscaras de insensibilidad, de esas que hacen mucho daño, por lo creíbles que resultan para la otra persona.

Ya había comenzado a anochecer cuando Candy terminó de empacar sus cosas. Las sombras le daban un aspecto bastante melancólico a la Mansión de Chicago y Candy sintió que el corazón se le volvía muy pequeño en el pecho mientras el chofer cargaba las maletas en el auto. Se le escaparon unas lágrimas silenciosas… Mientras había estado empacando, se había sorprendido llorando varias veces. No podía evitar estar tan triste, alejarse voluntariamente de Albert después de descubrir lo que sentía por él era extremadamente difícil. Levantó la mirada y se sobresaltó al descubrir a Albert parado en la puerta principal, observándola.

“¿Por qué dejas que me vaya? ¿Por qué no me pides que me quede?” pensó Candy mientras dejaba escapar un sollozo. Secretamente había esperado que Albert tratara de convencerla que se quedara, pero al encontrarse con su respuesta tranquila se había quedado muy desconcertada. Parada en los escalones, se dio cuenta que realmente no quería separarse de él… Qué Hogar de Pony… Estaba huyendo, huyendo de sus sentimientos.

Sin que ninguno de los dos pudiese darse cuenta de quién había comenzado a correr primero, se estrecharon ferozmente en un abrazo. Albert hundió su rostro en los rizos rubios de Candy y respiró profundamente su aroma. Ella no dejaba de llorar, aferrándose a él como a un árbol en la tormenta. Entre dos sollozos dejó escapar su nombre:

«Albert… Albert, yo…»

Él tomó el rostro de Candy entre sus manos con delicadeza y ternura. Sólo entonces ella se percató de que los ojos de Albert también estaban húmedos. “¿Por qué dejas, mi Candy?” decían silenciosamente las tímidas lágrimas que asomaban en sus mirada. Candy comprendió entonces que él también sufría, que esa mañana en el despacho sus palabras le habían costado un mundo… También que había preferido reaccionar como un amigo para no confundirla más y no interferir en su decisión. La muchacha sonrió a través de sus lágrimas, al tiempo que sentía alivio. Se separarían, sí. Pero de alguna manera, al ver su dolor reflejado en el de Albert, le parecía que las cosas serían más fáciles. Exclamó:

«¡Albert! No me iré por mucho tiempo. Regresaré muy pronto, te lo prometo. Creo que necesito un poco de aire de campo, para pensar… ¿Verdad que entiendes eso?

– Sí, Candy, mi linda. Ojalá yo pudiera hacer algo así también. Tal vez más adelante. Pero tú no regresarás… Yo te iré a buscar… cuando llegue el momento.

– Está bien, pero no te demores mucho. No te olvides de mí mientras estoy por allá ¿eh?

– Nunca, nunca –respondió él con vehemencia. Pensaré en ti todo el tiempo.

– Yo también.»

Albert le cubrió la frente de besos, que ella recibió con mucha alegría. En respuesta, le dejó dos besos en la mejilla que dejaron unas marcas que él tocaría soñadoramente durante mucho tiempo mientras el auto se alejaba de Chicago. Sí, la extrañaría más que a su alma. Pero así podría dedicarse completamente a entrenar a Archie. Y cuando el momento viniera, la iría a buscar al Hogar de Pony y le ofrecería la clase de vida que ella merecía… y si ella quería aceptarlo, un esposo que la amaría siempre a través de los años, con ese amor que había surgido hacía ya casi 13 años en aquella Colina.

No dejen de decirme qué les pareció!!!!!!

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107 comments

  1. Belsy Melina De Paz García

    No sabes como me hizo feliz tu final Dorita por que en el final de la serie es ovio que se queda con Albert me gusto este final y es que ellos al final se den un tiempo para pensar las cosas es un super final y te felicito Dorita eres una grann escritora, Saludos te mando Dorita Bye.

  2. hola me encantu tu historia pero que pasa despues? ademas no es por ofender pero la hstoria parece solo de albert pero muy bella historia ojala algo asi hubiera puesto la escritora de candy candy

  3. HOLA: NO SOY FAN DE ALBERT…
    PERO ME PARECIÓ INTERESANTE LA HISTORIA LE ECHE UN VISTAZO NO LA LEÍ COMPLETA. PERO LLEVA UN BUEN HILO… FELICIDADES Y SIGUE HACIENDO ESAS HISTORIAS. PERO SI PUEDES HAS UNA DE TERRY Y CANDI SI? PLEASE…. SI?

    BESOS..

  4. ay dorita, quedé facinada con la historia, tanto que me remontó a viejos tiempos,Me encantó, muy bonita historia…
    Saludos

  5. ¡¿ QUE ?!… No nos puedes hacer estooo !!!
    Que pasó con el beso???, la proposición de matrimonio… el SI que Candy debería darle??? no nos puedes dejar asi!!!
    Por favor dale un final definitivo, no un “lo más probable es que…”
    Aaah!!!
    Personalmente yo soy de la idea de que Candy debería quedarce con Terry, pero este final está muy lindo, le da una visión totalmente distinta a la relación de ambos. Es más, hasta me agradó la idea.
    Pero por favor, regalanos un final, final.

    Realmente te felicito, escribes muy bien, continua así.

    Cariños.

  6. Me encanto deberias hacer mas propaganda de esta bella historia y nueva version de Candy.
    Mejor que la de reencuentro en el Vortice
    PERO QUIERO SABER COMO FUE SU BODA

  7. Me gusto mucho tu historia pero siento que se quedo inconclusa, me gustaria saber que paso despues, por fis termila si, voy estar al pendiente.

    y felicidades escribes muy bien

  8. Hola, me encanto tu historia, pero estoy de acuerdo en cuanto que hizo falta el final final, por favor escríbelo

    Saludos 🙂

  9. La verdad me encanto tu historia soy una Albertina de hueso colorado…y al igual que algunas opino que le falto el final, final….

    Saludos…..

  10. Dorita

    no seas malita y escribe la continuacion, he estado checando y nada.

    por fiiisss ssssssiiiii!!!!

  11. Bonita Historia

    la he leído, y heme aqui de vuelta, también me gustaria, escribas la continuación o más bien la segunda parte.

  12. Hola dorita me encanto esa historia, pero lo mas emocionante seria q lo escribieras como es su boda, los preparativos si la tia el Roy esta de acuerdo, el final de archi y anny se casn pero lo mas importnte si son muy felices casandose albert con candy si tienen hijos etc.Te felicito eres una buena escritora porfavor q continue….ok byeeeee…..

  13. hola dorita… la verdad siempre eh sido fans de anthony y albert y estubo muy buena tu historia espero continues escribiendo el final que espero ansiosamente gracias..

  14. Hola me gusto muxo tu historia pero al = que muxas chicas me gustaria que le pusieras un final definitivo por que creo que se quedo inconcluso…anda plise ….somos muxas las que te lo pedimos.aun que tambien soy de las que candy se kede con Terry creo que esta historia le da otra vision y hasta logre enamorarme de Albert tambien ajajaja te felicito muy buena escritora …..=D

  15. Me encantó la historia, pero igual que muchas fan me gustaria que la continuaras. Falta el beso apasionado del final!!!

  16. Hola nuevamente lo leiiiiiiii y lo releiiiiiiiiiiiii me extremecio mi alma llore tambien junt con ellos jejjeje porfavor escribe mas capitulos estoy esperando con ancias y todos los dias estoy q entro para ver y no hay nada no puede serrrrrrrrrrrrr porfavor me encant esta muy bonita esta historia es exelente eres una buena escritora y muyprofesionalllllllllllll .Porfavorrrrrrrrrrrrrr ok

  17. me encanta pero que pasa cuando alberth la va a busacar haz una continuacion por favor

  18. Esta sensacional realmente me encanto, pero al igual que las demas deceo que escribas un bello final, que vaya deacuerdo a la hermosa historia que escribiste, te felicito sinceramente.

  19. Hola!
    La historia es buenisima! Me da mucho gusto ver que “casi” se queda con Albert ya que despues de todo el ha estado ahi para ayudarla en todo y todo el tiempo…Pero al igual que varias chicas creo que seria bueno que continuaras la historia hasta el final y por fin ver ese amor confesado por los dos y sellado con un hermoso beso!!!!
    Porfas, no nos dejes en ascuas y termina la historia ya que nos harias muy felices por tu padre manera de escribir!!!!
    xoxo lili xoxo

  20. FELICIDADES ME ENCANTO PERO POR FAVOR

    ESCRIBE LA CONTINUACION PORFIS SI

  21. esta muy linda la historia pero opino lo mismo que las demas falta el final final

  22. Hola, tu historia es hermosa, me encanta Albert,me la lei sin parar, mi corazón se agitaba cada vez que estaban juntos él y Candy, necesito saber que pasa¡¡¡¡ por favor escribe pronto la continuación.
    Todas las historias son muy bellas, te felicito¡¡¡
    un abrazo
    Mary desde Chile.

  23. Hola quiero decirte que me encanto tu historia me puse a leerla sin parar y me fascino todo lo que escribiste me emocione mucho ,pude imaginarme todos las escenas en mi mente y cuando llege al final no lo podia creer le faltaba lo mas importante a tu historia el final que tanto he esperado,el beso ,la boda,etc.por favor escribe un final donde se puedan dar ese tan esperado beso y que por fin puedan realizar su amor.

  24. me encantò tu historia pero por favor ponle un final, opino que debiò quedarse con Albert en la historia original o Antony sino hubiese muerto. checarè la continuaciòn de tu historia, felicidades

  25. Cuando era niña y vi candy candy, quede devastada por que no se quedo con Terry, hace poco volvi a ver la serie completa y comprendi que lo mejor era que estuviera con Albert, pero hoy que encontre tu historia y la leí, quede muy sorprendida, es maravillosa y el único pero, es que nos dejaste esperando el beso, como todas las lectoras anteriores, te ruego escribas la segunda parte (donde haya boda!!!).

    Permiteme felicitarte, realmente cautivas al lector, no pude parar de leer hasta llegar al final.

  26. Pienso q la deberias seguir

  27. ¡Hola Dorita!
    Te felicito y te agradezco por escribir una historia tan linda 🙂
    Me encanta Terry, más siempre he pensado que quien merece tener el amor de Candy es Albert, porque es el único que permaneció a su lado de principio a fin.
    Además de que, creo que es como una amalgama encantadora entre Anthony y Terry…y aún así, es tan diferente y especial.
    Estaré fascinada de leer si es que continuas…El beso que no se dieron, lo que sucede cuando él va a buscarla, con la certeza de que será para no volver a separarse…La boda.

    ¡Saludos!

  28. espero que pongas una continuacion

  29. Hola Dorita muchas felicidades por tu fic, es un final muy bonito pero le falta la segunda parte verdad????, por que seria muy bonito oír a Candy decir que es muy feliz que comparta su alegría con todos los que viven en el hogar de pony y sus amigos, saber como fue la boda (sencilla pero romantiquísima) y como vivieron su vida juntos, asi como un reencuentro de Terry (que también logro ser feliz) con su gran amigo Albert y su ahora amada esposa Candy.

  30. Hola dorita, me gusta mucho como escribes porque desde un principio nos ligas a serguir leyendo y nos adentramos muchísimo en la historia, pero siento que nos fallas con los finales, osea como que nos dejas a medias al igual que la escritoria original nos dejó a medias con la incógnita, yo soy fan de toooodos claro más de terry, pero ske albert también se ganó nuestros corazones y ps ni beso ni nada nooo le faltó a tu historia. Como dijeron anteriormente regálanos un final

  31. hola dorita, realmente me encanto tu historia y tu facilidad para escribir una linda historia de amor, yo por mi parte hubiera querido que se quedara con Terry, pero eso ya no es posible verdad, oye una pregunta, ¿ese es el final o va a continuar la historia?, por favor si es asi, subela a la pagina lo antes posible, me gustaria saber que es lo que paso despues de la partida de Candy. bye

  32. Dorita, fabuloso me encanto porfa da un buen final, ya que espero que por fin nuestra Candy sea feliz de verdad, junto al hombre que ama.
    Besos y abrazos muy buena tu imaginación.

  33. acbo de leer y soy albertfan , pero me quede con las ganas del final , para cuando mas o menos lo tendras? me fustra mucho leer fics incompletos , en fin gracias por compartir ub poco de tu inspiracion y cuidate

  34. Hola!!

    muy buena la historia porfiss!!

    escribe el final que va a pasar porfiss….

    sienpre leo tdos los fanfics….

    y este me encanto…

    gracias…

  35. hola me gusto mucho tu historia, tu gramatica es exelente

    Marcia

  36. Eva Maria T umbajulca C ortijo

    Dorita, mis respetos, soy fanatica de candy, lloro todas las veces que la veo, y la he visto muchas, pero no se me atrapa, y en cuanto a tu historia es hermosa, te felicito, me encanto sigue escribiendo y por favor realiza una historia que termine con terry.
    besos

  37. dorita soy de ecuador quede fasinada por la historia fue muy buena y la verdad que me gusto leerla

  38. a y plis escribe una que sea con terry

  39. por dios terminala historia casi me muero en la parte del beso fue genial lo que si no creo que Albert hubiese gritado ni que pensara primero en los negocios que en Candice y la verdad el era bueno en los negocios si no como… por otro lado me parce que en el arbol genealogico que hizo la autora de Candy la señora leagan es hijastra de la sra Elroy y Albert solo tuvo a Pauna/Rosmery como su unica hermana la mama de Archi es su prima por parte de su tia abuela no se cual es su nombre. pero en fin es genial en si lei tu historia dos veces y por dios solo de imaginarme a Albert grrrrrr no dormire en varios dias AHHHHHH bueno le envio saludos y para proponerles que si hicieran la pelicula con personas reales a que actores eligirian? escriban a mi correo inusessh_haku@hotmail.com

  40. Hola, yo como las demas pienso que deberias terminar la historia, ya que realmente deseo saber que paso con el beso y la propocicion de Albert, lo que Candy le dira en fin espero que pronto lo termines.

    Te felicito eres una gran escritora y desde hoy condiderame una fans más.

  41. holaaa muy lindo tu relato y mas si son e albert ya ke me encanta la parejita ke hacen de albert y candy 🙂
    felicidades sigue escribiendo asi muy lindo

  42. HOLA ME ENCANTO TI HIZTORIA X FAVOR SIGUE …………..
    ES MUII HERMOSA

  43. Hermosooo!!! linda historia, pero igual que las demás, pienso que deberias de escribir más, sobre la propuesta definitiva de Albert de matrimonio y hasta la boda, jaja sería estupendo. Felicidades, me gustó mucho.

  44. Lei toda tu historia y se nota que eres realmente una fan de la serie. Llevaste un buen hilo aunque me dolio que a Albert no le fuera bien en los negocios ya que aunque no le gustan tenia el caracter para manejarlos, por su personalidad, dale chance, jajaja, y candy también tiene que aceptar de la responsabilidad que implica no solo en cuanto al dinero sino a las miles de personas que trabajan para la familia. De todas maneras te felicito realmente nos hace soñar con esa dulce historia que empezo en la colina…Terry fue un gran amor pero siempre Albert fue el dueño de su corazón desde un principio…como todas por favor sigue escribiendo y estaré ansiosa de leer tus proximos capitulos…debes comprender que no nos puedes dejar asi sin saber que pasa….ponlo algo de picante no creo que los Leagan dejen las cosas así.

  45. Me gusto tu historia,pero si creo que deberias de hacer una contunuacion.Yo tambien soy de la idea de que Candy y Albert quedan juntos a final,bueno felicidades y escribe la continuacion.

  46. hola, dorita, dime una cosa este es el final? no me digas que hay que donde ella se va y el le dice que la ira a buscar, dime que no por que realmente esta muy interesante tu trama la he leido mas de una vez y no quisiera que hay terminara, pues me dejas igual que en la serie, por favor añade algo mas,

  47. ME ENCANTÓ.TE FELICITO.

  48. pues espero lo que sigue jijiji estoy impaciente plis ke albert ya se kede con candy y ke logre mantener el apeellido y todo pero ke sea con candy

  49. hola!!! Dorita

    Sabes soy fans de Candy Candy y pues
    acabo de terminar de leer tu historia
    y esta genial, me gusto mucho ke Albert y Candy
    se volvieran mas ke amigos, pero si me gustaria
    ke la historia continuara y terminara con el
    final tan esperado, ocea que ellos ya se
    quedaran juntos por siempre… y bueno no
    me queda mas que felicitarte por darnos tan
    geniales contunuaciones de candy candy…

    saludos y felicitaciones.

    bye bye.

  50. Soy Terrifan de corazon, pero me encanto tu fanfic! Se ve que tienes talento. 🙂

  51. giorgina catacora

    me parecio que es super genial rara vez habia leido algo tan sor prendente estoy inpaciente por saber que pasa despues pues me concidero una fans de candy (extraño a terry)escribe algo sobre el porfa

  52. Hay terminalo q quiero ver el final!!!!!!!!! .Esta muy bueno te felicito ESPERO EL FINAL

  53. Hay me encantooo la historia !!!! pero podrias hacerle una continuacion!??? porfavor!! estare pendiente 🙂

  54. Creo que algunos puntos de poca importancia son demasiado extendidos, mucho mas que el final que parece algo ambiguo. En resumidas cuentas el final es lo mismo que el manga. El final es como si uno estuviera escuchando una orquesta y termina la musica quedito sin un climax total o alcanzado. Es como cuando El Requiem se Verdi se acaba asi como ya? se acabo. Claro que no se puede comparar este escrito con la composicion de Verdi, es una comparacion muy exagerada. Solo recomiendo que reconsideres el final es como si hubieras escrito un fantastico drama basado en el de la autora, incorporaste bien tu historia a la del manga y tomaste en cuenta todos los detalles. Sin embargo, el final en la historia original es exactamente el tuyo que deja al lector imaginar. Por que en el manga uno tambien piensa que Albert se quedara con Candy que hara negocios que volvera por ella a la Colina. Lo mismo que tu, solo nos describiste las cosas pero fue lo mismo dimos una vuelta quizas mas larga. Lo siento si el comentario no parece tan amable. No soy la mejor persona siendo sutil para darte un comentario mas amable. Sin embago, te doy una opinion honesta . Agraezco el escrito es en verdad entretenido, mis sinceras felicitaciones.

  55. hola solo quiero decirte q me encanto tu trabajo yo creo que si la serie se hubiera prolongado mas candy se hubiers quedado con albert y me facino tu continuacion pero creo que le falta algo ya que no logro un verdadero final y nos dejas igual q la serie asi q te suplico es mas te ruego e imploro q realices una continuacion espero tomes en cuenta mi peticion hasta luego y pienzalo siiiiiii

  56. hola

    yo soy una albertfan y me gusto mucho la historia pero se queda muy inconclusa me gustaria ver la segunda parte de este fic.

    asi que porfa regalanos la segunda parte par ver que pasa

  57. Hola Dorita, adoro a Candy y toda su vida, yo queria que se quede con Terry pero creo que fue cobarde y no luchó por ambos. La serie en verdad terminó feo, no hubo un final feliz para Candy, y leer todos estos finales escritos, me han sacado lágrimas…. Están todos preciosos.
    Porfa Dorita, dale un final feliz a Candy y Albert y ese tan esperado beso, ambos merecen felicidad despues de todo lo que vivió Candy… al final considero que Albert era su alma gemela.
    Gracias por removerme a esa maravillosa serie.

  58. muy bonita la historia

  59. Es linda aquella versión al menos da a entender que Candy volvió a renacer despues de la perdida de Terry

  60. Dorita, te felicito por este final a mi me gusto muchisimo y si claro que era obvio que en la serie Candy Candy ella se queda con el, y tu le has dado vida a ese final, pero al igual que muchos comentarios aqui, deberias de escribir la continuacion, el reencuentro o cuando la va a buscar para terminar con broche de oro la historia y finalmente un final feliz. Gracias por compartir esto con nosotros y un super buen trabajo.

    Besos y Abrazos y sigue con el buen trabajo.

  61. Hola te felicito por tu bella historia seguramente asi hubiese continuado porque obviamente al final de la serie Candy se quedo con Albert. Pero alguien me puede decir ¿donde está la continuaión?

  62. vaya que historia pero la continuacion cuando la vas a hacer mandame un correo con la continuacion porfa mi correo es nbc_145@hotmail.com

  63. que buena continuacion. definitivamente falta el final. Escribelo luego. ya han pasado muchos meses.
    que bonita historia con Albert. El la merece mas que Terry. Todavia te falta terminar algunos cabos sueltos. Animo y que te animes a escribir mas.

  64. Hola, hace ya 11 dias que lei tu historia y la espera de la continuacion se me ha hecho larga, por favor no dejes de escribir la continuacion. He leido ya muchos otros fics y este es uno de mis favoritos, somos muchos los que te esperamos. Te deseo lo mejor,bye.

  65. porque nos haces esto??? cuando mas emocionada estaba se termina, por primera vez crei que esta historia seria diferente alas demas y si tendria un final me sales con esto. porfavor sigue escribiendo tu historia es simplemente maravillosa consigues darle ese toque ala historia con las caracteristicas esenciales de cada personaje, en verdad me ha encantado ademas de que siempre albert me ha encantado por su forma tan pero tan linda de ser, yo quiero un Albert para mi jaaja.
    por favor te lo pide una fan ansiosa de un final lindo.

    gracias y muchas felicidades por tu talento de escritora.

    saludos desde Nayarit

    Lupita

  66. Pobres de nosotras que necesitamos un final rotundo y feliz, y nadie nos lo da… qué pena que no baste con imaginarlo y tenga que contárnoslo alguien que lo haga verídico. Eso lo hiciste realmente bien, me gustó mucho como desarrollaste la historia. Lástima que al final nos deje en el aire, como el final del manga (el “nunca te olvidaré” de Albert puede significar demasiadas cosas…). ¡En fin! Es sólo un cuento, ¿no? Aunque soñemos con él 🙂

  67. Muy linda tu continuacion pero…porque no se besaroooon? queremos beso!! y que se digan que se aman por fin!!!

  68. Me encantan tus historias pero me gustaria que escribieras el final donde ella realmente se casa con el.Espero que lo escribas pronto por favor.Albert es mi favorito.

  69. hola!!!! sabes que TE FELICITO me encanto tu fic es hermosa y apasionante muy bien hecha por lo demas te agradesco demasiado el que hayas escrito una fic sobre Albert y Candy , pero te suplico POR FAVOR haz la continuacion ,seria para mi y muchas otras personas genial el que lo hicieras ,estaria muy agradecida y podria al fin saciar mi insatisfaccion ante el final de la serie que resulto ser terrible, por favor no nos dejes con la duda de lo q pasa al final .:)

  70. Estuvo.muy.lindo!!!!!!
    Me.encanto!!!!!
    Pero.deviste.ser.mas.concreta,aunk.esta.my.bn.
    Felicidades!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Espero.otro.fis.tuyo.y.k.sea
    un.Terryfic.reitero:
    ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡FELICIDADES!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  71. Aunk.tambn.ese.fin.tenia.k.ser.asi;
    xk.nunca.antes.Albert.y.Candy.se.habian.visto.como.pareja.

  72. me encanto q se quedara con Alberth, él es el unico q no la hace sufrir en la historia y es su principe de la colina!! su verdadero amor 🙂

  73. hay continualo por fis termina ese romance que me hace llorar

  74. Me gusto muchisimo espero que continue porfavor.

  75. aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!!! no sabeees como me encanto tu historia..no la pude acabar en un dia por todas las cosas q tenia q hacer..pero en cada tiempito libre q tenia, entraba a leer tu historia..

    ..hasta hace como 5 dias q me enamore perdidamente de Albert.. como no me encuentro un hombre como el..aaah..q lindo…

    haha..me encanta como dejas en suspenso la parte del beso entre ambos…XDD..leia super rapido para ver si se besaban a no xDD

    ..por cierto..deberias hacer una segunda parte…ya con un final digno de Albert y Candy ♥ ..mi nueva pareja favorita =D

    FELICITACIONES! =)

  76. Me encanta la historia que escribiste. Por favor prepara pronto la conclusion de la misma. Candy y Albert merecen tener un final feliz. Lo espero pronto y gracias. Eres unica

  77. Hola!! Dorita, tengo 34 años y me hiciste llorar, en verdad eres una gran escritora… y no seas mala terminala con esa escencia que tu sólo podras darle, con amor y pasión… ya tienes una fan… esta historia de amor merece un final ESPECTACULAR Y TU PUEDES DARSELO!!! ANIMO ANIMO…

  78. Eres una malvada igual que la autora original de Candy Candy. Me dejaste igual con un final a medias. 🙁 Pero en fin muy hermoso el final . mejor que muchos de los que he leido.

  79. Pooorrrr favooooooooorrr tienes que publicar la conclusion de tu historia.. esto no es justo. mira que me desvele leyendo lol.

  80. muy buen finc pero eres mala porque no nos das un final no que no dijo ni fu ni fa nononononononononon yo quiero un final por favor

  81. Que buena historia, es tal y como imagine que debia continuar.
    Y para las fanaticas de Terry, por favor, es obvio a lo largo de todo el manga y el anime que Candy al final se queda con Albert.
    Por favor Dorita, terminala cuentas con todo mi apoyo.

  82. ilian cristina armenta chavez

    correccion no se keda solo se dirige hacia el para abrazarlo y no pudimos mirar el abrazo pero aparece el recuerdo del principe de la colina •_•
    y no sabes cuando termine tu historia me dieron ganas de llorar muy buena historia y debo decir k estoy enamorada de albert

    bay y felicidades

  83. Quuueeee!!

    Por favor no hagas esto, continua por lo que mas quieras, de acuerdo al MANGA Candy si se queda con Albert y en esta pagina son muy pocos los trabajos que he encontrado donde pasa esto ultimo y que en verdad tengan un buen contenido como este.

    Te lo pido nuevamente, por favor continua con la historia-

    Saludos.

  84. HOLA DORITA ACBO DE LEER TU HISTORIA Y ME GUSTO YO SOY FIEL A TERRY PERO AL LEER TU HISTORIA ME HIZO COMPRENDER LGUNAS COSAS COMO CUANDO ALBERT EN LA SERIE LE DICE A CANDY Q LE GUSTARIA QUE COMPARTIERAN MAS COSAS JUNTOS QUE LO HAGAN MAS A MENUDO PES ES CASI UNA DECLARACION ASI Q M GUSTARIA Q TU HISTORIA TUVIERA UNA 2DA PARTE EN LA Q ELLOS SE CASEN TENGAN HIJOS Y SEAN FELICES Y OTRA VEZ FELICIDADES ME ENCANTO SALUD2

  85. aiii m encanto tu final pero creo q se merece una comtinuacion!!! de verdad es el primero en el q leo q Candy no se queda con Terry y me alegra pues si alguien merecia estar con ella es Albert q siempre estubo a su lado y la cuido m encanta ese final felicidades

  86. ke linda historia, te felicito pero me hubiera gustado ke le dieras un mejor final pero aun asi me gusto muchisimo.
    No dejes de escribir please ok?

    Saludos

  87. niñaaaaaaa holaa como lo puedes dejar ahii hace un rato termine de leerlo me encanto pero y el besoooooo la propuesta que pasoo alber fue a buscarla fueron felices ahhhhhhhhhhhh 🙁 quiero saberr jjeje
    y me encanta los fanficcion de ALBERT y CANDY
    BESOTEE

  88. Me encantó!! Termínala, por favor! AMO a Albert!

  89. Tu historia me parece genial, de verdad te digo que me encanto todo lo que escribiste. Por favor continua escribiendo

  90. que hermosa historia me encantan ts fanfics esta genial

  91. Es muy lindo este fanfic,por favor escribe el final.
    Me saber que Candy es totalmente feliz con su principe de la colina.
    Gracias por alegrarnos y hacernos suspirar con tu historia.

    Saludos,desde Peru.

  92. yo soy tan fan de albert como de terry… por eso me encanto tu historia
    solo te pido que por favor la continues, esta muy interesante y quisiera saber como termina.. gracias

  93. Snif, casi lloro al final…. soy megafan de esta parejita y me encantó tu historia… ojalá la terminaras….

  94. HOLA DORITA.

    ME ENCANTO ESTE FIC SOLO QUE COMO MUCHOS DICEN LE FALTA EL FINAL FELIZ EN DONDE CANDY Y ALBERT SON FELICES ESPERO QUE HAGAS LA CONTINUACION A ESTA MARAVILLOSA HISTORIA.
    Y CREO QUE TODOS O LA MAYORIA ESPERAN CON ANSIA LA CULMINACION DE ESTE AMOR QUE NACIO EN LA COLINA DE PONY.

    UN ABRAZO Y TODO MI CARIÑO POR HACERME RECORDAR ESTA BELLA HISTORIA DE MI NIÑEZ

  95. Hola Dorita!

    Pero por el amor a Dios! Como dejas un final tan bello e inconcluso! no puede ser, no otra vez! Ya fue suficiente lo que hizo su autora original. En el manga se sobreentendio que la balanza habia girado alrededor de Albert aunque no quedo plenamente establecido. En el anime la cosa fue peor porque cuando Candy supo que al fin Albert era su principe de la colina, cuando llegaron sus amigos parecio totalmente indiferente a el. Ese fue el triste y patetico final que conocimos en el anime. Pero segun el manga, este fic se acerca bastante a lo que creo quiso sugerir el manga original. Estoy segura que muchas ninas entonces de mi corta edad quedamos traumadas y frustradas con semejante final que se le dio a la pobre de Candy, ojo! aun hoy sigo profundamente frustrada. Te voy a confesar algo, siempre he sido una Terrytana de corazon porque nunca pude aceptar que un amor como el que ellos se profesaban acabara de una forma tan estupida y que quedaran ambos tan infelices. Que rayos pasaba por esas mente tan escabrosa de la escritora? Pero lei el manga original una y otra vez y reconozco que Albert parece ser el circulo con el cual todo se inicio y quien con el cual todo termina. Albert es todo, es realmente un principe, ese que todas y cada una de nosotras quisieramos tener, realmente tengo que reconocerlo. Por lo cual te exhorto que por lo que mas quieras no nos dejes asi sin una continuacion, ya llevamos mucho tiempo esperando. Toma en cuenta esto por el amor de DIOS. Te felicito de corazon por tu innato talento de poder expresar y escribir como siente tu corazon. Yo siento igual que tu pero es muy dificil para mi expresarlo en palabras. Ojala y un dia pueda conocerte, pues es dificil en este tiempo encontrar a alguien que piense y sienta similar a mi. Felicidades y gusto de todo corazon de conocerte. Hasta la proxima!!y por favor no olvides darle un final glorioso a este fic, no vayas a caer en lo que cayo la escritora original que dejo todo de cabeza sin importarle sus mas fieles fans.

  96. antes que nada te agradesco ests historia que nfue maravillosa , pero ese no puede ser el final , por favor continua con esta historia

  97. Hola Dorita es muy bella tu historia desde otro punto de vista y que como lei si esta apegada a la escritora original porq Albert simpre estuvo para Candy pero es muy bonita y opino que deberias de continuarla para que tenga un final feliz pasa ellos y felicidades sigue asi

  98. Hola soy un poco nueva aquí pero me gustaría. Que lo acabarás esta muy bonita tu historia

  99. Oigan ma da un poco de pena al ser el o uno de los unicos ombbres que son fans de la serie y e leido una qe otra final alternno ya que igual que la advertencia de este terminan muy tristes y te dejan un final abierto ay les va uno si en verdad son muy fans de la serie no la sigas leyendo si lo ases a tu responsabilidad despues de todo lo susedidocandy y albertdesiden casarse y dan a conoser su desision a la tia abuela pero ella rechasa por completo su desision albert se rrebela cantra ella bruscamente segado poor el amor la impresion en la tia fue tanta que decalle enferma grabemente despues de unos dias de dolor la tia muere albert no resiste la culpa y la sombra de. La tia qe lo persige el no resiste mas y se suisida Candy aun sintiendose muy triste decide regresar al hogar al yegar alli se siente muy triste y empiesa a imajinarse a Antoni a albert y aTerri un dia imagina ver a albert. Y lo suige corriendo cae por un precipisio y queda muy erida es yevada por la señorita poni al hospital mas cercano y les dan la noticia de que candy queda en estado vegetal y aun asi este final alterno nos deja un fin abierto a sus fans si lo leistes y te. Causo alguna inpresion fuerte no agas nada qe te pueda costat la. Vida si te sientes muy triste con ete final recurre a un sicologo y porfavor aslo a tienpo

  100. Doroty creo que ya nos hiciste esperar mucho podrias porfavor publucar lo siguiente el SI¡¡¡ de candy la boda(la noche debodas) el beso de amor claro un poco de su vida juntos y elrecuentro con terry y susana¡¡ mas que todo quiero saber como sigue la historia que pasa con candy ya esperamos vastante por favor pon laa segunda parte de esta histria tan maravillosa

    te felicito por tu inspiracion 😉

    se te quiere LOVE Anais

  101. desde el 2009 que publicaste la historia y no has querido colocar la segunda parte porfavor colocala ya esperamos ma de lo que crees

    se te quiere mucho LOVE Anais

  102. ME GUSTO TU HISTORIA,PERO CREO QUE TIENES QUE HACER UNA CONTINUACIÓN Y PENSAR UN POSIBLE FINAL.
    PERO CREO QUE SI HICIERA UNA CONTINUACIÓN DEL ANIME, CREO QUE ANTHONY NO ESTUVIERA MUERTO,PORQUE ME GUSTATARIA QUE CAANDY FUERA FELIZ Y CREO QUE CON EL LO SERIA.
    AUNQUE ME GUSTABA TERRY TAMBIÉN,PIENSO QUE NOSI SI HERA LA PERSONA ADECUADA,TENGO MIS DUDAS.
    EN CUANTO A ALBERT SERIA BUENO SABER MÁS DE ÉL Y QUÉ PASARÍA CON SU ENTORNO.

  103. Por favor la continuacion el final plzzzz!

  104. Que bonita continuacion, aclara muchos detalles ojala tenga pronto un final

  105. si dorita por favor continúa y dale un gran final
    esta hermosa tu historia

  106. Muy buen fic gracias

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