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Fic “1918” Capítulo 62

ADVERTENCIA: SI ERES MENOR DE EDAD, POR FAVOR NO LEAS ESTE CAPÍTULO SIN LA SUPERVISIÓN DE UN ADULTO.

FIC “1918”

Por Manzana9

 

Capítulo 62

 

“Sería muy poco feliz si pudiera decir hasta qué punto lo soy”. W. Shakespeare

 

Cuando llegaron al hospital, Candy corrió a abrazar a su madre quien al verla comenzó a llorar inconsolablemente. Elizabeth sufría por la pérdida del hombre que había entregado su vida por amarla hasta el fin. Lo comprendió al escuchar sus últimas palabras en el lecho de muerte, “ya no sufrirás Lizzy, tu hija será feliz junto al hombre que ama”. La historia no se repetiría en esta ocasión, George se lo había jurado así mismo al darse cuenta del plan de la matriarca de los Andley. Al ver a Hastings discutiendo con el enfermero y sabiendo que ambos estaban armados, lo comprendió todo. No en balde había servido a esa familia por más de 40 años. Al escuchar el primer disparo no lo pensó dos veces para lanzarse sobre el joven inglés y desviarlo de la trayectoria de las balas. Pero su valentía le costó la vida. Solo esperó a que Elizabeth llegara a su lado para dar su último respiro. Ella cayó sobre su pecho envuelta en llanto suplicando por su vida, pero fue en vano. El hombre que la amó estoicamente, en lo secreto, velando siempre por ella y sus seres queridos se había ído para siempre.

 

Al día siguiente se llevaron a cabo los funerales de manera discreta en una capilla cercana a la mansión. Todos los asistentes vestidos de negro, mujeres con abrigos y velos cubriéndoles la cabeza y hombres en traje y corbata, mostraron dolor e incredulidad en sus rostros. Albert, Archie, el Dr. Meyer y Arthur hicieron guardia ante el féretro como si se tratara de un familiar. El duque de Grandchester los acompañó como un gesto de agradecimiento y admiración, honrando la valentía del hombre que había salvado la vida de su hijo. La servidumbre también asisitió para dar el pésame a la familia. George siempre se distinguió por su amabilidad, su fidelidad y su discreción por lo que era apreciado por los mozos y las mucamas. Sin embargo, ninguno de los miembros del consejo asistió; tampoco lo hizo la tía abuela quien se había disculpado por sentirse indispuesta. Albert se mantuvo sereno durante la ceremonia pero cuando el féretro fue bajado y cubierto con una mezcla de tierra y nieve, el dolor lo traspasó. Las lágrimas y la tristeza en sus bellos ojos color cielo lo delataron. Amy lo abrazó y Candy lloró y consoló a su querido amigo tal y como él lo había hecho años atrás al morir Anthony.

 

Cuando terminó el funeral, Candy regresó al hospital escoltada por los mozos del duque. Al entrar en el cuarto de su esposo, vio a Eleanor humedeciendo la frente de su hijo con paños húmedos. La joven rubia se acercó rápidamente a revisarlo. El inglés se veía decaído y agotado, mostrando malestar en su rostro a pesar de tener los ojos cerrados.

 

– Buenas tardes Sra. Baker, trate de regresar lo más pronto posible.

– Hija, qué bueno que estás de vuelta. ¿Cómo te fue en el funeral? – dijo Eleanor poniéndose de pie para saludarla.

– Estuve con Amy y Albert. Todos estuvieron muy tristes. ¿Y cómo está Terry?

– La policía vino temprano para interrogarlo, después se puso mal – Eleanor respondió preocupada – tiene fiebre.

– ¡Dios mio! ¡Está ardiendo! – Candy exclamó al tocarlo – ¿Cuánto tiempo lleva así?

– Empezó hace unas dos horas. El doctor en turno lo revisó y más tarde llegaron dos enfermeras que le irrigaron la herida.

 

Candy removió las sábanas para revisar la pierna de su esposo y confirmó para su desgracia lo que más temía.

– Se le infectó – susurró tratando de permanecer calmada.

– ¿Es peligroso?

– Sí – respondió preocupada – se le puede gangrenar si no se atiende bien.

– ¡Dios mio! – Eleanor exclamó llena de angustia -¿Qué podemos hacer Candy? ¿Crees que el Dr. Meyer pueda ayudarlo?

– Si nos curó de influenza, seguramente podrá hacer algo por Terry – respondió tratando de ser optimista – no se preocupe señora, iré a buscar a mi padre para que lo vea.

– Gracias Candy.

 

La rubia corrió hacia la puerta y le pidió a los mozos que fueran a buscar al doctor. Una hora más tarde el Dr. Meyer llegó al hospital. Después de saludar a las mujeres, revisó a Terry minuciosamente. Le tomó la temperatura y el pulso, y observó su malestar en el rostro y el enrojecimiento en la piel alrededor de la herida. Al terminar leyó en la bitácora las anotaciones de las enfermeras y los doctores, y escribió algunas sugerencias para el tratamiento del actor. Por último, abrió su maletín que contenía varios frascos y comenzó a preparar el medicamento. Candy estaba sentada a un lado de la cama tomando la mano de su esposo.

 

– Terry, es común que las heridas por arma de fuego se infecten – explicó el Dr. Meyer – por lo que se utilizará un dren y un antiséptico por varios días. Te daré tres medicamentos para ayudar a disminuir la infección, cerrar la herida y bajar la fiebre. También tendrás que hacer un esfuerzo por comer bien para que tu recuperación sea rápida.

– ¿Cuándo podré salir de aquí? – el actor preguntó haciendo un gesto de dolor.

– Tendrás que tener paciencia – respondió el galeno – y te advierto que los próximos tres días la pasarás muy mal porque tu cuerpo estará luchando contra la infección, pero poco a poco te sentirás mejor. ¿Has dormido bien?

– Tiene pesadillas – respondió Eleanor.

– En las noches está inquieto y despierta gritando – dijo Candy.

– Entonces también le prescribiré algo para que se tranquilice. Vivió un momento muy traumático y por eso no puede descansar bien.

– Terry – susurró Candy acariciándole la mejilla – yo te voy a cuidar.

– Gracias pecosa – susurró el actor cerrando los ojos.

– ¿Entonces continuará la irrigación de la herida? – preguntó Candy.

– Sí – respondió el doctor – es indispensable para su recuperación.

– Me encargaré de que Terry siga al pie de la letra tus indicaciones, papá.

– Muchas gracias por todo Dr. Meyer – dijo Eleanor.

– Todo va a salir bien – sonrió el doctor – ahora me voy, tu esposo necesita descansar.

– Gracias suegro – se escuchó la voz del inglés quien mostró una leve sonrisa al despedirlo.

 

Tal como lo había predicho el doctor, tres días y tres noches pasaron sin que mejorara la condición de Terry. La fiebre y la infección parecían no ceder, le dolía la cabeza, tenía escalofríos y un ardor constante le recorría la pierna. Apenas hablaba y comía poco pero siempre buscaba la mano de su esposa para aferrarse a ella. Cuando lo hacía, cerraba los ojos y podía dormir un poco. Candy estuvo junto a él para cuidarlo, darle los medicamentos y supervisar que la irrigación de la herida se realizara correctamente. Por las tardes, cuando Eleanor y el duque lo acompañaban, iba con Elizabeth a la pequeña capilla del hospital y rezaba para que Terry lograra recuperarse. Junto a su madre lloraba en silencio y escuchaba las palabras de consuelo y apoyo que tanto necesitaba para seguir adelante y mostrarse fuerte frente a su esposo.

Al amanecer del quinto día, la infección por fin cedió y la herida comenzó a cicatrizar. La fiebre disminuyó y Terry mostró ánimos para comer. Poco a poco recobró las fuerzas, y a pesar de tener inmovilizada la pierna, pudo ponerse de pie y caminar con ayuda de unas muletas. Candy lloró de felicidad al ver que estaba recuperándose y que el peligro había pasado.

 

Una semana después del incidente en la mansión Andley, Hastings y tres hampones vestidos con trajes oscuros se encontraban reunidos en una solitaria casa de campo a las afueras de Chicago. Hacía una hora que el sol se había escondido en el horizonte, todo estaba oscuro y el bosque de los alrededores limitaba la visión al exterior. Los cuatro hombres se encontraban en una amplia y elegante habitación que tenía un gran ventanal cubierto por cortinas de terciopelo. En el centro había una mesa con un candelabro y dos velas encendidas que eran la única fuente de luz en todo el lugar.

 

– El trabajo no se completó – dijo firmemente el abogado – así que no les pagaré lo que acordamos hasta que se finalice el plan.

– No juegue con nosotros – lo amenazó un hampón de elevada estatura – un trato es un trato.

– El inglés sigue vivo.

– No fue nuestra culpa.

– Ustedes estaban a cargo del enfermero – Hastings lo contradijo – si no se hubieran emborrachado un día antes, esto no habría pasado.

– No pensamos que el tipo resultaría un idiota – dijo otro de los hampones.

– Fue más astuto que ustedes – señaló Hastings.

– ¿Qué haremos entonces?

– Hablé con la señora y está furiosa, así que olvídense de la paga.

– ¿Se va a cancelar el plan?

– No, solo se pospone hasta que la policía nos deje en paz.

– ¿Y cuándo será eso? – preguntó un hampón muy robusto.

– Tal vez en unos días cuando termine la investigación.

– ¿Usted nos avisará?

– Sí, pero esta vez no deben fallar.

– Nosotros no fallamos en los trabajos – dijo el hampón alto – matamos al detective tal y como nos lo ordenó y si el inglés no está en la tumba, la culpa es de ese enfermero.

– Creo que ya se les olvidó que dejaron escapar a la amante del señor William – les recordó Hastings.

– No volverá a suceder.

– Espero que no – dijo el abogado viendo su reloj – ahora me voy, la señora me espera.

– Primero queremos un adelanto si es que va a querer que terminemos el trabajo – lo amenazó el tipo alto.

– Solo tengo esto – dijo el abogado colocando un fajo de billetes verdes sobre la mesa – la señora no les dará más por el momento, así que no se lo gasten en whisky.

 

Uno de los hombres se acercó y comenzó a contarlo. Al terminar asintió con la cabeza y guardó el dinero en uno de los bolsillos de su saco. En ese momento escucharon un crujido en el techo de la habitación.

 

– Parece que hace viento – susurró uno de los hombres.

– ¿Tiene gatos? – preguntó otro de los hampones.

– No – respondió Hastings.

– ¿Está seguro que no lo siguieron? – preguntó el más alto corriendo hacia la ventana. Después movió la cortina y observó hacia el exterior.

– ¿Hay alguien? – Hastings preguntó nervioso.

– Está muy oscuro, no puedo ver. ¡Apaguen las velas! – ordenó a los demás.

 

Uno de los hombres obedeció mientras los demás sacaban las pistolas.

 

– Parece que no hay nadie – susurró escudriñando los alrededores.

 

De pronto escucharon un disparo y casi de inmediato, el vidrio de la ventana estalló rompiéndose en mil pedazos. El hampón cayó herido al suelo causando un alboroto en la habitación. Cuando los compañeros se acercaron a ayudarlo, la puerta principal se abrió de un golpe bajo una luz intensa dejándolos ciegos.

 

– ¡Está es la policía de Chicago! ¡Quedan todos detenidos! – gritó un policía.

 

Varios oficiales entraron empuñando sus pistolas pero los hampones lograron tirar una mesa que usaron como barrera y comenzaron a dispararles. Un policía cayó al suelo pero los demás salieron por fuera de la casa para dispararles por las ventanas. Se escucharon gritos, el ruido de varios vidrios rotos y el silbido de los proyectiles que provocó una sangrienta balacera. Otro más de los maleantes cayó herido y el tercero fue atrapado al intentar escapar por la puerta trasera de la casa. Cuando cesaron los disparos, varios policías entraron, revisaron el lugar, les quitaron las armas a los hampones y agarraron a Hastings quien estaba escondido detrás de uno de los muebles.

 

– Hágalos pasar – ordenó el capitán de policía a un oficial. Dos personas que estaban esperando en una de las patrullas, entraron a la casa.

 

Incrédulo, Hastings vio abrir la puerta al detective Clark junto con William Albert Andley.

 

– ¡¿Usted?! – exclamó al verlo.

– De carne y hueso – respondió el detective.

– ¿Este es el hombre que ordenó su muerte, Sr. Clark? – preguntó el oficial señalando al abogado.

– Sí.

– ¿Este hombre estuvo involucrado en su secuestro y el de su prometida, Sr. Andley?

– Sí sargento – respondió el rubio.

– ¡Eso no es verdad! – gritó Hastings al ver que lo señalaban – ¡yo no lo ordené! ¡Fueron órdenes de la señora!

 

Sin poder contenerse, Albert caminó hacia él para tomarlo de las solapas del saco.

 

– ¡Eres un cobarde y un traidor! – exclamó furioso – ¡¿ya se te olvidó que comes gracias a los Andley?!

 

Después levantó los puños y le dio un par de golpes en el rostro y en el cuerpo.

 

– ¡Sr. Andley, deténgase! – el detectivo corrió para tomarlo de los brazos.

– ¡Basta! – gritó el sargento.

 

Albert se detuvo y se alejó del abogado.

 

– Es mejor que guarde la calma Sr. Andley – dijo el oficial – toda la evidencia se le dará a la fiscalía y estos hombres serán juzgados conforme a la ley. No cometa un error y eche todo a perder.

– Disculpe sargento – Albert se acomodó la ropa – tiene usted razón.

– ¡Lo voy a demandar por esto! – exclamó Hastings sangrando de la nariz.

– Sr. Rupert Hastings, queda usted detenido por secuestro, intento de asesinato y homicidio voluntario – dijo el oficial poniéndole unas esposas – tiene derecho a permanecer callado y a solicitar un abogado para su defensa. Ahora caballeros, les ruego que me acompañen a la comandancia para que presenten su declaración – al terminar de hablar, todos salieron de la casa mientras los policías se llevaban al resto de los detenidos.

 

Tres horas más tarde, el Sr. Clark y Albert se encontraban en el estudio de la mansión. El detective estaba sentado frente al caballero rubio quien leía detenidamente unos papeles.

 

– ¿Este fue el reporte que le entregó a mi hermana?

– Sí señor.

– ¿Cómo descubrió el asunto de Elizabeth Summersfield?

– Era un secreto muy bien guardado en Lakewood – respondió el detective – pero se corrió la voz de que un detective estaba investigando y alguien habló, tal vez por venganza.

– Entiendo – Albert meditó unos segundos.

– Después fue fácil corroborar la información.

– Entonces, ¿esa mujer no murió en un accidente?

– No señor – explicó el Sr. Clark – entre los informantes me encontré con antiguos empleados de los Andley que dijeron la verdad. Contrario a su costumbre, Elizabeth Summersfield salió esa tarde a una zona alejada de la ciudad. Llevaba provisiones, tal vez para donarlas a alguna familia necesitada. Al bajarse del coche y caminar por una de los callejuelas, dos tipos con ropa oscura y cubiertos de la cara la empujaron para que cayera debajo de una carreta que iba cargada con mercancía. La servidumbre se dió cuenta que el conductor tuvo tiempo para detenerse pero al ver a la mujer, atizó a los caballos. Ella murió en el acto, aplastada bajo las patas de los caballos y las ruedas de la carreta sin que nadie pudiera ayudarla.

– Es monstruoso – Albert susurró para sí.

– Cuando llegó la policía, el conductor de la carreta se había escapado, y los testigos dijeron que había sido un accidente.

– Pero ¿qué tiene que ver Elroy Andley con esto?

– La mañana del accidente, ella mandó al chofer de la señora Elizabeth fuera de la ciudad y quien la acompañó, fue el chofer de confianza de Elroy Andley. Él amenazó de muerte a los mozos que acompañaron a Elizabeth Summersfield si abrían la boca.

– ¿Por qué mi padre no hizo nada?

– Él estaba de viaje y creyó lo que su hermana le dijo.

 

Albert no preguntó más, terminó de leer el reporte y se puso de pie.

 

– Mi tía odiaba a Elizabeth Summersfield.

– Sí señor, así lo confirmaron los testigos.

– Entonces, ¿ella fue la asesina intelectual?

– Fue Elroy Andley quien la incitó a salir ese día y a esa hora con el pretexto de ayudar a una supuesta familia en desgracia. Elizabeth Summersfield era una mujer muy generosa por lo que no se iba a negar.

 

Albert caminó en silencio hasta el escritorio y se recargó cabizbajo, poniendo las manos sobre la mesa.

 

– Ya es hora de terminar con esta pesadilla.

– ¿Está decidido Sr. Andley?

– Sí – respondió levantando el rostro para ver al detective.

– ¿Cuándo?

– Esta misma noche. Los acompañarán un chofer y un mozo de toda mi confianza. Ya están informados. Ella debe permanecer bajo vigilancia las 24 horas. No la dejen sola y no permitan que mande ningún telegrama. No se detengan hasta que salgan del país.

– Así lo haremos.

– Aquí tiene el dinero – dijo Albert sacando un maletín – es la paga por todos sus servicios y lo que necesitará para solventar los gastos al llegar a México.

– Muy bien señor.

– Tomen el tren de media noche, al amanecer llegarán a Kentucky. Cuando lleguen a Texas envíeme un telegrama.

– Entendido.

– Lo veré en la cocina.

– Sí señor.

 

Albert salió del estudio y subió a la habitación de Elroy Andley. Después de tocar a la puerta, giró la perilla para entrar sin esperar autorización. La anciana estaba sentada en una pequeña salita tomando un té. El rubio traía el reporte en las manos y lo aventó a la mesa para que cayera justo frente a ella.

 

– ¡Qué modales William! – exclamó al verlo – ¡Esa mujer sin educación te está echando a perder!

– Basta. Deja a Amy en paz – Albert habló tratando de mantener la calma – Amo a Amy, ¿y sabes por qué? Porque ella se muestra tal cual es y no es una hipócrita como tú.

– ¡No voy a permitir que me insultes! – exclamó la anciana poniéndose de pie.

– Aquí está la prueba de otro más de tus crímenes – el rubio señaló el reporte – tú mandaste matar a la madre de Elizabeth.

– ¡¡Esa es una infamia!!

– Lograste engañar a todos, incluso a mi padre, pero yo te descubrí. Por eso ideaste el plan para matar al detective y al hijo del duque, porque ya sabías cómo hacerlo. Te perdoné tu falta de amor a Candy, te perdoné cuando nos secuestraste a Amy y a mí, te perdoné los maltratos que sufrió Elizabeth, pero esto ya es intolerable.

– ¡¿De qué estás hablando?!

– Alguien escuchó cuando Hastings y tú planeaban el asesinato. Le tendimos una trampa a Hastings y la policía escuchó todo. Dime, ¿cuánto dinero le prometiste a esos maleantes para matar al hijo del duque? ¿Cientos o acaso miles de dólares? Hastings dijo que fueron órdenes tuyas.

– ¡Es una mentira! ¡¿Cómo puedes creerle a él más que a mí?! – gritó nerviosa.

– Tú palabra no vale nada tía. Eres una mentirosa.

– ¡Basta William! – exclamó levantando el brazo para darle una bofetada pero Albert le atrapó el brazo.

– ¿Me puedes explicar qué hace una cuenta del banco a nombre de Anthony Brower? Revisé los papeles y hace pocos días Hastings sacó varios cientos de dolares de ahí.

– ¡Yo no sé nada!

– ¡Mientes! – exclamó perdiendo el control – ¡Tú autorizaste esa cuenta después de su muerte y la usas para pagarle a los cómplices de tus crímenes! ¡Pero eso se acabó!

– ¡Y tú eres indigno de llevar el apellido Andley! – la anciana exclamó furiosa – ¡Desde que adoptaste a esa niña te hiciste débil y hasta te largaste a Inglaterra para cuidarla descuidando tus obligaciones! ¡Debió quedarse en México para nunca más regresar! ¡Si fueras un verdadero Andley me entenderías! ¡Todo lo he hecho por la familia y lo seguiré haciendo si se pone en riesgo la fortuna que tu padre logró con tantos años de esfuerzo! ¡Hablaré con el consejo para que obstaculizen todas las iniciativas de tus aliados! ¡Los sacaré del banco aunque sea lo último que haga! ¡Y tú obedecerás o tu amante pagará las consecuencias!

– Ya no te tengo miedo – dijo Albert mirándola a los ojos – puedes amenazarme lo que quieras pero te juro que te tragarás tus palabras porque no me doblegaré frente a ti. Te juro que te haré pagar por todo el daño que le hiciste a mi padre, a mi hermana y a su hija. ¡Porque tú sabías que Candy era la hija de Elizabeth! ¡Tú sabías donde encontrarla y te callaste, y la humillaste sin descanso!

– ¡Era una bastarda!

– ¡¡Y para tu desgracia, la heredera de la fortuna de los Andley, la nieta de Elizabeth Summersfield, la única a quien le corresponde por derecho el dinero del clan de Nueva York!!

– ¡¡No!! ¡¡Cállate!! ¡¡Nadie debe escucharte!! ¡¡Ellas deben desaparecer!! ¡¡Tienen que estar muertas!! ¡La abuela era un estorbo, y la madre y la hija también lo son! ¡Entiéndelo William! ¡Si se sabe la verdad vendrán a vengarla!

– ¡Y será tu culpa!

– ¡Voy a convocar al consejo!

– ¡No! ¡No lo harás! ¡La policía ya viene por ti!

– ¡William, no puedes permitirlo! ¡Será la ruina y la vergüenza de todos los Andley!

– ¡Entonces te vas a largar de aquí ahora mismo porque tú eres la ruina y la vergüenza de los Andley!

– ¡No puedes correrme de mi casa!

– ¡Claro que puedo!

 

En ese momento entró una mucama a la habitación.

 

– Permiso señor.

– ¿Qué pasa Dorothy?

– Es la policía. Buscan a la señora.

– Diles que baja enseguida.

– ¡¡William, no puedes dejar que me lleven!! – la tía abuela gritó desesperada al ver que su sobrino daba un paso para salir de la habitación.

– Sí puedo.

– ¡Por favor! – le suplicó tomándolo del brazo.

– Es la cárcel o México. Tú decides.

– ¡¡No seré la vergüenza de la familia!!

– El equipaje de la señora ya está listo tal y como lo ordenó, señor – dijo Dorothy.

– ¡¡Ya lo tenías planeado!! – le reclamó la anciana.

– Dorothy – ordenó Albert ignorando a la tía abuela – baja el equipaje y avísale al chofer que saldrán por la puerta de la cocina.

– Sí señor, ¿Quiere que le digo algo a la policía?

– Que me esperen en la sala.

– Muy bien señor.

 

Después de que se retiró la mucama, Albert se quedó inmóvil y espero a que la tía abuela saliera de la habitación. Bajaron por la escalera de servicio y al llegar a la cocina encontraron al detective, al chofer y al mozo de confianza. Al verlos, Elroy comprendió que ya no tenía escapatoria.

 

– Váyanse ya – ordenó Albert – saquen el auto por la puerta de atrás.

– ¡Ellos me llevan al destierro! ¡No puedes ser tan cruel! – gritó la anciana.

– Te lo advertí.

– ¡Por favor William! – le suplicó tomándolo de los hombros – ¡no lo hagas!

– ¡Te excediste y lo que hiciste fue inmoral e inaceptable! – dijo bajándole las manos.

– ¡Te juro que estoy arrepentida!

– No te creo.

– ¡Todo lo hice por tu padre y para proteger a la familia!

– ¡Basta! – exclamó dando un paso hacia atrás.

– ¡Yo soy una Andley! ¡No puedes mandarme al exilio!

– ¡Entonces reniego de mi sangre y de mi apellido! ¡No te conozco y no me importas!

– ¡¡Yo te crié, te quise como una madre!!

– ¡¡Tú eres una asesina!!

– ¡¡William!!

– ¡¡Hasta nunca Elroy Andley!!

Albert dio media vuelta y salió de la cocina sin detenerse.

 

– ¡¡William!! – Elroy gritó tratando de correr tras él pero el chofer y el mozo la detuvieron.

– Señora no nos obligue a usar la fuerza – dijo el detective – nada de lo que haga nos hará cambiar de parecer.

– ¡Suéltenme! – les ordenó – ¡ustedes están a mi servicio! ¡Mal agradecidos!

– Si no sube al auto en 3 minutos – dijo el detective – el Sr. Andley la entregará a la policía.

– ¡Maldito! – la anciana lanzó un gemido sintiendo que se le acababan las fuerzas.

– Tenga señora – se acercó Dorothy con un abrigo y un sombrero – los va a necesitar.

 

Cabizbaja y derrotada, la anciana se puso el abrigo.

 

– Ahora vámonos – el detective señaló la puerta – se hace tarde.

 

Los tres caballeros salieron escoltando a la mujer y la ayudaron a subir al auto. Al salir de la propiedad, Elroy Andley no volvió a hablar y durante el trayecto a la estación lloró en silencio. Ahora estaba segura que ese sería el fin.

 

El duque de Grandchester observó la partida de la mujer desde la ventana de su habitación y respiró tranquilo al saber que su hijo estaría a salvo por lo menos durante un tiempo. Albert habló con la policía y al terminar, se encerró en su estudio donde permaneció hasta el amanecer. Las páginas oscuras de los Andley morirían en el destierro pero él cargaría por siempre el dolor de ser su último verdugo.

 

Era la víspera de la Noche Buena, un ambiente alegre y lleno de esperanza contagiaba a todos por igual. Esa mañana del 23 de diciembre, Candy ayudaba a vestir a su esposo quien se encontraba sentado al borde de la cama. Después de 14 días en el hospital, por fin lo iban a dar de alta.

 

– Me estás mimando demasiado, pecosa – Terry dijo amorosamente cuando Candy terminó de abotonarle el saco.

– Solo quiero ayudarte mi amor – dijo Candy besándolo castamente en los labios – el doctor dijo que no debes hacer esfuerzos.

– Amor – dijo Terry tomándola por la cintura – pronto tendré que trabajar; tengo una compañía de teatro que atender.

– ¿Vas a regresar al teatro? – preguntó la rubia retirándole un mechón castaño del rostro.

– Mi padre le mandó un telegrama al señor Hathaway. Tenemos planes para presentar Hamlet en Inglaterra, ¿recuerdas?

– Sí, pero ahora estás en recuperación – dijo Candy – los ensayos son agotadores y tú necesitas descansar y rehabilitarte para poder regresar al teatro.

– ¿En cuánto tiempo terminaré la rehabilitación?

– En un par de meses.

– ¿Te gustaría pasar ese tiempo en Escocia? – preguntó mirándola a los ojos.

– Me encantaría mi amor – respondió con una gran sonrisa.

– Al inicio de la primavera regresaremos a Londres para los ensayos de Hamlet y después hay planes para organizar una gira por Francia, Dinamarca y Bélgica. ¿Qué te parece?

– ¡Conoceríamos París! – exclamó con entusiasmo – pero ¿cuándo partiremos a Europa?

– El duque ya arregló todo para tomar el barco antes de fin de año.

– ¿Tan pronto?

– Sí, no tiene caso quedarnos aquí.

– ¿Qué va a pasar con el banco?

– Varios abogados de una firma muy importante de Londres que tiene oficinas en Nueva York y en Chicago se encargarán de todo y cuidarán los intereses de la familia Grandchester aquí en América.

– Entonces es definitivo.

– Sí.

– Estaremos muy lejos – Candy dijo en un suspiro.

– Mi amor, por eso quiero llevarte a Escocia, será nuestra luna de miel.

– ¿Estaremos sollos allá? – susurró Candy rodeándole el cuello con los brazos.

– Con la mamá de Mark, pero si quieres puedo darle unas vacaciones – Terry sonrió pícaramente y después juntaron sus bocas en un amoroso beso.

 

Escucharon voces en el pasillo y Candy se separó justo antes de que se abriera la puerta. El Dr. Karl Meyer, Noemí y el Duque de Grandchester entraron al cuarto.

 

– Buenos días – saludaron el doctor y la enfermera.

– Buenos días – saludó la pareja.

– Ya está todo listo para ir a casa – dijo el duque – aquí están los papeles donde se te da de alta.

– ¿Entonces ya estoy bien? – preguntó el actor.

– Todo va evolucionando sin complicaciones. Ya bajó la inflamación, no hay fiebre ni pus, y se está formando la cicatriz – respondió el doctor – pero tendrá que continuar en reposo hasta fin de mes.

– ¡Esas son buenas noticias! – Candy exclamó entusiasmada.

– Mi recomendación es que mantenga inmovilizada la pierna y se traslade en silla de ruedas durante ese tiempo para evitar cualquier esfuerzo. Después podrá usar una muleta para apoyarse, y cuando termine la rehabilitación volverá a su antigua rutina de vida.

– ¿Ningún esfuerzo hasta que termine el mes? – preguntó Terry algo desilusionado.

– Ninguno. Aunque la herida se vea cerrada por fuera, el músculo tarda más tiempo en repararse – explicó el doctor – y si no se llevan a cabo los cuidados necesarios se podría provocar un daño interno. Por lo pronto podrá tomar baños y mojarse las heridas pero sin restregarlas con el jabón. ¿Tienen alguna otra pregunta?

– ¿Cuándo le quitaré los puntos? – preguntó Candy.

– En cinco días más.

– ¿Podrá viajar mi hijo? – preguntó el duque.

– ¿Cuándo piensa hacerlo?

– A fin de año.

– No le veo inconveniente siempre y cuando viaje lo más cómodo posible en el tren y se traslade en automóvil por la ciudad y no en carreta. Hay que evitar en lo posible los movimientos bruscos.

– Yo me encargaré de que se cumplan todas las indicaciones al pie de la letra – dijo Candy.

– Entonces no creo que tengan problemas. Les deseo que tengan buen viaje.

– Muchas gracias doctor – dijo el duque.

– Gracias Karl, espero que Noemí y tú pasen a despedirse – dijo Candy – nos encantará verlos antes de partir.

– Así lo haremos.

– Gracias por todo – dijo Terry estrechándole la mano al doctor.

 

Al regresar a la mansión, varios mozos llevaron a Terry en silla de ruedas al segundo piso. El sol se estaba poniendo en occidente cuando la mucama terminó de prepararles el baño y dejarles la cena servida. Ardía un gran fuego en la chimenea y el ambiente era tibio y confortable. Candy le quitó el abrigo a su esposo y lo ayudó a sentarse en la cama.

 

– ¿Cómo te sientes mi amor? – preguntó acariciándole uno de los mechones castaños.

– Bien, feliz de haber salido de ese hospital, pero tú debes de estar agotada – dijo notando las ojeras en el rostro de su esposa – dormiste muy poco mientras me estuviste cuidando.

– Con un solo día de descanso estaré como nueva – respondió sonriendo.

– ¿Por qué no tomas un baño Candy? Te caerá bien.

– Tengo mucha hambre, prefiero cenar primero – respondió la rubia – pero tal vez tú quieras tomarlo. Los baños de esponja no se comparan con una tina llena de agua caliente.

– Es verdad – dijo rodeándola por la cintura – esa fue una de las cosas desagradables de estar en el hospital.

– Pues tú parecías disfrutar el baño, sobretodo cuando estaba la enfermera de la mañana.

– Era una chica bonita – dijo Terry sonriendo de lado – espero que no te haya molestado el autógrafo que me pidió.

– ¿Por qué habría de molestarme? – Candy lo miró con indiferencia.

– No lo sé – el actor respondió con voz grave y sensual – tal vez porque tienes un marido famoso que vuelve locas a las mujeres.

– ¡Eres un engreído! ¿Lo sabías? – la rubia exclamó haciendo una mueca – ¡En cuanto te recuperes te voy a dar tu merecido!

– ¡Jajajajajajaja! – rió el actor – te aseguro que no tendrás que esperar tanto.

– ¿De verdad?

– Cenaremos y después iremos al agua – la acercó presionándola a su cuerpo – estaré indefenso y podrás darme mi merecido.

– No es mala idea – dijo la rubia fingiendo enojo – pero ¿no te vas a escapar?

– Te aseguro que no voy a correr – susurró robándole un beso y recorriéndola con las manos.

– Entonces voy a acabar contigo – susurró entre sus labios.

– Eso es lo que quiero, amor.

 

Se dejaron caer en la cama entre besos y caricias llenos de ternura.

– Mi amor – susurró Candy abriendo los ojos al teminar los besos – recuerda que tienes que estar en reposo.

– Pecosa – el actor susurró suavemente acariciándole los rizos – tú me vas a cuidar en la tina para que no me porte mal.

– De acuerdo – sonrió acariciándole el rostro – entonces vamos a comer y después al agua, me estoy muriendo de hambre.

 

Cenaron tranquilamente tomados de la mano, compartiendo bocados y sonrisas. Al terminar, Candy le ayudó a quitarse la ropa, lo llevó a la tina, y lo sostuvo al ponerse de pie y para entrar en el agua caliente. Después se desnudó y se sumergió en el agua. Al hincarse frente a su esposo comenzó a lavarle la herida.

 

– ¿Te duele?

– No – susurró el actor.

 

Con suaves movimientos, Candy enjabonó todo el misterioso cuerpo masculino. Él solo la observaba sin perder detalle de sus movimientos.

 

– ¿Por qué has estado tan callado? – la rubia preguntó de pronto.

 

Terry no respondió. Estiró los brazos para atraerla hacia su pecho húmedo y tibio gritando con sus manos la necesidad de tocarla. La besó sin disimular el hambre que tenía de toda ella, moldeando la boca a sus labios y a sus curvas. Sus manos resbalaban suavemente por la piel blanca haciéndola estremecer.

 

– ¿Cuándo? – Terry susurró besándole el cuello.

– Cuando termine el mes – Candy apenas alcanzó a responder sintiendo el exquisito toque de sus dedos.

– Falta mucho.

– Mi amor, tengo que cuidarte. Anda, vamos a la cama. Necesitas descansar.

 

Alcanzó una toalla y salió de la tina envuelta en ella. Escurrió sus rizos y se arropó con un delicado camisón mientras miraba coquetamente a su esposo. Él sonrió. Después le sirvió de apoyo para ponerse de pie, lo cubrió con una bata de baño y lo ayudó a sentarse en la silla de ruedas. Le secó el cuerpo desnudo, lo ayudó a vestirse y al terminar caminaron despacio hasta la cama. Después de recostarse, apagó la luz y se acurrucó entre sus brazos.

 

– Qué bien se siente estar así – susurró Candy.

– ¿Me extrañaste?

– Mucho, Terry.

– Pecosa.

– ¿Sí?

– ¿Has hablado con Albert?

– No, casi no lo he visto.

– Es que pasó algo en la mansión mientras estuve en el hospital.

– ¿Qué cosa?

– El duque me dijo que Albert tuvo una discusión con la tía abuela y la corrió de la casa.

– ¿Por qué hizo eso? – la rubia giró la cabeza para ver el rostro de su marido.

– Se descubrió que fue ella quien ideó el plan para matarme.

– ¡No es posible! – Candy exclamó incrédula.

– Atraparon a los tipos que secuestraron a Amy y a Albert y confesaron que tenían planes de matarte en las cabañas. Hastings les pagó por órdenes de Elroy y fue el mismo Hastings quien le dio la pistola al enfermero. Si el fallaba, el trabajo lo terminarían ellos.

– Es horrible lo que me estás diciendo – se recargó en su pecho.

– Candy – Terry la tomó de la barbilla para verla a los ojos – no regresaremos a América cuando termine la gira de la compañía Stratford.

– ¿Qué quieres decir?

– Mientras Elroy Andley siga viva estaremos en peligro.

 

La rubia se aferró al cuerpo de su esposo dejando escapar unas lágrimas.

 

– Podrían ser varios años – susurró tristemente.

– Sí, amor.

– ¡Terry! – lanzó un sollozo.

– No puedo obligarte a que me acompañes – el actor continuó con un nudo en la garganta – acabas de encontrar a tu familia y tal vez quieras estar con ellos. Si prefieres quedarte o regresarte meses después de que termine la gira, lo voy a entender.

– No – dijo acercándose a su boca para besarlo – no mi amor. ¡No!

– Candy, yo sé que vas a sacrificar mucho si decides acompañarme.

– Voy a estar a tu lado, Terry – dijo con una sonrisa envuelta en lágrimas – tú me necesitas y quiero cuidarte, porque ya no soy una Andley sino una Grandchester, porque tú eres mi felicidad.

– Gracias pequeña pecosa – el inglés susurró al besarla sin contener la emoción en sus palabras, desencadenando una llamarada de amor.

 

En la intimidad de la habitación, se demostraron ese amor de mil y un maneras, jugueteando con sus pies, acariciando sus lenguas, uniendo sus almas, impregnándose de caricias. El calor entibió sábanas y cobijas como un pequeño nido donde ella lo complació entregándose libre a sus manos y a su boca. Después de los más dulces besos, se quedaron dormidos abrazados, con la firme certeza de que sus corazones nunca se abandonarían.

La mañana del día de Noche Buena, Candy, Terry y los padres de ambos visitaron la tumba de George. Al llegar al cementerio, siguieron por un camino hasta el sitio donde habían enterrado al administrador. La lápida estaba recién colocada y se leía la leyenda: “Al mejor de los amigos. Querido George, siempre serás recordado por tu valentía y tu lealtad”. Candy colocó un ramo de flores junto a la lápida después de quitar la nieve que la cubría y abrazó a su esposo quien conmovido, dejó escapar un par de lágrimas en honor al hombre que le había salvado la vida.

 

Esa noche en la mansión no hubo invitados especiales ni un gran baile pero sí estuvo lleno de sorpresas y de muchas historias que contar. El joven Ralph había llegado unos días antes desde Boston recibiendo las noticias de su nueva familia con cierto recelo. Sin embargo, el amor de su hermano y la dulzura de su nueva hermana fueron suficientes para disipar sus dudas y aceptar al pretendiente de su madre.

 

El duelo y el recuerdo de los ausentes se hizo patente durante la cena de Navidad, pero a pesar de la tristeza, los hijos del duque alegraron el ambiente y Candy se encargó de repartir los regalos puestos bajo el árbol. Edward recibió varios avioncitos en metal pintados con colores brillantes y Alice recibió dos hermosas muñecas con carita y manos de porcelana. Todos recibieron presentes de parte de Albert y del Duque de Grandchester como chocolates, pañuelos, libros, guantes y sombreros. Eleanor y el duque le regalaron a Terry una elegante chistera a juego con un bastón de fina madera y empuñadura de oro. Candy recibió de sus padres un abrigo y un sombrero de lana en color azul oscuro. De parte de Terry recibió un juego de pendientes, una pulsera y un collar de oro blanco y diamantes, y un diario finamente encuadernado en piel color rosa con la siguiente dedicatoria:

 

Candy,

ni la joya más preciosa se compara a tu belleza.

Cada noche ángel mío, esperaré paciente

a que escribas lo que dicte tu corazón

en estas páginas que guardarán

nuestra historia de amor.

Feliz Navidad de 1918.

T.G.”

 

Terry se sintió feliz al recibir un abrazo y un beso amoroso como regalo de agradecimiento de parte de su esposa.

 

El brindis navideño estuvo lleno de esperanza y buenos deseos pero también de amargos recuerdos. La guerra, la influenza y la inesperada tragedia siempre estarían presentes al remembrar hechos pasados. Algunos tardarían más en sanar las heridas causadas por las pérdidas de las personas amadas pero todos sabían que el futuro era esperanzador. Al finalizar el brindis, Albert tomó la palabra para dar una noticia a los amigos y familiares.

 

– Amy y yo queremos anunciarles que el día 27 vamos a casarnos – dijo solemnemente – y queremos invitarlos a todos para que nos acompañen en la ceremonia.

– ¡Qué maravilloso! ¡Felicidades Amy! – exclamó Candy.

– Felicidades amigo, es una grandiosa noticia – dijo Terry – te va a sentar bien el matrimonio.

– Tío Albert, Amy, les deseo lo mejor – dijo Arthur.

– Felicitaciones Sr. Andley – dijo el duque.

– Espero que sean muy felices – sonrió Eleanor.

– Nos encantará que seas parte de la familia, Amy – dijo Archie.

– Muchas felicidades a ambos – sonrió Annie.

– Me siento muy feliz por ti Bert, juntos han luchado por su amor y merecen ser felices – dijo Elizabeth.

– Enhorabuena – dijo el doctor.

– ¿Pero no es muy tarde para mandar invitaciones? – preguntó Elizabeth.

– Sólo ustedes y mis padres estarán presentes – respondió Amy tomando a Albert de la mano – él está de luto así que decidimos hacer algo sencillo.

– Lo importante es que Amy sea mi esposa – indicó Albert.

– ¿A qué hora será la ceremonia? – preguntó el Dr. Meyer.

– Al medio día y después habrá un brindis aquí en casa.

– Entonces habrá que organizarnos bien porque habrá otro festejo por la tarde – sonrió Elizabeth.

– ¿Cuál festejo mamá? – preguntó el joven Ralph

– ¿Es cumpleaños de alguien? – preguntó Candy.

– ¿Acaso un evento especial? – preguntó Arthur.

– Hijos – respondió Elizabeth – el doctor me pidió ser su esposa y yo acepté pero queremos pedirles su consentimiento para casaremos ese mismo día pero por la tarde – respondió sin poder disimular su felicidad.

– ¡Mamá! ¡Qué gran noticia! – exclamaron Candy y Arthur – ¡Qué alegría!

– Si le hace daño a mamá le daré su merecido – dijo el joven Ralph provocando sonrisas entre los presentes.

– Te prometo que voy a cuidar a tu madre y que jamás le haré daño – el doctor dijo solemnemente – de lo contrario tendrás todo mi permiso para darme una paliza.

– ¡Papá! – exclamó Arthur mientras los demás reían por el comentario.

– No será necesario Ralph – dijo Candy abrazando a su hermano menor – estoy segura que el doctor cuidará muy bien de mamá.

– Espero que sean muy felices Lizzy – dijo Albert acercándose a su hermana para abrazarla – se lo merecen.

– Disculpen mi atrevimiento pero quisiera pedirles algo – dijo Amy al ver juntos a los hermanos – me encantaría que nos casáramos en una misma ceremonia si es que no tienen inconveniente. Creo que sería lo mejor y por mi estado, prefiero no llamar la atención .

– Amy – dijo Eleanor – nadie está aquí para juzgarte.

– Por mi parte no hay problema – el Dr. Meyer dijo sonriendo – creo que ni el sacerdote ni el juez tendrán inconveniente en celebrar una boda doble.

– Amy querida – Elizabeth la abrazó – yo estoy feliz de que quieras que celebremos juntos la boda.

– ¿Tú qué piensas Albert? – preguntó Amy viendo a su novio.

– Yo haré lo que tu quieras, querida.

– ¡Tendremos una doble boda en casa! – exclamó Candy llena de alegría.

– Entonces que continuen las buenas noticias – Archie anunció con una sonrisa – el día 30 los Britter ofrecerán una fiesta con la familia para anunciar mi compromiso con Annie y por supuesto están todos invitados.

– ¡Annie! ¡Qué maravillosa noticia! – exclamó Candy.

– Felicidades Elegante – sonrió Terry.

– Espero que puedan acompañarnos esa noche – dijo Annie – para los Britter será un honor recibirlos en casa.

– Les agradecemos mucho la invitación y les deseamos toda la felicidad posible – el duque dijo ceremoniosamente – pero la familia Grandchester no podrá acompañarlos esa noche.

– ¿Por qué? – preguntó Archie.

– El día 28 saldremos a Nueva York y tomaremos el tren a Inglaterra el día 30 – explicó Terry.

– ¿Es verdad Candy? – preguntó Annie con tristeza en la mirada.

– Sí.

– ¿Por qué no nos habías dicho, hija? – preguntó Elizabeth muy consternada.

– Me acabo de enterar, mamá.

– ¿Cuánto tiempo estarán allá? – preguntó el doctor.

– No lo sabemos – respondió Terry – podrían ser meses…

– O tal vez años – Candy completó la frase viendo el dolor en el rostro de su madre.

– Ellos estarán en Escocia hasta la primavera antes de que empiece la gira de la compañía de teatro – dijo Albert tratando de aliviar la tensión – así que tendremos tiempo para organizar un viaje a la casa de campo de los Andley en Edimburgo para visitarlos.

– ¡Bert! – exclamó Elizabeth al escucharlo – ¡Tú lo sabías! ¡¿Por qué se tienen que ir?!

– Lizzy – el Dr. Meyer la abrazó para tranquilizarla – no importan las razones, Candy tiene el deber de estar y cuidar a su marido.

– Papá, mamá – dijo Candy tratando de permanecer serena – espero que nos visiten muy pronto en Escocia.

– Así lo haremos hija mía – susurró el doctor con un nudo en la garganta – te prometo que nos veremos en unos meses.

– ¡Gracias papá!

– Mi niña, mi pequeña, te voy a extrañar mucho – dijo Elizabeth acercándose a su hija para abrazarla sin poder evitar las lágrimas.

– Yo también te voy a extrañar mucho mamá – susurró Candy sintiendo humedecer sus ojos – ¿vas a estar bien?

– No te preocupes hija – dijo el doctor – tus hermanos y yo la cuidaremos.

– ¡Papá! – exclamó la joven abrazando a su padre.

– Terry, cuida mucho a mi hija – pidió el Dr. Meyer.

– Le prometo que daré mi vida por ella, señor – dijo el actor.

– Y yo estaré ahí para que así sea, palabra de inglés – concluyó el duque.

– Creo que todavía no es momento de despedidas sino de celebraciones – intervino Albert – así que nada de lágrimas que lo mejor de la noche está por comenzar.

– Mi tío tiene razón – dijo Arthur – así que propongo olvidarnos de las tristezas y comenzar la cena. Yo me estoy muriendo de hambre.

– ¡Yo también! – exclamó el joven Ralph provocando risas entre los presentes.

– Ya todo está listo – sonrió Albert tocando una pequeña campana en la mesa – así que los invito a que nos sentemos para disfrutar la cena de Navidad.

 

Candy abrazó a sus hermanos agradecida por sus cálidas palabras y le regaló una linda sonrisa a su querido Albert. Después fue a sentarse junto a Terry quien la miró lleno de amor besándola en la frente.

 

Durante la cena, vinos tintos fueron degustados a la par con una reconfortante sopa de castañas y tomillo, un delicioso roast beef con nabos, papas, zanahorias y chirivías con romero acompañado de coles de Bruselas con avellanas y castañas, bollos esponjosos con mantequilla, el tradicional budín inglés navideño flameado con brandy, y copas de espumoso eggnog.

 

Las bebidas espirituosas aligeraron los ánimos y el muérdago colgado en las puertas del comedor animó los corazones de todos los presentes. Annie fue la primera en caer en la trampa y a pesar del gran sonrojo que mostró en el rostro, Archie felizmente la besó. Las demás parejas tampoco desaprovecharon la oportunidad de disfrutar la tradición en medio de risas y aplausos. Más tarde, a petición de Eleanor, Terry tocó algunos villancicos al piano e invitó a amigos y familiares a cantar juntos a un lado de la chimenea.

 

http://www.youtube.com/watch?v=Oy0q8tmZzwY (Adeste fidelis)

http://www.youtube.com/watch?v=e_dopBV0aKo (Hark, the herald angels sing)

http://www.youtube.com/watch?v=mOhuiezfxT4   (Silent night)

 

Candy lloró de felicidad al ver la sonrisa en el rostro de Terry mientras tocaba las melodías. Entonces se dio cuenta que toda su familia y su esposo estaban juntos, reunidos celebrando la Navidad por primera vez en su vida. Una enorme e inexplicable dicha le llenó el corazón y sintió la paz del Altísimo dentro de su alma. Esa era la felicidad que siempre había soñado y ahora podía verla y sentirla en todo su esplendor. Agradeció a Dios por todo lo vivido ese año, por las lágrimas y las risas, por la tristeza y la esperanza, por el dolor y por el amor. Grabó esa bella imagen en su mente y la guardó entre sus recuerdos más preciosos. Nunca olvidaría esa noche y siempre la tendría presente para llenarse de esperanza cuando necesitara iluminar su camino.

 

Después de la cena, todos fueron a la sala a charlar al calor de la chimenea, recordando anécdotas pasadas, disfrutando de un trago de brandy y licores dulces para entrar en calor. Era de madrugada cuando los invitados comenzaron a despedirse y las luces de la mansión se apagaron hasta que solo quedó iluminado el árbol de Navidad. Candy y Terry permanecieron hasta el final, abrazados y cubiertos con una frazada sobre un mullido sofá. Los copos de nieve caían por detrás de las ventanas y algunos cantos de peregrinos se escuchaban a lo lejos. Candy subió las piernas al sofá y se recargó sobre el tibio pecho de su marido dejándose arrullar por el crepitar de los leños. Levantó el rostro buscando los ojos de su amado pero él encontró primero sus labios. Fueron dulces los besos de su boca y cálidas las caricias de sus manos, pero más hermosa fue la paz que halló en su mirada y en cada una de sus palabras.

Este corazón que late junto a mi corazón
es mi esperanza y toda mi fortuna,
desdichado cuando nos separamos
y feliz entre beso y beso;
mi esperanza y toda mi fortuna -¡si!-
y toda mi ventura.

Pues allí, al igual que en nidos musgosos
los reyezuelos amontonan múltiples tesoros,
deposité los caudales que yo tenía
antes de que mis ojos hubieran aprendido a llorar.
¿No seremos de su misma sensatez
aunque el amor no viva sino un día? (*)

*(James Joyce)

 

– Terry – Candy suspiró embelesada – nuestro amor vivirá mucho más que un día.

– Sí pequeña pecosa – susurró el actor reflejándose en sus pupilas – vivirá por siempre al calor de tu sonrisa.

 

Unieron sus bocas en tierna armonía, sellando la promesa con su amor esa inolvidable noche, la primera de muchas Navidades que pasarían como esposos.

 

Al día siguiente Candy, Arthur, Ralph, sus padres, Amy y Albert fueron temprano al Hogar de Pony para llevar juguetes a todos los niños. La alegría de los pequeños fue contagiosa para todos. Elizabeth lloró en brazos de la Srita. Pony y la Hermana María, y les agradeció por todo el amor y los cuidados brindados a su hija. Candy y sus hermanos jugaron con los niños haciendo ángeles y muñecos de nieve, deslizándose sobre la colina en improvisados trineos de madera y tirándose bolas de nieve en una divertida guerra entre niños y niñas. Las risas y gritos de alegría de los pequeños llegaron hasta la casa y los padres de Candy salieron a comprobar la felicidad en el rostro de sus hijos. Entonces pudieron imaginar la vida de Candy durante su infancia y comprendieron que a pesar de las carencias, había sido una niña feliz. El pesado lastre que había acompañado a Elizabeth y al doctor durante 20 años, se esfumó finalmente liberándolos de los remordimientos y las culpas. Después de la comida, Candy se despidió de sus queridas madres. Trató de ser fuerte pero no pudo contener las lágrimas al abrazar a la anciana. Rogó para que no fuera la última despedida sino que se le concediera la oportunidad de verla una vez más. Después de recibir la bendición de la Hermana María, prometió escribirles y un día regresar de nuevo al Hogar de Pony.

 

 

El día 27 al medio día, dos bellas novias entraron a la pequeña capilla de la familia Andley acompañadas por música de violines, ramos de flores y sus más allegados amigos y familiares. Escoltada por su padre, Amy lució un bello vestido color hueso en corte princesa y un delicado velo sujeto por una hermosa tiara de plata y madre perla . Por su parte, Elizabeth entró del brazo de Arthur luciendo un elegante pero sencillo vestido color palo de rosa. Los novios esperaron la llegada de las damas vistiendo el tradicional jacket en lana oscura y corbata color perla. La ceremonia fue muy emotiva cuando los novios se juraron ante el altar, amor y fidelidad hasta la muerte. Candy se conmovió al escuchar los votos de Albert y de sus padres y tuvo que limpiarse las lágrimas cuando fue su turno de entregarles los anillos.

 

Al termino de la ceremonia y después de tomarse las fotos protocolarias, las dos parejas llegaron a la mansión Andley donde los esperaban los invitados y el juez de paz. En el gran salón, con un cuarteto de cuerdas dándoles la solemne bienvenida, entraron con las manos entrelazadas y por invitación del juez, sellaron su promesa de amor. Aplausos y felicitaciones se escucharon en el salón cuando fueron presentados como marido y mujer. Los meseros repartieron copas de champán y todos brindaron por la felicidad de los recién casados. Bailaron las primeras piezas como esposos, primero Amy con Albert y después Elizabeth con Ralph. El baile continuó después de la comida al partir el pastel de bodas, y duró hasta muy entrada la noche. Candy bailó muchas piezas con Albert, su padre y sus hermanos. Su sonrisa era radiante y luminosa y gozó cada uno de esos instantes al lado de sus seres queridos. Terry la contempló en silencio con total fascinación. No era solo la belleza de cuerpo y alma lo que lo extasiaba sino el inmenso amor que sentía por ella. Candy estaría con él sin importar los años ni la distancia lejos de su familia. Terry lo comprendió al verla bailando, y se juró a sí mismo que la haría feliz, inmensamente feliz y que viviría para ello.

 

El 28 de diciembre fue un día difícil para Candy. El largo viaje que iba a emprender y la ausencia de su familia entristeció su mirada. Trató de disimular su dolor mostrando una sonrisa frente a su esposo pero él comprendió que estaba sufriendo. Sin embargo, no hablaron del asunto. Después del desayuno, Candy le quitó los puntos de la herida y al terminar, comenzaron a preparar el equipaje. Después del almuerzo, la joven rubia fue a despedirse de Albert personalmente por lo que fue a buscarlo a su estudio.

– Pasa Candy – dijo el caballero rubio al escuchar que lo llamaba.

– Buenas tardes Albert – saludó cerrando la puerta – pensé que estarías con Amy. ¿Te interrumpo? Espero no molestarte.

– Candy, tú nunca serás una molestia – sonrió – Amy salió a hacer unas compras así que no interrumpes nada. ¿Ya es hora?

– Todavía no, pero quería hablar contigo.

– Dime.

– De alguna manera me siento culpable por lo que pasó y lo lamento mucho.

– Pequeña – dijo el rubio poniéndose de pie – tú no fuiste culpable por la muerte de George.

– Chris vino a Chicago por mi culpa, y por eso pasó lo que pasó.

– Pero tú no le diste la pistola ni le ordenaste disparar – Albert caminó hacia la ventana – Candy, esas balas iban dirigidas a Terry pero fue George quien decidió salvarlo así que nadie debe sentirse culpable por lo sucedido.

– Siempre le voy a estar agradecida por lo que hizo – dijo acercándose a su amigo – George ya descansa en paz y vivirá en nuestros corazones.

– Así es – dijo Albert perdiendo la mirada en la lejanía.

– Bert, nunca te había visto tan triste.

– George fue como un padre para mí – susurró dando un largo suspiro – no será fácil continuar sin él.

– ¿Vas a estar bien? – lo abrazó.

– Si Candy, no te preocupes.

 

Después de una pequeña pausa, Candy continuó la conversación.

 

– ¿Y la tía abuela?

– En México.

– ¿Es cierto que ella planeó todo?

– Sí

– Creo que fuiste muy duro con ella.

– No tuve alternativa.

– Pero…

– Candy – la interrumpió – la tía abuela hizo mucho daño a muchas personas. Confundió la lealtad con la ambición y el poder, y así justificó sus actos. Lastimó a su propia familia y fue muy cruel.

– Bert – lo miró a los ojos – ¿ella sabía quien era yo?

– Sí, siempre lo supo.

– ¿Fue porque fui una hija ilegítima la razón por la que nunca me quiso?

– No Candy – la tomó por los hombros – ella nunca aceptó a Elizabeth Summersfield, tu abuela. Su odio la llevó a cometer crímenes imperdonables y a destruir vidas inocentes.

– Mi mamá sufrió mucho.

– Sí, pero eso ya terminó. Te prometo que nunca volverá a hacerles daño.

– ¿Irás a verla alguna vez?

– No.

– Parece que es mucho tu dolor y tu resentimiento. Tú no eres así.

– Candy – el rubio sintió que los ojos se le humedecían – mandar a México a la tía abuela ha sido la decisión más difícil que he tomado en toda mi vida. No sé que pasará mañana pero te prometo que si ella se arrepiente de todo el mal que hizo, iré a verla.

– Gracias Bert.

– Pequeña, creo que te voy a extrañar mucho.

– Yo también – susurró con lágrimas en los ojos.

– No llores – sonrió limpiándole las gotas de su rostro – ¿me prometes que vas a estar bien?

– Te lo prometo.

– ¿Me escribirás?

– Sí Bert, ¿y tú me prometes que llevarás a mi sobrino a Inglaterra para que lo conozca?

– Te lo prometo, pero te voy a decir un secreto.

– ¿Cuál?

– Tengo el presentimiento de que será sobrina.

– ¿Crees que vas a tener una niña?

– Sí – sonrió.

– Estoy segura que se va a parecer a ti – la rubia mostró una enorme sonrisa.

– Entonces le gustarán los animales.

– Y va a tener un gran corazón.

– Candy, gracias – la abrazó.

– Gracias a ti, querido Bert.

 

Ella se recargó en el pecho de su querido tío, amigo y confidente rodeándolo con los brazos. Una vez más sus vidas los llevarían por caminos distintos, pero ahora tenían la certeza de que sin importar la distancia, la sangre los uniría para siempre.

 

 

A las 7:00 de la noche Karl y Noemí así como de Amy, Archie, Annie, Albert, Arthur, el joven Ralph, Elizabeth y el Dr. Meyer se encontraban en la estación de tren para despedir a los Grandchester. Le desearon a la pareja un feliz viaje a Inglaterra así como los mejores deseos para el futuro. Terry y sus padres subieron al tren dejando a Candy con su familia para que se despidiera. La joven rubia agradeció a todos su amistad y su cariño, pero cuando se acercó a abrazar a su madre no pudo contener el llanto. Le fue imposible hablar y decirle cuanto la necesitaba y cuánto la iba a extrañar. Sin embargo, Elizabeth no necesitaba escucharlo. Se mantuvo serena, llenándose del amor de su hija al estrecharla entre sus brazos para consolarla y confortarla con sus palabras. Cuando Candy por fin se calmó, le dio la bendición. Después, la joven rubia abrazó a su padre mientras escuchaba sus palabras llenas de sabiduría, las cuales la llenaron de ánimos para continuar con su vocación de servicio. Después se prometieron verse en unos meses al otro lado del Atlántico.

 

Se escuchó el silbato que anunciaba la salida del tren y sintiendo que dejaba un pedazo de su vida en Chicago, Candy subió al vagón permaneciendo en la escalinata. El ruido de la máquina ensordeció a los presentes pero nadie se movió de su lugar. Cuando las ruedas comenzaron a girar, gritó con todas sus fuerzas los nombres de sus seres queridos hasta que su voz se desvaneció en la lejanía. Elizabeth se derrumbó al ver que el tren se alejaba y corrió gritando el nombre de su hija hasta perderla de vista. Con las mejillas humedecidas por las lágrimas, el Dr. Meyer y sus hijos abrazaron a Elizabeth y juntos agitaron los brazos en un adiós para su amada Candy.

 

Ella lloró largo rato mientras el frío viento de la noche golpeaba su cara y pensó en lo irónico que podía llegar a ser la vida. Amar tanto era muy doloroso pero sin ese amor no tenía sentido su existencia. Entonces recordó las tristezas del pasado y vio la esperanza en el futuro. Se imaginó rodeada de hijos y a sus padres y hermanos jugando con ellos y pudo calmarse. Cuando entró al camarote, Terry la estaba esperando.

 

– Perdóname – dijo sentándose a su lado con los ojos hinchados de tanto llorar – no quería dejarte solo pero no pensé que esto iba a ser tan difícil.

– Amor, no te preocupes – susurró abrazándola – al paso de los días te sentirás mejor.

– Gracias mi amor.

– ¿Quieres comer algo?

– No, solo quiero estar contigo.

– Yo también – la besó en los labios – ven, recuéstate a mi lado.

 

La estrechez del camarote no impidió el tierno consuelo de besos y caricias que el actor le brindó a su esposa. Ella rompía a llorar a ratos, pero el amor de Terry fue el alivio a su dolor. Esa noche pidieron comida al camarero para no salir al vagón comedor. Entre beso y beso decidieron que ese viaje sería el inicio de su luna de miel. Leyeron juntos, soñaron juntos y se prometieron una eterna noche de amor al iniciar el nuevo año. Al día siguiente al llegar a la ciudad de Nueva York, Candy bajó del tren mostrando una sonrisa.

 

La casa de Eleanor Baker fue muy visitada los siguientes dos días. El duque y Terry recibieron en el despacho a los abogados que que encargarían de los asuntos del banco. Por la noche, Robert Hathaway cenó con Terry y su madre para planear la gira de la compañía Stratford por Europa así como las presentaciones de Hamlet en el Royal Shakespeare Festival y en el Festival de Edimburgo.

 

El día 30, Eleanor y Candy regresaron a la casa después de una mañana de compras y de recoger sus pertenencias y las de Terry del departamento que habían rentado para vivir en Nueva York. El resto del día continuaron con los preparativos del viaje y en punto de las 6 de la tarde, los mozos subieron a los autos todos los baúles con el equipaje de la familia Grandchester con destino a la Terminal de Barcos de Manhattan junto al Río Hudson.

 

Al llegar a la terminal, Candy se quedó con la boca abierta al ver a cientos de personas subiendo a un hermoso transatlántico de cuatro chimeneas atracado en el muelle.

 

– ¿Iremos en ese barco?

– Sí – respondió el duque al notar su asombro.

– ¿Cómo se llama? – preguntó Eleanor.

– Es el RMS Olympic.

– ¿No fue uno de los barcos que diseñó Thomas Andrew, el ingeniero que diseñó el Titanic? – preguntó Terry.

– Así es – respondió el duque – la construcción de ambos barcos comenzó entre 1908 y 1909 pero primero se terminó el Olympic siendo tan grande y tan elegante como el Titanic. En 1911 fue su viaje inaugural y el del Titanic fue al año siguiente, en 1912.

– El Titanic se hundió en ese viaje – recordó Terry – fue noticia en todos los periódicos.

– Una verdadera tragedia – comentó Eleanor.

– ¿Este barco es tan grande como el Titanic? – preguntó Candy sin salir de su asombro.

– Sí, y es mucho más grande que el Mauretania – indicó Terry – ¿sabes cuando mide de eslora, papá?

– Unos 269 metros – respondió el duque.

– ¿Por qué está pintado así? – preguntó Candy.

– Durante la guerra y hasta el día de hoy se ha utilizado para transportar soldados – explicó el duque – por eso se pintó y acondicionó como un buque militar. Aunque todavía no está listo para retomar los viajes comerciales, por mi condición de noble me permitieron utilizar los camarotes de la primera cubierta que no fueron modificados.

– Creo que será un viaje inolvidable – dijo Candy sonriendo con complicidad a su marido.

– Estoy seguro – sonrió el actor.

 

Abordaron el barco siendo recibidos por los oficiales al mando quienes los escoltaron a la cubierta más alta donde se encontraban los camarotes de lujo de primera clase. Candy se quedó sin habla al descubrir que el barco contaba con una piscina interior, un gimnasio, cancha de squash, un baño turno, una biblioteca y un elegante salón comedor. Al entrar al camarote lanzó una exclamación, deslumbrada por la decoración del mismo. Los pisos estaban alfombrados y las paredes estaban cubiertas por tapices con brocados y vistas labradas en madera, los muebles eran estilo Luis XV y las camas tenían hermosos doseles de donde colgaban telas vaporosas. La decoración incluía chimeneas empotradas, ventanas con vitrales y cortinas de terciopelo. El camarote también contaba con un elegante baño con una tina grande y con lavamanos con grifos que disponían de agua caliente y fría.

 

A las 9 de la noche zarpó el barco. Los jóvenes esposos salieron a cubierta para admirar el hermoso espectáculo de luces de Nueva York durante su travesía por el río. Candy se despidió emocionada agitando las manos a todas las personas que gritaban adiós desde el muelle. Sintió una gran nostalgia pero se aferró a la mano de su marido quien permaneció a su lado en la silla de ruedas hasta que la última luz de la ciudad desapareció en el firmamento.

 

El 31 de diciembre de 1918 Candy y Terry despertaron muy entrada la mañana. Después de la comida, comenzaron a vestirse para la cena de fin de año. La rubia ahora comprendía las compras de última hora que había hecho con Eleanor Baker y le agradeció su buen gusto para elegir el atuendo que luciría esa noche tan especial. La rubia sacó de su baúl un hermoso vestido largo en color azul marino con escote cuadrado, encaje negro y bordado con perlas, lentejuela y chaquira plateadas, un par de largos guantes negros y una diadema plateada adornada con cristal. Al abrir el joyero damasquinado eligió el juego de pendientes, pulsera y collar de diamantes que su esposo le había regalado en Navidad. Recogió sus rizos en un delicado rodete y pinto sus labios color rojo sangre. Terry disfrutó ver cómo su esposa se transformaba en una princesa mientras él se vestía con un elegante frac negro, camisa y chaleco blancos, mancuernillas de oro, moño y pañuelo de seda, y zapatos de charol negros.

 

– ¿Lista? – preguntó Terry al verla perfumándose el cuello.

– Sí – sonrió – ¿qué tal me veo?

– Hermosa – dijo poniéndose de pie utilizando el bastón que le había regalado el duque para caminar despacio hasta donde se encontraba su mujer.

– Terry, ¿qué haces? No debes caminar todavía.

– Faltan unas horas para que termine el mes – dijo susurrando a su oído – ¿sabes lo que eso significa?

– Sí – lo miró a los ojos levantando los brazos para rodearle el cuello – ya no tendrás que estar en reposo absoluto.

– La noche será larga, muy larga, amor – susurró suavemente, después la tomó por la cintura iniciando el cortejo con un beso febril.

 

 

A las 10 de la noche salieron del camarote rumbo al salón principal donde Eleanor, el duque y sus hermanos los estaban esperando.

 

La orquesta tocaba muchos  ritmos  alegres como  fox trot, pasodoble y quickstep. Eleanor Baker y el duque bailaron varias piezas mientras Candy y Terry se divertían viendo bailar a las parejas. Los meseros comenzaron a servir champán y en punto de la medianoche, se escucharon las 12 campanadas anunciando la llegada de 1919. El almirante del barco levantó su copa e hizo el brindis de Año Nuevo. Todos gritaron y aplaudieron, bebieron el burbujeante champán y se abrazaron para felicitarse unos a otros. La música alegró de nuevo el ambiente y los meseros comenzaron a servir la cena.

 

Candy y Terry comieron sin dejar de mirarse, absortos uno del otro. El delicioso juego de seducción siguió entre pequeños sorbos de champán y caricias sensuales por debajo de la mesa. La cena concluyó con frutas al licor dejando enmieladas sus bocas pero el postre no terminó ahí. Se despidieron de Eleanor y del duque al terminar la cena argumentando que Terry necesitaba descansar. Tomaron el elevador del barco para subir a cubierta y caminaron entre el viento y el frío de la noche hasta encontrar una zona poco iluminada. El mar cantaba su romántico arrullo nocturno y la luna parecía sonreír desde lo alto. Cuando Candy se recargo en una columna del barco, Terry se inclinó para besarla. Fue como un sueño hecho realidad. Retrocedieron en el tiempo y volvieron a vivir el día que había sellado su destino.

 

– Hace un año, después de celebrar en casa de mi madre fui al mar a buscarte a una playa cerca de un acantilado – recordó Terry abrazándola al terminar el beso.

– Hace un año yo estaba en un barco regresando de un viaje con Albert – recordó Candy – y salí a cubierta para recordar el día que nos conocimos.

– Íbamos rumbo a Inglaterra en el Mauretania y también era Año Nuevo, ¿recuerdas, amor?

– ¿Cómo podría olvidarlo? – susurró acariciándole el rostro – había mucha bruma y tú llorabas.

– Te acercaste a mí.

– Quería consolarte.

– Traías puesto un vestido blanco.

– Y tú, una capa oscura.

– Candy – le levantó la barbilla suavemente.

– Terry – suspiró.

– Quiero amarte esta noche – susurró reflejándose en sus pupilas.

– Hazlo – respondió sin aliento enredando los brazos en su cuello.

 

Terry la besó y después se fueron abrazados al camarote.

 

Al entrar, el inglés tan solo prendió una pequeña luz y le puso el cerrojo a la puerta. Caminó despacio hacia su esposa, la tomó de la mano besándole los nudillos con delicadeza y la recorrió desnudándola con la mirada. Candy cerró los ojos entregándose a él, entreabriendo los labios para que él los devorara con desesperación mientras ataban sus lenguas.

 

– ¿Por qué tiemblas? – la sintió tiritar entre sus brazos – estás helada.

– Hacía mucho frío afuera.

– Te prepararé un baño caliente – susurró besándola en el cuello – y después iremos a la cama.

– Sí, mi amor.

 

Terry la llevó al baño y ahí abrió el grifo del agua caliente. Enseguida se acercó a su esposa para quitarle las joyas y el vestido. Deslizó los dedos bajando los tirantes de su corpiño para liberar sus pechos. Los acarició a placer con sus manos tibias. Las ropas cayeron entre pequeñas risas y besos robados. Cuando terminó de desnudarla, se quitó la ropa rápidamente para entrar juntos en la humeante tina. El calor reconfortó a Candy quien se hundió completa en el agua por un par de segundos y al sacar la cabeza del agua vio a su marido con la mirada inmersa en ella. Ella lo imitó y lo contempló a detalle, deleitándose con su varonil figura.

 

– ¿Te sientes mejor?

– Sí.

– ¿Qué piensas pecosa? – le preguntó al notar que se sonrojaba.

– Me gustas mucho Terry.

– Lo sé – susurró complacido.

– ¿Lo sabes?

– Fue amor a primera vista – respondió con una media sonrisa.

– ¿Algún día dejarás de ser tan arrogante y engreído?

– No lo sé – dijo estirando los brazos para atraerla hacia él.

– ¿Entonces qué sabes? – preguntó sintiendo sus besos en el cuello.

– Que eres mia.

 

Las manos de Terry fueron pasión y dulzura, artífices de amor envueltos en tibio vapor perfumado que se adueñaron de todos esos espacios delicados de luz y sombra de la piel de su esposa. Fue tierno al principio, llenándola de suaves y pequeños besos y caricias delicadas pero después, su boca la besó sin compasión, sus manos la tocaron sin mesura, su lengua la probó sin recato dejando nuevas memorias en las curvaturas ocultas y sensibles de ese cuerpo que tanto había añorado. Enardecía de deseo y no se detuvo hasta que la supo suya sin limitaciones y la sintió temblar sometida a sus antojos. Ella gimió y gritó con fuerza al sentir el fuego que se expandía desde su sensible interior hacia las extremidades de su cuerpo.

 

La necesidad y la dulce entrega eran mutuos y ambos querían más. Terry la sentó a horcajadas para que se amoldara generosamente a sus líneas masculinas, llenándola con su carne y así, agitarla en lo más secreto. Candy gritó al sentir su entrada y lo besó ardientemente, abriendo su cauce, uniendo pechos y vientres, para que él se hundiera en su bahía más íntima y más profunda. Gimió sin vergüenza cual incitante canción de la amante al sentirse colmada. Bogaron juntos en esas aguas donde ella marcó el ritmo para no lastimarlo, logrando una travesía larga y deliciosamente estimulante entre besos y caricias húmedas. Pero la mar se tornó tempestuosa cuando el fuego evaporó la razón y un juramento tácito los convirtió en amantes eternos. Quedaron exhaustos al estallar sin sentido, revolviendo sus aguas como remolinos en un océano abisal. Y así como llegó la tormenta, todo fue calma y silencio. Sentados en la tina, él abrazándola por detrás, se olvidaron del tiempo. Cerraron los ojos acurrucados en el agua acariciándose suavemente sin pudor, como si la piel de uno fuera la piel del otro.

 

Salieron del agua después de un largo rato, cuando el frío los obligó a despertar de su ensueño, pero las toallas cayeron pronto al no resistir la tentación de tocarse de nuevo. Entonces unieron sus labios sintiendo el calor de su deseo sobre la piel desnuda. Fue un bello momento en la más exquisita intimidad, tan solo ellos y el amor que los envolvía con todas sus fragancias. Llegaron jugueteando a la cama y se cubrieron con ropas suaves para reposar juntos envueltos en satín y lana. La noche era de ellos y apasionados se perfumaron de nuevo con la esencia del amor.

Terry fue como una sombra que la cubrió para apoderarse de ella, apresando sus manos, doblegando su piel. La desarmó una vez más y ella se regaló toda. Como el amante perfecto, la sedujo susurrando su nombre con palabras suaves, acariciándola con la boca, mordiendo sus cimas y saboreando sus valles de norte a sur, y de oriente a occidente traspasando sus límites mientras la adoraba. La pasión de Candy se liberó de nuevo y sintió espasmos en sus entrañas como ráfagas de fuego que la hicieron gritar extasiada. Se sintió flotar y su mente liberó a su cuerpo que transformó a las sábanas en suaves y acogedoras nubes.

 

– Terry… – susurró desvanecida mientras su pecho subía y bajaba para regular la respiración.

 

Al verla agotada, el amante esposo la arrulló con pequeños besos y la abrazó cubriéndola con las sábanas y cobijas.

 

– Te amo Candy – susurró entre los rizos dorados pero no recibió respuesta. Su esposa ya dormía profundamente soñando el más hermoso de los sueños, un sueño que 9 meses más tarde se haría realidad.

 

FIN

 

Epílogo

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28 comments

  1. Queridas lectoras,
    la aventura ha llegado a su fin.
    Agradezco infinitamente a todas las lectoras anónimas y presentes que se dieron la oportunidad de leer esta historia. Fueron años de estar conmigo “verso a verso” como diría Serrat, y eso no se paga con nada. Espero que este capítulo final les guste. Es un regalo para todas las Terrytanas enamoradas del rebelde inglés.

    También me permití agregar un pequeño Epílogo, el resto de la historia lo dejo a su imaginación.

    Gracias Candy, gracias Terry por ser mi fuente de inspiración y gracias a mis queridas amigas de CandyCandy Online por todas sus porras.
    Un abrazo.

  2. excelente gracias por terminar esta historia valio la pena la espera

  3. Manzanita eres grandiosa es un capítulo hermoso no podría ser mejor .Gracias por compartir tu maravilloso talento .

  4. Ayyyyyyyyy por Dios!!!! Miel!!! mi Amado es pura Miel!!! GRacias Manzanita, hermoso!! me voy para el epílogo:)

  5. Ayyyyyyyyy por Dios!!!! Miel!!! mi Amado es pura Miel!!! GRacias Manzanita, hermoso!! me voy para el epílogo:)

  6. Mi querida Manzanita!!

    Gracias, mil gracias por obsequiarnos con tu talento y crear un fic tan bello como lo ha sido !1918″. Ha sido maravilloso leer durante casi dos años este fic, el cual ya sabes que lo tengo como mi referente… es el más completo y mejor escrito que he leído hasta ahora. ¡Pones el listón muy alto! Me ha encantado el último capítulo y el epílogo me ha gustado que lo escribieras en forma de diario… has cerrado el fic con un broche de oro. Te felicito por tu entrega y compromiso hacia nosotras, las lectoras, que siempre hemos estado pendientes de ti y por mi parte, nunca te olvidaré. Espero volver a saber de ti pronto y si no es así, estoy segura que tendrás éxito en cualquier otra empresa que decidas llevar a cabo.
    Mis más sinceras bendiciones y un gran, gran abrazo. Un beso muy fuerte también, de una fiel lectora.

    Hasta siempre!

    Anna.

  7. Es un capitulo estupendo un digno final para una historia tan hermosa te felicito ahora voy a leer el epilogo, felicitaciones eres muy buena escribiendo y transmitiendo emociones.

  8. Hermoso de verdad valio la Pena la espera. Muchas grasias manzanita por terminar tu historia estuvo magnifica no tengo palabras para describir la verdad viera preferido nuca terminara , pero todo tiene principio y fin. Este es elfinal q Ellos merecian lleno de mucho amor y mas amor en el futuro. Manzanita espero este no sea un adios espero pronto leer mas historias tuyas en un futuro porq personas como tu nos dan alegrias a nuestras vidas con ese don de escrivir q tienen , te flicito y te agradesco tu tiempo auq no te conosco te considero una amiga mas en mi vida grasias te deseo lo mejor en este Nuevo ano y en Los proccimos y muchas bendiciones para ti y tu familia . Abrazos

  9. Hermoso de verdad valio la Pena la espera. Muchas grasias manzanita por terminar tu historia estuvo magnifica no tengo palabras para describir la verdad viera preferido nuca terminara , pero todo tiene principio y fin. Este es elfinal q Ellos merecian lleno de mucho amor y mas amor en el futuro. Manzanita espero este no sea un adios espero pronto leer mas historias tuyas en un futuro porq personas como tu nos dan alegrias a nuestras vidas con ese don de escrivir q tienen , te flicito y te agradesco tu tiempo auq no te conosco te considero una amiga mas en mi vida grasias te deseo lo mejor en este Nuevo ano y en Los proccimos y muchas bendiciones para ti y tu familia . Abrazos

  10. Hola Manzanita
    Mil gracias por tan maravillosa historia

  11. Wow. Qué manera de cerrar con broche de oro.

    Me entristeció que muriera George, pero fiel y protector como siempre, prefirió dar su vida (misma que entregaba todos los días a la familia) para hacer a Candy y a Liz felices salvando a Terry. No me queda duda que es algo que él nunca hubiera dudado.

    La racción de Candy ante la tía abuela, aunque pudiera para algunos parecer despreocupada, creo que ella siempre vivió muy en paz consigo misma y que perdonaba de corazón, siendo que en lugar de ponerse ella como el centro de la situación y enojarse perdidamente, puede ver el dolor en el corazón de Albert y buscar sanarlo. Es la pura esencia de la bondad.

    Felicidades. Haces de tu relato todo un deleite de una profundidad impresionante, y con una calidad inigualable.

    Gracias por terminar la historia, ya que en la vida real las complicaciones suelen ser muchas y el darte el tiempo de continuar es algo que se agradece mucho.

  12. Ojalá pronto nos regales con más historias tuyas.

  13. Una pequeña sugerencia, creo que poner un índice, donde uno pueda ir de un capítulo al otro estaría buenísimo, ya que nos ayuda a poder leer nuevamente la historia.

  14. EXCELENTE!!! Lastima que se acabo, muy buen final, como lo esperábamos.
    Felicitaciones manzanita, ojala nos regales mas historias igual de emocionantes.

  15. Hermosa historia si que valio la pena la espera, te felicito enormemente.

  16. Manzanita que te puedo decir GRACIAS
    muchas gracias por tu entrega, por tu dedicación, por compartir tu talento con todas nosotras, pero sobretodo por concluir esta historia.
    Para mi en lo personal esta historia es tan hermosa como REENCUENTRO EN EL VORTICE, la he disfrutado y la he amado.
    Bendiciones y éxitos en este 2015

  17. MANZANITA, SIMPLEMENTE FELICIDADES!!!!
    ESTE FINAL FUE MUY BUENO CADA QUIEN RECIBIO LO QUE MERECIA Y POR FIN ESTA ADORADA PAREJA VIVIO FELIZMENTE SU AMOR.
    GRACIAS POR HABERNOS DELEITADO CON TU HISTORIA, ME ENCANTO, FUERON MUCHAS SEMANAS DE ESPERA Y BUENO LLEGO EL FINAL QUE CUANDO LO ESTABA LEYENDO ME PREGUNTÉ ¿QUÉ SEGUIRÁ AHORA? MANZANITA NOS IRÁ A REGALAR UNA NUEVA HISTORIA? SOLO ESPERO QUE ASI SEA.
    FELICIDADES NUEVAMENTE Y QUE ESE DON QUE TIENES LO SIGAS EXPLOTANDO Y LO CONTINUES COMPARTIENDO POR SIEMPRE.
    BESOS ABRAZOS Y QUE DIOS TE LLENE DE BENDICIONES.

  18. Hermosa historia y excelente final,has cerrado el ciclo de esta pareja maravillosamente Manzanita,ha sido un agrado leerte ,no dejes de escribir tienes mucho talento, tu fic esta al nivel de los de Alys Avalos ,Mercurio, sin duda ,estas dentro de mis escritoras favoritas.Bendiciones y felicitaciones!!! Espero poder leerte nuevamente.Un abrazo.

  19. Bravooo Manzana te quedo maravilloso de principio a fin el final no pudo ser mejor. Gracias la beldad eres una escritora unica. Dios te bendiga. Saludos de Penny

  20. wow no puedo creerlo esta historia llego a su fin , ha sido una grandiosa historia,cada capitulo ha sido una regalo ,gracias eres una gran persona regalandonos cada capitulo con tanta imaginacion , te agraseco, realmente eres especial , tienes un don . me has regalado muchas sonrisas ,tu historia ha sido una terapia para mi, gracias , eres la mejor.

  21. Wow,tantas cosas que pasaron en solo un año y nos tuviste atrapadas por tres o cuatro años jijijiji, una gran historia Manzana, el epilogo sencillamente maravilloso, bendiciones

  22. Ah y no te olvides de nosotras aquí estaré al pendiente de tus nuevas historias
    abrazos.

  23. Noooo bueeenoooo… me pongo de pie!!! Felicidades Manzanita!! Así debieron hacer la historia original… Pero sin duda nos hiciste felices a todas; porque así es el final que queríamos. Me encantó de principio a fin.
    Ojalá que pronto publiques una nueva historia. Hasta pronto!!!

  24. Eres fantastica,me hiciste llorar de emocion,gracias por este final tan maravilloso,exelente historia,todavia veo la historia de candy candy y de verdad que me quede con las ganas de un final feliz y tu nos lo has regalado gracias,gracias hermosa historia,gracias manzanita.

  25. Hermoso final, hermosa historia, gracias Manzanitaaa,

  26. Simplemente maravilloso, gracias mil por este fic, gracias por tu magnifica imaginación, que me envolvió en cada uno de sus capitulos, transportándome, haciendo que en mi imaginación estuviera ahi junto a los personajes, gracias por hacer que al fin la niña que hay en mi y que se quedo triste cuando vio la caricatura de Candy por primera vez, quede satisfecha con el final. Gracias por haber dado a Candy y a Terry tan maravilloso final, por siempre juntos y felices. Gracias, gracias manzana9.
    Seguiré buscando tus fics, soy tu fan!!!!!!!!!!

  27. Manzana9
    Realmente soberbia tu historia, me gusto muchísimo la leí en 4 dias, me tenias totalmente cautivada. Gracias por compartir con nosotras tan maravillosa historia. Volverás a escribir. Felicidades

  28. Te felicito por la bella historia entre Candy y Terry!! El final que le dieron en la televisión fue horrible para mí. Lloré muchísimo. Y me doy cuenta que fuimos muchas las que nos decepcionamos!!! Y hace apenas tres semanas que encontré tu Fic!! Me envolvió tu narración!! He llorado y reído también con el tuyo!! Aunque hubo mucho sensualidad… Por fin están felices!!!

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