Home / Fan trabajos / El padre Leagan-Capítulo 8

El padre Leagan-Capítulo 8

PARTE VIII: Chicago, ciudad de casualidades

 

Los rayos del sol parecían castigar la fachada central del hospital Santa Juana cuando Neil bajó del vehículo propiedad de los Leagan; y mientras se disponía a atravesar el portal, escuchó una tímida voz que lo llamaba.  “¡Annie!”, exclamó él en respuesta.  “¿Qué haces por aquí tan temprano?  ¡Apenas son las ocho de la mañana!”

 

“Mi madre me encargó comprar unas telas para el vestido que llevará el día de la boda.  Supongo que vienes a visitar a Susana…¿por qué lo haces?”

 

“Debo ayudarla a encontrarse con Dios.  ¿Qué hay de ti, Annie…cómo te has sentido luego de… luego de todo lo que ha pasado?”, preguntó Neil con precaución.

 

Annie bajó la cabeza tratando de ocultar sus ya ocasionales lágrimas.  “No he dejado de pensar en Candy y lo furiosa que debe estar.  ¡Nunca antes había estado tan molesta conmigo!”

 

“Siempre hay una primera vez entre amigos.”

 

“¿Cómo… crees tú que es normal que los amigos se disgusten?”

 

“Tanto como que se disgusten, no… pero sí que tengan desacuerdos, y en mi opinión, eso es lo que está sucediendo… Candy y tú han tenido su primer desacuerdo.”  Tomó la mano de Annie entre la suya en señal de apoyo.  “El rencor no es y nunca ha sido una especialidad de Candy… verás que cuando menos te lo esperes habrá entrado en razón y aclararán todo este asunto, aunque no dudo que la señorita Pony intervenga un poco.”

 

“Estoy casi segura que la señorita Pony le dará muy buenos consejos.”

 

“Yo también estaré pendiente a Candy, aunque no puedo forzarla a nada que vaya en contra de sus deseos y decisiones…”

 

Annie corrió a los brazos del joven religioso en señal de agradecimiento.  “¡No sabes la alegría que me da que hayas cambiado!  De no haber sido porque entraste recientemente al seminario, ¡te hubiera escogido como cura para oficiar mi boda!”

 

El sonrió.  “Tal vez no pueda estar presente en la celebración de tu matrimonio, pero con el favor de Dios espero compartir muchos otros festejos con todos ustedes.” 

 

“¡Espero que así sea!”

 

“Annie”, dijo Neil, “no puedo ver a Susana sin antes hacerte una pregunta un poco indiscreta, y si no respondes, lo entenderé.  ¿Todo está bien entre tú y Archie?”

 

Ella permaneció callada por unos segundos; y justo cuando Neil iba a estrecharle la mano para despedirse respondió:  “Debe ser la boda… los hombres no están tan envueltos en los preparativos como las mujeres, y sus estudios en abogacía lo han agobiado sobremanera… pero ya no voy a robarte más tiempo; ¡Susana debe estar esperando!”

 

“A decir verdad, no sé si Susana esté de ánimo para verme.”

 

“Sólo hay un modo de saberlo… entrando a la habitación.”

 

“¡Qué graciosa eres!”, exclamó él con tono de mofa y ojos sonrientes.  “Annie, sé que no soy la persona más indicada para decirte esto, pero si necesitas algo, o si deseas confiar en mí sobre cualquier problema, ya sabes dónde encontrarme.”

 

“¡Gracias, Neil!  ¡Qué afortunados somos todos de verte tal cual eres!”

 

“¡Dios todo lo puede, Annie!  Hasta luego.”  Y a medida que iba subiendo las escaleras que lo conducirían al cuarto de Susana, Neil añadió una nueva encomienda a su ya cargado plan para este mes:  “Debo ayudar a Archie a que se enfrente a sí mismo y despeje sus dudas sobre Annie.”

 

 

Abigail Townsend observó cómo un sujeto al que nunca había visto abrazaba a Annie y la tomaba de la mano… en plena calle.  ¿No se suponía que la joven Britter estaba comprometida con Archiwald Cornwell?  ¿Y quién era el jovencito que la acompañaba?  Luego de haber perdido a su esposo en la guerra europea, la mujer de mediana edad apenas llevaba un año residiendo en Chicago, tiempo durante el cual se había aprendido los nombres y ocupaciones de las personas más influyentes de la ciudad, entre éstos, los miembros de la prestigiosa familia Andley.  Abigail era considerada por muchos como una chismosa que no encontraba nada mejor que hacer con su vida, pero a ella no le importaba la opinión publica; su deber en la sociedad era erradicar todos los males de la misma procurando que todos los habitantes a su alrededor fueran hombres y mujeres de bien… ¡y no estaba bien visto que la señorita Britter anduviera tan confianzuda con otro chico que no fuera su novio!  ‘Enviaré un telegrama al joven Cornwell cuanto antes’, se dijo.

 

 

Cuando Neil preguntó por Susana Marlowe en la recepción del hospital, se sorprendió al escuchar que la joven había sido trasladada al Cuarto Especial, y se preguntó si la decisión de abandonar el Cuarto Cero había sido de ella o de algún miembro del personal.

‘No importa quién haya sido’, pensó, ‘lo que importa ahora es que ya salió de aquella horrible habitación.’  A paso lento, pero firme, llegó a la comentada habitación, y no bien había tocado la puerta cuando escuchó una voz femenina que le dijo:  “Adelante, Neil.”

 

Susana escribía en un cuaderno, mas al ver que Neil entraba al cuarto, se detuvo, ofreciendo una amplia sonrisa.  “Buenos días, Neil.”

 

“Hola, Susana… ¿fuiste tú quien pidió que te movieran del Cuarto Cero?”

 

“¿Cómo adivinaste?  Era lo menos que podía hacer en agradecimiento por todo lo que hiciste el día de ayer.”

 

“No hice nada especial… sólo trataba de animarte un poco.”

 

“Aún así, siento que te debo mucho.”  Le extendió su cuaderno diciendo:  “¿Quieres leer lo que estoy escribiendo?”

 

“No es nada privado, ¿verdad?”, preguntó Neil con pudor.

 

“Confía en mí… ¡lee!”  Neil agarró el cuaderno y tomó asiento en una butaca cerca de la cama de Susana.  Conforme iba absorbiendo cada línea, su asombro se acrecentaba cada vez más, hasta convertirse en admiración.  En cuanto terminó la lectura, cerró sus ojos con gran emoción.  “¿Es esta tu primera obra, Susana?”

 

La paciente bajó la cabeza sin emitir palabra alguna, y luego respondió:  “Así es… apenas empiezo, y espero que te haya gustado lo que he escrito hasta ahora.”

 

“¡Está genial!  ¿Pero sabes qué me alegra en realidad?  Que te has dedicado a leer la Biblia… ¡de eso no me queda la menor duda!”, exclamó Neil con alegría.

 

Ella esquivó la mirada del seminarista.  “Hacía mucho tiempo que no leía la Palabra, pero ayer mostrabas tanta fe en mí y en ti mismo que no pude evitar pedir que me la trajeran.  Abrí la misma y ante mí estaba el Capitulo 15 del Evangelio de San Lucas…”

 

“¡La parábola de la oveja perdida!  Habrá mas alegría en el cielo por un solo pecador que vuelve a Dios-‘“

 

“’¡…que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse!’ ¡Qué mejor mensaje que ese, amigo Neil!”

 

“Es una gran lección que Dios ha comenzado a darte”, dijo él.  “Me agrada que hayas acogido la parábola con mucho interés para usarla de referencia en tu vida.”

 

“Ha sido una señal de Dios”, añadió ella, “pero al basarme en dicho capítulo para la obra, no pensaba en mí precisamente…”

 

“¿Ah, no?  ¿Entonces en quién?”

 

Susana tomó el cuaderno colocándolo sobre la mesita de noche.  “¡En ti, por supuesto!  Justo ayer me comentabas que habías obrado mal en el pasado, pero ahora eres un hombre nuevo gracias a tu renovada fe en Dios.  ¿Qué mejor inspiración que el ejemplo que has dado, Neil?”, concluyó.

 

Neil sintió cómo la vista se le nublaba de repente, al mismo tiempo que se le hacía un nudo en la garganta.  “¿En serio pensaste en mí al escribir esta obra?  ¡Susana, no debiste!”

 

“¿Por qué no debí…  por la gran admiración que en mí despertaste?  Apenas te conozco, pero puedo ver lo valioso que eres, así como la diferencia que puedes hacer en los demás, ¡al igual como lo hiciste conmigo!”

 

“No sé… me incomoda todo esto…”

 

“Por favor, Neil…”, pidió ella con angustia, “no me quites la dicha de escribir esta obra; ¡incluso pensaba enviarla a alguna compañía de teatro con la esperanza de que algún director la presente!”  Sin poder evitarlo, comenzó a llorar.  “Esta ha sido mi mayor alegría desde que tuve el accidente… ¡al menos permíteme expresar mis pensamientos de la manera más hermosa y sorprendente que jamás he podido imaginar! Y además te ruego… ¡no dejes de visitarme!” 

 

Sus sollozos estremecieron a Neil hasta los huesos, de tal manera que corrió a su lado, y con una mano le alisó el cabello, mientras con la otra le enjugaba sus lágrimas.  “No, Susie… ¡no fue mi intención hacerte llorar!  Lo siento, todo esto me ha dejado sorprendido y no supe cómo reaccionar… puedes seguir escribiendo la obra si eso te hace feliz, ¡pero siempre teniendo presente a Dios ante todo!  También prometo venir a verte tanto como pueda.”

 

Susana se aferró a su cuello.  “Gracias, Neil… en efecto me has hecho muy feliz con tu visita, ¡y no quiero que dejes de hacerlo!  Es por eso que acepté que me cambiaran de habitación, porque no quería que te sintieras incómodo.  ¡Ahora prometo escribir afanosamente para que puedas sentirte orgulloso de mi trabajo!”

 

“Ya me has hecho sentir orgulloso… de tu progreso.”  Cambió de tema.  “Le conté a Candy que te encontrabas aquí, mas no ofrecí detalles específicos sobre nuestra conversación.  Sin embargo, creí prudente decirle la verdad sobre tú y Terry.”

 

Ella se puso rígida bajo las sábanas.  “No lo habrá tomado muy bien, supongo…”

 

“Para qué mentirte… está destrozada.  Incluso quiso venir corriendo a verte, pero yo se lo impedí.  No creo que ninguna de ustedes esté lista para verse… aún.”

 

“¡Yo no creo estar lista para verla nunca!”  Al ver la mirada de asombro de él, aclaró:  “No guardo ningún resentimiento contra Candy, pero ante las circunstancias no puedo mirarla a la cara sin que yo sienta vergüenza por todo lo sucedido.  Y a decir verdad, es muy poco probable que llegue el día que me decida a hablar con ella…”

 

“Te entiendo, Susie”, la reconfortó Neil.  De repente dio un salto, pues casi olvidaba algo importante que preguntarle.  “¿Qué te han dicho los médicos?”

 

“Poco antes de tú llegar me administraron unos análisis de sangre, y el doctor Lenard en persona me hizo entrega de los resultados.  Todo parece indicar que la anemia que me trajo hasta aquí no será sino algo pasajero, y en unas cuantas semanas tendré suficiente fuerza para dejar este hospital.”

 

“¿En serio?  ¡Son muy buenas noticias!”

 

“También me habló de un especialista que puede conseguir unas piernas que parecen de verdad…”

 

“¿Una pata de palo?”

 

“¡No!”, rió.  “Eso mismo pensé, pero el doctor Lenard me hizo un dibujo y tiene dedos y uñas así como el color de mi piel.  El dice que es un invento reciente y apenas se ha utilizado en los pacientes.”

 

“Jamás había oído hablar sobre eso”, dijo Neil.  Entonces preguntó con curiosidad:  “¿Te importa si te pido que me muestres tu pierna… esa pierna?”

 

Ella lo observó con incredulidad.  De entre todas las personas, sólo Neil Leagan había sido capaz de atreverse a ver su atrofiada extremidad.  Terry siempre evitaba descender su vista, tal vez porque con ello se intensificaría su remordimiento.  Y su madre… ni siquiera la miraba a los ojos.  ¡La hacía sentirse como un monstruo!

 

Como compartiendo una travesura infantil, apartó la sábana; y antes que Neil se diera cuenta, levantó la falda de su camisón, su media pierna ausente haciendo contraste con la blancura del resto de su piel.  Miró a Neil, buscando en sus ojos algún indicio de repulsión; pero sólo alcanzó a ver un leve levantamiento de una de sus cejas, y lo escuchó decir:  “Dios te dará la fortaleza de dos piernas para salir adelante… y si necesitas más ayuda, ¡Cristo te llevará en Sus brazos!  La fe mueve montañas, y es esa fe, y no una pierna artificial ni una obra en progreso, la que habrá de convertirte en una nueva y hermosa mujer… ¡aunque hermosa ya eres!”

“¡Oh, Neil!”, exclamó Susana con euforia.  “Te prometo que antes que regreses al seminario, me verás caminar… ¡y cuando yo salga de este hospital, quiero que camines conmigo!”

 

El no pudo más que sonreír.

 

 

Y mientras Neil y Susana departían en el Cuarto Especial, Russell Bird adquiría, por orden de su jefe, una fina vestimenta en una tienda cercana.  ‘Tan sólo falta una peluca’, recordó.  Y aunque las nuevas instrucciones que le habían sido impartidas carecían completamente de sentido, en el transcurso del próximo mes no le quedaría otro remedio que seguirlas al pie de la letra.  “¿Qué pretende?”, preguntó en voz alta mientras era conducido al hotel donde se hospedaba.  “¿Y cómo lo tomará la señorita White?” 

Ver todos los capítulos de este fic

Comentarios

comentarios

Check Also

Caminos del destino Capítulo 33

CAMINOS DEL DESTINO POR SHELSY Capitulo 33   Rencor La luz del sol iluminaba la …

One comment

  1. hola, antes que nada quiero decirte que me gusta mucho la forma en la que escribes, lei tu otra historia y me encanto, pero me sorprendio que esta historia fuera taaan diferente, me da curiosidad saber porque??? y tambien quiero preguntarte algo sin afan de ofender… que entiendes tu respecto a la cita que hiciste de lucas???

Leave a Reply

Your email address will not be published.