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El padre Leagan-Capítulo 7

PARTE VII:  Pasaporte a la felicidad

                                       

Tanto Neil como Eliza se llevaron una gran sorpresa al hacer su entrada a la mansión Leagan, pues además de su madre los esperaba la tía Elroy, quien de inmediato se levantó de su asiento y dijo:  “¡Te prohíbo, Eliza, que vuelvas a poner un solo pie en la casa de ese harapiento!”

 

“¿Acaso estoy pintado en la pared, tía abuela?”, preguntó Neil.  “¡Dios te bendiga!  Y por favor, ¡no te refieras a Tom de manera tan despectiva!”

 

“Discúlpala, Neil”, intercedió la señora Leagan.  “La tía abuela está muy nerviosa por el castigo impuesto a tu hermana…”

 

“Y supongo, madre, que una palomita mensajera se posó en la ventana de su cuarto y le contó todo”, dijo Eliza por primera vez desde que el coche donde viajaba Neil la recogiera en el rancho de Tom; y Neil lanzó un suspiro de alivio, luego de que su hermana permaneciera en silencio durante el trayecto, su mirada pensativa y distante…

 

“No faltes el respeto a tu madre, Eliza”, ordenó la tía Elroy.  “Neil, te ruego me disculpes por no haberte recibido como mereces… ¡en verdad me siento muy orgullosa del camino que has tomado!”

 

“Yo también me alegro de servir al Señor”, añadió él.  “Sin embargo, algo me hace pensar que la verdadera razón de tu visita es la encomienda de Eliza y no mi presencia en esta casa.”

 

“Para qué negarlo… ¡en cuanto tu madre me lo dijo tuve que ordenar un té de valeriana para controlar mis nervios y tratar de evitar que me subiera la presión!”

 

“Pues si tienes problemas con la presión, tía abuela”, sugirió Eliza, “ya sabes a quién acudir… ¡a tu enfermera Candy!”

 

Todos se voltearon a mirarla, y Neil quedó con la boca abierta.  ¿Alguna vez Eliza había mencionado el nombre de Candy sin una nota de desdén en su voz?  Eliza vio la expresión de su hermano, y fue entonces cuando se percató del comentario emitido.  Sin pensarlo dos veces, se propinó una bofetada.

 

“¡Por todos los cielos, Eliza!”, exclamó la señora Leagan.  “¿Se puede saber qué te sucede?”

 

Eliza se frotó el rostro.  “No es nada, mamá;  ¡sólo quiero mostrarles que estoy bien y que no voy a permitir que mis visitas a ese rancho de cuarta me afecten en lo más mínimo!”

 

“Pues a mí me pareció de muy mal gusto que mencionaras el nombre de esa barrendera”, reprochó su madre.  “Aquí está la tía abuela, casi muerta de la preocupación por ti… ¿y tú lo tomas todo tan a la ligera?”

 

“¡Mamá, Candy no es ninguna barrendera!”, exclamó Neil.

 

“¡Tú no te metas, Neil! ¡Desde que ingresaste al seminario ya no puedo confiar en ti como antes!”

 

“¡Claro que puedes confiar en mí!  Trato de ser una mejor persona, y ahora intento ayudar al prójimo y continuar la obra que inició Jesucristo, ¡pero sigo siendo el mismo hombre que salió por esa puerta hace un año!”

 

“De todos modos”, interrumpió Eliza, “ninguno de nosotros puede hacer nada mientras nuestro padre insista en la idea de ‘reformarme’.  Y ni hablar de Albert; aunque le escriban no creo que le dé mucha importancia al asunto hasta que llegue el momento de su regreso.”

 

“¿Qué propones entonces, Eliza?”, pregunto la tía Elroy con curiosidad.

 

“Propongo, tía abuela, que dejemos las cosas como están.  Eliza Leagan no se doblega ante nada ni nadie… ¡y no le daré el gusto a ese rancherito de que piense lo contrario!”

 

Todos permanecieron en silencio, incluso Neil, quien aún no salía de su asombro ante la tranquilidad que mostraba su hermana en medio de la discusión.  Finalmente, la tía Elroy tomó la palabra.  “Supongo que tienes razón… de nada servirá agobiarnos ante lo inevitable.”

 

“¿Dónde esta papá, mamá?”, preguntó Neil.

 

“Salió hace un momento… dijo que tenía que arreglar un último asunto antes de regresar a la casa.”

 

“¿A la casa?”  Eliza no daba crédito a las palabras de su progenitora.  “¿Significa que no se irá esta vez?”  Trató de disimular su alegría… en apenas dos días, el universo de Eliza Leagan había cambiado por completo.

 

“Madre… tía Elroy…”, dijo Neil, “¿por qué ustedes no aguardaron a que papá regresara para discutir todo esto?”

 

“No cuestiones nuestros métodos”,  respondió la señora Leagan.  “En ausencia de su padre, ¡yo soy la máxima autoridad y punto!”  Ayudó a la tía Elroy a levantarse del asiento, y junto a ésta subió las escaleras rumbo a sus respectivas habitaciones.

 

Ambos hermanos quedaron a solas en la inmensidad de la sala principal.  “¿Qué fue todo eso, Eliza?”, preguntó él luego de un largo e incómodo silencio.  “Te conozco demasiado bien.  Si piensas que voy a tragarme ese cuento de que seguirás acudiendo al rancho de Tom por orgullo propio o porque no tienes remedio, ¡te equivocaste!”  De súbito, lo asaltó una gran preocupación.  “¿Acaso estás tramando algo?  No pensarás usar a Tom para hacerle más daño a Candy, ¿o sí?”

 

Eliza miró a su hermano con furia.  “Ya tengo las manos bastante llenas con este asunto de Tom.  ¿Cómo se te ocurre que voy a detenerme a pensar en la odiosa de Candy?”

 

“El odio es un sentimiento muy fuerte, hermanita…y ahora que hablamos de Candy, siempre me ha quedado una duda:  ¿por qué la odias?  ¿Qué emoción te ha provocado Candy que prácticamente me obligabas a participar de las trampas que le preparabas?  ¿Por qué te ha causado tan mala impresión… desde el primer día?”

 

Al ver que la joven enmudeció, Neil continuó:  “¿Entonces no sabes por qué la odias?  ¿Es porque proviene de un hogar de niños sin padres… o porque Anthony y Terry se interesaron en ella?  ¡Alguna razón debe de haber, Eliza!”  Y al no recibir respuesta alguna, se retiró a su habitación.

 

Eliza quedó sola con sus pensamientos, y grandes oleadas de emociones amenazaban con derrumbar las murallas que se había impuesto… ¡nunca, en los últimos años, se había cuestionado los motivos de su desprecio a Candy!  Y ahora también estaba Tom… ¿por qué, siendo él también un chico adoptado, no lograba apartarlo de su mente, aún cuando ella sabía que él recibía dinero del señor Leagan por los servicios prestados?  ¿Y por qué, a pesar de su ruda apariencia, se mostraba tan encantador, tan salvaje, tan seductor… tan adorable?

 

 

Acostada sobre su cama, Candy sintió que tocaban a la puerta.  “¿Candy?”, llamó la señorita Pony.  “¿Me permites entrar, por favor?”

 

La chica se levantó con desánimo, y abrió la puerta diciendo, “A usted nunca le dejaré cerradas las puertas, señorita Pony.”

 

La experimentada educadora tomó asiento en el borde de la cama e invitó a Candy a que hiciera lo mismo.  “Al regresar del cuarto de John, vi cómo te habías retirado, y Annie se había marchado en un mar de llanto acompañada de Archie, así que pregunté a Neil qué había ocurrido y me contó todo.  Candy, ¿estás segura que enfadarte con Annie y Archie es lo correcto?”

 

“Annie y Archie son como mis hermanos… y los hermanos no se hacen daño los unos a los otros: ¡se protegen!”

 

“¿Y no crees que Annie trató de protegerte?  Tal vez no lo hizo de la forma como hubieras querido, pero prefirió callar antes que herirte con la noticia.”

 

“¿Qué piensa Neil de todo esto?”

 

“Esperará que te calmes un poco para así sentarse a hablar contigo si así lo deseas… pero será mañana pues ya se marchó.”  Sin poder evitarlo, comenzó a reír.  “¡Ese muchachito sí que ha mostrado paciencia y buen juicio!  ¡Si continúa como ahora, va a ser un gran sacerdote!”

 

“Yo también lo creo, señorita Pony.”

 

“Y si perdonaste a Neil, quien no se portó muy bien contigo en otra época,” sonrió, “¿…por qué no perdonar a Annie y Archie, quienes han sido tus amigos toda la vida?”  Al ver que Candy sólo había bajado la mirada, añadió:  “Annie no tiene la culpa de lo que ha ocurrido entre tú y Terry.  ¿Cómo podías pretender que ella supiera que en todo este tiempo has evitado leer los diarios?  No descargues tu frustración con ella ni con nadie más”, terminó diciendo la sabia mujer.

 

“¿Qué me dice de Archie?  ¡El tampoco había dicho nada!”

 

“Archie es un caballero incapaz de decir algo que pudiera comprometer a su novia.”

 

“Su novia…”  Se levantó de la cama, y caminó en dirección a la ventana, de donde extrajo una larga cortina, envolviéndose en la misma. 

 

“¡Candy!”,exclamó la señorita Pony sin contener la risa.

 

“¡Es mi vestido para la boda de Annie y Archie, señorita Pony!”  Candy comenzó a dar vueltas alrededor de la habitación.  “Mire lo bien que me queda; ¡voy a ser la envidia de la novia!”

 

La señorita Pony dejó de reír.  “¿Debo suponer que los perdonas entonces?”

 

Candy volvió a colocar la cortina en la ventana.  “¿Cómo no los voy a perdonar?  ¡Debo ver a Annie y a Archie y pedirles una disculpa por haber sido tan orgullosa!”

 

“¡Esa es mi Candy!”, exclamó llena de júbilo la señorita Pony.  “¡Yo sabía que tu enojo no duraría mucho tiempo!”

 

“A veces usted me conoce mejor de lo que me conozco a mí misma”, señaló la joven, y pensó en alguien más… ese alguien que parecía auscultar en las profundidades de su alma y siempre acertar con respecto a sus sentimientos… un atrevido joven inglés quien, con fuerza arrolladora, había invadido la periferia de su ya herido corazón, convirtiendo el mismo en un campo minado.  Volvió a concentrarse en la señorita Pony.  “Estoy segura que Neil también me hubiera dado un buen consejo, ¡pero creo que ya no lo necesito!”

 

“Me parece que Neil deseaba discutir otro asunto contigo… no sé nada al respecto, pero entiendo que se trata de un empleo que hay disponible lejos de aquí, según le había explicado el doctor Lenard.”

 

“Sí… Neil trató de decirme hace unas horas, pero yo no dejé que continuara.”

 

“Deberías.  Y Candy…”

 

“¿Sí?”

 

“¿Cuándo comenzarás a leer los periódicos nuevamente?  No puedes pasar el resto de tu vida sin saber lo que ocurre en el mundo… no todos los días se publica alguna noticia sobre Terry.”

 

“¿Qué le hace pensar que es por eso que no los leo?”

 

“Siempre has sido una niña muy curiosa, y los diarios generan curiosidad.  No es normal que de la noche a la mañana no quieras saber lo que acontece a tu alrededor. Y ya que hablamos de las cosas que pasan en nuestro entorno… ¡John está mojando la cama otra vez!”

 

“¡Pobrecito, algo le debe estar sucediendo!  Trataré de hablar con él.”

 

“Yo también; sólo espero que confíe en nosotras lo suficiente para decirnos lo que le pasa.”  Se levantó.  “Y con respecto a ti… ¡espero que ahora estés más tranquila, Candy!”

 

La rubia de ojos esmeralda corrió a los brazos de quien había sido su madre por derecho.  “¡Gracias, señorita Pony!  Me hizo muy bien haber hablado con usted…”

 

“No tienes nada que agradecerme; hice lo que toda madre tiene que hacer.”  Y ambas salieron de la habitación, dispuestas a terminar las labores del día.

 

 

 

 

 

 

A cientos de millas de Lakewood, y regresando a su departamento luego de haber visitado a su madre, un joven se disponía a escribir una carta al otro lado del océano… a pesar de su orgullo y de las circunstancias en las que ambos se habían despedido, el chico ansiaba tener noticias de su padre y de su media familia.  Y justo cuando había hecho acopio de todas sus fuerzas para dejar plasmadas sus primeras palabras en la hoja, escuchó que llamaban a la puerta; al otro lado de la misma, la voz de una niña anunciaba:  “Señor, tengo un telegrama para usted.”

 

El muchacho saltó de su asiento.  Cada telegrama recibido era un halito de esperanza en su corazón dormido, y cada vez que pensaba en la idea de no continuar con sus investigaciones, recibía alguna nueva noticia, haciendo que flaqueara su voluntad.  Además, debía tomar en cuenta que el hombre a quien había encargado investigar al objeto de sus pensamientos dependía enteramente de él.  Aún recordaba cuando lo vio por primera vez, vagando por las calles de aquella enorme ciudad, justo después de terminada una obra de teatro.  El joven y pelirrojo Russell Bird no sólo lloraba de hambre, sino que también abogaba porque el espigado extraño que lo había encontrado le consiguiera un empleo y de una vez dar por terminada toda una época de miserias.  Fue así como Russell se convirtió en ayudante de una de las personalidades más populares en toda la metrópoli…y su nuevo jefe le había encargado una sola misión:  estar al tanto de la mujer de sus sueños, de la alegría para su corazón en pena…

 

“¿Cómo puedo ser tan estúpido?”, se repetía una y otra vez.  “Ya no tengo excusas para celebrar lo que siento al lado de la mujer que amo, excepto que… Pero aquí estoy: un cobarde que tuvo las agallas para enfrentarse a su padre y salir en busca de su madre, ¡mas no lo suficiente para luchar por su amor!”

 

El hombre abrió la puerta, y la niña no dijo nada más, ya era costumbre de tan guapo joven recibir telegramas de vez en cuando.  El chico tomó el mismo de las diminutas manos antes que ella saliera corriendo como era su costumbre.  Con la ansiedad de un niño en espera de un obsequio, abrió el telegrama sin titubeos, y lo que leyó lo dejó sin respiración:

 

SEÑOR:  ¡LA SEÑORITA NO ESTA BIEN!  SIGUE MUY TRISTE, CREO QUE YA SABE DEL ROMPIMIENTO, UN CURA INTENTA AYUDARLA–RUSSELL BIRD.

 

Confundido, el joven preguntó en voz alta:  “Saber del rompimiento… ¿acaso ya no lo sabía? Entonces las sospechas de Russell eran ciertas…¡ella está completamente apartada de todo! ”  Volvió a fijar su vista en la última línea del comunicado:  Un cura intenta ayudarla… ¿Sería que su amada recibía ayuda espiritual por haber sufrido una crisis nerviosa como consecuencia de su sufrimiento?  ¿Sufrimiento… por él?

 

El sudor se apoderó de su frente, y no dejaba de caminar de un lado a otro de la diminuta habitación, tal y como había estado haciendo un sinnúmero de noches, en las cuales cargaba con el peso de una enorme preocupación por…ella, por su bienestar, por una promesa mutua que ambos se hicieran una fría noche de invierno y que ninguno de ellos había llegado a cumplir…la promesa de ser felices.

 

“El mes entrante tendré un receso antes de reintegrarme al trabajo”, se dijo, y una vez más el miedo amenazaba con doblegar su cada vez más persistente resolución.  ¿Qué tal si ella lo rechazaba, o peor aún, si había encontrado un nuevo amor?  ‘No, un nuevo amor no…’, pensó, ‘de ser así, Russell lo hubiera informado hace mucho tiempo.’ Y con una determinación que no había mostrado desde sus tiempos de estudiante, el talentoso  novato salió de su departamento rumbo a la estación de tren.  Aún faltaba todo un mes antes que pudiera partir, pero la compra del boleto no podía demorar un segundo más…una vez en sus manos, atesoraría dicho boleto hasta convertir el mismo en un pasaporte a la felicidad.

 

 

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  1. te puedo dar un consejo que es que te metas en el personaje y sientas lo que el siente hasi seras una gran exitora

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