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El padre Leagan-Capítulo 6

PARTE VI:  Reunión agridulce

 

Eliza bajó del vehículo con gran anticipación.  ¡Nunca más volvería a perder el control por culpa del insolente de Tom!  Irrumpió en la casa a pasos agigantados, dispuesta a poner los puntos sobre las íes y exigirle al insoportable granjero los privilegios a los cuales tenía derecho como miembro de la familia Andley; al no encontrarlo, comenzó a recorrer todos los cuartos de la casa… hasta que entró a la habitación de Tom, y su corazón se detuvo en seco.

 

Hincado de rodillas, el chico contemplaba una foto de quien fuera su padre, la cual descansaba encima de una mesita de noche.  En la imagen, un pequeño Tom sonreía al lado del señor Steve, y Eliza quedo inmóvil al ver cómo el joven sollozaba sin reparo alguno.  ‘Está solo’, pensó.  ‘Ni siquiera tuvo una mamá… solo su papá, y ya se fue…’  Sintió un nudo en la garganta al recordar a su propio padre y las contadas ocasiones que ella y Neil habían compartido con él… y también pensó en su madre y la soledad en la que había estado sumida por tantos años debido a la ausencia de su marido.   ¿Cuándo fue la última vez que se habían reunido todos como una verdadera familia, y no como los perfectos extraños que siempre habían sido?  Volvió a dirigir la vista a la fotografía empañada por las lágrimas de Tom, y el semblante de alegría que en la misma enmarcaba las facciones del niño.  ¿En qué momento de su vida había sonreído ella de esa manera tan abierta y desenfadada?  No lograba recordarlo… y sin percatarse de lo que hacía miró a Tom y dijo en voz alta:  “Fuiste muy feliz entonces…”

 

Con sobresalto, Tom secó sus lágrimas y se puso de pie.  “¿Nunca dejas de ser sarcástica, verdad?  ¿Y qué haces en mi habitación?  ¿O es que en tu palacio no te han enseñado que no se debe entrar sin ser llamado?”

 

Eliza enmudeció.  Los ojos que con tanta preocupación la habían observado la tarde anterior ahora resplandecían con una mezcla de dolor y furia.  Furia… recordó el instante en que él le había confesado que estaba recibiendo dinero de manos del señor Leagan, y su compasión se convirtió en ira.  “¡No tengo por qué darle explicaciones a la servidumbre!”, exclamó, aún con rostro desencajado, y fue entonces cuando Tom advirtió las dilatadas pupilas de la obstinada muchacha, ‘como si estuviera conteniendo los deseos de llorar’, pensó.  La vio darse la vuelta para salir, pero él fue más rápido y en un solo movimiento se acercó a ella, y agarrándola de la mano, la volteó hacia él.  “¡Eliza, cuánto lo siento!  Pensé que te burlabas de mí…” 

 

La joven vio cómo el endurecido rostro de Tom se suavizaba en cuestión de segundos, mas sin embargo respondió:  “¡Qué bien que te hayas disculpado, no podía esperar menos de gente como la de tu clase!”

 

La tristeza de Tom se evaporó por completo.  Con voz ronca dijo:  “Niña orgullosa…  ¡cómo te esfuerzas en ocultar tus emociones!”  Extendió su mano intentando retirar un rizo rebelde que caía sobre la frente de la chica, pero ella se apartó, asustada.

 

“Tú, huyendo… ¿por qué?”, preguntó él.

Levantando su barbilla, Eliza movió su cabeza de un lado a otro.  “No estoy huyendo, pero tampoco soy masoquista.  Ya una vez Terry me lanzó un escupitajo mientras estábamos en el Colegio San Pablo, ¡y no estoy con ánimo para recibir cachetadas, ni trancazos, ni nada que se le parezca!”

 

“Algo terrible debiste haber hecho para que Terry reaccionara de esa manera.  ¿Pero sabes?  Ni en el peor de mis enfados sería yo capaz de escupir, y mucho menos pegarle, a una señorita tan linda como tú.”

 

Las pocas defensas que le quedaban a Eliza se derrumbaron en un instante; y antes que pudiera darse cuenta,  un torrente de lágrimas se agolpaba en sus ojos para luego descender a sus mejillas.  Sin pensarlo dos veces, Tom la tomó entre sus brazos, apretándola contra su pecho.  “Eliza, no llores, ¡vas a hacerme llorar otra vez!”

 

“¡Nun-nun-nunca  ant-t-t-es… me habían…hab-b-b-lado… así!”

 

“Estoy seguro que varios lo intentaron  antes que yo, pero nunca lo permitiste…”  Alzó el tembloroso mentón de ella de manera que quedara mirándolo frente a frente.  “Tienes el ceño fruncido de tantas veces que te has enojado.  ¿Alguna vez has intentado sonreír… sonreír de verdad?  ¡Te verías hermosa si lo hicieras!  Debes sonreír más a menudo, Eliza…”

 

Ella sintió un inesperado rubor subir a sus mejillas, y bajó su rostro diciendo:  “Ahora que mi hermano quiere convertirse en sacerdote, sonríe más a menudo.  Ambos nos parecemos, ¡así que me vería igualita a él!”  Se escuchó a sí misma riendo ante el comentario, y al escuchar cómo Tom comenzaba  a reír con ella, pensó:  ‘¡Me encanta cómo ríe!’

 

“¿Lo ves?”, dijo él, “Tal y como yo me imaginaba… ¡eres muy hermosa, Eliza!”  Y al no poder contener la emoción que lo embargaba, salió a toda prisa de la habitación.

 

 

 

En cuanto llegaron al hogar de Pony, Archiwald Cornwell descendió del auto en el que viajaba, y ayudando a Annie a bajar del mismo, preguntó:  “¿Estás segura que no has olvidado ninguna de las cartas?”

 

“Aquí están todas tal y como llegaron.  Me pregunto por qué esta vez Albert las envió en conjunto con las cartas hacia nosotros en lugar de mandárselas directamente a Candy y la señorita Pony.”

 

“Albert es un hombre muy intuitivo…seguramente por las cartas que Candy le ha de haber escrito, debe imaginarse que no la hemos venido a ver en mucho tiempo, y ésta no es sino una forma de hacernos entrar en razón y vernos en el deber de visitarla”, señaló Archie con un tono de reproche en su voz.

 

“Aaarchie…”  Annie contempló con amor a su prometido.  “¡Ya hemos hablado de esto antes!  Candy no puede saber la verdad aún.”

 

“¿Y cuándo es el momento apropiado, eh?  ¿Cuando se entere por medio de otra persona?”

 

La joven respiró hondo.  “Ninguno de nosotros desea causarle pena alguna, Archie.  Candy está muy confundida sobre muchas cosas, y para ella sería un duro golpe que le contáramos lo que sabemos.”

 

“Sigo pensando que no debemos callar por más tiempo, y mucho menos escondernos como si fuéramos unos delincuentes.  ¡Candy debe estar pensando que somos unos amigos muy ingratos!”

 

La morena extendió su mano, acariciando el rostro de su novio.  “Mi amor, ¡qué bueno ver que te preocupas por Candy!  Es muy noble de tu parte…”

 

Archie sacudió la cabeza en señal de derrota; de nada serviría seguir discutiendo con Annie sobre el mismo asunto una y otra vez.  “Entremos, pues.  Aparte de todo, extraño mucho a Candy y me muero por verla.”

 

“Yo también… pero antes de entrar, ¿sería usted tan amable de darme un beso, señor Cornwell?”

 

El la observó por largo tiempo hasta que respondió:  “Este no es el lugar apropiado…”

 

“¡Desde que somos novios, nunca me has besado!  ¿Pensarás hacerlo algún día?”

 

“Hablaremos de eso después, ¿quieres?”  Tocaron a la puerta, y Neil Leagan abrió la misma.  “Archie, Annie… ¡Dios los bendiga a ambos!”  Le dio un abrazo a ambos.  “¡Me alegra tanto verlos por aquí!”

 

“A mí también me alegra verte, Neil”, sonrió Archie.  “¿Todo bien en el seminario?”

 

“¡Nunca antes me había sentido mejor!  Y tú, Annie, ¿estás bien?”, preguntó con cautela.  Tanto ella como Archie mantenían oculto un secreto, de eso no le quedaba la menor duda; la expresión de ambos  le recordaba a sí mismo cada vez que él y Eliza lanzaban falsas acusaciones hacia Candy.  Y aunque Annie y Archie no eran el tipo de personas que tramaran algo contra su amiga, la prolongada ausencia de ambos de la vida de la joven enfermera no era pura casualidad.

 

“Yo estoy bien, Neil, gracias.  ¿Estarás presente el día de nuestra boda?”

 

“Temo que partiré días antes del enlace, pero les deseo lo mejor.”

 

“¿Dónde está Candy?”, preguntó Archie.  “Qué extraño que no haya salido corriendo a saludarnos como de costumbre…”

 

“Un sujeto de nombre Russell Bird la trajo; se quedó dormida mientras estaba en la colina de Pony.  Lo que ocurre es que…”

 

“¿En la colina de Pony?” interrumpió Annie.

 

“¡Annie!  ¡Archie!  ¡Jajajajaaaaaa!!!”  Candy salió corriendo a saludarlos, y sin previo aviso, saltó encima de Annie, rodando ambas por el suelo.  “¡Annie, que alegría verte!”

 

“¡Candy, ya despertaste!”, exclamó Annie con lágrimas de emoción.

 

“¿Pero estás aquí para verme o para echarte a llorar?  ¡Con tu llanto cualquier río saldría de su cauce!”  Todos rieron al tiempo que Candy abrazaba a Archie. 

 

La señorita Pony salió a recibirlos, no sin antes saludar efusivamente a Neil.  “¡Buenas tardes a todos!  ¡Pensé que nunca terminaría de dar clases, pero aquí estoy!”

 

“¡Señorita Pony!”  Sin parar de llorar, Annie corrió a abrazar a la mujer que la rescató de la nieve al ser abandonada frente al hogar muchos años antes.

 

“¡Annie, mi niña, te ves hermosa!  ¿Cómo van los arreglos para su boda?”

 

“¡Ya casi tenemos todo listo!”

 

“¡Entonces debo apresurarme y comprar un vestido antes que engorde como una vaca y no pueda conseguir ninguno!”, exclamó Candy, provocando la risa de todos los presentes…excepto Archie, quien al ver los ojos hinchados de Candy no dejaba de preguntarse  si la chica había estado llorando.  En un gesto inconsciente miró a Neil, y la expresión sombría de este último confirmó sus sospechas.  ‘Algo anda mal con Candy’, pensó.

 

“Pues traje conmigo algo que te interesará más que el vestido”, dijo Annie, extrayendo las cartas de su bolso de mano, y entregándolas a Candy y a la señorita Pony.  “¡Esto es lo que ambas han estado esperando!”

 

“¡Los chicos se alegrarán tanto cuando les cuente sobre las aventuras de la hermana María!”  exclamó llena de júbilo la señorita Pony; Candy, sin embargo, permanecía en silencio mientras leía la carta de Albert.

 

“¿Sucede algo, Candy?”, preguntó Neil.

 

La chica se rascó la cabeza, mostrando lo que parecía ser la mejor de sus sonrisas.  “No es nada, Neil; ¡es sólo que Albert aún no ha tenido la amabilidad de invitarme a ninguno de sus pasadías!”

 

Pero Neil no era tan fácil de engañar; tras varios años de estar envuelto en una madeja de falsedades, había aprendido a reconocer a la perfección a aquellas personas que no eran del todo sinceras…aún consigo mismas.  “¿Todo anda bien con ellos?”, insistió.

 

Cuando la joven levantó al fin la mirada, Neil vio en sus ojos el mismo desconsuelo que horas antes había provocado su abrupta carrera hacia la colina.  “Ya lo sabe, Neil…”, contestó con un hilo de voz.  “Albert solicitó a George que le enviara un par de diarios para mantenerse al día con lo que acontecía en América, y fue así como se enteró de todo.”

 

“¿Enterarse de qué?”, preguntó Archie.

 

Una niña llegó corriendo a las faldas de la señorita Pony.  “Señorita, otros niños y yo andábamos jugando a las escondidas, y descubrimos que la cama de John está mojada…¡John está mojando la cama!”

 

“John, mojando la cama…¿después de tanto tiempo?  Iré a ver que sucede..”dijo la señorita Pony, saliendo apresuradamente en compañía de la pequeña.

 

Pero Candy apenas había alcanzado a escuchar una sola palabra de lo que ocurría con John.  Albert lo sabía, ya estaba al tanto de todo…’tal vez lo supo primero que yo’, pensó.  “Archie”, dijo, “hoy precisamente Neil me dio una noticia que me ha afectado mucho.  Susana… Susana Marlowe, se encuentra recluida en el hospital Santa Juana… y rompió con Terry.”

 

“¿Susana se encuentra en Chicago?”, preguntó Archie, y él y Annie se intercambiaron miradas, …y tanto Neil como Candy observaron un velo de preocupación nublar los ojos de Annie.  Sin darse cuenta de lo que hacía, Neil sintió cómo su sarcasmo, que yacía en las profundidades,  salía a la superficie.  “No parecen muy sorprendidos que digamos”, dijo.

 

“Entre otras cosas, Albert me escribió para informarme que ya lo sabe y se enteró por medio de George, quien lo mantenía al tanto de las novedades en este lado del mundo”, añadió Candy.

 

“Candy”, comenzó a decir Archie con dificultad.

 

“¡Archie, por favor, no es el momento!”  imploró Annie, haciendo que aumentaran las sospechas de Neil.

 

“¡Ese momento ya pasó!” gritó su prometido.  “¿Qué objeto tiene seguir ocultando la verdad?”  Y haciendo a Annie a un lado dijo:  “Candy, Annie y yo no teníamos idea que Susana está ahora en Chicago, pero sobre su separación de Terry…¡ya lo sabíamos!  ¡Lo supimos desde un principio!”

 

Un inusitado silencio reinó en la habitación.  Las añoradas cartas de Candy cayeron al suelo, y la chica dirigió una inquisidora mirada a Annie, quien rápido bajó la cabeza; y con sus ojos llenos de preguntas, miró a Archie.  “¿Cuándo lo supieron?”  Al ver que ninguno de los dos respondía, insistió:  “¿Desde cuándo lo saben?”

 

Annie reunió el valor suficiente para levantar la mirada y encontrarse frente a frente con unos embravecidos ojos esmeralda y contestó:  “Al principio no me atrevía confesárselo a Archie, hasta que un día no pude más y le conté todo.  Pero yo…supongo que fue hace un par de meses cuando leí… ¡pero te juro que yo no sabía que Susana había partido rumbo a Chicago!  Candy, ¿hace cuánto no lees los diarios?”

 

“¡Ese no es el punto, Annie!”  Los ojos de Archie parecían lanzar llamas de fuego a su novia.  “Todo este tiempo he guardado silencio por respeto a ti, ¿pero qué hay del respeto que debíamos mostrar hacia Candy?”  Miró a su amiga.  “Candy…¡en verdad lo siento! Cometimos un grave error…”

 

“¿Es por esa razón que no había tenido noticias de ustedes?”, preguntó la rubia, a lo que Annie respondió, con ojos llenos de lágrimas, “Así es, Candy.  Pero por favor, ¡no te enojes con Archie!  El sólo hizo lo que le pedí, y ya que es todo un caballero conmigo, no pudo negarse… ¡pero te juro que si no te dije nada, fue porque no quería verte sufrir más de lo que ya lo estás haciendo!”

 

“Que no sufriera más… ¿eso era lo que querías?  Y ahora, Annie…¿crees que ahora estoy sufriendo menos, sabiendo que mi mejor amiga se había escondido de mí para callar algo tan importante?”

 

“No habría ninguna diferencia si Annie te hubiera dicho la verdad antes”, intervino Neil.  “De todos modos, no creo que fueras en busca de Terry después de todo.”

 

“Por supuesto que no lo iba a hacer.  ¡Muchas cosas han pasado entre nosotros!”

 

“¡No te entiendo, Candy!”  Esta vez fue Archie quien puso en manifiesto todo su enojo.  “¿No será acaso que en el fondo deseabas que Terry saliera corriendo a buscarte en cuanto terminara con Susana…y ahora que conoces todo el tiempo que llevan separados, lamentas que aún no lo haya hecho?”

 

Había dado en el clavo.  Las mejillas de Candy se sonrojaron por un momento, y en ese instante, recogió las cartas que aún permanecían en el suelo, y mirándolos a él y a Annie por última vez les dijo:  “No soy quién para decirles que se vayan, pues éste es un hogar dedicado a recoger personas, no a echarlas a la calle… entonces seré yo quien se retire.  Sé que los perdonaré, pero de la misma forma como ustedes no encontraban el momento oportuno para decirme la verdad sobre Terry y Susana, yo tampoco encuentro oportuno disculparlos… aún.”

 

“¡Candy, retira tus palabras de inmediato!”,  ordenó Neil.  “¡No puedes albergar tanto resentimiento!”

 

Ella agregó:  “Es increíble, Neil…tú, que tanto daño me hubieras ocasionado en otro tiempo y en otro lugar… hayas sido el primero en decirme la verdad sin rodeos…”

 

“¡Candy, no te vayas!”, suplicó Annie, sin siquiera intentar detener las lágrimas que ahora rodaban por sus mejillas.  “Por favor… ¡perdóname!  ¡No fue mi intención hacerte daño!”

 

Pero su amiga sólo se dio la vuelta, y antes de caminar rumbo a su propia habitación, miró por un instante a Neil… la persona en quien más había confiado estos últimos días… y en voz muy baja-casi inaudible- le dijo, más con sus ojos que con sus palabras: “Te perdono.”

 

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One comment

  1. woooooow me encanta tu historia eres gran escritora de verdad me asombra aun que aun mi mente no procesa eso de que neil sea sacerdote pero bueno la cosa es que esta super emocionante y gracias por tu historia de verdad eres de mi fvoritas de las escala del 1 l 10 te daria un 1000 besos

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