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El padre Leagan-Capítulo 5

PARTE V:  Un grito en la colina

 

John ordeñaba una vaca cuando vio a Neil bajarse del auto frente al hogar de Pony.  “Padre Leagan, ¿es usted?”, preguntó.  “¿Entonces sí va a compartir las tardes con nosotros?”

 

Neil soltó una carcajada; sus intentos por evitar ser llamado ‘padre’ serían infructuosos.  “Así es.  ¿Cómo te llamas?”

 

“Mi nombre es John.  Usted no sabe quién soy, pero hace algunos años me escapé del hogar de Pony y llegué hasta la casa de usted.”

 

“¿En serio?”  Neil no recordaba nada hasta que…  “¡Aguarda un momento!  El día que apareciste ante nuestra familia, la hermana María fue a buscarte, ¿verdad?”

 

“¡Sí!  Yo quería ver el vestido que había llevado Candy el día de la fiesta, ¡y además quería mostrarle que ya no mojaba mi sábana!  ¿Por qué ustedes hicieron que Candy durmiera en el establo?”

 

La pregunta tomó a Neil por sorpresa.  Una fugaz imagen de un niño y la hermana María conversando con Candy en la mansión Leagan atravesó su mente.  Ninguno de ellos lo había visto entonces… sólo había sido un breve instante en que el joven caminaba a lo largo del corredor cuando  divisó a los dos huérfanos platicando con la religiosa.  ‘Qué tontos son’, había pensado, y simplemente continuó su marcha.

 

“John”, comenzó a decir finalmente, “mi familia y yo hemos tratado muy, pero muy mal a Candy; pero en lo que a mí respecta, no quisiera convertirme en sacerdote sin antes arreglar un par de cosas, entre éstas compensar a Candy por todo el dolor que le he ocasionado, o ayudado a ocasionar.  No sabes cómo estoy agradecido a Dios por permitir que ella me diera otra oportunidad para ser amigos… creo que ya me perdonó, pero aún no se ha dado cuenta.  ¿Me perdonarías tú también?”

 

El muchacho bajó la cabeza y contestó:  “Sólo si usted me promete guardar un secreto, padre.”

 

“Si es un secreto de confesión, aún no tengo la autoridad para eso… pero podemos tener un secreto de amigos, si así prefieres.”

“¡Entonces que sea un secreto de amigos!”

 

“¿Qué es lo que deseas contarme, John?”

 

“Padre Leagan”, comenzó el chico, “ya no soy tan pequeño pero…”, titubeó un momento antes de continuar, “…pero estoy mojando la cama otra vez.”

 

“¿Y eso por qué?”

 

“¡Lo hago sin pensar, se lo juro!  Es sólo que llevo unos meses sin dormir tranquilo, y cuando menos me lo espero, ¡zas!  ¡Las sábanas mojadas otra vez!”

 

“¿Hay alguna razón por la cual no estés durmiendo bien?”

 

“¡Sí la hay, padre!”, exclamó John de inmediato.  “¡Estoy nervioso de tanto aguardar porque alguien me adopte!  ¿Por qué nadie quiere hacerse cargo de mí, padre?”  Dos gruesas lágrimas escaparon de sus pupilas.  “¿Acaso no he sido bueno?  ¿Y por qué los papás y las mamás no quieren adoptar a los niños más grandes?”

 

“No lo sé, John… pero de algo podemos estar seguros:  en algún lugar hay alguien esperando que un joven como tú alegre sus días y comparta su vida hasta el final… ¡es sólo que aún no te ha conocido!”

 

“¡La espera desespera, padre!  ¿Y por qué otros papás no aguardan a que los niños crezcan?  ¿Por qué conmigo tiene que ser diferente?”

 

“Hay cosas que simplemente no tienen explicación, John”,  contestó Neil encogiéndose de hombros.  “Dios está esperando el momento oportuno para que una familia amorosa te adopte.”

 

“No vaya a pensar que no aprecio a la señorita Pony ni a la hermana María”, añadió el chico.  “¡Pero quiero tener  un papá y una mamá!”

 

Neil no pudo más que contemplar al muchacho.  ‘¡Qué afortunado he sido!’, pensó.  ‘Señor, gracias por haberme dado un padre y una madre, así como una hermana… ¡sin importar los problemas que podamos tener!’   Se acercó a John, dándole una palmada en el hombro.  “Tengo fe en que así será, John… ¡debes tenerla tú también!”

 

“Gracias, padre Leagan.”

 

Neil sonrió; y antes de darse la vuelta en busca de Candy, se le ocurrió la más descabellada idea nunca antes imaginada por él.  “Escribiré a Albert…”, se dijo, y mientras reunía fuerzas para contar a Candy sobre su encuentro con Susana, miró a John queriéndole decir, ‘Creo que sí tendrás una familia después de todo.’

 

 

“¡Buenas tardes, padre Leagan!”, exclamó Candy con una sonrisa.

 

“¡Ya veo que oficialmente me han cambiado el nombre!”, rió Neil.  “¿Todo en orden por aquí?”

 

“La señorita Pony está impartiendo clases de matemáticas”, respondió la chica.  “Pobre de ella… ¡conmigo hizo su mejor esfuerzo pero los números nunca me entraron a la cabeza!”, exclamó, dándose un coscorrón en la frente.

 

Neil rió más fuerte… poco a poco la Candy extrovertida de antaño iba saliendo a flote.  “¡Debo confesar que yo tampoco fui muy bueno en la materia, ni siquiera en el estricto Colegio San Pablo!”

 

Con un gesto Candy lo invitó a tomar asiento en la sala de estar.  “¿Has tenido noticias de Albert y la hermana María… o Patty?  Ha pasado mucho tiempo desde que escribieran por última vez.”

 

“¿Te envían las cartas todos al mismo tiempo?”

 

“Así es.  Tal vez Archie o Annie sepan algo… ¿has recibido carta alguna, Neil?”

 

“Al menos no mientras estuve en el seminario.  Dime… ¿hace cuánto no recibes visita de Annie y Archie?”

 

Candy bajó la cabeza y contestó:  “Deben estar muy ocupados preparando su boda.”

 

Neil frunció el ceño mas no emitió comentario alguno.  Entonces preguntó:  “¿Y qué hay de Albert?  ¿Hay razón por la cual no tengas comunicación con él más seguido?”

 

Ella levantó la mirada, y su respuesta lo desconcertó.  “Fui yo quien ocasionó mi lejanía de Albert.”  Suspiró hondo y añadió:  “La insignia de los Andley que una vez trataras de arrebatarme… resultó pertenecer a él.  Hace muchos años lo conocí y me ilusioné con él sin saberlo, pensando que el príncipe que yo había conocido aquella tarde en la colina no era otro sino Anthony… ahora no sólo es Albert, sino también el abuelo William, mi tutor, mi amigo… ¡mi todo!  Y eso me asusta un poco, Neil… siento como si mi vida entera estuviera siendo absorbida por él… y ahora no sé cómo hablarle o acercármele.  No quiero perder su amistad, ¿pero qué tal si estuviera enamorado de mí?”  Se levantó del asiento y con nerviosismo comenzó a preparar una taza de té.  ‘Como le gusta a Terry’, pensó.

 

“Si así fuera, no creo que Albert sea el tipo de persona que amarre a otra para sus propios intereses.  ¿Por qué en lugar de atormentarte no aguardas que regrese de su viaje y así aclaran todo este asunto?  ¡Pero no dejes de ser tú misma!  Es lo más hermoso que tienes, Candy… ¡tu esencia!”

 

“Eso mismo me digo una y otra vez”, dijo Candy con resignación, al tiempo que regresaba con dos tazas de té.  “Es entonces cuando me siento culpable por sentirme así, y ya ni siquiera me atrevo a pedir consejo a la señorita Pony.  ¡La pobrecita tiene tanto trabajo ahora que la hermana María no está!”

 

“Candy, ya sabes que para eso estoy aquí, ¡para ayudarte! Has estado sola demasiado tiempo, y si todo en África se resuelve según lo esperado, pronto tendrás a la hermana María de regreso, así como a Patty y a Albert.”

 

“¡Las vueltas que da la vida, Neil!  ¿Quién iba a imaginar que sería en ti que depositaría toda mi confianza?  ¡Eliza debe estar furiosa contigo!”  No pudo evitar emitir una risilla.

 

“Por vez primera, mi hermana no está invirtiendo sus energías en ti; otra persona ocupa su mente lo suficiente para que te deje tranquila un tiempo.”

 

“¡No me digas que esa persona es Tom!”, exclamó Candy con preocupación.

 

“Sé lo que debes estar pensando… sin embargo, tu amigo ha manejado la situación mejor de lo que todos pensábamos. ¡Debe tener mucho temple para aguantar las rabietas de Eliza!”  Volvieron a reír… hasta que Neil no pudo más y decidió contar a Candy de una vez lo acontecido en Chicago.  “Candy”, comenzó.  “Hoy en la mañana estuve en el hospital Santa Juana y entre otras cosas conversé con el doctor Lenard.”

 

Candy lo miró con precaución.  “¿De qué hablaron, Neil?”

 

“En un principio… de ti.  Confesé al doctor Lenard el por qué mi madre estaba ejerciendo presión para que te despidiera; y traté además de restituir tu empleo pero…”

 

“No quiero hablar sobre eso”, interrumpió Candy con parquedad.

 

“¡Eso no es todo!  Yo mismo tomé la resolución de no guardarte ningún secreto, aunque ello implique causarte un gran dolor con lo que estoy por decirte.”

 

“¡Por una vez, Neil, dime de qué se trata!”

 

“Susana se encuentra en ese hospital… ¡y rompió con Terry!”

 

Candy palideció, sin poder dar crédito a lo que escuchaban sus oídos.  ¡Susana,  Susana Marlowe… en Chicago!  Su taza de té cayó al suelo.   “¿Cómo es eso que está en Chicago y no en Nueva York?  ¿Y sin Terry?”  Sintió que el mundo se venía abajo.

 

Neil tomó las temblorosas manos de la chica entre las suyas.  “El doctor Lenard me pidió que lo ayudara en la recuperación de Susana.  No fui quién para negarme, y no fue sino hasta que entré a la habitación que supe de quién se trataba.  Está muy débil, y piensa que sin Terry la vida no tiene sentido.  Candy, quería decírtelo pues no puedo dejarla sola en estos momentos; es mi deber como futuro ayudante de Dios y como cristiano darle el apoyo espiritual que tanto necesita.  Pero tampoco quiero causarte mucho malestar, y es por esto que a partir de hoy no escucharás una palabra más sobre el asunto.”

 

Una vez más, la joven se levantó de su silla, esta vez caminando de un lado a otro.  “Tengo que verla, Neil… ¡necesito hablar con ella!”

 

“No es muy oportuno que lo hagas en este momento, podrías agravar aún más su condición.  Además, ha sido firme en su decisión de no regresar al lado de Terry y ni siquiera tú con tus poderes de persuasión serías capaz de convencerla de lo contrario.”

 

“¿Terry sabe que Susana está en Chicago?”

 

“No… y Susana tampoco quiere que lo sepa.  Su traslado a Chicago fue pura casualidad… una casualidad de Dios.”  Vio la tormenta en los ojos de Candy y sintió una fuerte opresión en el pecho.  “¡Lamento mucho haberte causado tanta contrariedad! Incluso le dije a Susana que no te ocultaría su paradero, pues sentí la necesidad que lo supieras de mí y no por comentarios de terceros.”

 

Candy se llevó una mano a la boca, estupefacta.  “No te preocupes, Neil, yo… te entiendo…”  Y sin decir más, salió corriendo por la puerta principal, atravesando la cerca, y no detuvo su carrera hasta subir a la vieja colina de Pony.  Una vez allí, dio rienda suelta a todo el llanto reprimido a lo largo de los últimos años.  Sin retirar una sola lágrima de su rostro, lanzó un grito al vacío: “¿Por qué, Terry?  ¿Por qué, si ya no estás con Susana, no has venido a buscarme, mocoso engreído?  ¿Es que acaso ya no me amas?  ¡Dime por qué, Terry!”  Y cayó de bruces sobre el suelo, llorando largo y tendido, hasta  quedar profundamente dormida.

 

 

 

Detrás de un árbol, Russell Bird observaba con impotencia a la desconsolada joven.  ‘Esto no le va a agradar a…’, pensó. Pero no podría mentirle a la persona que tan bien le había pagado en estos últimos meses.  “Seré sincero con él”, dijo en voz alta.  “Si me contrató para vigilar a esta muchacha, es porque le importa mucho… ¡Cuánto sufrimiento veo esta vez en su carita!  Además, le debo mucho al joven… él me sacó de las calles y gracias a su ayuda tengo un techo donde dormir y descubrí lo que se siente volver a comer.  ¿Qué le habrá sucedido a la señorita White?  ¡Debo informar esto lo antes posible!”

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One comment

  1. aver primero muchas gracias por estar escribiendo para nosotras pero tambien no me cabe en la cabeza con terrice el niño engreido que nosotras vimos en tele el rebelde del colegio no tenga la valentia de presentare frente a candy

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