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El padre Leagan-Capítulo 4

PARTE IV:  El Cuarto Cero

 

La había visto sólo una vez, en aquella celebración posterior al éxito de la obra El Rey Lear, allí, en Chicago; y su corazón dio un sobresalto al ver aquella silueta hecha un ovillo en la inmensidad de la silla de ruedas.

 

“¿Te conozco?”, preguntó ella con voz trémula.  “Siento que te he visto en alguna parte.”

 

Neil optó por no andar con rodeos.  “No nos conocemos lo suficiente, pero hace apenas dos años coincidimos en una actividad en donde la compañía Stratford fue agasajada por haber llevado a cabo la obra El Rey Lear en esta ciudad.”

 

La mente de Susana parecía divagar en otro tiempo y otro lugar, hasta que ella preguntó:  “¿Cómo te llamas?”

 

“Soy Neil Leagan.  En unos años me convertiré en sacerdote, y quiero aprovechar este tiempo de receso para visitar este hospital de vez en cuando.”

 

Una triste sonrisa se dibujaba en el rostro de la enferma.  “Qué ironía… entre tantas ciudades, tenía que venir a parar a Chicago.”  Entonces formuló la pregunta que él anticipaba escuchar:  “¿Conoce usted a Candice White, padre?”

 

“No me llames así, aún me falta mucho para ser cura.  Seré sincero contigo:  Candy White y yo somos, en cierto modo, parte de la misma familia… aunque por mi ignorancia y mi inmadurez no la hice sentir como una de los nuestros.”

 

“¿Sabe ella que estoy en Illinois?”

 

“No lo creo.  Ayer fui a verla al hogar de Pony…no sé si estás al tanto que ya no trabaja en este hospital, y luego de un tiempo ofreciendo sus servicios en una pequeña clínica, regresó al hogar de niños donde creció.  Me dio la impresión de que está enajenada de todo… en un momento quiso hacerme pensar que leía constantemente los diarios pero no creo que…”

 

“¿Entonces no sabe que Terry y yo ya no estamos juntos?”

 

Las siempre expresivas cejas de Neil se arquearon en señal de asombro.  “¿Cómo dices?  Creo que no escuché bien…  Susana, ¿dónde está Terry?”

 

Ella lo miró con ojos llenos de lágrimas…hasta que se volteó de espaldas en la silla, y aferrándose a la misma, dio rienda suelta a unos desgarradores sollozos.  Neil permaneció en silencio, esperando que llegara el momento en que ella le abriera su corazón y revelara las circunstancias de su reclusión.

 

Luego de unos minutos, la vio incorporarse en la silla con dificultad.  “¿Me permites ayudarte?”  preguntó Neil.

“No hace falta, ya casi estoy acostumbrada.”

 

“Sé que no esto no es de mi incumbencia pero… ¿por qué estás aquí?  ¿Y qué ha pasado con Terry?”

 

Susana bajó la mirada, contemplando la manta que descansaba en su regazo.  “Quisiera tanto poder confiar en alguien… no tengo amigos aquí.  Pero conoces a Candy y…”

 

“Esto no es un secreto de confesión”, interrumpió Neil.  “Aún no tengo esa potestad, como tampoco me corresponde decidir si contar o no a Candy lo que digas o hagas en este hospital.  Pero si hay algo que no pienso ocultarle, es el hecho de que te encuentras aquí.  Apenas he comenzado a ganarme su confianza, y no pienso arruinarla con secretos y mentiras, aunque sean piadosas.”

 

“Hablas de Candy como si estuvieras enamorado de ella…”

 

“Hasta hace un tiempo creí haberlo estado, pero ahora me doy cuenta que era sólo una obsesión.”

 

“Obsesión… una compañera del teatro, Karen, me hizo una visita inesperada al hospital de Nueva York días después que partiera Candy, y de manera muy cruel me dijo que yo estaba obsesionada con Terry, y que por mi culpa había arruinado su vida y la de Candy para siempre.  Tal vez ella tenía razón, pues a partir de ese momento vi cómo la luz se apagaba en los ojos de Terry, y nunca más volví a ver ese resplandor en su mirada, excepto en sus actuaciones.  Era tan evidente el enorme esfuerzo que él hacía en atenderme, estando siempre al pendiente de mí.  Sé que intentó amarme, Neil, lo vi en sus gestos, en sus acciones… aunque nunca logré probar el sabor de sus labios ni el calor de su pecho… y en mis soledades la imaginación me traicionaba, pues en mi cabeza sólo estaba la imagen de mi Terry acariciando a Candy con ternura, diciéndole al oído aquellas palabras que en el fondo yo sabía que jamás llegaría a decirme… pero mi madre insistía en la idea de que sólo era cuestión de tiempo antes que Terry llegase a amarme…”

 

“¿Dónde está ella?”

 

“No tenemos dinero suficiente para que pueda venir a Chicago con la frecuencia que ambas quisiéramos… y a decir verdad, tampoco la quiero ver…”

 

“¡Susana!”

 

“¡Así es!  Sé que ella desea lo mejor para mí, pero gracias a sus consejos me aferré a Terry convirtiendo mi desgracia en la suya.  No pienses mal, yo reconozco que fui egoísta y la responsabilidad de mis palabras y de mis actos es toda mía, pero mientras ella estuviera a mi lado, yo nunca reuniría mis fuerzas para dejar ir a Terry… y lo hice.  Lo liberé de esta condena de estar a mi lado por puro remordimiento… remordimiento que fue innecesario ya que Terry no tenía por qué cargar con el peso de una situación en la cual él no tuvo control.  Al principio  se negó a terminar la relación, pero fui yo quien lo amenazó con… mejor no digo más, sólo que conseguí la manera de convencerlo de que se alejara… y no quiero que él sepa que me encuentro aquí.”

 

“No seas injusta contigo misma, Susana”, dijo Neil.  “Si Terry estuvo a tu lado fue porque él mismo lo decidió, tú no lo obligaste.”

              

“Mi madre fue muy ruda con él y exigió que estuviera a mi lado toda mi vida.  ¿Cómo podía negarse?”

 

“Tampoco seas injusta con tu madre.  Tal vez no pensó en los sentimientos de Terry, pero lo que hizo fue por tu propio bienestar.”

 

“Lo sé… aún así necesito distanciarme un poco de ella hasta que se olvide de esta absurda idea de mantener amarrado a Terry.”

 

“¿Es por eso que preferiste ser trasladada al Cuarto Cero?”

 

Susana guardó silencio.  Ya había revelado demasiado sobre su vida ante este extraño que, por razones que desconocía, le inspiraba una gran confianza.  De repente dijo:  “Quiero permanecer en esta habitación y así pagar por todo el daño que he hecho a Terry y a Candy…”

 

“¡De nada sirve este autocastigo!”

 

“¿Ah, no?  ¿Y qué me dices de Terry, que anda vagando como alma en pena? ¿Qué hay del castigo que se ha infligido a sí mismo… el de no buscar a Candy ante su impotencia de no poder cumplir con su ‘responsabilidad’ conmigo?”  Nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas.

 

“¿Sigue Terry enamorado de Candy?”

 

Susana secó sus lágrimas.  “Nunca dejó de estarlo.  Yo traté de convencerlo de que fuera a buscarla y así reiniciar lo que una vez habían intentado comenzar y que yo trunqué con mi egoísmo… pero él insiste en pensar que si regresa a la vida de Candy, sólo sería para hacerla infeliz, e incluso teme que ella haya encontrado el amor nuevamente.  Neil, mi corazón de mujer me dice que ella lo ama como el primer día.”

 

‘Lo mismo pienso yo’, deseó añadir Neil, pero no lo hizo.  Era deber de Terry y Candy, y no de él, figurar la realidad de sus respectivos sentimientos.  “Dejemos que sea Terry quien tome ese paso.  Lo que más me interesa saber es… ¿qué será de ti?  ¿Y por qué te estás dejando morir?”

 

“¿No te das cuenta?  Mi carrera en la actuación terminó el día que perdí mi pierna.”

 

“Hay muchas cosas que puedes hacer por ti y los demás…la primera, salir de esta horrenda habitación”, dijo, sin imaginarse que tiempo atrás Albert había sido ingresado en ese mismo lugar.

 

“¡Tengo tanto miedo, Neil!  Miedo de lo que me espera de ahora en adelante…”

 

“Ya lo dice la Palabra:  ‘En paz me acostaré, y así mismo dormiré, porque sólo tú, Señor, me haces sentir confiado.’”

 

Susana sólo lo observaba en silencio, contemplándolo con admiración.

 

“Yo también sentí miedo”, añadió Neil.  “Toda mi vida viví con miedo a actuar según mi propia voluntad… ahora se está cumpliendo la voluntad de Dios, quien a su vez me permite hablar y ejercer según mi propio criterio.  No puedo rescatarte de ese dolor en el que estás sumergida, Susana, pero quiero ayudarte a hacerlo.  Eres muy hermosa, y muy pronto Dios te premiará con algún joven que te aprecie y te valore tal como eres… y si no llegaras a encontrar ese alguien, es porque el Divino Creador tiene otros planes para ti.”

 

La mirada de Neil se posó sobre las temblorosas manos de Susana, quien no pudo evitar derramar un nuevo torrente de lágrimas.  “¡Me siento tan sola!  No sé si hice lo correcto…”

 

Neil se acercó a la silla de ruedas, y antes que Susana pudiera darse cuenta, el joven la estaba tomando entre sus brazos, permitiendo que la chica dejara escapar toda su congoja y desolación.  Permanecieron allí, en silencio, ella llorando sobre su hombro y él, afianzando aún más el contacto, lo suficiente para que ella pudiera sentirse segura y protegida.  De repente,  alzó su rostro hacia él con resolución.  “Ayúdame, Neil… ¡ayúdame a salir de este infierno que me atormenta!”

 

“Con la ayuda de Dios, así será.”  Y antes que ella pudiera negarse, la alzó en brazos, y la depositó sobre la cama.  “Vamos, tienes que descansar… ¡sólo así comenzarás a reponerte!” Tomó una silla que había cerca y se sentó en ella, y levantó su ceja burlonamente.  “¡No saldré de esta habitación hasta ver que te hayas dormido!”

 

Ella no pudo evitar reír… la primera vez que reía en mucho, mucho tiempo.  “Para ser un futuro sacerdote, ¡eres muy perverso, Neil!”

 

“Hay cosas que se llevan en la sangre”, dijo él, mientras con su mano acariciaba la frente de la joven.  “Hay una parte de mí que siempre conservará cierto grado de malicia… lo importante es usar esa malicia en forma sana y constructiva.”  No pudo evitar pensar en su hermana.

 

“¿Qué me haces en la frente?  ¡De veras me estoy quedando dormida!”

 

“Susana, Dios es el mejor remedio que puede haber sobre la tierra, y la mejor medicina para nuestras almas.  Sanarás pronto;  el Señor sabe que fuiste muy valiente al haber dejado ir a Terry.”

 

Ella sonrió.  Por primera vez luego de su trágico accidente, y más tarde de su separación de Terry, se sintió invadida por una paz que iba consumiéndola poco a poco… hasta que se entregó a los placeres del sueño, y Neil sonrió satisfecho.

 

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