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El padre Leagan-Capítulo 3

PARTE III:  Dios obra por caminos misteriosos

 

“¡Toooooommmmm!  ¡Toooooommmm!”, gritaba Eliza a las afueras del establo. 

 

El joven ranchero salió por la puerta de su casa… ¡qué fastidiosa era esta chica!  “Apenas comienzo a asar la carne.  ¿Qué es lo que quieres ahora?”

 

“¡Ensíllame ese caballo pero rápido!”

 

“Todavía no entiendes por qué estás aquí, ¿verdad?”

 

“¿Acaso tengo que repetirlo una vez más?  ¡He dicho que ensilles ese caballo!”

 

“¡Y yo digo que todavía no entiendes!”  Acortó la distancia entre ellos con paso lento, pero seguro.  “No estás aquí para darme órdenes, y menos en mi propiedad.  En todo caso eres tú quien debes seguir mis instrucciones.”

 

“¿’Instrucciones’?  Mi padre no mencionó nada sobre seguir instrucciones de nadie aquí.”

 

“¿No crees que ya estás un poco grandecita para que te expliquen ciertas cosas?”  Le dio la espalda, dispuesto a regresar a la casa.  “Eres la misma niña presumida que conocí hace muchos años…”

 

“¡No he terminado contigo, ranchero!  ¡A mí tampoco me simpatizaste entonces!”

 

Tom se volteó y nuevamente caminó hacia ella, esta vez deteniéndose más cerca de la inquieta muchacha.  Suspiró hondo.  “No veo cuál es el objeto de que tu padre te envíe aquí.  En toda la tarde no has hecho más que relinchar como un caballo y quejarte de tu mala suerte.”

 

Eliza contuvo los deseos de abofetearlo.  “No… te atrevas… a volver… a compararme…con un… ¡con un estúpido caballo!”  Se cruzó de brazos, y de repente hizo la pregunta cuya respuesta deseaba saber desde su llegada al rancho.  “¿Cuánto te está pagando mi padre por cumplir tu parte del trato?”

 

Se arrepintió de sus palabras casi al mismo tiempo en que las dijo… una voraz llama parecía atravesar la mirada del muchacho, quien no respondió por unos segundos, hasta que rompió el silencio.  “¿En serio crees que tu padre me está ofreciendo dinero por esto?”

 

La joven de largos cabellos ondulados sintió cómo se le erizaba la piel ante la contenida furia de su acompañante.  ¿Pero cuándo se había visto que Eliza Leagan tenía miedo de algo… o de alguien?  “Lo que oíste, estúpido.  ¿O te lo tengo que decir en otro idioma?”

 

“Claro que te escuché, ¡y muy claro!  Y sí… ¡tu padre me está ofreciendo toneladas de dinero por cuidarte!”

 

Eso fue suficiente para ella.  Con todas sus fuerzas, corrió hacia él y no bien comenzaba a dar golpes contra el pecho del chico cuando sorpresivamente él la levantó en el aire, sin intención alguna de bajarla.  “¿Qué estás haciendo, ranchero?  ¡No es de caballeros tomar ventaja de una joven indefensa!”

 

“¿Indefensa tú?  ¡Ja!”  Estaba por incorporarla cuando de repente ella dio un paso en falso haciendo que él perdiera el balance… y ambos cayeron sobre la tierra, uno encima del otro.

 

Eliza quedó aturdida por el golpe; y cuando abrió sus ojos para asimilar lo que había ocurrido, se encontró con unos insistentes ojos almendra cuyas profundidades estaban enmarcadas por una enorme tristeza… y fue entonces cuando recordó que el padre de Tom había muerto.  ‘Un poco más de respeto, Eliza…’, pensó para sus adentros.  Y es que por mucho que ella resintiera las frecuentes ausencias de su padre, al menos éste se encontraba con vida, contrario al señor Steve.

 

Tom, por su parte, sintió la adrenalina correr por todo su cuerpo… desde que su padre sufriera el infarto que lo llevaría a la eternidad, jamás había sentido tanta vitalidad, ni tanto coraje, como cuando estaba con la terca y egocéntrica hija de los Leagan… quien tantos pesares causara a Candy, su hermana del alma.  Miró a Eliza directo a los ojos para asegurarse que estuviera bien, y por un momento le pareció ver en ellos un poco de…¿comprensión?  No, definitivamente estaba equivocado:  Eliza Leagan no era capaz de comprender a nadie.

 

Permanecieron inmóviles por un lapso prolongado de tiempo; ella, atrapada entre sus brazos; él, estudiándola con la mirada… hasta que ella se deshizo del contacto y se puso en pie.  “En cualquier momento pasarán Neil y el chofer a recogerme.  Puedo esperarlo aquí, no te preocupes.”

 

Tom contuvo un súbito deseo de sonreír; sería divertido controlar a la riquitilla después de todo.  “Será hasta mañana entonces…” Sin decir más, se dio la vuelta y caminó de regreso a la casa.

 

 

Neil no salía de su asombro mientras él y Eliza eran llevados de regreso a su hogar.  Desde que él retornara del seminario, su hermana apenas había cruzado palabra alguna con él, pero ahora… no paraba de contarle las “infamias” de las que había sido objeto por parte de Tom.  “Así me gusta, hermanita…”, dijo él finalmente mientras Eliza tomaba un respiro luego de otro agitado relato, “Tal y como en los viejos tiempos, confiando en tu hermano de siempre. ¿Tan mal la pasaste entonces?”

 

Eliza lo miró con incredulidad.  “Me ofende que me lo preguntes.  ¡Fue horrible!  Ese Tom es un creído, un desconsiderado, un…”  Guardó silencio ante la repentina imagen de Tom llevando puesta su chaqueta de cuero… y su espeso cabello, del color de la arena, cubierto con un elegante sombrero…

 

“Hermana,” interrumpió Neil, “Dios obra por caminos misteriosos.  Tal vez creas, como yo lo hiciera una vez, que Tom no está a la altura de nuestra clase social… pero ahí donde tú lo ves, tiene mucha fortuna, casi tanta como nosotros, y una vez leí que los caballos del Rancho Steve han llegado a competir tan lejos como en Londres.”

 

“No me interesa si posee o no la mayor colección de caballos en el mundo entero.  ¡Sigue siendo un maldito arrogante!”

 

“¡Eliza, no blasfemes!”

 

El auto se detuvo frente a la casa.  En cuanto bajaron, la señora Leagan corrió a los brazos de Eliza.  “Hija mía, ¿te hizo daño ese bandido?”, preguntó, sin ocultar las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

 

“¡Mamá, por favor!”, exclamó Neil.  “¡Tom no es ningún delincuente!”

 

Su madre continuaba abrazando a Eliza, quien, sabiéndose dueña de la situación, se acurrucó aún más en el pecho de su progenitora.  “Voy a hablar con la tía Elroy lo antes posible.  Nadie se mete con nuestra familia… ¡mucho menos un ‘granjerito’ como ese!”

 

“¡Más respeto, madre!”, volvió a implorar Neil.  “Todos somos criaturas de Dios, sin importar el origen… además, no creo que la tía Elroy pueda hacer mucho al respecto, pues de seguro consultará antes con el tío Albert y éste le contestará que el asunto deberá ser manejado exclusivamente entre nosotros…”

 

“Discúlpenos, ‘padre Leagan’”, dijo Eliza con frialdad, “Hemos pecado. ¿Cree usted, padre, que Dios nos pueda exonerar de los mismos?”

 

Neil movió la cabeza de un lado a otro dándose por vencido.  ‘Perdónala, Señor..’, musitó en voz baja, y sin nada más que decir entró a toda prisa a la residencia.

 

 

A la mañana siguiente, Neil caminaba por el corredor que lo llevaría de regreso a la entrada principal del hospital Santa Juana.  Hacía apenas unos instantes  había aclarado la delicada situación acerca del empleo de Candy con el doctor Lenard, quien a su vez le agradeció su valentía de confesar el verdadero motivo de la acción tomada por la señora Leagan en contra de la brillante enfermera.  No obstante, y a pesar que Candy no estaba al tanto de esta visita, Neil no logró cumplir su objetivo principal: hacer que Candy consiguiera una vez más un puesto en la prestigiosa institución.  El doctor Lenard, con mucho pesar, le había informado que ya no quedaban vacantes disponibles para trabajar en sus facilidades, pero que había recibido una carta solicitando urgentemente enfermeras en…

 

“¡Señor Leagan!”  El doctor Lenard lo había alcanzado justo frente a la puerta de entrada.  “Tengo algo que proponerle, si usted acepta.”

 

“¿De qué se trata?”

 

“Mientras hablábamos usted me había comentado sobre sus intenciones de convertirse en sacerdote, y que no es sino hasta dentro de un mes que regrese al seminario.  Si no es mucha molestia, ¿nos haría a mí y a nuestro hospital un enorme favor?”

 

“Usted dirá.”

 

“Verá… muchos de nuestros pacientes necesitan algo más que atención médica; necesitan… apoyo espiritual.  Se sienten abatidos, derrotados, sin deseos de vivir.  Contamos con muy buenas personas que sirven como voluntarias y dan apoyo a quienes más lo necesitan…”

 

“Me alegra saberlo, doctor.”

 

“Sin embargo”, interrumpió el galeno, “recién ha llegado una paciente que me preocupa.  Ha sido trasladada de otro estado, y a pesar que ya había comenzado a recibir tratamiento para su condición en su propio hogar, ha sufrido una recaída y físicamente no está bien.  Nadie se explica cómo ni por qué… los resultados de los exámenes no reflejan ninguna anomalía, sólo su condición.  Pero a nivel emocional… por alguna razón desconocida, es como si ella quisiera abandonar este mundo.”

 

“¿En serio?”

 

“Así es.  Lo primero que hizo al llegar a este hospital fue pedir a gritos que la recluyeran en la peor habitación que tuviéramos a nuestro alcance.  Tal era su histeria, que su madre rogó que cumpliéramos sus deseos, y fue así como la colocamos en el Cuarto Cero.”  Bajó la cabeza, preocupado.  “Señor Leagan, ¿le gustaría ayudarnos con esta paciente?  ¿Tiene el tiempo para hacerlo?”

 

No lo pensó dos veces.  “¡Seguro, doctor Lenard!  Cuente conmigo.  Por favor, ¡lléveme al Cuarto Cero ahora mismo!”

 

Ambos hombres caminaron hasta la entrada de la muy comentada habitación.  “Aquí lo dejo entonces, señor Leagan”, dijo el doctor Lenard.  “¡Mucha suerte con esta paciente!  Y una vez más… ¡gracias!”

 

“Lo que esta joven necesita no es suerte, doctor”, añadió Neil.  “Necesita, más que nunca, de Dios.”

 

El doctor hizo una inclinación de cabeza, y marchó de regreso a su oficina.  Lentamente,   Neil abrió la puerta, con un fuerte presentimiento de que al hacerlo daría comienzo a una nueva experiencia, otro de los tantos planes que el Todopoderoso le tenía reservado…

 

Y no se equivocó.  Frente a él, y enclaustrada en su silla de ruedas, se encontraba una pálida y deteriorada Susana Marlowe. 

 

 

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3 comments

  1. me encantan los fics de esta pagina. felicitaciones tienes una gran mente y tambien felicito a los otros escritores y espero subir mi fic muy pronto a esta fabulosa pagina

  2. Muchas gracias, Carmen! Aquí estaré esperando tu fic

  3. K LINDO FELICIDADES

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