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El padre Leagan-Capítulo 18

PARTE XVIII: Historias que se repiten

 

Candy tomó asiento junto a John Andley en el tren, y frente a ellos se encontraban Patty y Albert, quienes miraban consternados a su amiga ante la impulsiva decisión de ésta de acompañarlos a Florida y brindar sus servicios en el hogar de niños huérfanos.  En unos segundos el ferrocarril emprendería la marcha a su destino, y Candy tenía presente que en unas horas Terry haría lo mismo y regresaría a Nueva York.  Justo antes de ella haber partido rumbo a la estación, se había despedido de todos en el hogar de Pony al igual que en la mansión Leagan y en la propiedad de los Andley.  En cuanto a Terry… sus últimas palabras habían sido intercambiadas el día anterior durante la boda, y desde entonces un mar de desolación azotaba el corazón de la muchacha, quien con mirada ausente contemplaba el paisaje a través de la ventana.

 

“¿Candy?”  John intentaba en vano de distraer a su melancólica amiga.  “¿Candy, me escuchas?  Decía que el señor Cartwright  está muy enfermo y habló con papá para que se haga cargo de Jimmy si él muere…”

 

“Más tarde hablaremos sobre eso, John”, le aconsejó Patty mientras miraba a Albert con una expresión de alarma ante la nueva jornada de Candy.  Albert interpretó al instante la petición de auxilio que con su semblante transmitía su novia, y en silencioso acuerdo con ella decidió tomar control de la situación.  “Candy”, comenzó, mientras sentía el movimiento de las ruedas del tren bajo sus pies, “hay algo que debo decirte, y que debí haberte dicho hace mucho tiempo, pero no lo hice porque pensaba que estaba haciendo lo correcto al no informarte, y ahora me doy cuenta del grave error que cometí…”

 

“¿De qué hablas, Albert?”, preguntó Candy.

 

Lentamente el tren iba adquiriendo mayor velocidad, y Albert sabía que no tenía tiempo que perder y contestó:  “Mientras trabajabas en la Clínica Feliz, Terry vino a Chicago a buscarte luego de haber abandonado el teatro y a Susana.  Estaba inmerso en el alcohol cuando lo encontré, y a duras penas lo convencí de que saliera del estado tan deplorable en que se encontraba y continuara el rumbo de su vida tal y como lo había decidido, y así lo hizo, no sin antes contemplarte a lo lejos mientras atendías a tus pacientes junto al doctor Martin.”

 

“¿Terry me buscó?”  Candy se puso en pie a pesar de la acelerada velocidad del tren.  “¿Terry me buscó?”

 

“Sí, pequeña; y ahora que lo pienso, nunca antes  había dado yo tan mal consejo a alguien.  Debí haberle dicho que abriera la puerta de la clínica y que corriera a abrazarte, pero no lo hice por razones que ya no vienen al caso.”  Tanto Candy como Albert conocían cuáles eran esas razones, pero prefirieron no hablar sobre ellas por respeto a Patty, quien escuchaba el diálogo entre ellos.  Entonces Albert puso los puntos sobre las íes y dijo:  “Me parece, Candy, que aunque no hayas hecho responsable a Terry por la separación de ustedes, en el fondo estás resentida con él por no haberte buscado antes, cuando la realidad es que sí ha estado pendiente a ti en todo este tiempo, pero no fue sino hasta ahora que las circunstancias permitieron que ustedes dos se reunieran.  Candy, Terry ha sufrido tanto como tú, y ya todos sabemos el sacrificio que ha hecho por ti y por otras personas.  ¡No le cierres la puerta, por favor!”

 

“No tengas miedo, Candy”, agregó Patty.  “Ahora tú y Terry pueden amarse sin reservas…”

 

Candy se cruzó de brazos simulando enfado.  “¿Acaso no desean que vaya a Florida con ustedes?  Porque ya es muy tarde para que se arrepientan y vamos justo de camino.”

 

Tanto Albert como Patty rieron, y esta última dijo:  “No queremos dejarte plantada, pero pienso que debes resolver tus problemas antes que viajes a Florida o a cualquier parte.”

 

“Puedo pedir al conductor del tren que se detenga o que reduzca la velocidad mientras lo meditas un poco”, indicó Albert mientras John miraba con extrañeza a través de la ventana.

 

“¡No tienes por qué tomarte esa molestia, Albert!”, exclamó Candy riendo.  “¿O es que dudas de mis capacidades como enfermera en otro estado que no es Illinois?”

 

Patty y Albert estaban a punto de compartir su risa cuando John los interrumpió, señalando hacia la ventana.  “Papá, mamá… creo que sí deben hablar con el conductor del tren. ¡Miren!”

 

Todos se asomaron por la ventana para ver qué era lo que había llamado la atención de John, y no podían creer lo que estaban viendo.  “Es imposible”, dijo Candy en voz alta, “Albert, Patty… ¡la historia se repite!”  La historia se estaba repitiendo… a la inversa.

 

 

 

 

Dos personas iban viajando a toda prisa en el automóvil descapotable que Terry había rentado a su llegada a Chicago. El pasajero daba ansiosos golpes al fondo del vehículo con la punta de su zapato, mientras que el conductor le decía con reproche:  “¡En muy buen momento se te ocurrió convencer a mis padres de darles el día libre a tu ayudante y a nuestra mucama!”

 

Terry miró a su acompañante con cierto grado de remordimiento.  “De hecho, Neil, al enviarlos de paseo no sabía que Candy te estaría visitando minutos después para informarte sobre sus nuevos planes-”

 

El otro lo interrumpió con brusquedad.  “¡Y para colmo también te da un ataque de ansiedad que te impide conducir!  ¿Por qué no le pediste el favor a alguien más?”  Neil aguardaba por una respuesta del actor, y al ver una expresión de victoria aún en medio de la desesperación en la que éste estaba sumido exclamó con ira:  “Mentiste… ¡no es cierto que los nervios te impiden manejar un auto!” Al ver que el otro reía se dio varios golpes en la frente por su estupidez.  “¿Cómo pude haber sido tan tonto?”

 

“¿No sabes que los actores aprendemos a manejar el miedo escénico?  Lo mismo ocurre en el teatro de la vida, y te aseguro que no me hubiera puesto ansioso sobre ruedas.”

 

“Esto es diferente; ¡se trata de ir al encuentro del gran amor de tu vida!”

 

“Y supongo que al hacer que condujeras, te hice un gran daño, padrecito”, sonrió Terry con mofa.  “Ni siquiera lo pensaste cuando te lo pedí.”

 

“Me encomendé a Dios y nada más.”

 

“¡Pues tal parece que habías olvidado hacerlo!”  Terry había dado en el clavo.  “La verdadera fe no se razona; ¡se vive y se pone en práctica! Ya es hora que hagas a un lado esas enormes capas de miedo en las que siempre has estado envuelto. ¡Para servir a Dios debes hacerlo sin obstáculos!” 

 

Un fuerte viento llenó el gran silencio que se había suscitado en el vehículo, y por más que Neil trataba de responder ante la intromisión de su amigo, no pudo hacerlo, y fijando la vista en la carretera se limitó a decir:  “Entonces estamos a mano, pues yo también te mentí.”

 

“¿Sobre qué?”, preguntó Terry.  “Si te refieres a la confesión que hicieras hace unas horas sobre tu intento de secuestrar a Candy…”

 

“¿Recuerdas la razón por la que hoy decidiste correr tras ella?”

 

“Claro que sí… Russell y yo habíamos ido a tu casa a pedir permiso a tu padre para que Russell y Dorothy salieran juntos antes que él y yo partiéramos a Nueva York; y al cabo de unas horas de yo haber regresado al hotel, tú y tu chofer llegaban a toda prisa para decirme que Candy se había despedido de ti porque salía en el tren hacia la Florida…”

 

“¿Y qué más?”

 

“… y que una vez ella llegase a su destino ingresaría a un convento para convertirse en monja.  ¿Por qué me haces repetir todo esto, Neil?”

 

Neil sonrió con la extinta altivez típica de los Leagan. “Pues para ser un hombre de tantas vivencias, dejaste escapar un pequeño detalle.  ¿No se te ocurrió pensar que en Chicago también hay conventos, y que si Candy hubiera querido ser monja lo habría hecho lo más cerca posible del hogar de Pony?”  Esta vez fue su turno de reír.  “¡Candy no es tan insensata como para llevar a cabo una acción tan drástica!”

 

“Tú…”, Terry lo miró con furia.  “¡Me engañaste!  ¿Por qué me hiciste creer que Candy quería ser una monja?”

 

“Fue lo único que se me ocurrió decirte para movieras tu noble trasero y buscaras a Candy de una buena vez.  Terry, ¿no has pensado que siempre ha sido Candy quien ha estado tras tus pasos, haciendo hasta lo imposible por reunirse contigo, y finalmente se ha dado por vencida porque ya no le quedan fuerzas para seguir luchando?  Pues muéstrale que tú también estás dispuesto a mover montañas por ella…”

 

“Neil, ¡yo renuncié a la fortuna de los Grandchester y salí de Londres con tal de ayudarla y verla feliz!”

 

“¿Y le has dicho que la amas?”

 

Terry quedó pasmado ante la pregunta.  “A decir verdad… no.  Y sé que ella también me ama, pero aún no me lo ha dicho.”

 

“¿Lo ves? ¡No puedes cerrar un libro sin antes haber repasado los capítulos!”  Divisó el tren a lo lejos y dijo:  “No sé si pueda alcanzarlo, Terry…”

 

“Tranquilo, padre Leagan… usted déjemelo a mí.” 

 

“¿Qué piensas hacer?”

 

El chico inglés sonrió.  “Sin importar lo que ocurra, Neil, no dejes de conducir.”  Y antes que Neil pudiera cuestionar a qué se refería, Terry dio un salto a la parte de atrás del auto.

 

 

“Malas noticias, Candy”, dijo Albert poco después que todos vieran a Neil y a Terry en el coche, el cual avanzaba cada vez más en dirección a ellos.  “Hablé con el conductor del tren, y no tiene la autoridad para detenerlo o disminuir la velocidad.”

 

“¡Si el padre Leagan continúa conduciendo así de rápido, él y el señor Terry podrían accidentarse!”,exclamó John alarmado.

 

“Albert, Candy… creo que debemos olvidarnos de ellos y seguir viajando como teníamos pautado”, sugirió Patty.  “El tren va demasiado rápido y no queremos que Terry o Neil se lastimen.”

 

“¿Por qué están ellos aquí?”, preguntó Candy.  “Ya me había despedido de ambos…”  En eso, vio cómo Terry se pasaba para el asiento trasero del auto, y sintió que su corazón salía de su pecho ante el temor de que algo pudiera ocurrirle al chico.  “¡Terry, no!”  Miró a Albert con resolución.  “Voy a saltar; ¡no permitiré que Terry se dé un serio golpe por mi culpa!”

 

“¡Y yo impediré a toda costa que lo hagas!”  El instinto protector de Albert salía a relucir como de costumbre.

 

“¡Aguarden!”, exclamó Patty.  “Están más cerca, y creo que Terry intenta decirnos algo…”

 

“¡Caaaaaandyyyyyyy!”  La potente voz de Terry se imponía entre la serena naturaleza y el ruido del ferrocarril.  “¡Candy, te amoooooooooooo!”

 

Las palabras de Terry quedaron inscritas para siempre en el alma de Candy, quien no dejaba de contemplar al joven que ahora intentaba mantener el equilibrio sobre el asiento del coche.  Terry….el muchacho que la amaba, que no tenía reparo alguno en derramar lágrimas por ella, ni en abandonar su tierra y su familia para que ella pudiera tener un buen nivel de educación… Albert tenía razón: Terry había sacrificado mucho por ella, y el tiempo que él estuvo junto a Susana no había sido sino un puro acto de nobleza.  “Ya no quiero que sufras, Terry… ¡ya no quiero que ninguno de los dos sufra!”, dijo ella en voz alta ante la incrédula mirada de Patty y Albert.  Entonces corrió al final de la cabina, y abrió la puerta con dificultad ante el viento que azotaba la misma.  “¡Teeeeeerryyyyyy!”, gritó al verlo.  “Yo también te amo… ¡yo también te amoooooo!

 

Sin que pudiera evitarlo, Terry sintió sus propias lágrimas descender por su rostro.  “Allí está…¡y me dijo que me ama!”, exclamó.  Observó a Neil, quien continuaba conduciendo frenéticamente.  “¡Ya estuvo bueno de manejar como una mujercita, padre Leagan!  Esta es mi única oportunidad de recuperar a Candy, ¡y no dejaré que se me escape!”

 

Neil aceleró aún más el coche, sintiendo que el volante adquiría voluntad propia, y se le hacía más difícil controlarlo.  Terry le dijo:  “Trata de acercarte un poco más; veré si puedo subir…”

 

“¡Estás loco!”

 

“¡Sólo hazlo!”

 

Neil obedeció, y en un peligroso giro el vehículo se apartó de la carretera, dando brincos en el accidentado terreno, hasta quedar a varios centímetros del tren, de cuya baranda exterior se sostenía Candy, quien no dejaba de mirar a Terry. “¡No subas, por favor; podrías hacerte daño!”, intentó persuadirlo.

 

“Necesitaré tu ayuda, Candy”, gritó Terry.  “¡Extiende tu mano!”  Se dirigió a Neil.  “A partir de ahora yo me haré cargo… muchas gracias por todo.”

 

“¡No me iré hasta asegurarme que ustedes dos estén bien!”, insistió Neil.

 

“Como quieras”, dijo Terry, quien al ver la mano de Candy extendida hacia él, se impulsó hacia atrás, y de un salto tomó de la mano de su pecosa, haciendo que ambos se tambalearan y tropezaran con la baranda. 

 

 

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“John, Albert… ¡lo hizo!  ¡Terry lo hizo!”, gritó una eufórica Patty.

 

“Sólo hay un problema”, dijo Albert frunciendo el ceño.  “A menos que ambos bajen del tren, Terry perderá su viaje a Nueva York, y tiene un compromiso que cumplir con su compañía de teatro y con sus admiradores.”

 

“Mamá, papá, no se preocupen”,  aseguró John.  “Ellos lo lograrán.”

 

 

Contra el agitado viento, Candy y Terry se pusieron de pie, sosteniéndose una vez más de la inestable baranda.  “Te amo, Terrence”, susurró ella, y vio cómo una chispa de emoción se encendía en los ojos de Terry al oírla pronunciar su verdadero nombre.

“Te amo, y cometí un error al intentar alejarte de mi lado…”

 

“Yo también te amo, Tarzán con pecas”, susurró él a sólo un aliento de besarla, y en eso el ferrocarril atravesó una curva y Terry tuvo que sostenerse de Candy para no caer.  “Comprendo tus temores, y no me importa si no quieres casarte hasta los cincuenta años.  He esperado toda una vida por ti, y fácilmente puedo esperar una vida más.”

 

“¡Oh, Terry! Por mi culpa perderás el tren a Nueva York…”

 

“Ven conmigo… ven conmigo a Nueva York”, dijo él.  “Aún no hemos salido de Illinois, y no creo que Albert y la no tan gordita tengan mucho interés en llevarte con ellos como chaperona.”

 

“¿Cómo bajaremos del tren si el mismo está viajando a toda velocidad?”, cuestionó Candy.  Entonces su rostro se iluminó, y al verla Terry creyó estar mirando a un ángel.  “Más adelante hay un río de poca profundidad, y el tren pasa justo al frente”, la oyó decir.  “Con un poco de suerte, podremos lanzarnos y quedar ilesos.”

 

“Ya era hora que aplicaras tus dotes de Tarzán, pecosa atrevida”, dijo Terry con un destello de orgullo en su voz.  “¿Qué dices entonces… te lanzas a esta nueva aventura en Nueva York, trabajando en lo que te gusta y sin más compañía que este pobre actorzuelo que se muere por ti?”

 

“Sólo eso necesito”, contestó ella con una sonrisa.  “¿Estás preparado para saltar, Terry?”

 

El asintió con la cabeza.  “Sólo si me aseguras que saldremos bien de esto.”  Se colocó de espaldas detrás de ella, y rodeándola con fuerza por la cintura le dijo al oído:  “Saltaré cuando tú así me lo indiques…”

 

Candy se aferró con fuerza a los brazos que gentilmente la sujetaban , depositando su confianza en aquel hombre que daría todo por ella.  “A la cuenta de tres: uno, dos… ¡tres!”

 

 

Patty y John gritaron al ver los dos cuerpos lanzarse al agua.  “Estarán bien”, los calmó Albert.  “Ese río tiene poco cauce y no es nada profundo.”  Sonrió para sus adentros.  “Al fin mi pequeña se corrió el riesgo de pensar en ella antes que en los demás y ser feliz…”

 

“¿Y dónde dejaron al padre Leagan?”, preguntó John.

 

“No lo sé”, contestó su padre.  “Pero algo me dice que se encuentra bien y que tendremos noticias de él pronto… de todas maneras enviaré un telegrama en cuanto lleguemos a Florida para asegurarme que todo está bajo control.”  Frotó la cabellera del chico, y finalmente los tres tomaron asiento.  El viaje sería largo, y una nueva vida los esperaba.

 

 

En cuanto cayeron al agua, Candy y Terry quedaron separados, y la vista de ella quedó nublada por la espesura de sus propios cabellos.  Al apartar los mismos, no vio a Terry por ningún lado, hasta que sintió unos fuertes brazos que tiraban de ella subiéndola a la superficie.  Candy se aferró a Terry como si aquel instante a su lado fuera el último.  ‘Terry, lo hicimos’, pensó.  ‘¡Lo logramos, mi amor!’

 

Ambos emergieron del agua, y de inmediato sus bocas se buscaron… y se encontraron, esta vez sin juegos de pañuelos ni de besos robados. Confiando ciegamente el uno en el otro, Candy y Terry habían pasado una última prueba juntos: la prueba de sobrevivir.  Riendo y llorando a la vez, se besaron con vehemencia y abandono, manifestando así la alegría de saberse unidos,  y sin importarles que en ese momento los cabellos de ambos se habían enredado y confundido en uno solo al igual que sus almas, los dos enamorados quedaron entrelazados en un infinito abrazo ante un futuro prometedor. Candy y Terry descubrieron que su amor trascendía las barreras del tiempo y la distancia, y en el proceso  habían ido en busca de su propio camino, hasta que lo encontraron, un solo camino en común… el camino a la felicidad.

 

 

 

“Ay, no, no otra vez… ¡la historia se repite!”

 

Neil despertó en medio de un frondoso bosque, y le tomó unos segundos despejar sus pensamientos y recordar cómo había dado contra aquel árbol.  Minutos antes, había reducido la velocidad del vehículo al asegurarse que Terry había subido al tren sano y salvo; mas al ver a la distancia cómo él y Candy se habían lanzado al río, su impresión había sido tal que detuvo la marcha de golpe, provocando que el coche se barriera en el acto y diera imparables vueltas por el lugar hasta adentrarse en una espesa vegetación y allí impactar uno entre tantos árboles.  Se palpó la cabeza, esperando tener la misma contusión que había sufrido un año antes bajo el padre árbol, y grande fue su alivio al comprobar que en esta ocasión no se hizo daño alguno.

 

No pudo evitar pensar en aquella tarde en la que había tenido su primera conversación con Dios.  A partir de entonces, él había llegado a la conclusión de que aquella aparición no había sido sino un sueño a través del cual Dios había transmitido Su mensaje, y no precisamente un milagro.  Observó por todos lados, y se encontraba solo en medio de la naturaleza… ya ni siquiera se escuchaba el ruido del tren a lo lejos.  Aguardó por unos instantes a que llegara el momento en que quedara inconsciente y tuviera una nueva plática con Dios… pero ese momento nunca llegó.  Aburrido, Neil intentó en vano encender el vehículo, hasta que lo venció el cansancio y se recostó en el asiento trasero.

 

Fue entonces cuando sintió Su presencia.  A diferencia de la visión que había tenido el día del accidente en Lakewood, esta vez no hubo figuras ni imágenes que confirmaran la llegada de Dios… simplemente estaba ahí, siempre lo había estado, y nunca se había ido.  “El Evangelio según San Juan”, dijo Neil en voz alta y citó:  “Tomás exclamó:  ‘Tú eres mi Señor y mi Dios.’  Jesús replicó:  ‘Crees porque me has visto.  ¡Felices los que no han visto, pero creen!’

 

Maravillado, comenzó a reír en voz alta en la soledad del bosque, sin percatarse que el coche se había encendido sin razón aparente.  “Dios, ¡he sido un hombre de poca fe!  Haberte visto en sueños no es un milagro; ¡amarte y amar al prójimo sí!”  Recordó el libro inconcluso de Susana.  “El verdadero milagro no es el que se presencia, sino aquel que se vive y es compartido… ¡el verdadero milagro es aquel que se enseña por medio de la caridad y de las obras!”  Su risa se convirtió en una estruendosa carcajada.  “Terminaré la obra, Susana… ¡terminaré la obra!”

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2 comments

  1. me parecio muy buen trabajo, pero el final no estubo a como pense que iva a quedar pues pense que iva a terminar en boda y con familia.

    pero gracias por escribir tan bella historia.

  2. mmmmmm me gustosolo que me hubiera gustado saber mas de candy y terry se casaron al fin tuvieron hijos neil se hizo sacerdote eliza se caso con tom patty y albert tambien se casron jejeje son mis dudas pero bien por tu historia me gusto te felicito y espero leer mas sobre ti soy nueva aqui y me gustan los finales donde candy es feliz con terry y por medio de este comentario quisiera felicitar a todos por sus maravillosos finales yo creo q eso es lo que a todos nos hubiera gustado ver en la televisor una candy feliz ya sea can albert o con terry pero feliz y no sola bueno eso creo yo felicidades a todos saludos desde la hermosa ciudad de PUEBLA, MEXICO

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