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El padre Leagan-Capítulo 17

PARTE XVII:  La boda

 

Neil tomó asiento en espera a que diera comienzo la ceremonia.  Dos semanas habían transcurrido luego de aquella terrible confesión que hiciera Terry en conjunto con la carta que escribiera la señora Townsend.  Candy, Terry y sus amigos habían tomado la determinación de no presionar más a Neil respecto a su decisión de no continuar con su preparación al clero y así darle espacio para sanar sus heridas emocionales.  El enlace matrimonial de Annie y Archie en la colina de Pony, así como el permiso especial que le había sido otorgado en el seminario para recobrar su tranquilidad y analizar mejor las cosas, serían una gran distracción para su alma afligida, algo por lo cual el joven Leagan estaba agradecido.

 

Avistó a sus padres, quienes entablaban conversación con la señora Townsend.  Luego de haber salido a la luz el contenido de la carta que esta última enviara a Neil, Archie hizo a un lado su disgusto inicial para con la viuda, y como prueba de ello, él y Annie la invitaron a la boda en agradecimiento por lo que hizo por Neil, y también para evitar falsos comentarios que sobre el festejo pudiera hacer ella posteriormente.  Después de todo, nadie podría jamás amarrar la lengua suelta de Abigail Townsend.

 

“¿Aburrido, padre?” Tomando asiento, Terry Grandchester había interrumpido sus pensamientos.  “¿O está contemplando a los dos tortolitos?”

 

“Si te refieres a mis padres, nunca antes los había visto tan unidos y felices”, contestó Neil.  “No recuerdo alguna vez que se hayan tomado de las manos en público, y me agrada verlos tan risueños, como si fueran novios y no esposos.”

 

“Supongo que eso también se lo deben a ti… has logrado reunir a toda tu familia, Neil Leagan.”

 

“Más bien diría que fue Dios quien entró en sus corazones”.  De repente pensó que el joven inglés también se encontraba en un período de descanso.  “No es que quiera echarte de Lakewood pero, ¿cuándo regresas a Nueva York?”

 

“Mañana en la tarde, poco después que Patty tome el tren de regreso a  Florida.”

 

“¿Has hablado con Candy?”

 

Terry rememoró el cálido abrazo que disfrutó junto a Candy luego que él hubiera confesado a ella y a Neil la verdad sobre Susana.  “No en realidad”, respondió, pensando en todos los intentos fallidos de hablar con su pecosita y decirle sin más excusas que la amaba, que deseaba pasar el resto de su vida con ella… pero por una u otra razón ella parecía escurrírsele siempre de su lado, como si de alguna manera estuviera huyendo de su presencia; y salvo en los momentos en que Terry departía con la señorita Pony, la hermana María y Patty en sus visitas al hogar, él y Candy apenas habían tenido la oportunidad de hablar… sobre ellos.  Cambió de tema diciendo:  “Es una lástima que la señora Marlowe no nos permitiera asistir al funeral de Susana.”

 

“Debemos comprenderla, Terry… está sufriendo por la muerte de su hija, pero Dios le dará fortaleza para sobreponerse a la pérdida.  A propósito…”  Neil se incorporó en su asiento.  “¿Sabías que Susana estaba escribiendo una obra basada en mí?”

 

“¿En serio?”  Terry abrió los ojos en completo asombro.  “¡Vaya que la chica estaba enamorada de ti!”

 

“Por desgracia nunca se animó a terminarla.  Hace unos días encontraron el libro donde ella escribía tirado en la habitación del hospital… el doctor Lenard intentó hacerle llegar dicho libro a la señora Marlowe pero nadie pudo conseguirla y-“

 

“Y decidiste quedarte con el libro tú mismo.”  Terry completó el pensamiento de su amigo.

 

Neil asintió con la cabeza.  “Deberías leer su obra, Terry; en verdad es todo un arte.”

 

“Dijiste que nunca la terminó, ni tampoco lo hará por las razones que ya sabemos”, suspiró el joven de oscura melena.  “Susana no pudo completar su obra, Neil, pero tú sí puedes concluir la tuya.”

 

“¿De qué estás hablando?”

 

“Descuida, no voy a insistir sobre lo mismo… sólo quiero contarte una experiencia que tuve con Candy mientras disfrutábamos aquel verano en Escocia.”

 

“¿De qué se trata?”

 

Terry suspiró con nostalgia.  “Candy aún no superaba su fobia a los caballos luego de la muerte de Anthony… entonces la subí a la fuerza a mi caballo, y cabalgué lo más rápido que pude… tanto, que yo mismo tuve miedo de perder el control de las riendas.”

 

“¿Y qué pasó?”

 

“Candy estaba aterrorizada, pensando en Anthony y su trágica muerte… hasta que ocurrió lo inimaginable, y simplemente dejó de tener miedo, y levantó su mirada al cielo, a los árboles, a las flores… ella había vencido sus miedos, como siempre lo suele hacer, y yo mientras tanto le decía que Anthony estaba muerto, pero que ella y yo seguíamos vivos… y que como tal debíamos seguir adelante.  Tú deberías hacer lo mismo, Neil”, concluyó.

 

Neil abrió la boca para insultarlo y decirle que no se metiera en sus cosas, pero en eso Tom se aproximó a ellos.  “Hola, Neil… hola, Terry”, los saludó.  Tom y Terry se habían conocido días antes en el hogar de Pony, y Terry pensó que Tom era uno de los hombres más tenaces y luchadores que había conocido.  Tom, por su parte, había adquirido confianza rápidamente con el duque de alma sencilla y humilde personalidad.

 

“Hola, Tom”, dijeron Terry y Neil al mismo tiempo, y este último preguntó:  “¿No sabes si  ya está por comenzar la boda?”

 

“De eso venía a hablarles”, respondió Tom. “Allá vienen la novia y su séquito nupcial.”

 

Todos los invitados se pusieron de pie y dirigieron la vista hacia un altar de rosas que los niños del hogar de Pony habían improvisado sobre la colina.  Allí, un nervioso Archie Cornwell se pasaba la mano por su repelado cabello, mientras que el padrino, William Albert Andley, intentaba calmarlo.  Se escucharon los acordes de la marcha nupcial, y cuando Albert buscó a Patty con la mirada, la encontró entonando la misma en un violín.  ‘Aquí está la que decía que no sabía tocar ningún instrumento’, pensó sonriendo, y contempló con orgullo a su compañera de aventuras en Africa, y quien estaba poniendo todo su sentimiento en su interpretación.

 

Como parte de la corte nupcial, Candy White fue la primera en hacer su aparición.  La chica llevaba puesto un modesto pero delicado vestido rosado, y un tocado de rosas blancas complementaba su cabello completamente suelto.  Al verla, Terry aguantó la respiración… ¡estaba más hermosa que nunca!  Los latidos de su corazón se aceleraron al ver cómo Candy, contrario a lo que se esperaba de ella en la sobriedad del momento, sonreía con coquetería a todos a su alrededor, hasta que las esmeraldas de sus ojos encontraron los zafiros de las pupilas de él, … y tal y como hiciera el propio Terry en aquella misa inicial en el colegio San Pablo, se detuvo en seco, esta vez guiñando un ojo en dirección a él, derritiéndolo en el acto.  Terry tragó saliva, y trató de concentrarse en Eliza, quien ataviada con un vestido rosado igual que Candy, caminaba a paso apresurado hacia el altar, con la vista fija en el suelo, evitando a toda costa ver a Tom, pues sabía que éste se encontraría allí.  Luego de varias semanas sin verlo, sus esperanzas de hablar con él y mostrarle sus sentimientos eran más remotas, así que decidió cerrar al fin la puerta de su corazón y continuar el rumbo de su vida tal y como lo había hecho antes, como si nunca lo hubiera conocido.

 

Todos enmudecieron al ver a Annie Britter marchar rumbo al altar… y al sonriente Archie.  El señor y la señora Britter lloraron abiertamente de emoción ante la realización de su única hija como futura esposa; y Russell y Dorothy, a quienes Annie y Archie habían mandado a llamar, no como sirvientes, sino como invitados, aplaudían de alegría mientras que un discreto George sonreía a lo lejos.  El fiel ayudante de Albert estaba completamente ajeno al escrutinio que sobre él estaba haciendo la señora Townsend… ‘¡Qué hombre tan guapo!’, exclamó Abigail en su interior, ‘¿Será casado?’  Retiró la vista del leal empleado para concentrarse en los supuestos “gemelos” que había visto por vez primera en el hotel, quienes no eran otros que Russell y Terry… ahora le quedaba claro que el primero no había hecho sino usar un disfraz en el transcurso de las últimas semanas, y que por tal razón ella lo relacionara como pariente de Terry a partir de la llegada de este último a Illinois.

 

La ceremonia fue breve, pero lo suficientemente emotiva para que la señorita Pony y la hermana María lloraran a mares al ver a sus tres hijas, Candy, Annie, y más recientemente Patty, asumir sus respectivos roles como las excepcionales mujeres en las que se habían convertido.  Y en el preciso instante en que Archie levantó el velo de Annie para coronarla con un beso en la frente y con ello sellar el pacto de amor entre ambos, Candy giró sobre su hombro, y encontró la mirada de Terry fija sobre la de ella, y su corazón dio un vuelco.  ‘Estamos tan unidos en mente y corazón, que incluso nuestros pensamientos se convierten en uno solo’, pensó.

 

“¿En qué piensas, Terry?”, preguntó Neil a medida que los recién casados y su séquito abandonaban el altar.  “Te has vuelto tan serio de repente…”

 

Como queriendo disipar sus pensamientos, Terry movió la cabeza de un lado a otro.  “No es nada en especial; pensaba en algo tan absurdo como que Candy y yo estábamos tan unidos en mente y corazón, que hasta nuestros pensamientos se convertían en uno solo.”  Ambos jóvenes, junto a Tom, salieron al encuentro de los desposados, felicitando a la feliz pareja, al igual que la tía Elroy, quien aunque lloraba copiosamente porque su adorado Archiwald abandonaba el nido, ya se había resignado a la integración de Annie a la familia.  Como si fuera poco, el huérfano John se había instalado en la mansión Andley unos días antes, y ya nada podía hacer al respecto excepto acostumbrarse a la presencia del niño y procurar su bienestar, por lo que no le quedaba otro remedio que aceptar las cosas tal y como Albert las decidiera.

 

Los niños del hogar de Pony habían preparado unas mesas cerca del altar en las cuales los invitados podrían almorzar y compartir en armonía, lo cual hicieron.  Los Leagan conversaban entre sí cuando Terry llamó a Neil aparte.  “Mira lo que traje para ti…”, dijo, mostrando dos botellas de vino que llevaba consigo.  “¡Esto es para que te alivianes un poco!”

 

“Terry, una cosa es que ya no quiera ser sacerdote, y otra muy diferente es que me convierta en un rebelde sin causa”, aclaró Neil con indignación.

 

“Por una vez que tomes no te vas a morir.  Anda, yo tampoco puedo darme el lujo de pasarme de tragos, así que te prometo vigilar porque ambos bebamos con moderación, pero antes… ¡Albert!”  Hizo un gesto con la mano al joven Andley, quien rápido acudió a ellos.  “Albert, ¿se te antoja un trago?  ¡Quiero celebrar antes que regrese a Nueva York!”

 

“De acuerdo, Terry, pero sólo un par de copas; no quiero arruinarle la fiesta a Annie y a Archie.  Además, ambos sabemos que tú no puedes excederte”, sonrió, antes que él y Neil comenzaran a servirse de una de las dos botellas. “Yo tomaré con más precaución”, reiteró Terry, sosteniendo la botella restante.

 

“¿Qué tanto hacen esos tres?”, preguntó Eliza con curiosidad, a lo que el señor Leagan contestó:  “Ni idea… tampoco sé qué se ha hecho de Tom.”

 

“¿Por qué te interesa tanto Tom, papá… acaso no te ha sacado bastante dinero ya?”

 

“¿De qué estás hablando, Eliza?”, preguntó su madre.

 

“¡Mamá, por favor!  No tengo que recordarles que Tom estuvo recibiendo fuertes sumas de dinero por parte de papá para hacerse cargo de mí las pasadas semanas; de lo contrario, no lo hubiera hecho.”

 

“¡Te juro que no sé de lo que me estás hablando!”, exclamó el señor Leagan en aparente confusión.  “¿Que yo le estoy pagando a Tom, tú dices?”  Se llevó las manos a las sienes.  “¿De dónde sacaste semejante tontería?”

 

“Papá, no finjas frente a mamá… Tom mismo me dijo una vez que le estabas pagando  con tal que se encargara de mí y-“  Se detuvo en seco.  Al ver los preocupados rostros de sus padres, el velo que mantenía a ciegas el corazón de Eliza se había desprendido en cuestión de segundos.  “Papá”, dijo con voz temblorosa, “tú sí le estabas pagando a Tom porque me cuidara, ¿verdad?”

 

La señora Leagan tomó las manos de su hija entre las suyas.  “No sé qué tan grosera fuiste con Tom esa primera vez para que te haya dicho semejante mentira; pero conozco a tu padre lo suficiente como para asegurarte que él sería incapaz de ofrecer dinero a alguien que no desea recibirlo.”

 

“¿Cómo dicen… que Tom no quiso tu dinero, papá?”, repitió Eliza estupefacta.

 

“Intenté pagarle en gratitud por tomarse la molestia, pero se negó rotundamente”, confesó su padre.  “Además, creo que Tom tiene suficientes ganancias en su granja como para… ¿Eliza, dónde vas?  ¡Eliza!”

 

“Déjala, amor mío… va en busca del hombre que ama”, dijo Sarah con un suspiro.

 

Su esposo la miró con incredulidad.  “¿Entonces estás de acuerdo con que estén juntos?”  Al ver que ella le sonreía con dulzura exclamó:  “¡Bendita seas, mi amor!  Hemos pasado muchas pruebas juntos, y ciertamente éste ha sido el mejor regalo que me has dado… ¡aceptarnos a todos tal y como somos!”  Y dicho esto, tomó de la mano a su esposa y ambos salieron a bailar.

 

 

Tom había llevado uno de sus mejores caballos al hogar de Pony, y luego de haber regresado de la colina, se disponía a preparar el mismo cuando escuchó unos gritos. “¡Es Eliza!”, exclamó, y corrió al encuentro de la chica para cerciorarse que no estuviera en peligro.  Al verla, suspiró con alivio, mas no tuvo mucho tiempo para hacerlo pues Eliza le atravesó el rostro con una cachetada.  “¡Estúpido! Te he buscado por todos lados, y tú estás aquí, de lo más tranquilo en el hogar de Pony, preparando un lindo caballo para marcharte…”

 

“Este caballo es para ti, Eliza”, informó Tom.  “Quería dártelo como obsequio luego que todos se marcharan.”

 

Eliza se cruzó de brazos.  “¿Y por qué habrías de hacer eso… es ésta otra más de tus mentiras?”

 

Tom se quedó helado, y se acercó a ella con lentitud.  “Entonces ya lo sabes…”

 

“¿Por qué me mentiste… por qué me hiciste creer que estabas interesado en el dinero de mi familia?”

 

“Si te hubiera dicho la verdad, ¿me habrías creído?”, ripostó él.  “Intenté decirte la verdad varias veces, pero nunca se presentaba la oportunidad.  Además, ¿por qué habría de interesarme el dinero de ustedes si Dios me dio la bendición de un padre que me educó y me preparó para convertirme en un hombre productivo sin que me faltara nada?”  Caminó hacia el caballo.  “Lo cierto es que te he extrañado mucho estos días, y ya mi casa estaba muy silenciosa sin tus berrinches.  Entonces llegó al rancho este caballo indomable al principio, pero de mucha fuerza interior, y me recordó mucho a ti… es tuyo si aún lo quieres.”  Haciendo acopio de todo su valor, Tom levantó la vista para observar a Eliza, quien no salía de su asombro, y preguntó:  “¿No vas a acusarme otra vez de compararte con un caballo?”  Al ver que ella seguía sin comprender, extrajo una cuerda de uno de sus bolsillos, y como todo un experto hizo un lazo con el mismo, alzando el mismo y dándole vueltas en el aire.

 

“¿Qué piensas hacer con eso, Tom?”, preguntó Eliza; pero no necesitó escuchar respuesta alguna, pues antes que pudiera reaccionar a tiempo, Tom la había enlazado diestramente por la cintura, y ella vio con horror cómo él iba tirando de la cuerda poco a poco acercándola más a él.  Ella se dejó arrastar sin ofrecer resistencia, y cuando quedaron a escasos centímetros uno frente al otro, ella preguntó: “¿Qué te pasa, Tom… te has vuelto loco o qué?”

 

Esta vez Tom haló de la cuerda con tal fuerza que ella aterrizó sobre su pecho, y con sus brazos la asió por la cintura.  “Claro que estoy loco, Eliza… loco por ti, por tus pataletas, por lo impetuosa y fuerte que eres, por tu disposición de cambiar y esforzarte en ser mejor persona y ayudar a los demás, incluyendo a Candy…”  Iba a tomar la barbilla de la joven entre sus dedos, pero ella lo esquivó, y él agregó:  “No sabes cómo yo deseaba cabalgar hasta tu casa y darte mi apoyo ante lo ocurrido con Neil, pero tenía miedo que tú o algún miembro de tu familia me rechazaran.”

 

“Mis padres han cambiado mucho, Tom, y creo que ahora les agradarías.”

 

“Eliza…” Esta vez Tom sujetó con firmeza su barbilla.  “No eres perfecta, pero me gustas tal como eres… y no quiero que cambies.”

 

“¡Oh, Tom!”  Eliza se aferró a su cuello.  “Te he extrañado tanto… ¡No sabes cómo he luchado contra este sentimiento, pero es más fuerte que mi razón y mi soberbia!”

 

“No puedo prometerte lujos ni comodidades”, dijo él, sin que sus manos abandonaran la cintura de la muchacha.  “Lo  que sí te prometo es que a mi lado no tendrás que pasar necesidades, pero si de algo estoy seguro es que no te faltará amor… mi amor.”  Inclinó la cabeza para besarla, pero ella alzó el mentón en abierto desafío y declaró:  “Este será mi primer beso, Tom, ¡y como tal seré yo quien te lo dé!”  Antes que Tom pudiera protestar, ella lo agarró por el cuello,  aproximando su rostro al de ella; y cuando Tom sintió el contacto de esos ardientes labios, supo que todas esas semanas de tensión y lucha interna consigo mismo habían llegado a su fin.  Se apartó y preguntó sumamente preocupado:  “¿Estarías dispuesta a compartir conmigo una vida en el rancho?”

 

Eliza vio la angustia reflejada en los ojos de su amado, y con el dedo pulgar retiró una gota de sudor que bajaba por la frente de él.  “Creo que puedo tolerar andar entre caballos y ganados… ¡pero no me hagas hornearte otro pastel!”

 

El lanzó una sonora carcajada, y la levantó en el aire una y otra vez.  “No me interesa quién de los dos cocine, ¡lo que más me importa eres tú!”  Y esta vez fue él quien tomó posesión de sus labios, y ella lo recibió con todo el amor que le tenía reservado.

 

 

 

 

Candy se despedía de Annie y Archie, quienes irían a México de luna de miel, cuando escuchó unas fuertes y estridentes risotadas;  y al buscar el lugar de donde provenían las escandalosas carcajadas, avistó a Neil, Terry y Albert desternillándose de la risa… y dos botellas de vino casi vacías sobre la mesa donde se encontraban.  Al aproximarse a ellos, Neil la saludó como si la estuviera viendo por vez primera en todo el día. “¡Candy, qué alegría verte!  Estos chicos sí que saben alegrar el ambiente, ¡me duele el estómago de tanto reír!”

 

Ella contuvo los deseos de sonreír ante el júbilo de su amigo, el cual no mostraba desde el infortunado accidente de Susana.  “¡Si no paras de tomar,  lo próximo en dolerte será la cabeza!  ¿Dónde están los señores Leagan?”

 

“A estas alturas deben estar celebrando su segunda luna de miel, ¿verdad, Terry?”, rió Albert.

 

Candy miró a Terry con enfado.  “Supongo que fuiste tú quien instó a Neil y a Albert a emborracharse.”

 

Terry mostró una sonrisa arrebatadora. “¿Por qué mejor no dejamos que Neil sea feliz por un par de horas y nos dedicamos a bailar?”

 

“¡Tienes toda la razón, viejo amigo!”, exclamó Albert, quien levantándose de la silla extendió su mano a Candy.  “Te invito a bailar, pequeña.”

 

Candy se rascó la cabeza sonriendo.  “Muchas gracias, Albert, pero… ¿por qué mejor no bailas con Patty?”

 

“No es conmigo con quien desea bailar, sino contigo”, dijo una voz a sus espaldas.  Al darse la vuelta, Patty O’Brien intentaba en vano ocultar las lágrimas en sus ojos.  “Ustedes tienen demasiadas cosas en común.  ¿Por qué habría de incomodarte un simple baile?”  Dio la espalda a todos y salió corriendo del lugar.

 

La mente de Albert se aclaró en un instante, y Candy vio cómo regresaba la lucidez a aquellos ojos del color del cielo.  “Candy”, murmuró, “¿te importaría si hablo con Patty un momento?”

 

“No tienes que pedir permiso, Albert”, rió Candy.  “Anda, ¡ corre tras ella y declárale tu amor de una vez!”

 

Albert la miró atónito ante el hecho de que ella había descubierto sus sentimientos por Patty, y corrió en busca de la diminuta muchacha.  Entonces Candy buscó a Neil con la mirada.  “¿Y ahora dónde se ha metido?”

 

“Seguro debe estar vomitando hasta las vísceras; hace mucho que él no toma de esa manera”, supuso Terry, quien sorpresivamente la tomó de la cintura, y acto seguido tomó una delicada mano de la chica entre la suya, e inició un lento e improvisado baile.  Ella bajó la vista, esquivando la inquisitiva mirada de él.  “No debiste haber tomado, Terry…”

 

El acercó sus labios a uno de los delicados oídos, de manera que sólo ella podía escucharlo.  “Me conoces muy bien, pecosa… ¿crees que huelo a alcohol en este momento?”

 

Ella sufrió un vértigo al sentir el cercano y estremecedor aliento del joven; y cuando al fin reunió el valor para levantar la vista, él continuaba con la mirada fija en ella, y dijo con voz casi inaudible:  “Nunca antes habíamos bailado tan pegados, Terry.”

 

“No veo que estés haciendo esfuerzo alguno en soltarte… pero no has contestado a mi pregunta.”

 

“Pues a decir verdad, no hueles para nada a alcohol, y borracho te comportas igual que como si no lo estuvieras.”

 

“¿No será acaso porque no he ingerido alcohol después de todo?”  Sin despegarse de ella un solo momento, Terry alargó su brazo hasta tomar la botella de alcohol que descansaba sobre la mesa, y que con tanto celo mantuvo lejos de las manos de Albert y Neil.  “Quiero que bebas un sorbo, Candy.”

 

Ella obedeció, y al beber de la botella, aguardó unos segundos a que su garganta asimilara el fuerte sabor del vino, lo cual nunca ocurrió.  “Esto sólo me sabe a agua”, comentó.  Fue entonces cuando miró a Terry con mayor atención, y advirtió la acostumbrada mueca de ironía en su rostro.  “¡Esto no es alcohol!  ¿Cómo explicas entonces que Neil y Albert sí estén pasados de tragos?”

 

“Eran dos botellas, Candy, no una… la otra sí estaba bautizada con licor”, indicó él, mostrando orgullo ante la hazaña realizada.  “No puedo darme el lujo de hundirme en el abismo del alcohol nuevamente, pero quería animar a Neil un poco, así como a Albert… para que al fin confiese a Patty lo que siente por ella.”

 

“¡Terry!”

 

“No me mires así, tú sabes bien a lo que me refiero”, sonrió.  “Por cierto, ¡uno se entera de cada cosa cuando la gente se emborracha!  Por ejemplo, a Neil se le soltó tanto la lengua que no dudó un instante en confesarme que una vez había estado enamorado de ti, y no bien había terminado de decirme, cuando Albert se unió al festival de revelaciones y me dijo que él también había llegado a sentir lo mismo.”

 

“Eres un irresponsable, tomando ventaja del mal estado en que ambos se encuentran.”

 

“Me parece que los pensamientos de Albert ya se aclararon un poco ahora que salió en busca de Patty”, dijo él.  “Pero no hablemos de ellos, sino de nosotros; claro está, una vez se termine este baile.”

 

 

 

Albert escuchó unos fuertes sollozos provenientes de un árbol.  “¿Patty?”  Detrás del tronco, ella lloraba sin consuelo, y saltó al escuchar su voz.  “¿Qué haces aquí, Albert… no se supone que estés bailando con Candy?”

 

“Iba a hacerlo, pero contestando a tu pregunta, con quien debería estar bailando es contigo.”  Extendió los brazos para abrazarla, pero ella se apartó.  “¿Por qué estás llorando, chiquilla?”

 

Ella levantó el rostro, endureciendo el mentón.  “No debería importarte lo que me suceda; ahí tienes a Candy, que es por quien debes preocuparte…”

 

Albert sintió cómo el corazón parecía salírsele del pecho.  ¿Acaso su imaginación lo traicionaba, o le parecía escuchar un tono de reproche en las palabras de Patty?  “Claro que me preocupo por Candy, y siempre lo haré, pues soy su padre adoptivo, pero denoto cierto reclamo en tu voz, Patty…”

 

“¡Déjame sola, no necesito tu ayuda!”  Le dio la espalda y continuó llorando en silencio; y ya cuando pensó que él se había retirado, y que una vez más estaba sola entre los árboles dijo:  “Y yo que pensé que algún día… ¡Oh, Stear! Si difícil ha sido aceptar tu ausencia, ¡más grande ha sido mi dolor al amar de nuevo!  Dios mío, ¿por qué de nuevo… por qué Albert?”

 

“¿Entonces tú también me amas, Patricia?”

 

Ella se asustó tanto al escucharlo que dio un brinco de sorpresa.  “¡Albert!  ¿Aún seguías aquí?”

 

“Así es, y no sabes cómo me alegro”, respondió él, acortando la distancia entre ambos.  “¡Qué alivio siento al escucharte, Patty!  Todas estas noches me he acostado a dormir con la inquietud de no saber si sentías lo mismo por mí o si todavía mantenías a Stear vivo en tu corazón.  Ahora veo que tú también sufres por mi causa, y ya no quiero ocasionarte más tristezas.  Patricia, me he enamorado locamente de ti…”

 

“¡Albert!”

 

“Estaba por decírtelo hace mucho tiempo, pero en eso surgió la adopción de John, y no quería imponerte la responsabilidad de un niño… a ti, que eres tan joven… y decidí callar lo que sentía, pero ya no puedo esconderme de ti ni de mi propio corazón.  Patty, ¿aceptas que mi hijo y yo formemos parte de tu vida?”

 

Patty vio cómo Albert volvía a extender sus brazos, y sus dudas finalmente se disiparon.  Corrió a los brazos de aquel hombre en quien había confiado nuevamente su corazón, esta vez para siempre.  “¡Oh, Albert…  claro que los acepto a ambos!  Desde mi llegada al hogar de Pony sentí de inmediato un cariño especial hacia John;  además, tú sabes que a mí me encanta enseñar a los niños.”

 

“Patty querida”, dijo él con emoción.  “Permíteme acompañarte a Florida mañana.  ¡Quiero hablar con tu familia y hablarle de mis intenciones contigo!”

 

“Contigo voy hasta el fin del mundo, Albert, y estaría dispuesta a vivir en Lakewood”, indicó ella, cerrando sus ojos, y ofreciendo sus labios en espera de un beso, a lo cual él iba a complacerla gustoso, pero se detuvo. “¿Stear llegó a besarte alguna vez?”

 

Ella sonrió.  “Stear me quería mucho, y también quería mucho sus inventos.  En su ingenuidad, dedicaba tanta pasión y empeño a sus proyectos que olvidó ser un poquito más expresivo, aunque no lo culpo.  Nunca nadie me ha besado, Albert.”

 

El sonrió también, y esta vez no se detuvo, y con sus labios buscó los de Patricia, fundiéndose ambos en un solo beso… y ambos supieron que habían encontrado su propio lugar.

 

 

Candy y Terry estaban al pie del padre árbol, y ella temía lo peor: que ésta fuera la despedida de ambos, y no se equivocó, pues en cuanto quedaron solos Terry dijo:  “A partir de hoy no volverás a verme, Candy… mañana regreso a Nueva York.”

 

Al principio ella no emitió comentario alguno hasta que dijo:  “Entonces te deseo lo mejor, Terry; y una vez más, gracias por haber ayudado a Neil.”

 

“¿Eso es todo, pecosa? ‘Gracias por haber ayudado a Neil’…  ¿Qué hay de las cosas que quedaron sin decir entre nosotros desde aquella noche que partiste de Broadway, y de todo lo ocurrido a partir de entonces?”

 

“¿No comprendes?  Sin importar los motivos de Susana, ¡ella siempre será una sombra para nosotros!  Entiéndelo, ¡tú y yo nunca podremos estar juntos!  ¡Siempre habrá un obstáculo que impida que lo estemos,  y ya no quiero seguir intentándolo!”

 

Terry apretó los labios en un desesperado intento por aplacar las lágrimas que amenazaban con traicionar su aplomo.  “Me decepcionas, pecosa… ¡estás huyendo y lo sabes!  Ya no hay nada que pueda interferir para que tú y yo estemos juntos, ¡pero huyes de tus sentimientos porque tienes miedo a los cambios!”

 

“¿Qué cambios?”, preguntó Candy.

 

“En su borrachera, Neil me contó que te fue ofrecido un trabajo como enfermera en Nueva York, y piensa que no lo has aceptado por miedo a que te encontraras conmigo.”

 

“No sería la primera vez que abandono el hogar de Pony…”

 

“Pero sí sería la primera vez  en hacerlo de forma definitiva para estar junto al hombre que amas.  Candy, hace unas horas hablé con Neil sobre aquella tarde en que yo te había montado a la fuerza a un caballo y superaste el horror de la muerte de Anthony… Pues ahora te digo tal y como lo hice aquella vez:  Susana está muerta, pero nosotros estamos vivos.  Vivamos juntos nuestro sueño, Candy… ven conmigo a Nueva York.”

 

“¡No hagas las cosas más difíciles, por favor!”, gritó ella llorando.  “¿Olvidas que tu padre no desea que estés con alguien como yo?”

 

“¿Quién ha dicho eso?  En su visita a Broadway, él me contó sobre una conversación que tú y él sostuvieron en Londres poco después de yo haber abandonado el colegio, y en la cual le habías implorado que no dejaba de enviar los donativos a la hermana Gray, y que no intentara detenerme en la búsqueda de mi propio camino…”

 

Candy abrió la boca en completo asombro ante la revelación que el duque de Grandchester hiciera a su hijo en su viaje a Nueva York.  “No sabía que tu padre te había contado eso.”

 

“A partir de entonces”, continuó él, “mostró una profunda y sincera admiración por ti, y luego tú regresaste a América.  Mi padre no te desprecia, Candy, al contrario… le agradas.”

 

“De cualquier manera”, ella se cruzó de brazos en un gesto protector, “si me hubieras llevado a Broadway contigo, no habría querido casarme de inmediato; primero habría adquirido más experiencia en mi trabajo, y luego de unos años de crecimiento en el empleo finalmente hubiera contraído matrimonio… pero eso nunca habrá de pasar.”

 

“¡Será como quieras entonces!”, exclamó Terry visiblemente disgustado ante la impotencia de no haber logrado convencer a Candy de marcharse con él.  “Pero al menos prométeme que no renunciarás a tus aspiraciones en la enfermería.”

 

“Trataré de cumplir esa promesa… en Illinois”, dijo ella con parquedad.

 

Terry la observó largo y tendido, incapaz de creer que una vez más estaba perdiendo al gran amor de su vida.  “Adiós, Candy”, susurró, y se dio la vuelta de regreso al festejo, mientras que Candy lo observaba en medio del espeso llanto que nublaba sus pupilas.  “Adiós, Terry.”

 

No recordaba cuánto tiempo había estado allí, llorando sin parar, hasta que tomó una determinación.  Días antes, Patty le había comentado que en Florida había una casa de niños huérfanos muy parecida al hogar de Pony, con mayor número de niños y apenas dos monjas atendiéndolos, y Patty consideraba ofrecer su ayuda una vez estuviera de regreso allá pero… ¿qué tal si era ella, y no Patty, quien proveyera sus servicios voluntarios como enfermera?  Ya lo había decidido: hablaría con Patty, y al día siguiente,  y luego de despedirse de todos en el hogar así como de las familias Andley y Leagan, tomaría junto a su amiga el tren camino a Florida.

 

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2 comments

  1. esta historia me encanta y aunque me duela un poco admitirlo hasta me hiso llorara gracias eres muy buena escritora

  2. gracias a ti por tus palabras, jennifer! de verdad me emociona saber que te gustó

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