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El padre Leagan-Capítulo 16

 PARTE XVI:  Dos confesiones

 

 

A instancias de la tía Elroy luego que ésta hubiera despertado, Archie y Annie se dispusieron a llevarla de regreso a la mansión Andley, llevando consigo a Patty y a Terry para que de una vez conocieran el lugar.  Candy, por su parte, dejó a Eliza descansando en su habitación y regresó al lado de Neil, mientras George acompañaba a Albert y a John al hogar de Pony.

 

La tía Elroy intercambió unas breves palabras con Terry y Patty, y luego de haber escuchado la versión de Annie y Archie sobre el malentendido ocasionado por la señora Townsend, ordenó a la pareja dar un paseo a sus inesperados invitados por los alrededores. Sin importar el ambiente de opulencia en el que había crecido, Terry abrió la boca con maravilla al descubrir los inmensos y bien cuidados jardines, así como la monumental residencia, la cual no tenía nada que envidiarle a las exclusivas mansiones londinenses.  Al hacer un comentario a Archie al respecto, éste dijo:  “Deberías ver la casa de Chicago… es mucho más impactante.”

 

“Tengo entendido que Candy vivió aquí un tiempo, ¿no es así?”

 

“Sí, Terry… y antes de eso vivió en la mansión Leagan”.  Evitó añadir ‘en el establo’.  “No fue por mucho tiempo; pero Stear, Anthony y yo hicimos todo lo posible porque fuera feliz aquí.”

 

“Debió haber sido una época muy linda para todos ustedes”, sostuvo Patty en voz baja, y  pensó en Albert… ‘Esta también es su casa’, pensó.  Y por razones que no podía explicar, le pareció que la grandeza del lugar no encajaba con la personalidad bohemia y desinteresada del atractivo misionero, con excepción de los jardines, donde imaginó al rubio joven jugando con Pupée y otros animales, o trepando árboles junto a Candy… y por vez primera, sintió un nudo en el estómago al pensar en la estrecha relación que siempre habían sostenido éstos, Albert y Candy.  ‘Son demasiado unidos… ¿pero por qué habría eso de importarme?’

 

Archie se detuvo frente a un colorido portal, cuyos rosales estaban en todo su esplendor.  “Estas son las rosas que cuidaba Anthony”, señaló, mostrando un poco de cautela ante una posible reacción de celos por parte de Terry.  Pero el joven inglés sólo se inclinó para oler una rosa blanca.  “Me agrada el aroma”, dijo Terry.  “Anthony está muerto, pero supongo que cuidó muy bien de ellas para que hayan perdurado…”

 

“Esa rosa que estás tomando entre tus manos es la Dulce Candy”, mencionó Archie.  “Así la llamó Anthony en honor a nuestra querida amiga.”

 

“No se puede negar que de todas las rosas es la que más me recuerda a la pecosa”, sonrió Terry; y al ver los rostros inmóviles de sus amigos aclaró:  “No se equivoquen: el Terry que ustedes conocieron en el colegio San Pablo habría estado muy celoso de Anthony, pero si Candy se enamoró de él, es porque debió haber sido excelente joven… y ahora que me encuentro en el rosal que cultivaba, y que puedo apreciar el cuidado que daba a las mismas, me siento más que agradecido de él por haber cuidado a Candy con la misma ternura y amor.”  No pudo continuar, pues sintió un súbito temblor en su voz; y antes que las lágrimas lo traicionaran, se dio la vuelta de regreso a la entrada de la propiedad.  “No puedo dejar a Candy sola mucho tiempo, ¡ella también necesita descansar!”

 

“Con gusto te llevaremos de vuelta, Terry, y luego llevaré a Annie a su casa.  Por cierto… creo que le caíste muy bien a la tía abuela”, rió Archie.

 

“¿A esa señora que es más dura que un tronco? ¡Ja!”  Y en medio de risas y sentimientos encontrados, todos marcharon en dirección al auto.

 

 

 

Con toda la familia Leagan reposando, Candy sintió un gran peso sobre sus hombros… el de llevar las riendas del hogar.  Luego de haber salido de la recámara de Neil, había enviado a los recién llegados Dorothy y Russell a la cocina a comer algo para que ambos pudieran reponer sus energías y continuaran con sus respectivas labores; y al recibir el impacto del silencio que reinaba en toda la casa, Candy salió a la entrada principal a tomar un poco de aire fresco.  “Al menos la tía abuela ya se encuentra mejor”, dijo en voz alta para así romper el mutismo del lugar.

 

Al tener la vista fija en los árboles, Candy no había reparado en una carta que yacía en el suelo, hasta que una ráfaga de viento hizo que volara a los pies de la enfermera.  Candy tomó el sobre, el cual tenía marcas de múltiples pisadas.  ‘Debió llevar mucho tiempo allí en el suelo’, concluyó.  El sobre decía:  PARA EL PADRE LEAGAN, ¡FAVOR DE LEER DE INMEDIATO!, ante lo cual Candy corrió rumbo a la habitación de su deprimido amigo.  “¡Neil!  ¿Estás dormido?”

 

El se volteó en dirección a Candy.  “¡Estoy muy despierto! Ya el efecto de los calmantes se ha ido, y para serte sincero hubiera preferido quedarme dormido; ¡así no tengo nada que recordar!”

 

Candy le hizo entrega de la carta.  “Encontré esto tirado en la entrada; por lo maltratada que está, supongo que la depositaron por debajo de la puerta y todos la fueron pisando sin darse cuenta.”

 

“¿Una carta… para mí?”  Neil se dispuso a abrir la correspondencia, cuando la puerta se abrió estruendosamente, y la madre de Susana Marlowe irrumpió en la habitación, con una apenada Dorothy quien siguiéndole los pasos dijo:  “Señor Neil, señorita Candy… ¡les juro que en cuanto escuché a esta señora entrar hice todo lo posible porque no subiera!”

 

La señora Marlowe observó a Candy, reconociéndola de inmediato; y sin previo aviso, le propinó una fuerte cachetada.  “¡Desvergonzada!”, gritó la mujer.  “¡Vine de Nueva York a visitar a Susana, para encontrarme con que estaba muerta! ¡Por causa tuya es que mi hija ha sufrido grandes penurias!”

 

“Iré por Russell, señorita Candy”, dijo Dorothy, saliendo de la habitación.

 

“¿Quién es usted, cómo llegó hasta aquí, y con qué derecho le pega así a Candy?”, preguntó un furioso Neil.

 

“Tú”, la señora Marlowe apuntó a Neil con el dedo índice, “Tú debes ser el padre Leagan, ¿no es así?”  Corrió hacia la cama, dándole una bofetada, provocando que nueva sangre brotara de la nariz del chico.  “¡Por tu culpa mi Susana está muerta!  Tú la mataste… ¡tú la mataste!”  Y justo cuando ella levantó la mano para golpearlo una vez más, Russell entró al cuarto y sin contemplación alguna la sujetó por las muñecas.  “Cálmese, señora, ¡o me olvidaré que es usted una dama y la sacaré a patadas de aquí!”

 

“¿Cómo supo usted dónde vivía Neil, señora Marlowe?”, preguntó Candy frotándose su adolorido rostro.

 

“En el hospital me dieron la dirección de los Leagan, ¡pero eso no importa ahora!  Lo que importa es que este joven deberá pagar por haber asesinado a mi hija… ¡no merece ser sacerdote!”

 

Candy reconoció una alarma de familiaridad en las palabras de la señora Marlowe… y se remontó a aquel momento en que Eliza le había recriminado el papel que la rubia chica había jugado en la muerte de Anthony… acusándola de haberlo asesinado.  “Dorothy”, dijo finalmente, “vé por unas vendas; necesitamos sanar la nariz de Neil.”

 

Con impotencia, Neil habló a la señora Marlowe.  “Me he reprochado cientos de veces mi responsabilidad en todo esto; y para su tranquilidad, permítame informarle que ya no voy a continuar mis estudios sacerdotales.”

 

“Es lo mejor que puede hacer.  Tiene que pagar el daño que le hizo a mi hija toda la vida… ¡toda la vida!”

 

“¡Eso ya lo había escuchado antes, suegrita!”, exclamó un encolerizado Terry Grandchester, quien había corrido rumbo a la recámara en cuanto escuchó los gritos de la señora.  “¿Cómo supo usted que su hija se había enamorado de Neil?”

 

“¿Qué haces tú aquí, Terry?”, cuestionó la señora Marlowe mientras Dorothy regresaba con primeros auxilios.  “¿No se suponía que estabas en Nueva York?”

 

“Le sorprende que esté aquí, ¿verdad?  ¿Aquí, en Illinois, y no en Nueva York, siendo víctima de sus chantajes emocionales?  ¡Pues no permitiré que le haga lo mismo a Neil!”

 

“¿A qué te refieres, Terry?”, preguntó Candy mientras hacía uso de las vendas que había conseguido Dorothy.

 

“¡Qué bueno que estés aquí, pecosa, así puedes saber toda la verdad sin que tenga que explicarla dos veces!  Pero sobre todo… ¡qué bueno que usted se encuentre aquí, señora!  Mi más sentido pésame por lo de Susana, pero ya nada me detendrá para confesar todo lo que usted y su hija han hecho…”

 

“No crean nada de lo que este hombre les diga, ¡está loco!”

 

“¡Aquí la única loca es usted!”, gritó Terry con furia, y mirando a Russell y a Dorothy les dijo:  “Si alguno de los Leagan despierta, no permitan que entren a la habitación.  Hablaré de algo sumamente delicado, ¡y no quiero ningún tipo de interrupción!”

 

“Esta no es su casa para que usted dé ordenes, señor Terry, pero está bien”, dijo Russell, saliendo de la recámara junto a Dorothy.

 

Terry dirigió toda su atención a su adorada Candy y al atormentado Leagan.  “Neil, supongo que Susana te contó que ella y yo nos habíamos separado… ¿qué fue exactamente lo que te dijo?”

 

“No sé adónde quieres llegar con todo esto”, dijo Neil en respuesta, haciendo una mueca de dolor a medida que Candy limpiaba su lastimada nariz.  “Sólo me dijo que ella te había dejado libre, y que al tú haberte resistido a la idea, tuvo que recurrir a un método para hacer que te alejaras.”

 

“¿Y no te dijo cuál era ese método?”  Terry rodeó la cama del ansioso muchacho mientras la señora Marlowe observaba a todos con terror en sus ojos.  “¿Olvidó mencionarte que si yo regresaba a su lado ella se mataría, y que de igual forma lo haría si yo hubiera ido en busca de Candy?”

 

Candy dejó caer las vendas al suelo.  “¿Cómo dices, Terry?  ¿Que Susana amenazó con…”  Las blancas manos de la enfermera comenzaron a temblar.  “¿Por qué desearía ella evitar que nos viéramos y querer al mismo tiempo estar separada de ti?”

 

“Eso no se me hace lógico, Terry”, opinó Neil.

 

“Claro que no se les hace lógico, ¡este hombre está mintiendo!”, exclamó la señora Marlowe.

 

“¡Usted se calla!”, gritó Terry.  “Al igual que a ustedes, me resultaba absurdo que Susana estuviera dispuesta a darme mi libertad de manera condicionada, así que le pedí que si no me permitía buscar mi felicidad en otra persona, no estaría haciendo ninguna diferencia, y lo mejor sería permanecer a su lado… pero ella insistía en la idea de matarse a como diera lugar, y no tuve otro remedio que complacerla una vez más.”

 

“¿Complacerla?”, repitió la señora Marlowe con indignación.  “¡Más bien yo diría que le estabas devolviendo el favor que ella te hizo al salvarte la vida!”

 

“Eso mismo pensé en un principio”, indicó el joven, “y por tal razón no había refutado la extraña petición de Susana; esto es, hasta que un buen día decidí aparecer de improviso en su casa, sólo para saber cómo estaba ella  ya que debió haberle resultado difícil haberme dejado libre, y me preocupaba su salud.  Subí las escaleras a su habitación, pues ya conocía el camino debido al sinnúmero de veces que esta señora aquí presente me exigía llevar a su hija a la cama, como si ambas hubieran sido unas inútiles.  Me disponía a entrar en silencio cuando escuché voces en el cuarto, y apenas podía creer la conversación que Susana sostenía con su madre… y es que lejos de estar deprimida por haberme alejado de su lado, Susana estaba más tranquila que nunca, y le decía a su madre que con toda certeza el plan que ellas se habían trazado finalmente tomaba su curso.”

 

“¿Qué plan?”, preguntó Neil horrorizado.

 

“Sin tener idea alguna que yo las estaba escuchando, Susana y su madre se estaban regocijando por yo no haber buscado a Candy luego de la amenaza de suicidio, y según ellas, no dudaban que en cualquier momento yo ‘recapacitara’ sobre haber terminado nuestro noviazgo y regresara a su lado por mi propia voluntad.”

 

“¡Eso es espantoso!”, exclamó Neil.  “A mí me pareció que el arrepentimiento de Susana era sincero, así como su disgusto con la señora Marlowe.  ¿Cómo alguien puede atreverse a cometer semejante maquinación?”

 

“Ese terreno no es del todo desconocido para ti, Neil, y me sorprende tu ingenuidad al respecto.”

 

“¿Y las enfrentaste allí mismo?”, preguntó Candy aclarándose la garganta.

 

“Ganas no me faltaron, pecosa”, contestó él con dulzura, “pero quería escuchar más, y valió la pena haberlo hecho, pues acto seguido Susana comenzó a jactarse de haber logrado que tú y yo rompiéramos… gracias a la ‘gran actuación’ que había hecho al hacernos creer que pretendía suicidarse en aquella azotea del hospital, según sus propias palabras.”

 

Lágrimas de rabia e impotencia amenazaban con rodar por el rostro de Candy, quien preguntó con voz trémula a la señora Marlowe:  “¿Usted sabía que esa noche Susana estaba fingiendo?”

 

“Esa vez Susana nos engañó a todos, incluso a su madre”, interrumpió Terry.  “Ese día que las escuché platicando tras la puerta de su habitación, Susana estaba confesando a su madre el espectáculo que había realizado la noche del estreno de Romeo y Julieta con tal de que uno de nosotros tomara la decisión de hacerse a un lado y le dejara el camino libre, Candy.  Por alguna razón ella intuía que eras una persona de noble corazón, y que una vez supieras de su intento de suicidio no dudarías un solo segundo en sacrificarte en pos de su propia felicidad.”

 

“¿Dijiste intuir?”  Candy estaba cada vez más confundida.  “Terry, ¿Susana no te dijo que ella y yo nos conocíamos…antes de aquella desafortunada noche en el hospital?”

 

Terry frunció el ceño.  “No recuerdo de alguna vez que ella me haya contado de algún encuentro previo contigo.”

 

Candy se llevó una mano a la cabeza, cuya frente comenzaba a sudar copiosamente, y se sentó en el borde de la cama junto a Neil… era como si de pronto todas las pistas de un acertijo se unieran y resolvieran el mismo… y el telón de la gran obra que había creado Susana iba cayendo poco a poco.  “Terry”, comenzó a decir, asustada ante el creciente temblor de su voz, “esa noche en Chicago, luego de haber salido del teatro, te busqué por toda la ciudad, y al llegar al hotel donde te hospedabas, me encontré a Susana por primera vez y me dijo que estabas muy agotado por la presentación y que estabas descansando…”

 

“Por qué no me habías dicho eso antes?”, preguntó Terry alzando la voz más de la cuenta.  “¿No recuerdas que a la mañana siguiente te dejé una nota con un mensajero en donde mencionaba que te había esperado toda la noche frente al hospital?”

 

“Así es, pero yo estaba tan ansiosa por alcanzarte en la estación, y tan cansada por haber recorrido la ciudad, que no reparé en el hecho de que Susana me había mentido.”

 

“Yo tampoco dormí esa noche… Candy, en cuanto supe que estabas en Chicago, corrí como un loco a buscarte. ¿Tampoco tienes idea de por qué me demoré en responder una de tus cartas?”

 

“No tengo la más absoluta idea…”

 

“¡Porque Susana había escondido tu correspondencia!  Neil, Candy… ¿entienden ahora lo que trato de decirles?”  Miró a Candy a los ojos, encontrando su propio reflejo en las llorosas esmeraldas de su rostro… y ambos sintieron la misma horrible conexión de aquella noche invernal en la azotea del hospital de Nueva York, en la que ambos se habían contemplado de la misma manera, sin preguntas ni reclamos, sólo silenciosas interrogantes y un inminente dolor que se avecinaba, antes que Terry llevara en brazos a Susana de regreso a su habitación, dejando a una desolada Candy en medio de la fría nieve.

 

Neil interrumpió los pensamientos de ambos.  “Si es cierto todo lo que dices, ¿entonces por qué no corriste a ver a Candy?”

 

Terry apartó la vista de su rubia preferida y respondió:  “Porque cuando finalmente las confronté y les dije que no quería volver a saber de ellas nunca más, entonces fue la señora Marlowe, a quien ustedes ven, quien amenazó con quitarse la vida… No sabía si lo estaba diciendo en serio o si era una más de sus mentiras, y yo no quería provocarla.  Ya me sentía bastante culpable por el accidente de Susana como para cargar con otro remordimiento más… y entonces Susana me imploró que para evitarle un disgusto a su madre mantuviera intacto el pacto que habíamos hecho de estar separados y sin pareja, y que no le dijera nada a nadie.  Es por eso que no te busqué, Candy… no podía llevar sobre mis hombros el peso de la muerte de Susana o de su madre…”

 

“¡Nada de lo que dice este joven es cierto!”, gritó histérica la señora Marlowe.

 

“Entonces conocí a Russell por accidente”, continuó él, “y de repente se me ocurrió que si no podía regresar a tu lado, al menos podía tener noticias tuyas, y ver que fueras feliz, por lo que contraté a Russell como mi empleado y le asigné la tarea de vigilarte.  Un día recibí un telegrama suyo indicando el sufrimiento en el que te habías sumergido, y ya que Robert Hathaway me debía unas vacaciones, me dije, ‘¡Al diablo con la señora Marlowe y sus berrinches!’  Después de todo, ella no tenía por qué saber que yo había partido a Illinois para verte, así que esperé que llegara el día en que abordara el tren que me llevaría a Chicago, sólo que me demoré un poco ante la súbita llegada de mi padre y mis hermanos… El resto ya lo sabes.”

 

El viejo sarcasmo de Neil regresaba con fuerza.  “¡No la veo a usted con muchos deseos de suicidarse, señora Marlowe!”

 

“El es un excelente actor, ¡ no crean nada de lo que dice!”, volvió a repetir la señora.

 

“Todo este tiempo estuviste llevando esa gran carga, Terry… asumiendo la responsabilidad de todo”, susurró Candy, sintiendo, más que nunca, un infinito amor y admiración hacia el hombre que con tanto sacrificio había renunciado a su felicidad.  “¡Qué duro debió haber sido todo esto para ti… cuánto sufrimiento para ti solo!”

 

“Debiste haber buscado consejo, Terry”, opinó Neil.  “Lo que no entiendo es… ¿qué relación guarda toda esta historia conmigo?”

 

El joven duque lo miró con enojo.  “¿No lo ves?  Tal vez Susana creyó que en realidad había cambiado para bien, y es posible que su arrepentimiento hubiera sido sincero… ¡pero dejó de obsesionarse conmigo para hacer lo mismo contigo!  ¿No entiendes que lo único que motivaba a Susana era lograr lo inalcanzable, amar sin ser correspondida?  Yo siempre le estaré agradecido por haberme salvado en el teatro, ¡pero no puedo estar el resto de mi vida haciendo caso a su madre y pagando el sacrificio de su hija con mi propia desdicha!”

 

“Yo también tomé la decisión de terminar contigo, Terry”, intervino Candy.  “Si yo no hubiera tomado el tren aquella noche, es probable que no nos hubiéramos separado, así que preferí ser yo quien facilitara las cosas.”

 

“No debemos repartirnos culpas por nuestra separación, Candy… ambos hicimos lo que entendíamos era lo correcto.”

 

“Y lo correcto para el padre Leagan”, indicó la señora Marlowe, “¡era haber renunciado a sus estudios religiosos por haber enamorado a mi hija!”

 

“Espero que usted no la hubiera alentado a enamorarse de mí, señora”, advirtió Neil.  “Si mal no recuerdo, al final Susana evitaba por todos los medios verla a usted a menudo pues comprendió la mala influencia que usted estaba ejerciendo sobre ella.  Además, ¿de qué otro modo iba usted a enterarse de lo que Susana sentía por mí a menos que ella misma se lo hubiera confesado en una de las visitas que usted hiciera al hospital de Chicago?  Ahora no pongo en duda que usted ayudó a alimentar su ilusión. ”

 

“Las acciones de Susana no eran sino un producto de la mente retorcida de su madre”, comentó Terry.

 

“¿Cómo te atreves, Terry Grandchester?”, protestó la mujer.  “Hay una gran diferencia entre el amor que sentía Susana por usted, y lo que sintió por el padre: ¡que en esta ocasión sí llegó a suicidarse, y  yo no estaba allí!”

 

“En eso tiene razón la señora Marlowe, Terry”, suspiró Neil.

 

Candy tomó la palabra.  “¿Por qué no lees la carta que te enviaron, Neil?  Tal vez esté relacionada con lo ocurrido y podemos aclarar mejor las cosas, ¿no crees?”

 

“¿Qué carta?”, preguntó Terry.

 

“Candy la encontró tirada cerca de la entrada”, dijo Neil, extrayendo la misma del estropeado sobre; y a medida que iba leyendo la misma en voz alta, un incómodo silencio arropaba la habitación:

 

 

Padre Leagan:

 

Esta mañana usted y yo nos conocimos en circunstancias poco agradables, y Dios me ha dado la oportunidad de reparar el daño que he ocasionado.  Intenté hablar con usted en persona, pero me dijeron que se encontraba indispuesto de ánimo, y antes de venir traté incluso de hablar con el director del hospital Santa Juana y contarle lo que presencié esta mañana, pero no se me permitió hablar con él pues según varias personas que se encontraban cerca ,tan sólo soy una viuda chismosa que no tiene con qué llenar el vacío que hay en su vida, y que por tal razón los directivos del hospital no darían crédito alguno a mi versión de los hechos.  Padre Leagan, usted sabe muy bien a qué me refiero… al trágico incidente en donde una joven resultó muerta, y del cual supongo usted debe sentirse responsable.

 

Padre:  luego que el señor Cornwell se hubiera marchado y que usted se hubiera dirigido rumbo al hospital, sin que usted se hubiera dado cuenta yo lo seguí… aún no podía creer que usted era realmente un aspirante al clero y que sus visitas al hospital fueran meramente una labor social, por lo que burlé la vigilancia de los empleados del hospital y subí las escaleras con disimulo para que usted no me descubriera. Aguardé a que usted entrara a ese cuarto… el Cuarto Especial, le dicen… y detrás de la puerta lo escuché hablar con esa chica y cómo usted le pedía que se olvidara de él como hombre.  Sentí que usted abría la puerta y caminé hacia otra dirección, simulando ir rumbo al cuarto de otro paciente.  Luego de yo asegurarme que usted se hubiera marchado, vi que la puerta estaba entreabierta y oí que el llanto de la joven Marlowe había cesado, y pensé que tal vez se había desmayado…así que entré a la habitación, y allí estaba ella, de pie al borde de la ventana, la cual estaba abierta de par en par, con los brazos extendidos a ambos lados diciendo:  “Esta habitación se ve claramente desde la entrada principal; y cuando todos me vean al borde del suicidio, no podrás evitar mirar hacia arriba, ¡y tu remordimiento será tan grande que regresarás corriendo a mi lado!”  No se había percatado que yo la observaba, y continuó hablando en voz alta, como si estuviera recitando un monologo:  “Después de todo, fuiste tú quien abrió la ventana por mí, y jamás te perdonarías si algo malo me sucediera.  No pude tener a Terry, Neil… ¡pero no pienso perderte a ti!”

 

Yo quedé petrificada observando a esta extraña jovencita; en eso, vi que le faltaba una de sus piernas, así que corrí a bajarla de la ventana y evitar que cayera, pero ya era demasiado tarde… La joven perdió el balance en su pierna especial, y trató en vano de sostenerse de uno de los filos de la ventana; pero justo cuando yo estaba a punto de sujetarla por la cintura, uno de sus zapatos se torció, y la chica cayó al vacío… Nunca sabré si se habría dado cuenta de mi presencia en la habitación, ni tampoco sabré la magnitud de la caída, pues no tuve el valor suficiente para verla luego de haberse estrellado, ya que era más que obvio que en cuanto su cuerpo tocara tierra, moriría… y lo confirmé al escuchar los gritos ensordecedores de todos.  Corrí lo más rápido que pude al despacho del director del hospital para contar lo sucedido, pero se me impidió  hacerlo por las razones ya expuestas al comienzo de esta carta.

 

Tal vez usted crea que no es cierto lo que le escribo, pero esta vez le juro por ese Dios que tantos pecados nos ha perdonado, y al cual usted desea servir con todo su corazón, que todo lo que he visto es cierto.  No sé quién es ese Terry del cual hablaba la señorita Marlowe, pero es posible que usted sí lo conozca.  Padre Leagan… el motivo por el cual le escribo es para hacerle saber que lo ocurrido con esta pobre niña no ha sido producto de un suicidio, sino un triste y lamentable accidente.  Por ningún motivo debe usted sentirse culpable de nada; usted sólo hizo lo que tenía que hacer, y debe continuar su vida tal y como lo había planeado.

 

Sólo me resta expresarle mis mejores deseos para usted en su nueva etapa como sacerdote.  Espero con esta carta haberlo ayudado a aliviar su corazón en pena, como de seguro usted hará con cientos de personas como parte de su servicio a Dios.

 

Mil bendiciones para usted,

 

Abigail Townsend.

 

 

 

Todos quedaron de una pieza, en especial Neil, cuyas facciones se suavizaron a medida que terminaba de leer la carta; y al ver a la señora Marlowe ahogada en llanto le dijo:  “Siento mucho la muerte de su hija, señora; y rogaré a Dios que se apiade de su alma.”

 

“Quiero pedirle disculpas si en algo la ofendí con mi comportamiento”, murmuró Terry.  “Mi reacción al verla a usted no fue la mejor, pero en realidad me siento muy triste por la partida de quien fuera una gran amiga y excelente compañera en el teatro, aunque yo necesitaba decir la verdad de todos modos para hacer entrar a Neil en razón sobre su sentimiento de culpa.”

 

“La carta de la señora Townsend es más que clara”, comentó Candy.  “¡Eso te exime de toda responsabilidad moral, Neil!”

 

“Pobre señora Townsend… esta vez trataba de decirnos la verdad, y nadie la quería escuchar”, lamentó Neil.  “Señora Marlowe, ¿desea algo de tomar… una taza de té, quizás?”

 

“No, padre Leagan, yo… creo que me retiro…”

 

“Deseamos asistir al funeral de su hija, señora”, dijo Candy.  “Si es preciso la ayudaremos con los gastos fúnebres.”

 

“¡No quiero ver a ninguno de ustedes en el cementerio!”, gritó la encolerizada madre antes de salir de la habitación.  Terry quedó pensativo por un instante al verla salir, y  luego se dirigió a Neil.  “Entonces, padrecito, ¿cuándo regresamos a Nueva York?”

 

“Esto no cambia las cosas, Terry”, insistió Neil.  “Ser sacerdote es un trabajo como cualquier otro, y yo no he cumplido bien mis funciones, ya sea que Susana se hubiera suicidado o no… yo no manejé el asunto adecuadamente.”

 

“Deberías mirar a tu alrededor y ver la gran diferencia que has hecho en cada uno de nosotros”, sostuvo Candy.  “Eso para Dios es tan importante como lo que intentaste hacer por Susana.”

 

“En tus manos no estaba impedir que Susana cayera o se lanzara”, agregó Terry.

 

“Debo darte las gracias”, dijo Neil.  “Al menos ahora no tengo que ser tan duro conmigo mismo por su muerte.”

 

“Pero sigues con la necia idea de no continuar tus estudios.  ¿Sabes qué es lo que realmente pienso, Neil?”

 

“Tú dirás.”

 

“Creo que sí queda algo del viejo Neil después de todo…  ese Neil cobarde que no se atreve dar un solo paso; y ahora que se te presenta la oportunidad de cambiar y mejorar la vida de otros, sientes el frío del miedo recorrer tu espalda, y ya no te atreves a continuar.”

 

“No es cierto que yo no haya cambiado; lo hice desde el día de mi accidente.”

 

“Neil, ¿recuerdas lo que me habías planteado una vez sobre la razón por la cual creías que Dios había puesto a Susana en nuestro camino?”, inquirió Candy.

 

“Claro que recuerdo; había dicho que Dios te estaba enviando un mensaje.”

 

“Pues estoy de acuerdo: Dios ha enviado un gran mensaje… pero no para mí, sino para ti.”  Recogiendo las vendas que había dejado caer al suelo, mostró la mejor de sus sonrisas.  “Ahora procura descansar un poco más, ¡ya tuvimos suficiente de tantos relatos suicidas!”

 

“Yo también me retiro, Neil”, informó  Terry.  “Y por favor, piensa un poco en todo lo que te hemos dicho… no renuncies a tu vocación tan fácilmente.”

 

“Gracias a ambos.”  Neil sonrió con gratitud a ambos jóvenes antes que éstos cerraran la puerta tras de ellos.

 

Una vez a solas en el amplio corredor, Candy se liberó de la coraza de valor que llevaba puesta, y caminó cabizbaja rumbo a las escaleras.  Terry la detuvo por un brazo.  “¿Estás bien,  pecosa?”

 

Ella lo miró con cansancio.  “No, Terry; pero nada se compara con la tensión que debiste haber sufrido todos estos meses. “  Movió la cabeza de un lado a otro diciendo:  “Todo este tiempo que tú y yo estuvimos separados… después de tanto sacrificio…¡todo eso fue en vano!”

 

“No pienses en eso ahora; lo único que importa es que ya podemos estar en paz con nosotros mismos, y espero que Neil haya encontrado su paz también.”

 

“Tienes razón.  ¿Y Terry?”

 

“¿Sí?”

 

“Te conozco muy bien, y sé que todas y cada una de las veces que bromeabas sobre la situación, no lo hacías por pura insolencia, sino porque estabas ansioso.  También quiero decirte que fuiste muy noble al habernos revelado a Neil y a mí tu secreto.  No tenías por qué hacerlo, y a nombre mío y de Neil te damos las gracias por haberlo ayudado.”

 

“Más bien diría que fue esa señora Townsend quien aclaró todo.”

 

“¡A ella también le debemos mucho!”

 

“Debemos pedir a Dios por Susana, porque El la acoja en Su regazo…”  Terry decidió ir más allá y revelar a ella otro cambio importante en su vida.  “Candy, justo cuando sentí que no me quedaba otra salida, y que no encontraría manera alguna de sobrellevar mi pena y mi soledad, comencé a asistir a la Iglesia nuevamente.  Nunca renegué de Dios, sólo actuaba por pura rebeldía en el colegio, y no sabes cómo me arrepiento de haberlo hecho.”

 

“¿En serio amas a Dios, Terry?”

 

Mirándola con sus inquietantes ojos azules le dijo:  “A lo largo de casi toda mi vida, El ha sido mi único acompañante; y ahora que tengo la dicha de haberte conocido y de haber ayudado a mis amigos, es cuando más agradecido le estoy por todas las bondades y los privilegios de los cuales he gozado.”  Extendió sus manos hacia ella.  “Ven aquí, Tarzán con pecas; no quiero que hablemos de nosotros por ahora… sólo quiero disfrutar de tu compañía mientras permanezca aquí en Illinois.”  Y al ver que ella no se movía de donde estaba exclamó:  “Permíteme darte un abrazo… sólo quiero eso: abrazarte… ¡y nada más!”

 

“¡Oh, Terry!”  El agotamiento y los sinsabores de las pasadas horas hicieron que se derrumbaran todas las defensas que le quedaban a Candy, y permitió que él la envolviera en sus brazos.  Ninguno de ellos sabía lo que les depararía el destino,  si el mismo los reuniría o los llevaría por caminos diferentes; lo único que anhelaban en ese momento era que el tiempo se detuviera, y que más nunca tuvieran que separarse.  Y mientras ella dejaba que sus lágrimas cayeran sobre el hombro de Terry, al tiempo que rodeaba con sus brazos la fornida espalda, exclamó:  “¡Yo también deseo que este abrazo dure para siempre!”

 

 

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  1. ANTE LOS SENTIMIENTOS CONTRADICTORIOS Y CONFUSOS DE SUSANA MUESTRO UN ORDEN CRONOLOGICO DE SUCESOS:

    1. AQUELLA NOCHE DEL ESTRENO DE ROMEO Y JULIETA, SUSANA SE JUEGA EL TODO POR EL TODO Y HACE CREER A TODOS, INCLUSO A SU MADRE, QUE ESTA A PUNTO DE LANZARSE DE LA AZOTEA, Y PARA SU MAYOR BENEFICIO RESULTABA QUE CANDY HABIA LLEGADO AL HOSPITAL DE NUEVA YORK PARA IMPEDIR QUE SE “SUICIDARA” ASI QUE SUSANA LOGRO DOBLE COMETIDO: QUE TERRY SE ENTERARA DE SU “INTENTO” DE SUICIDIO Y QUE CANDY LE DEJARA EL CAMINO LIBRE. LA NOTICIA DE LA SEPARACION DE LOS ACTORES SE DIFUNDE EN LOS PERIODICOS.

    2. AL VER QUE NO SE HABIA GANADO EL AMOR DE TERRY, ELLA JUEGA CON LA MENTE DE EL HACIENDOLE CREER QUE ESTA DISPUESTA A DEJARLO IR CON LA AMENAZA DE MATARSE SI EL CUMPLIA SU RESPONSABILIDAD,,,, PERO COMO NO DESEABA VERLO JUNTO A CANDY, AMENAZA CON MATARSE TAMBIEN SI BUSCABA A LA PECOSA, Y CON EL TIEMPO HACER QUE EL SE SINTIERA IMPOTENTE E INUTIL Y REGRESARA AL LADO DE LA ACTRIZ POR CONVICCION PROPIA Y NO POR OBLIGACION…ESTOS PLANES SI SE LOS COMENTO A LA SENORA MARLOWE.

    3. TERRY CUMPLE LO ACORDADO Y AL VISITAR SORPRESIVAMENTE A SUSANA ESCUCHA LA CONVERSACION ENTRE ELLA Y SU MADRE; LA SENORA MARLOWE, AL SER DESCUBIERTA JUNTO A SU HIJA, NUEVAMENTE CHANTAJEA A TERRY CON MATARSE ELLA MISMA SI TERRY NO CONTINUA CON EL PACTO. SUSANA LE PIDE A TERRY QUE PARA EVITAR UN SUICIDIO DE SU MADRE CONTINUE COMO LO ACORDARON

    4. TERRY EVENTUALMENTE NO REGRESA AL LADO DE SUSANA COMO ELLA ESPERABA Y ES ENTONCES CUANDO ANALIZA SU PROPIA VIDA Y SE ARREPIENTE DEL MAL QUE OCASIONO, LLEGANDO INCLUSO A DISGUSTARSE CON SU MADRE POR LA MALA INFLUENCIA QUE ESTA ULTIMA EJERCIO PARA FORZAR A TERRY A ESTAR CON SU HIJA. SU SALUD DECAE Y ASI VA A PARAR AL HOSPITAL SANTA JUANA DONDE CONOCE A NEIL LANZANDO SU OBSESION POR TERRY AL BOTE DE BASURA Y SE ENAMORA DEL SEMINARISTA. NO OBSTANTE, LA VERSION QUE DA SUSANA A NEIL SOBRE SU RUPTURA CON TERRY ES MUY DISTINTA A LA REALIDADL; SUSANA LE DICE A NEIL QUE ELLA HABIA HECHO HASTA LO IMPOSIBLE POR HACER QUE TERRY Y CANDY SE REUNIERAN CUANDO LA VERDAD ERA QUE CON SUS CHANTAJES SE ASEGURO DE MANTENERLOS SEPARADOS. CUANDO LA SEñORA MARLOWE LA VISITA POSTERIORMENTE AL HOSPITAL, A PESAR DE LA DISTANCIA QUE HABIA AHORA ENTRE AMBAS, SUSANA LE CUENTA SOBRE SU NUEVA ILUSION

    5. TERRY DECIDE IR A LAKEWOOD AL ENTERARSE DE LO MUCHO QUE ESTA SUFRIENDO CANDY

    6. SUSANA, AL SUFRIR UN NUEVO RECHAZO, ESTA VEZ POR PARTE DE NEIL, FINGE QUE VA A SUICIDARSE PARA QUE NEIL LA VEA A LO LEJOS Y DESISTA DE SUS PLANES DE SER SACERDOTE Y ESTAR A SU LADO, PERO PIERDE EL BALANCE DE SU PIERNA AMPUTADA Y CAE AL VACIO, MURIENDO EN EL ACTO.

    COMO PUEDEN VER, SUSANA HA ATRAVESADO VARIAS ETAPAS EN ESTA HISTORIA, Y SUS PENSAMIENTOS CONTRADICTORIOS PUDIERON HABERNOS CONFUNDIDO UN POCO E INCLUSO PUDIERON HACERLES PENSAR QUE LA HISTORIA CARECIA DE SENTIDO PERO NO ES ASI,,,REALMENTE LA MENTE DE SUSANA ERA MUY COMPLEJA, E INCLUSO ME PARECE QUE ELLA MISMA SE CREIA SUS PROPIAS MENTIRAS! SALUDOS

    ESPERO HABERL@S AYUDADO UN POCO A DESENREDAR ESTE LIO! SALUDOS

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