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El padre Leagan-Capítulo 15

PARTE XV:  Fiesta negra para todos

                    

 

Archie y Annie habían acordado no anunciar su reconciliación al resto de la familia Andley ante el crítico estado emocional de Neil.  Sólo Patty estaba al tanto de la renovada relación, pues al haber sido ella quien fuera en busca de la pareja a casa de los Britter, era inevitable que se enterara… pero la comprensiva chica prometió guardar silencio hasta tanto Annie y Archie decidieran dar la noticia por cuenta propia.

 

Luego de haber dejado a John con Tom, los tres amigos viajaron en el coche de Archie rumbo a la mansión Leagan.  Al bajar del mismo, Archie vio una figura femenina discutir con Dorothy en la entrada.

 

“Ya le dije que no es un buen momento para yo importunar a mis patrones, señora Townsend”, repitió Dorothy.  “Ha ocurrido una desgracia en la familia y los señores Leagan no están de ánimo para recibir visitas.”

 

“¡Sobre eso es que vengo a hablarles!”, exclamó con desespero la señora Townsend.  “¡Si no hablo con el padre Leagan cuanto antes, arruinará su vida sin necesidad alguna!”

 

“¿Otra vez usted?”, preguntó Archie sumamente molesto mientras se acercaba a ambas mujeres.  “¿No ha tenido suficiente con provocar que yo golpeara a Neil, ni con haberme separado de mi amada por todo un mes?”

 

“¿Usted es la señora Townsend?”, preguntó Annie, contemplando a la dama de ancho sombrero y amplio vestido negro.  “¿A qué debemos su presencia en este lugar?”

 

“Esta señora no merece que le hablemos, ¡es una chismosa entrometida!”, exclamó su prometido. 

 

“Señora Townsend”, interrumpió Patty, “de veras no es oportuno recibir visitantes.  El padre Leagan está atravesando una grave crisis de nervios y debemos concederle un tiempo de reposo.”

 

“Ustedes no entienden… ¡es preciso que yo hable con él de inmediato!”  Los ojos de la señora Townsend se humedecieron.  “Yo sé lo que pasó esta mañana en el hospital Santa Juana, ¡y tengo una información muy importante que dar al padre Neil!”  Sus manos comenzaron a temblar.  “¡Por lo que más quieran, permítanme hablar con él!”

 

“Aún no, señora Townsend”, indicó Patty.  “No se ofenda, pero debemos entrar a la casa; Neil y su familia nos necesitan.”

 

“Esperen, no se vayan… ¡esperen!”  La voz de la señora Townsend se apagaba a medida que los tres jóvenes y Dorothy entraban a la casa.  “¡De mí depende la recuperación del padre Leagan!”

 

Al cerrar la puerta tras de ellos, Annie respiró hondo.  “Archie, no quise contradecirte al frente de esa señora, pero…  algo me dice que en esta ocasión ella nos estaba diciendo la verdad.”

 

“Yo también pienso lo mismo, Annie”, añadió Patty.  “Es por eso que evité ser ruda con ella.”

 

Pero Archie no estaba del todo convencido.  “En todo caso, que aguarde a que las aguas regresen a su nivel y entonces se aclarará todo…”, dijo.  Sin nada más que hablar sobre lo ocurrido, los tres, junto a Dorothy, hicieron acto de presencia en la sala principal, y en cuanto lo hicieron, lanzaron un grito de asombro.  “¡Terry!”

 

El joven actor estaba recostado sobre un sofá, sus largas piernas cruzadas  y extendidas sobre una mesa.  “¡Así que al fin llegaron la gordita, la tímida y el elegante!”

 

“Con el permiso de ustedes, subiré a ver qué se le ofrece a los señores”, anunció Dorothy antes de subir las escaleras y perderse en el corredor al final de la misma.

 

“Es de muy mal gusto que nos llames por sobrenombres en un momento como éste”, reprochó Archie a Terry, disimulando su alegría al verlo.  “¿Qué estás haciendo aquí?”

 

“Mas tarde ofreceré todas las explicaciones que ustedes me pidan.  Ahora mismo un doctor muy extraño se encuentra revisando a Neil, con la asistencia de la mejor enfermera del mundo”, dijo Terry con orgullo, en clara referencia a Candy.

 

“¿Dónde están Albert y los demás?”, preguntó Patty.

 

“En la recámara de la tan mentada tía abuela… aún no la he visto”, contestó Terry.

 

“Estás demasiado tranquilo, Grandchester”, comentó Archie, ”…como si nada de esto te hubiera afectado.”

 

“¿Afectado?”  El joven duque se levantó del sofá.  “¿Crees que estoy haciendo una fiesta por todo esto?  Archie:  Susana y yo habíamos terminado, ¡pero no por eso le deseaba la muerte!  ¿Por qué crees que estoy aquí abajo esperando… por aburrimiento?  ¡Nada de eso!  Mil y una cosas están dando vueltas por mi mente, y estoy seguro que por la de Candy también.  ¡Será otra gran prueba para nosotros!”

 

“No tanto como para Neil”, opinó Patty.

 

“También estoy pensando en todo lo que tengo que confesar a Neil con tal de aliviar su pena… pero no contaba con que él estuviera tan mal anímicamente, y ya no estoy seguro de decirle la verdad tan pronto.”

 

“¿La verdad de qué?”, indagó Annie.

 

“Aún no puedo ofrecer detalles; además, Candy también merece saber el por qué de mi prolongado silencio.”  Caminó de un lado a otro.  “Como que se están tardando demasiado allá arriba, ¿no?”

 

“Señor Terry”, Russell emergía de la puerta de la servidumbre.  “Todo está en orden en la cocina; al parecer el personal se las está arreglando bien aún con la señorita Dorothy arriba en las habitaciones, y no se me necesita mucho por aquí.”

 

“¿Cuántas veces te he dicho que no me digas ‘señor’ ni me trates de usted?”  De no haber sido por las circunstancias en las que se encontraban, Terry hubiera estallado en risa.  “¡Tú y yo tenemos la misma edad, Russell!”

 

“¡Aguarda un segundo!”, interrumpió Archie, quien no dejaba de observar al joven pelirrojo.  “¿No fuiste tú quien llevó a Candy en brazos a la colina de Pony hace un mes?”

 

Terry tomó la palabra.  “Russell es mi ayudante, Archie; le encargué hace unos meses vigilar a Candy y asegurarse que ella estuviera bien.”

 

“¿Y por que habrías de hacer eso?”, cuestionó Annie.

 

“¿No lo imaginan?”, dijo Patty esbozando una amplia sonrisa.  “¡Cuando una persona está enamorada, es capaz de cualquier cosa!”

 

Terry también sonrió.  “Has cambiado mucho, Patty.” 

 

Permanecieron en silencio unos segundos, hasta que observaron a Dorothy bajar las escaleras con dificultad.  Llevaba gruesos juegos de sábanas en ambas manos, lo cual limitaba su visibilidad; y justo cuando pisaba en falso un escalón y se tambaleaba para no caer, Russell la agarró por la cintura, haciendo que las frazadas cayeran al suelo.  “¡Te tengo!”, exclamó el chico.

 

“¡Gracias!”  Dorothy se agachó a recoger las sábanas, pero él la detuvo con una mano, inclinándose él en su lugar.  “No había tenido la oportunidad de conocerte. Tú debes ser Dorothy, ¿verdad?”

 

“Así es”, respondió ella sintiendo un repentino rubor en sus mejillas.  “Muchas gracias por ayudarme, señor-“

 

“Russell”, agregó él mientras ambos llevaban las sábanas al cuarto de servicio.  “Vamos, debes estar muerta de cansancio y no viene mal un poco de ayuda, ¿no crees?”  Ambos desaparecieron por la puerta que conducía al ala de los empleados.

 

Sin comprender lo que había presenciado, Archie miró a Annie, quien a su vez miró a Patty; y al esta última mirar a Terry, éste sólo se encogió de hombros.  “¡No traje a Russell hasta aquí para enamorarse de las mucamas, se los aseguro!”

 

“Por lo visto es tan servicial como George”, comentó Archie… y de repente todos comenzaron a reír, liberando la tensión  que reinaba en todo el lugar, y ninguno de ellos se había percatado que Candy y el doctor Martin bajaban las escaleras, hasta que Terry los vio.  “¿Qué nos cuenta, doctor… cómo van los pacientes?”

 

“El chico se encuentra bien”, informó el doctor Martin.  “Tuvo un ataque de nervios, pero le administré unos calmantes y todo está bajo control.”

 

“¿Y la tía abuela?”, preguntó Archie.

 

“Logramos estabilizar su presión, pero les aconsejo que estén muy pendientes a ella.  A su edad, no puede darse el lujo de tener muchos disgustos…  el joven Albert y la familia Leagan se encuentran ahora mismo con ella.  Por lo demás, no deben preocuparse”, finalizó diciendo el galeno con una sonrisa.

 

“Entonces, es cuestión de esperar a que Neil despierte…”, dijo Terry.

 

“Supones bien”, indicó Candy, quien no pudo evitar sonreír al ver cómo Terry, con su presencia, prácticamente se había adueñado de la mansión.  “¿Quién llevará al doctor Martin de regreso a la clínica?”

 

“Russell lo hará”, contestó Terry, “y de paso que lleve a Dorothy con ellos.”

 

“¿Terry, cómo crees?”, protestó Candy.  “¡Dorothy sólo recibe órdenes de los Leagan!”

 

“No creo que a los señores les importe mucho tomando en cuenta lo que está pasando”, comentó el doctor Martin.  “Además, el joven Grandchester quiere que los dos jovencitos se conozcan mejor, ¿o me equivoco?”

 

Terry miró con asombro al médico, y Candy notó cómo se acentuaba el brillo en los ojos zafiro del inglés, en completo acuerdo con las palabras del doctor.  “Más bien quería evitar que Russell condujera solo en el viaje de regreso.  Después de todo, él y yo no adquirimos el coche hasta hoy en la madrugada, y dudo mucho que él sepa manejar por estos lugares”, explicó Terry.

 

El muchacho de cabellos oscuros llamó a Russell y a Dorothy, quienes conversaban animadamente, y luego todos dieron las gracias al doctor Martin, quien ofreció la mejor de sus sonrisas; y junto a Russell y Dorothy, abandonaron la estancia rumbo a la Clínica Feliz.  Annie y Archie comenzaban a platicar con Patty, y Candy se llevó los brazos a la cintura en cuanto tuvo a Terry frente a ella.  “Tienes suerte que los Leagan estén muy ocupados; ¡de otro modo hubieran despedido a Dorothy!”

 

“Estás muy cansada, pecosa”, fue todo lo que dijo él, acrecentando el enojo de la rubia.  “Yo no he dormido mucho desde mi llegada, y si en algo tú y yo deberíamos estar de acuerdo es en que este día ha sido muy extraño.”

 

Sin decir nada al respecto, ella hizo uso del único asiento disponible, y cuando se dio cuenta que el otro espacio vacío para que Terry hiciera lo propio era justo a su lado, ya era demasiado tarde.  Con toda la naturalidad del mundo, Terry tomó su lugar junto a ella… y ambos permanecieron callados mientras escuchaban la plática de sus amigos.

 

Transcurrieron unos minutos, y cuando Patty, Archie y Annie hicieron un alto a su prolongada conversación, voltearon sus miradas en dirección al asiento donde se encontraban Candy y Terry, y una genuina sonrisa se dibujó en cada uno de sus rostros… Sin proponérselo, y de manera inconsciente, Candy y Terry se habían quedado dormidos, uno en brazos del otro, y una expresión de mutua pertenencia se reflejaba en sus semblantes.

 

 

 

Neil escuchó que tocaban a la ventana, y se cubrió la cabeza con una de las almohadas.  ‘Debo haberme vuelto loco’, pensó.  ‘Ahora el rostro de Susana aparece por todos lados, y ya hasta creo que entrará por mi ventana…’

 

“¿Padre Leagan? Padre Leagan, abra, soy yo… ¡John!”

 

“¿John?”  Sin pensarlo, Neil se puso de pie, pero en cuanto lo hizo tuvo que sostenerse de la mesa de noche para no caer, ya que aún se encontraba bajo el efecto de las medicinas.  “¡Enseguida voy!”  Abrió la ventana tal y como hiciera con Susana horas antes y preguntó:  “¿Que haces aquí… y cómo es que llegaste a esta ventana?”

 

“Trepar paredes es tan sencillo como trepar árboles… un día debería intentarlo usted también, padre”, sugirió el niño mientras entraba a la habitación.

 

“No me llames padre”, espetó Neil, tomando asiento nuevamente en la cama; y señalando a John un lugar donde éste pudiera sentarse, añadió:  “Ya no seré sacerdote.”

 

John no podía creer lo que había escuchado.  “¿Por qué, padre?  Sé que usted está triste por lo que pasó, ¡pero no debe abandonar sus sueños!  ¿No fue eso lo que usted me enseñó aquella tarde en el padre árbol… a no tener miedo, y a guardar la esperanza de que Dios siempre traerá tiempos mejores?”

 

“Esto es diferente”, fue la estoica respuesta de Neil.  “¿Avisaste a la señorita Pony y la hermana María que estarías aquí?”

 

“Tom me había llevado de regreso al hogar de Pony, pero al rato escribí una carta y la dejé sobre una mesa indicando a la señorita Pony que vendría, y que regresaría pronto en compañía de Candy o algún otro de sus amigos.  Pedí un caballo prestado a Jimmy, y cabalgué hasta aquí… el caballo sigue allá afuera.”

 

“Fue muy irresponsable lo que hicieron… tú y Jimmy”, dijo Neil.  “Al menos esta vez la señorita Pony sabe de tu paradero.”

 

“¡Por favor, padre, no se moleste conmigo!  Yo tan sólo estaba preocupado por usted, y ahora que al fin lo veo, me doy cuenta de lo mucho que está sufriendo…”

 

Neil respiró profundo.  “Lo siento, John, deben ser los tranquilizantes… puedes quedarte aquí, pero te advierto que no estoy de humor pues no me siento nada bien.”

 

La puerta se abrió de golpe.  “Neil, oigo voces, ¿estás despierto?”, preguntó Albert asomando la cabeza, reconociendo a John al instante.  “¿Qué haces aquí, muchachito?”

 

“¡Entre, señor Albert!”, exclamó John.  “Vine a tratar de alegrar un poco al padre Leagan.”

 

“Yo también quiero ver feliz al padre Leagan, John”, añadió Albert, quien ahora entraba de lleno a la habitación.  Mirando al enfermo preguntó:  “¿Cómo te sientes, Neil?”

 

“Siento la cabeza a punto de reventar, y el golpe en la nariz no ayuda mucho…”

 

“Quiero que te desahogues y me cuentes cómo pasó todo.”

 

“¡No me pidas eso, por favor!”  Neil se frotó la sien con una mano.  “Sólo te digo que ofrecí lo mejor de mí a una joven mujer para que se superara… ¡pero en lugar de ayudarla, lo que hice fue destruirla!”

 

“No es tu culpa que Susana hubiera interpretado las cosas de otra manera… además, ella sabía que habías iniciado tus estudios clericales y aún así se dispuso a enamorarse de ti.”

Mirando a John le dijo:  “¿Sabías que el padre Leagan ha sido muy bueno con nosotros, incluyéndote a ti?”

 

“¡Sí, señor Albert!”, respondió el chico con el jubilo de un niño que celebraba su cumpleaños.  “¡El me ha ayudado mucho con sus consejos, y también aprendió a hacer las labores en el hogar de Pony para que Candy y la señorita Pony no se llenaran las manos con tanto trabajo!”

 

“Lo que no sabes es que la ayuda que te ha dado se ha extendido mas allá de lo que imaginas”, prosiguió el rubio.  “No pensaba decírtelo en este momento, pero lo considero necesario para que Neil se sienta mejor.  John, en cuanto volví de África, Neil me habló de ti y de lo bueno y responsable que siempre has sido, y me propuso adoptarte… y lo voy a hacer.  John, de ahora en adelante yo seré tu papá.”

 

“¡Prometiste que no dirías nada al niño sobre nuestra conversación, Albert!”, protestó Neil.

 

“Era preciso que yo rompiera esa promesa para hacerte entrar en razón sobre lo que crees que has hecho bien y lo que no.”

 

John dejó que sus gruesas lágrimas cayeran al suelo.  “¿Por qué, señor Albert?  No tiene que adoptarme si no quiere… ¡no tiene que adoptarme sólo por lástima!”

 

“¿Crees que por eso lo hago?”  Albert se acercó al muchacho.  “John, soy el padre adoptivo de Candy, y ya ella es toda una mujer, y llegará el día en que ya no necesite tanto de mi protección; pero hay muchos, muchos otros niños en este mundo sedientos del cariño de un padre… y muchos, muchos hombres y mujeres con el enorme deseo de compartir todo lo que tienen con alguien más.  ¿De qué me sirve tener dinero a manos llenas si no tengo con quién disfrutarlo?”  Tomó las temblorosas manos del chico entre las suyas.  “Neil sugirió que fueras tú, pero igual si no me lo hubiera dicho yo habría escogido cualquier otro; y ten por seguro que después de ti, vendrán otros niños más… sólo me falta darte una mamá, y tengo a alguien en mente, pero no sé si esté de acuerdo.”

 

“¿La señorita Patty?”

 

Albert se ruborizó.  “No podemos contar con eso todavía… en su debido momento  tendrás una mamá, pero tiene que ser alguien que te quiera y a quien yo quiera.”  Volvió a dirigir su atención a Neil.  “¿Lo ves?  Tal vez no hayas logrado ayudar a Susana como esperabas, pero en lo que a mí y a John respecta, transformaste nuestras vidas para siempre.” 

 

John corrió a los brazos de Neil.  “¡Gracias, padre Leagan… lo quiero mucho, muchísimo!”

 

Aún en medio del letargo a consecuencia de los medicamentos, Neil no pudo evitar que sus propias lágrimas corrieran por sus mejillas, y envolvió con sus brazos al joven.  “Te hubiera adoptado yo mismo… pero no podía hacerlo debido a mis estudios en el seminario.”

 

“Neil siempre estará cerca de ti, John, pase lo que pase”, continuó Albert.  “¿Lo querrías aún si no fuera sacerdote?”

 

“¡El no es sacerdote ahora, y ya lo quiero!”

 

“Seguirás viviendo en el hogar de Pony hasta que culmine el proceso de adopción; a partir de entonces vivirás conmigo y todos te conocerán como John Andley.”

 

“¡Gracias, papá!  Tú y el padre Leagan… ¡me han hecho tan feliz!”

 

Neil no dejaba de contemplarlos.  Entonces Albert sí quería adoptar a John después de todo, y por eso se encontraba de visita en la casa Leagan y había ordenado a George que recogiera al seminarista al hospital Santa Juana, ¡para avisarle sobre su decisión!  “Yo también te doy las gracias, Albert, por haber aceptado…”dijo él en voz baja.

 

 

Por segunda vez en el día, Candy despertó con una sublime sensación de bienestar, y una placentera calidez la envolvía de pies a cabeza.  Al abrir sus párpados, Terry la contemplaba divertido.  ¿Cuánto tiempo llevaba mirándola de esa manera?  “Debo hablar con un científico y compartir mi fórmula para hacer que las rubias pecosas queden dormidas al instante”, sonrió él.  “O tal vez soy demasiado aburrido para haber creado ese efecto somnífero en ti…”

 

Candy se lanzó contra el insoportable actor.  “¡He hecho el ridículo durmiendo en plena sala!  ¿Por qué no me despertaste?”

 

“Yo también me quedé dormido… aquí, en tus brazos.”  Sonrió al ver cómo los colores subían al rostro de su pequeña enfermera. “Vamos, Neil ya despertó y los demás subieron a verlo.”

 

“¿Despertó?”  Candy saltó del asiento, y subió corriendo las escaleras.  “¡Iré a ver qué se le ofrece!”

 

Terry no tuvo otro remedio que seguirla a grandes pasos para poder alcanzarla, y continuaron caminando a través del corredor, hasta que Candy abrió una de las puertas.  Neil estaba en compañía de Albert, Patty, Annie y Archie, mientras que John contemplaba su caballo a través de la ventana.  “¡Candy!”, gritó Neil.  “Tu también estás aq-“  Observó detenidamente al joven que la acompañaba.  “¿Terry?”

 

“¡Buenas tardes, padre Leagan!”, saludó Terry.  “Usted me tiene muy confundido: hace unas horas casi me desmayo al enterarme que usted planeaba ser sacerdote, ¡y ahora resulta que ya no quiere serlo!”

 

“En vez de estar bromeando al respecto, deberías guardar un poco más de respeto hacia Susana”, comentó Neil con enfado.  “¡Y no me llames padre!”

 

“Terry sólo trata de animarte, Neil… a su manera, claro”, comentó Albert.

 

“De todas maneras necesito platicar contigo en cuanto te recuperes un poco… y también con Candy”, añadió Terry.  “No dejo de estar abatido ante los hechos, pero me urge hablar con ustedes para que todos tengamos al fin la conciencia tranquila respecto a Susana.”

 

“Hablaremos en su debido momento”, dijo Candy.

 

“Nada de lo que digas o hagas hará que cambie de opinión, Terry”, insistió Neil.

 

“John, ¿qué haces aquí con nosotros?”, preguntó Patty.  “¿No se suponía que Tom te llevara de regreso al hogar de Pony?”

 

“No te preocupes, la señorita Pony y la hermana María ya saben dónde estoy”, afirmó el niño; y tomando a Albert de la mano dijo:  “¿Verdad, papá?”

 

“¿Papá?”, gritaron todos, a lo que Albert respondió:  “He decidido que de la misma forma en que adopté a Candy hace unos años, también quiero adoptar a John, como espero adoptar otros niños más adelante.  Tenía pensado hacer el anuncio en las próximas semanas, pero ya que Neil insiste en pensar que no ha hecho nada de utilidad durante su estancia en Lakewood, se los dije a él y a John hace unos minutos.”

 

“El padre Leagan fue quien convenció a mi papá para que me adoptara”, mencionó John.

 

“Y luego Neil dice que no ha hecho nada por ninguno de nosotros”, dijo Archie. 

 

“Me parece maravilloso que adoptes a John, Albert”, agregó Patty.  “Si yo hubiera tenido que escoger, también me hubiera decidido por él.  ¡Ambos hemos compartido tanto en el hogar de Pony!”

 

“¿De veras lo crees así, Patty?”  Los jóvenes que hasta hace un mes compartieron una misión en el continente africano intercambiaron una extensa mirada; para Albert, la opinión de Patty sobre la adopción de John era muy importante.  “¿En serio crees que estoy haciendo bien al adoptar a John?”

 

“¡Por supuesto!  Adoras los niños, y si eres tan afectuoso y protector como lo has sido con Candy, no dudo que serás buen padre para otros chicos también.”

 

Albert quedó boquiabierto ante las palabras de Patricia; y allí, al frente de todos, iba a hacerle la pregunta que tantas veces había practicado hacer, y que se le hacía difícil articular… pero entonces Annie tomó la palabra.  “Archie y yo también tenemos algo que decirles… nos hemos reconciliado.”

 

“¡Jajajaaaa!”  Candy saltó a los brazos de su morena amiga, cayendo ambas al suelo como en los viejos tiempos.  “¡Qué alegría saber que están juntos de nuevo… pero mucho cuidado con separarse otra vez!”, rió.

 

“Ya no habrá separación”, sonrió Archie, extendiendo la mano a su novia para que se levantara mientras Terry hacía lo mismo con Candy, pero esta última rechazó la ayuda.

“Pensábamos casarnos en un par de días, pero con todo lo que está sucediendo, pospondremos la boda hasta nuevo aviso.”

 

“¡Ni se les ocurra hacer eso!’, exclamó Neil.  “Ya bastante culpable me siento por la muerte de Susana, ¿y encima también van a cancelar la boda?”

 

“No es correcto hacer un festejo justo ahora cuando acaba de morir una persona”, prosiguió Archie.

 

“¿Y qué hay del compromiso que ustedes tienen con Dios?  La Palabra dice: la unión de un hombre y una mujer es como la unión de Cristo y la Iglesia, ya se los había dicho antes.”

 

“Ambos lo sabemos, Neil”, aclaró Annie, “pero una boda tan pronto, con Susana muerta… ¡no me lo perdonaría!”

 

“¡No tienen que casarse mañana mismo!  Pueden hacerlo en un par de semanas… incluso yo estoy dispuesto a ir, si ustedes así lo permiten”, dijo Neil.

 

Annie y Archie se miraron largo y tendido, hasta que Annie se resignó a decir:  “Está bien, Neil, nos casaremos en unas semanas, pero con una condición:  ¡que estés de ánimo para disfrutar del festejo!  Prácticamente estaremos realizando la boda por ti.”

 

“También lo hacemos en agradecimiento por todo lo que hiciste por nosotros para ayudarnos en mejorar nuestra relación”, sostuvo Archie.  “Annie se había refugiado en tu amistad buscando en ti el apoyo que en mí no tuvo, y tus consejos sirvieron para que saliera adelante a pesar de su dolor por yo haberla abandonado.”

 

“Otro punto más a favor de usted, padrecito”, interrumpió Terry.

 

“Neil”, comenzó Patty.  “No hace falta que te cuente cómo me destruyó la muerte de Stear… ¿pero sabes algo?  El no hubiera querido verme desdichada toda mi vida, y aunque tuvimos momentos felices juntos, sé muy bien que su mayor deseo era verme feliz, por lo que todos los días al levantarme, doy gracias a Dios por el tiempo que estuvo Stear a mi lado, y celebro cada instante de vida en honor a su memoria.”

 

“Yo también he tenido que sobreponerme a la ausencia de mi hermano”, dijo Archie.  “A pesar de haber sido tan diferentes, Stear y yo éramos inseparables, y aún hay veces que siento como si algo me faltara… Lo que queremos decirte, Neil, es que tú no eres el único que ha sufrido una enorme tragedia, y llegará el día en que simplemente darás vuelta a la hoja y seguirás adelante con tu vida.”

 

“¡Estoy segura de que así será!”  Con ojos risueños, Candy se rascó la cabeza.  “Si no te repones, ¿quién buscará las vacas por mí?”

 

Todos rieron, incluyendo a Neil, quien no pudo evitar admirar la actual apariencia de la enfermera.  “Por cierto, Candy, luces muy bien con el cabello suelto.”

 

“¡Neil tiene razón, Candy, así te ves más bonita!”, exclamó Patty mientras Archie y Annie asentían con la cabeza en señal de aprobación, al igual que John y Albert.  “Deberías soltarte el cabello más a menudo… ¿tú qué opinas, Terry?”, preguntó ella con deliberación.

 

“¡Este mocoso sólo ha de pensar que parezco una mona!”, protestó Candy.

 

“De hecho, amiga Patty”, interrumpió Terry, tomando uno de los ensortijados cabellos rubios entre sus dedos, “debo decir que nunca antes había visto a una mona con tan resplandeciente cabello.”

 

“¿Eh?”  La voz de Patty se entrecortó al escuchar el cumplido que su amiga había recibido.  Candy, por su parte, abría y cerraba la boca, incapaz de musitar palabra alguna.  Y ya cuando tenía listo un argumento para insultar al joven duque,  Eliza abrió la puerta con fuerza.  “¿Tom?”  Buscó por todos los rincones de la habitación.  “¡Tom, no te escondas, sé que estás aquí!”

 

“Tom no está con nosotros, Eliza”, aclaró Albert.  “¿Para qué lo necesitas?”

 

“Yo… no…”, balbuceó la joven; y recobrando su compostura, se llevó las manos a la cintura.  “¡Escuché voces y pensé que una de ellas era la de Tom!”

 

“El quería venir, señorita Eliza”, intervino John, “pero tenía miedo que no lo dejaran entrar ya que una vez vino a esta casa y lo trataron como un harapiento.”

 

“¡Qué pretexto más barato tuvo para habernos hecho este desaire!”  Eliza trató de ocultar su desilusión, y se dirigió a Neil.  “Vine a verte, hermanito, ¡me tenías muy preocupada!  Traté de dormir pero no pude, y continué ayudando a nuestros padres.”

 

“Me siento un poco mejor ya que cuento con mis amigos, y contigo.”  Neil esbozó una tímida sonrisa.  “Con quien no contaba ninguno de nosotros era con la presencia del duque.”

 

“¿Cuál duque?”, preguntó su hermana, y fue entonces lo vio, parado justo al lado de Candy.  “¡Terry!” gritó.  “¿Qué estás haciendo aquí?”

 

“Tendré pesadillas esta noche de tanto haber escuchado mi nombre el día de hoy”, indicó Terry inclinando la cabeza para un lado; al hacerlo, vio una sombra de duda nublar el semblante de Candy, y contempló las verdes pupilas con el mar de sus ojos, en un afanoso deseo de reconfortarla.  ‘Tranquila, mi amor’, quiso susurrarle, ‘Eliza ya no será una amenaza para nosotros…’

 

Eliza interrumpió sus pensamientos.  “¿Dónde está Dorothy?”

 

“Le ordené que tomara un descanso”, intercedió Terry, “y a juzgar por tus ojos fatigados, tú también lo necesitas.”

 

“Ahora no puedo… tanto estuve insistiendo hasta que convencí a mamá y papá que se fueran a dormir, y debo velar por la tía abuela, ya que no puedo tener a George haciendo la guardia todo el día.”

 

Candy sonrió ante la mención de los señores Leagan, y no era para menos… desde su llegada la mansión, Sarah se había desvivido en atenciones para ella, y por primera vez la hizo sentirse como una más de la familia.  Y en cuanto a la tía Elroy… ésta había olvidado inconscientemente su desdén hacia Candy, dándole las gracias por sus atenciones.

 

“¿Qué te parece si entre todos te relevamos y hacemos turnos durante el resto de la tarde, y de esta forma también permitimos descansar a George?”, propuso Candy.  “Esto es, si tus padres así lo permiten…”

 

“Ellos cayeron rendidos por el sueño, y no creo que despierten en un par de horas, así que dudo que se den cuenta de quién está entrando y saliendo de esta casa.  Y ya que hablamos de gente que entra y sale, ¿qué hace John aquí?”

 

“Papá me llevará de vuelta al hogar”, anunció John.  Al ver la confusa expresión de Eliza agregó:  “El señor Albert se convertirá en mi papá muy pronto.”

 

Eliza se sostuvo de una mesa cercana para no caer.  “Creo que sí iré a mi recámara después de todo…”

 

“Te acompaño, Eliza… y por la tía Elroy no te preocupes, yo estaré al pendiente de ella.”  Ambas abandonaron el cuarto de Neil y caminaron en silencio rumbo a la recámara de la extenuada muchacha.  Al llegar, Eliza agradeció a Candy su ayuda, y cerró la puerta.  Candy estaba a punto de continuar su marcha rumbo a la habitación donde ahora reposaba la tía Elroy, cuando escuchó unos fuertes sollozos provenientes del cuarto de Eliza.  Sin previo aviso, abrió la puerta de golpe… Eliza estaba de rodillas en el suelo, en el mismo centro de la habitación, y su cuerpo se sacudía violentamente debido a la fuerza con la que derramaba sus lágrimas.  Candy corrió y se agachó a su lado.  “¿Eliza, qué tienes?”

 

Sin levantar la mirada Eliza dijo:  “¿Cómo puedes siquiera dirigirme la palabra después de todo lo que hecho?  ¡Mírate!”  Lanzó un puño contra su propio vestido.  “¡Por mi culpa tú y Terry están separados!  De no haber sido porque yo provoqué que él abandonara el colegio San Pablo-“

 

“¡Calla, Eliza!  Todo en la vida ocurre por una razón…”

 

“¡No tienes por qué ser amable!  Sólo yo soy la culpable de que tú y Terry no estén juntos… si yo no los hubiera separado con esa sucia trampa, Susana no hubiera aparecido en la vida de Terry, ¡y nada de esto hubiera pasado!”  Intentó en vano secar sus lagrimas.  “Ahora la vida me está pagando con la misma moneda, pues mi egoísmo ha provocado toda una cadena de sinsabores a otras personas, incluyendo a Susana… ¡y ahora a Neil!  ¡He creado una fiesta negra… para todos!”  Un nuevo ataque de llanto impidió que continuara hablando, y Candy aguardó a que se calmara un poco.  Cuando al fin lo hizo, Eliza continuó.  “Yo pensaba que me había enamorado de Terry, pero ahora comprendo que tan sólo creía que lo estaba… tal vez para molestarte, o por el simple deseo de rivalizar una vez más contigo, aunque fue inútil, pues el amor que ustedes se tienen  no es una mera ilusión juvenil;  ¡eso se ve a leguas de distancia!”

 

“¡Ya no sigas, Eliza, por favor!”  Ahora era Candy quien dejaba escapar gruesas y amargas lágrimas.  “Terry y yo jamás podremos estar juntos; ¡lo nuestro nunca podrá ser!”

 

“Ahora sé cómo se siente sufrir por amor… ¡ahora lo estoy viviendo en carne viva!  Me he enamorado de Tom, Candy… me he enamorado de ese granjero avaricioso… ¡y no sabes cómo deseo que él esté aquí en estos momentos!”

 

“Tom no es un avaricioso, Eliza, tarde o temprano lo comprenderás… ¿pero por qué no hablas con él y le dices lo que sientes?”

 

“No creo que él sienta lo mismo que yo.  Tom te adora como si fueras su hermana, y él jamás me perdonaría que yo te haya causado tanto daño!”

 

“¡Debes intentarlo, Eliza, no lo dejes ir!  Aún estás a tiempo…”  ‘Como yo debí haber hecho con Terry’, pensó para sus adentros.

 

“¡Oh, Candy!”  Eliza se aferró al brazo de la joven a quien por años había considerado su peor enemiga.  “Candy, por favor… ¡perdóname!”

 

El encuentro con Terry, la noticia de Susana, los cuidados a la tía Elroy… las variadas emociones de Candy se fundieron en una… y sin pensarlo un minuto más, colocó la cabeza de Eliza sobre su hombro, y ambas se abrazaron llorando, unidas en el dolor… y en el desamor.

 

 

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