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El padre Leagan-Capítulo 14

PARTE XIV:  El despertar de una madre

 

 

“Albert, tía abuela… ¿qué se les ofrece?”, preguntó la señora Leagan al ver las dos máximas autoridades de la dinastía Andley aguardando por ella en la sala principal.

 

“Venimos a despedirnos de Neil, quien ya debe estar por llegar del hospital Santa Juana, como suponemos”, mencionó Albert, “y también para hablar sobre un asunto que él y yo teníamos pendiente.”

 

“Aún no comprendo cómo es que estás de acuerdo con Neil en que se repita semejante tontería”, dijo la tía Elroy con disgusto.

 

“Ya le indiqué, tía abuela, que no quiero que se comente nada al respecto hasta tanto yo haga el anuncio de forma oficial.”

 

Eliza bajaba las escaleras, en completo estado de aburrimiento.  “¡No puedo creer que hoy no pueda ir al rancho de Tom!  ¿Acaso ustedes no querían que yo hiciera más labor social, y que mostrara a Tom la superioridad de mi clase?”

 

“Deberías agradecer a tus padres que no te hayan enviado hoy con ese mugroso”, murmuró la tía Elroy entre dientes.

 

“Le pido que sea más respetuosa al referirse a personas que no se encuentran presentes”, corrigió Albert, sonriendo para sus adentros, mientras Eliza bajaba la mirada ocultando su gratitud ante el joven millonario.  “De todos modos ordené a George que fuera a recoger a Neil al hospital para que así no tuviera que esperar por el chofer de ustedes.”

 

“¡Qué gusto tenerte con nosotros, Albert!”, exclamó el señor Leagan, quien había bajado las escaleras luego de escuchar al grupo.  “Vienes para hablar de negocios, supongo…”

 

“Así es, pero más que nada quiero hablar con Neil antes de-“

 

“¡¡¡¡Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!”

 

Todos se conmocionaron, en especial la señora Leagan, quien reconoció la voz de quien en un sinnúmero de veces la llamaba de esa manera.  Pero en esta ocasión había algo en dicha voz… no era una súplica infantil para obtener lo deseado, ni una queja ante una paliza, tal vez bien merecida… esta vez, el grito desgarrador de Neil alcanzaba el paroxismo, y Sarah Leagan supo, por primera vez en su vida, que su hijo realmente la necesitaba.  Y justo cuando corrió hacia la puerta principal, George y un lloroso Neil entraban a la casa, este último siendo fuertemente sujetado por el asistente de Albert para no caer.  “¿Neil, qué te ocurre?”, insistió su madre.

 

Neil cayó desplomado en brazos de la autora de sus días.  “Mamá….todo es… por mi culpa…¡ya… no puedo… ser… sacerdote!”  Se aferró a ella, llorando a todo pulmón, mientras el señor Leagan se acercaba a su hijo y alisaba sus cabellos, en un intento por tranquilizarlo.

 

“Cálmate, Neil”, sugirió Albert, y una mirada que hiciera a George bastó para que el fiel ayudante comprendiera lo que se esperaba de él, por lo que informó:  “El joven Neil acaba de sufrir un gran trauma…”

 

“No necesitamos tanto suspenso, George, ¡me estás poniendo nerviosa!”, exclamó Eliza.

 

“Quiero que te controles tu también”, dijo la tía Elroy, incapaz de contener su propia ansiedad.  “¡Dinos de una vez, George!”

 

“La señorita Susana se lanzó por la ventana de su habitación en el hospital Santa Juana… muriendo en el acto.”

 

Todos quedaron inmóviles en sus respectivos lugares, intentando asimilar cada una de las palabras emitidas por George.  Susana Marlowe, la actriz de Broadway, antigua novia de Terry, y protegida de Neil, muerta…

 

“¡¡¡No!!!”, gritó Neil, como si estuviera escuchando la noticia por primera vez.  “Susana no… yo no debí… ¡yo no debí!”

 

“¿No debiste qué?”, repitió Eliza.

 

“En su debido momento ofreceré más detalles sobre lo poco que el joven alcanzó a explicarme en el coche”, indicó George. 

 

“Neil, estás muy alterado”, dijo Albert, “¿Por qué no subes a tu habitación y descansas un poco?  Cuando despiertes te sentirás mejor y podrás contarnos  lo que te pasó.”

 

“No quiero saber nada… ¡no quiero ver a nadie!”, volvió a gritar el joven.

 

“Enviaré un telegrama a Nueva York”, anunció el señor Leagan.  “Neil no puede regresar al seminario en estas condiciones.”

 

“Estoy de acuerdo contigo”, murmuró la tía Elroy; y a medida que todo daba vueltas a su alrededor, sintió que le faltaba el aire, y cayó de bruces sobre el suelo, provocando mayor consternación entre todos.  “¡Dorothy!”, llamó la señora Leagan.  “Dorothy, ven rápido, ¡ayúdanos con la tía abuela!”

 

Dorothy emergió del cuarto de la servidumbre, y al contemplar la escena, sus ojos se llenaron de lágrimas.  La señora Elroy desmayada en el suelo, el joven Neil gritando con histeria, la niña Eliza petrificada al pie de las escaleras… “Enseguida voy, señora”, dijo.

 

“Querida”, el señor Leagan tomó por el brazo a su esposa, “debo enviar el telegrama cuanto antes.  ¿Crees que puedas tener todo bajo control?  Confío en ti…”

 

“George y yo te acompañamos, amigo”, ofreció Albert.  “Estás temblando y temo mucho por ti y el resto de la familia.”

 

“Ya que ustedes tres van a salir”, dijo Sarah a medida que limpiaba el sudor de la frente de Neil, “vayan a buscar a Candy al hogar de Pony.”

 

“¡Mamá!”, exclamó Eliza.  “Tú odias a Candy, ¿no es eso lo que nos has hecho creer?”

 

“Ahora más que nunca Neil necesita todo nuestro apoyo… y también el de sus amigos”, fue la respuesta de su madre.  “Se ha quedado dormido… ¿me ayudas a llevarlo a su cuarto?”

 

“¡Seguro, mamá!”  Eliza salió del trance en el que se encontraba, y tomando a Neil por la cintura, lo levantó de tal manera que ella y la señora Leagan pudieran quedar sosteniéndolo por ambos brazos.

 

“Señor Albert, permita que yo ayude a Dorothy a llevar a la señora Elroy a una de las recámaras”, sugirió George.

 

“¡Por supuesto!  También debemos ir por un médico…”

 

“De una vez debemos avisar a Archie y su prometida”, agregó el señor Leagan, cuyas manos aún temblaban por la impresión; y mirando a su esposa le dijo:  “Haces bien en enviar por Candy.  Ella es una enfermera graduada, y nos serviría de mucha ayuda.”

 

“Patty también puede brindarnos su asistencia”, añadió Albert, y de repente pensó que tal vez ella preferiría disfrutar unos últimos días de ocio en el hogar de Pony antes de regresar a Florida junto a su familia.  ‘Pero la necesito’, admitió.  ‘¡La extraño y la necesito tanto!’

 

“Ustedes los hombres son tan lentos para todo…”, se quejó Eliza.  “¡Apresúrense y monten el coche, George no debe tardar en llevar a la tía Elroy al cuarto!”

 

“¡Sí, señora!”, exclamaron Albert y el señor Leagan, quienes obedecieron de inmediato.  En cualquier otro momento, este último hubiera regañado a su hija por la insolencia con la que ésta le hablaba frente a terceros, pero la ocasión ameritaba un poco mas de acción por parte de todos.

 

Poco a poco Eliza y su madre llevaron a Neil a su cuarto, recostándolo sobre la cama de éste; y cuando la chica se detuvo a observar a su progenitora, sintió un escalofrío al ver la gran tormenta que se desataba en esos ojos… ‘Oh, Tom’, pensó, ‘si tan sólo estuvieras aquí conmigo, yo sabría perfectamente qué hacer.’

 

 

 

Terry no supo en qué momento Candy se había quedado dormida; simplemente se dio la vuelta luego de terminar de entonar su melodía, y allí estaba ella, acostada sobre el césped, con ojos profundamente cerrados, y una gran sonrisa dibujada en sus labios, los cuales estaban hinchados por sus besos, y él sonrió con orgullo, pues sabía a la perfección que ningún otro la había besado.  “¿Qué estarás soñando, pequeña pecosa?”  Apartó un rebelde rizo de la rosada frente, admirando el esplendor de sus cabellos sueltos.  “Candy… pensé que jamás volvería a verte…”, susurró, embargado por la emoción.  Y ya en la soledad de sus pensamientos, dio rienda suelta a su llanto, lágrimas de alivio de saberla bien y tenerla allí, a su lado. Lloró largo y tendido, liberando la gran opresión que se había agolpado en su pecho luego de la separación, sintiendo que había quedado muerto en vida…

 

La vio retorcerse de un lado a otro, estirándose cuan larga era; y en cuestión de segundos, abrió sus enormes ojos verdes, y el muchacho vio cómo ella extendía su mano hasta tocar la parte baja de la masculina espalda… y se sintió en el cielo.  “Estoy soñando”, la oyó decir, antes que ella se pusiera en pie, y comenzara a correr de un lado a otro.  “¡Oh, Terry, estoy soñando!”

 

“¡Candy, espera, no estás soñando!”, gritó él al ver cómo la chica trepaba uno de los arboles.  “¡Aguarda un momento, mona pecas!”

 

“¡Yupiiiiii!”  Candy continuaba saltando de rama en rama, por lo que Terry llegó al pie del árbol y esperó a que ella bajara, pero no fue necesario… justo cuando se balanceaba entre una rama y otra, la chica perdió el equilibrio, cayendo al vacío y aterrizando sobre el joven actor, quien no perdió tiempo en aprisionarla con sus brazos.  “No sabía que estuvieras practicando para ser trapecista en un circo”, comentó.

 

Vio cómo ella lo observaba por unos segundos, hasta que las verdes pupilas se abrieron con asombro, y un rubor intensificaba el tono rosado de su tez.  ‘Ya despertó’, dijo él en su interior, sin dejar de admirar su belleza, ‘¡y sabe que la estoy mirando!’

 

Ella se apartó de golpe y se puso de pie.  Cruzándose de brazos preguntó:  “¿Por qué llorabas?”

 

Lo había tomado desprevenido.  ¿Acaso ella había despertado al escuchar su llanto de felicidad… o nunca se había dormido del todo?  Optó por cambiar de tema.  “Tienes una ardua tarea por delante.  ¡Mira todos los diarios que se encuentran dispersos por la colina!”

 

“¿Por qué no me ayudas a recogerlos?”, sugirió ella, fingiendo enfado.

 

“No fui yo quien los tiró al ver a mi… ‘impostor’”, respondió el joven.

 

“Eres un…”  Como en los viejos tiempos, Candy levantó sus puños al aire y corrió en dirección a Terry con intenciones de saltar encima de él; pero el chico fue más rápido, y tomándola por las muñecas, la miró fijamente, derritiéndola hasta los huesos.  “No es la primera vez que estoy en esta colina, Candy…”

 

“Lo sé”, susurró ella, sosteniéndole la mirada.  “Nunca lo supiste, pero ese día que partiste bajo la nieve, yo estaba muy, pero muy cerca de ti…”

 

“¿En serio?”

 

“Llegué al hogar de Pony minutos después de que te fuiste, y tu taza de té aún estaba caliente.  Corrí lo más rápido que pude hasta aquí, y las huellas de tus pisadas seguían frescas como la nieve.  Estuvimos a sólo momentos de habernos encontrado”, finalizó diciendo, ocultando su rostro entre sus inmovilizadas manos para que él no viera la profunda tristeza que la arropaba.

 

Soltando las diminutas manos, Terry acercó su rostro lentamente al de Candy; pero a pocos centímetros de darle un beso, distinguió una figura en la distancia.  “¡Albert!”, exclamó.

 

“¿Albert?”  Candy se volteó, y reconoció la insignia de los Andley en los dos vehículos recién llegados, de los cuales habían bajado su padre adoptivo, George y… “¿Qué hace el señor Leagan aquí?”  preguntó.

 

“No sé quiénes son los otros dos, pero puedo ver por la seriedad de sus rostros que no se trata de nada bueno…”

 

“Tengo un fuerte presentimiento, Terry, ¡debemos regresar cuanto antes!”

 

“De acuerdo; pero primero prométeme una cosa…”

 

“¿Sí?”

 

Tomándola de la mano, y mirándola a los ojos, él le dijo:  “Pase lo que pase entre nosotros, no vuelvas a recogerte el cabello.”

 

Una vez más, ella se ruborizó, antes de emitir una nerviosa risilla.  “¡Eres imposible, Terry Grandchester!  Está bien… te lo prometo.” 

 

El sonrió con picardía, y un brillo intenso se apoderó de sus ojos zafiro; y manteniendo el contacto de sus manos, ambos jóvenes corrieron de regreso a la casa Pony.  Al abrir la puerta, los tres visitantes se levantaron de sus asientos a la vez que la señorita Pony y la hermana María se acercaban a recibirla.  “¿Candy, dónde estabas?”, preguntó esta última.  “Ha ocurrido algo terrible… ¡Terry!”, exclamó al ver al joven inglés.

 

“Señorita Pony, hermana María… me da mucho gusto saludarlas, pero tal parece que ustedes tienen algo más importante que decirnos”, dijo Terry.

 

“Lamento no poder charlar contigo, Terrence, pero algo muy grave ha pasado”, indicó Albert, estrechando la mano de Terry.  “Ellos son mi ayudante George, y el señor Leagan, padre de Eliza y Neil.”

 

“Gusto conocerlos, soy Terry Grandchester.”

 

“Tal vez no me recuerde, señor Terry, pero yo abordé el barco Mauritania rumbo a Londres junto a la señorita Candy”, dijo George.  “Es muy oportuna su presencia ya que usted estuvo comprometido con la señorita Marlowe, y merece saber…  ella murió hace unas horas…”

 

“¿Cómo?”, preguntaron Terry y Candy al unísono.  “¿Que Susana quéeee?”, repitió él, echando su cabello hacia atrás… de repente sentía como si se estuviera sofocando.

 

“Se lanzó de la ventana de su habitación en el hospital”, señaló el señor Leagan con el rostro compungido.  “George llegó momentos después a recoger a Neil, y éste se encontraba, y todavía se encuentra, en una crisis de nervios…”

 

“Por lo poco que el señor Neil me pudo contar mientras íbamos de regreso en el vehículo”, interrumpió George, “puedo deducir que la señorita Marlowe le confesó su amor, y no soportó el rechazo del joven por lo que-“

 

“Susana…¿enamorada de Neil?”, insistió Candy en voz alta.  La felicidad que la invadía luego de su reencuentro con Terry se disipó de inmediato.  “¿Qué más ha dicho Neil, señor Leagan?”

 

“Se siente culpable por lo ocurrido, e incluso dice que ya no podrá ser sacerdote…”

 

“¡Pamplinas!”, gritó Terry, dando un puño contra la mesa.  “Es preciso que me lleven con Neil de inmediato, ¡tengo muchas cosas que decirle sobre Susana!”

 

“¡Terry, respeta a los muertos!”, exclamó Candy.

 

“No tienes idea de lo complicada que ha sido toda esta situación”, dijo él.  “Tu también mereces saber mucho sobre Susana…¡Ahora comprendo el grave error que cometí al haberla aceptado en mi vida!”  Respiró hondo.  “Siento como si una venda me fuera arrancada de los ojos…”

 

“¿A qué te refieres, Terry?”, preguntó Albert.

 

“Luego les explicaré; sólo déjenme ver a Neil. ¡Necesito ayudarlo a salir de ese abismo en el que ha caído!”

 

“También te necesitamos a ti, Candy”, agregó Albert.  “La tía abuela se impresionó tanto con la noticia que sufrió un colapso, y Dorothy y Eliza han tratado de ayudar a Sarah, pero no ha sido suficiente.”

 

“Ustedes pueden adelantarse”, dijo Terry.  “Mi asistente Russell ya me estaba esperando cerca de la colina de Pony.  Candy y yo pasaremos por él y saldremos rumbo a la mansión Leagan.

 

“¿Ya procuraron a un médico?”, preguntó Candy.

 

“Me disponía a buscar al doctor Martin en cuanto saliéramos de aquí”, contestó el rubio.  “Sólo falta avisar a Annie y a Archie… él partió temprano en la mañana a Chicago, pero supongo que ambos están ahora con los señores Britter.”

 

“Yo me haré cargo, Albert”, anunció Patty, quien hacía su entrada a la habitación.  Albert no pudo evitar suspirar al verla en su ropa de dormir.  Al verlo, ella sonrió y añadió:  “Pediré a John que me lleve a casa de Tom, y de allí cabalgaremos a casa de Annie.”

 

“¡Gracias, Patty!”, exclamó Albert, dándole una palmada en el hombro, y se volvió a dirigir a los presentes.  “No hay tiempo que perder; Neil ha hecho mucho por todos nosotros en las últimas semanas, y es nuestro turno de apoyarlo ahora que nos necesita.”  Y antes de abandonar el lugar, se dio la vuelta una última vez para contemplar a Patty, y su corazón comenzó a latir apresuradamente.

 

 

 

Eliza y su madre tomaban asiento junto a la cama donde Neil dormía profundamente.  “Espero que no se tarden mucho”, suspiró la joven con cansancio.

 

La señora Leagan advirtió unas líneas de expresión en el rostro de su hija.  “Estás muy tensa, Eliza, y con toda razón.  Ve a descansar a tu cuarto; las próximas horas serán difíciles para todos, en especial para Neil.”

 

“Tu también mereces un descanso.”

 

“Eliza, por una vez debo actuar como madre y olvidarme de todo lo demás…”

 

“¿Es por eso que ordenaste que trajeran a Candy?  No debe ser fácil para ti tenerla con nosotros bajo un mismo techo.”

 

“Pero ahora tú la aceptas, ¿no?  Si es así, ¿por qué no contar con su ayuda un par de horas hasta tanto se normalice la situación?”

 

Eliza quedó boquiabierta.  “¡Mamá, me sorprendes!  ¿En serio te encuentras bien?”

 

La autora de sus días la tomó por los hombros, y plantando un beso en la frente de la muchacha respondió:  “Aún en medio de toda esta tragedia, debo decir que nunca antes me había sentido mejor.  Me siento muy orgullosa de ti, Eliza, y de todo lo que has hecho, bueno o malo.  Después de todo, sólo actuabas según mis deseos, y el hecho de que siempre trataras de complacerme, aunque fuera de forma incorrecta, te convierte en excelente hija.”

 

“¡Mamá!”  Los ojos de Eliza se llenaron de lágrimas.

 

“Anda, no es momento para llorar; yo me quedaré aquí con Neil.” 

 

Eliza asintió con la cabeza, y cerró la puerta tras de ella, dejando a Sarah Leagan a solas con su hijo.  “Mamá…”, murmuró él entre sueños.

 

Ella tomó la agitada mano de su hijo entre la suya.  “Aquí estoy, Neil… lista para escucharte…”

 

Neil despertó de golpe al sentir la cálida mano de su madre, y se sentó erguido.  “¡Mamá!”, gritó llorando, lanzándose a los brazos de su progenitora.  “Mamá, ya no podré ser sacerdote… ¡jamás me lo perdonaría!”

 

La señora Leagan recostó la cabeza de Neil sobre su hombro; y por primera vez en muchos años, dejó que sus propias lágrimas rodaran por sus mejillas.  “¿En serio el sacerdocio es tan importante para ti?”

 

Neil alzó la mirada, encontrando sus propios ojos reflejados en las llorosas pupilas de su madre.  “Es lo que más deseo, ¿pero cómo puedo ser sacerdote y llevar esta gran culpa al mismo tiempo?  ¡No merezco la vida en el clero, mamá!”

 

Sarah apretó a su hijo fuertemente contra su pecho.  “Hijo mío… hijito… ¡perdóname!  No sabes cuánto lamento no haberte apoyado en tu vocación… Pero no te desanimes, ¡aún puedes ser sacerdote!  No tienes que pensar en eso ahora; de hecho, tu padre iba a enviar un comunicado al seminario informando lo que sucedió.”

 

“Tenías que haber visto la cara de Susana cuando…”

 

“Shhhh…¡ aleja ese pensamiento de tu mente!  Tú no mataste a Susana, Neil; ella decidió quitarse la vida por su propia cuenta.”

 

“¡Pero lo hizo por mi culpa, porque creyó que podía tener un futuro conmigo!  No debí haberla ilusionado…”

 

“¡No lo hiciste!”, exclamó su madre con firmeza.  “Vamos, duerme un poco más; en cualquier momento vendrá un medico a revisarte.  Y Neil,”, lo observó con una ternura nunca antes prodigada por ella, “te amo, a ti… y a Eliza; te has convertido en un buen hombre, y me siento orgullosa por eso.”

 

“Yo también te amo”, dijo él en voz baja, antes de caer nuevamente en un profundo sueño.  Y mientras Sarah terminaba de abrigarlo con las sábanas, al otro lado de la puerta, Eliza derramaba lágrimas de felicidad.  “Yo también te amo, mamá”, susurró, y caminó en dirección a su habitación.

 

 

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