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El padre Leagan-Capítulo 13

PARTE XIII: Adiós, Susana

 

Candy no sabía si llorar de alivio o enfadarse.  Terry… el hombre de sus sueños y de sus pesadillas, la espina enterrada en lo más profundo de su corazón…por segunda ocasión se encontraba en la colina de Pony, esta vez frente a ella… y ambos se habían besado intensamente.  “Debería golpearte tal y como hice en Escocia”, fue lo único que alcanzó a decir.

 

“No pensabas eso hace unos segundos… tu corazón me vio antes que tu razón.”

 

“¿Insinúas que ya te había reconocido?”

 

El se recostó sobre el césped.  “Creo que en el fondo lo sabías, pero te negabas a aceptarlo.”

 

“¡Sigues siendo el mismo presumido de siempre!”

 

“Si hubiera sido Russell, ¿habrías respondido al beso?”

 

Candy lo miró con furia, intentado contestarle, no obstante cuestionó:  “¿Qué papel juega Russell en todo esto?  ¿Y por qué me han hecho esta broma tan pesada?”

 

“Suelo hacer muchas bromas, pero ninguna de tal magnitud, pecas.”  Terry se sentó quedando ambos frente a frente.  “Lo cierto es que hace varios meses encargué a Russell, mi ayudante, a estar pendiente a ti para yo asegurarme que estabas cumpliendo tu parte en la promesa que ambos nos hiciéramos de ser felices; pero hace un mes me envió un telegrama indicando que no te encontrabas bien, y es así como aguardé a que Robert Hathaway me concediera un tiempo libre para venir y yo mismo comprobar si eras feliz o no.”

 

“Y ordenando a Russell que se vistiera como tú, ibas a hacerme un enorme favor, ¿no es así?”

 

“Quería confirmar si tu tristeza estaba relacionada conmigo y…  con lo que pasó entre nosotros. Es por eso que ordené a Russell que apareciera ante ti ocasionalmente; y si tus reacciones fueron tal y como él me las describió, entonces tu pena es demasiado grande…”  ‘Tan grande como la mía’, quiso decir, pero añadió:  “Llegué en la madrugada; pensaba venir hace unos días, pero en eso llegó el Duque de Grandchester desde Londres y…”

 

“¿Tu padre… tu padre vino a América?”

 

Terry se cruzó de brazos en forma casual, y el corazón de Candy dio un vuelco al recordar los característicos gestos del joven inglés.  “Hace unas semanas escribí una carta al señor Richard, y como respuesta él y mis hermanos tomaron el primer barco hacia Nueva York, y tuvimos algo así como… un encuentro entre padre e hijo.  Al principio mis hermanos se mostraban parcos conmigo, pero ante la ausencia de la esposa de mi padre, fueron relajándose y al final dimos varios paseos por Broadway.  Una lástima que heredaran la cara de cerdo de su madre…”

 

“¡Terry!”  Candy olvidó su disgusto por un momento.  “¿Qué hay de Eleanor Baker?”

 

“Se podría decir que la visito frecuentemente…  ya no niega mi existencia, menos ahora que yo también soy actor.”

 

“Me alegro tanto por ti, mi-“  Iba a decir ‘mi amor’, pero se detuvo.  “¿No deberías estar al lado de Susana?”

 

“Supe por medio de Russell que ya estás al tanto de la separación.  Candy, esta vez fue Susana quien tomó la decisión de abandonarme, no yo.”

 

“¡Eso no cambia las cosas!  ¿Sabías que Susana se encuentra en el hospital Santa Juana?”

 

Terry palideció, y Candy sintió remordimiento por la forma tan abrupta como reveló la información.  “¿Susana… en Chicago?  ¿La has visto?”

 

“Neil no lo considera prudente.  Lo último que él me contó fue que con su ayuda ella encontró la fortaleza para salir adelante en su recuperación, y está haciendo uso de una pierna especial.”

 

“Dijiste Neil… ¿te refieres a Neil Leagan?”, preguntó él con incredulidad.  “¿Y tú qué haces hablando con ese infeliz?”

 

“Ese infeliz, como tú dices, está tomando estudios para convertirse en sacerdote.”

 

Terry permaneció inmóvil por unos segundos, consternando a Candy.  “¿Terry, que tienes?  ¿Te sientes bien?”  Pero él sólo dio un sobresalto y un sonido se agolpaba en su garganta, hasta que no pudo más y cayó sobre el césped, riendo a carcajadas.  Candy no pudo evitar sonreír al escuchar su hermosa y sarcástica risa.

 

“Jajajajaja… ¡nunca cambiarás, mona pecas!”  Al ver que su risa no era compartida, se detuvo, y fue entonces cuando recordó las palabras de Russell en uno de los telegramas:  Un cura intenta ayudarla…  Se puso de pie, al igual que ella.  “¿En serio Neil planea convertirse en sacerdote?”

 

“Así es, Terry.  Eliza también ha cambiado… y mucho.”

 

“¡No lo puedo creer!  ¿Y qué me dices de la tímida, la gordita, y el elegante?  Sobre Albert he leído en los diarios… ¡vaya que el hombre se lo tenía bien callado, el asunto de su verdadera identidad!  También me enteré de la muerte de Stear.”

 

“Patty regresó con Albert de una misión en África, y se quedará aquí en el hogar unos días hasta que se haya celebrado la boda de Annie y Archie… si sigue en pie.”

 

“Si sigue en pie… ¿acaso ya no planean casarse?”

 

“¡Es una situación muy extraña la de ellos!”

 

“¿Qué me dices de ti, pecosa?  ¿Por qué no regresas a tu trabajo como enfermera?”

 

“Prefiero ayudar a la señorita Pony y a la hermana María…”

 

“Otras veces has dejado el hogar de Pony para seguir tu propio camino.  ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?”  No necesitó que ella respondiera: cuando sus ojos se encontraron con las verdes pupilas de ella, vio en las mismas la respuesta que temía, y al mismo tiempo deseaba.  Como para aliviar la tensión que se había generado, extrajo la armónica de uno de sus bolsillos.

 

“¡No, Terry!”  Candy intentó arrebatarle el instrumento, pero la desventaja que tenía en altura en proporción a la imponente estatura de Terry impidieron que alcanzara su objetivo.

 

“Te noto muy amargada… y ya es hora de acabar con ese mal genio.”  Y antes que Candy pudiera evitarlo, él comenzó a interpretar la melancólica melodía de aquella noche, cuando a las afueras del cuarto de castigo entonaba su despedida del Real Colegio San Pablo. 

 

“¡Quiero que te detengas, Terry!  Ya nada es como antes; ¡todo ha cambiado!”

 

“Te equivocas, Candy… nada ha cambiado.”  Aún con la armónica en mano le dijo:  “Hace mucho que Susana y yo rompimos, mas no fue sino hasta ahora que vine a verte… y debes estar preguntando por qué esperé tanto para hacerlo.  Tuve razones muy poderosas para demorarme, y muy pronto lo comprenderás todo.”  Y continuaron en silencio, él tocando la armónica, y ella observándolo, sintiendo una fuerte opresión en su pecho, y al final aceptó en su interior la verdad de las palabras de Terry.  ‘Tienes razón, nada ha cambiado… y  yo me sigo sintiendo bien a tu lado.’

 

 

 

Archie sabía que la encontraría a orillas del lago, uno de los lugares preferidos de la joven para meditar.  “¡Annie!”,  gritó, rogando porque la chica no hubiera regresado a casa con sus padres. ¡ Necesitaba hablar a solas con ella!  “¡Annie, dime que estás aquí, por favor!”

 

“¿Por qué gritas, Archie?”, preguntó Annie mientras se levantaba de una piedra contra la cual se había recostado.  “¿Sucede algo?”

 

El dio dos grandes pasos en dirección a ella, y tan firme era su resolución que la joven se apoyó contra el tronco de un árbol en busca de protección.  “¿Archie, qué te ocurre?  Me estás asustan-“  Su voz se apagó por completo; soteniéndola fuertemente por la barbilla, él la obligó a mirarlo directo a los ojos.  Y justo cuando ella vio su propio rostro reflejado en ellos, él descendió el rostro hasta contemplar los rosados labios que ahora temblaban bajo el contacto de su mano… y la besó allí mismo, sin aviso alguno ni acto de presentación…  Annie se sostuvo del torso de su novio para no perder el balance y caer, sin percatarse que ella le estaba devolviendo el beso con la misma pasión.  Así estuvieron unos minutos, abrazándose, besándose, acariciándose el rostro… hasta que al fin él se separó, alisándose su revuelta cabellera.  “Debo cortarme el cabello… ¡no pensé que sudaría tanto al besar a mi chica!”

 

Ella se tocó el rostro para calmar el rubor que aún permanecía en sus mejillas.  “¿Cuándo decidiste que yo era tu chica otra vez?”

 

“Debes pensar que me he vuelto loco… y quiero pedirte perdón, pero no por este beso, ¡ése debí habértelo dado hace mucho tiempo!  Fui un tonto al haber dudado de ti y de tu cariño, como también fui un idiota al  haber usado como pretexto los detalles de la boda y salir despavorido.”

 

“¿Y por qué no dudas ahora?”

 

“Tuve un desafortunado encuentro con Neil”, bajó la cabeza, sin ocultar la vergüenza que aún sentía, “¡y esa señora Townsend es un veneno!  No bien hizo el ridículo con nosotros, y de inmediato estaba hablándonos sobre unos supuestos gemelos… pero no había la necesidad de que todo esto ocurriera para yo abrir los ojos y darte a ti tu lugar.  Annie, tú mereces que yo corresponda tu amor con el mismo fervor, ¡y no sabes cómo te he extrañado!  ¿Me perdonas?”

 

Ella dio varios pasos adelante, y luego se detuvo.  “Hice creer a todos que seguiría adelante con los trámites para la boda, pero mentí.  Cancelé todo… no hubiera soportado que me dejaras plantada, pero tampoco quería que supieras cómo me afectaba todo esto.”

 

“Tus padres deben odiarme… ¡y todo por la señora Townsend y el arranque de celos que en mí provocó!”

 

“Papá y mamá son más comprensivos de lo que imaginas; incluso mi padre intuía que tarde o temprano entrarías en razón, ¡aunque no tan rápido!”  Tomó el rostro de su novio entre sus manos.  “Pero tenías razón en una cosa: me estaba dejando llevar por las trivialidades de la recepción, y casi olvidaba que lo más importante era la comunión de nuestras almas. Es por eso que si reanudamos nuestros planes de boda, mi deseo es que esta vez lo hagamos de la manera más sencilla posible… ¿en la colina de Pony, tal vez?”

 

“¡Me parece perfecto!  ¿Significa que me perdonas?”

 

“Sólo si tú dices las palabras que quiero oír…”

 

“Te amo, Annie…”, susurró él, cubriendo de besos el rostro de la morena.  “¡Te amo!  No puedo esperar a que te conviertas en mi esposa…”

 

“Yo también te amo, Archie, tú lo sabes… ¿Cuándo debemos casarnos entonces?”

 

“¡Lo antes posible!  ¿En unos días estará bien?”

 

“¡De acuerdo!”  Y tomados de la mano, ambos caminaron rumbo al coche de Archie.  “¡De no haber sido por este confuso incidente, no hubiéramos revalidado nuestro compromiso!”

 

“Tienes razón, mi amor”, dijo su prometido.  “Todo esto tuvo que pasar para yo afianzar mis sentimientos por ti.”  Posó un dedo índice en los ahora hinchados labios femeninos.  “¡Y creo que te ha gustado el resultado de mi análisis!”  Y abordaron el coche camino a casa de los Britter, con el propósito de aclarar todo… y comenzar de nuevo.

 

 

Llevando un pequeño vendaje en la nariz, Neil abrió la puerta del Cuarto Especial.  Susana, cuyo aspecto desaliñado enmarcaba su demacrado rostro, caminaba de un lado a otro de la habitación haciendo uso de su nueva pierna; pero su semblante se iluminó en cuanto vio a Neil tomar asiento junto a la cama.  “¡Neil, por fin llegas!  ¿Por qué tardaste tanto?  ¡Oh!”  Observó la nariz del chico, y con dificultad corrió a su lado, cayendo a los pies de éste, y tomando las manos de él entre las suyas.  “¿Qué fue lo que te hicieron?”

 

“No tiene importancia… en un par de días mi nariz sanará por completo.”  Miró a ambos lados de la habitación.  “¿Dónde está tu libro?  Quiero ver cómo va la historia antes de partir… ¡prométeme que cuando me escribas me contarás el final!”

 

Susana inclinó la cabeza, dejando caer gruesas lágrimas sobre las piernas de Neil.  Su congoja le impedía incorporarse y mirarlo a los ojos, y al joven se le desgarró el corazón.  “¿Qué está pasando, Susana?  Justo ahora que estabas mejorando… ¿Por qué estás tan triste?”

 

Al principio ella no respondió, hasta que secó sus lágrimas diciendo:  “Ya no tiene sentido que termine de escribir la obra…”

 

“¡No digas eso!  ¡Dios te ha bendecido con una pluma talentosa, y te ha llenado de inspiración aquí, en el Cuarto Especial!  No puedes dejar inconcluso lo que con tanto empeño comenzaste.”

 

“Sabes muy bien qué fue lo que me inspiró, Neil; fuiste tú.”

 

“Aún no me acostumbro a la idea de que hayas basado tu escrito en mí, pero eres tú quien posee el don de la escritura, no yo.”  Se levantó y contempló la ciudad desde la ventana.  “Me prometiste que el día que salieras de este hospital, tú y yo saldríamos caminando juntos.  Hoy regreso a Nueva York, pero aún estás a tiempo de cumplir tu promesa.”

 

“¡No!”  Nuevamente el llanto se apoderó de la enferma, y en esta ocasión apoyó sus manos en el suelo.  “No puedes irte así, Neil… ¡no puedes dejarme sola!”

 

“Tengo que hacerlo, Susie, ya habíamos hablado sobre esto… además, en cualquier momento volverás a Nueva York”, reiteró Neil.  “Lo que no entiendo es por qué te estás dejando vencer de nuevo.  ¿Acaso discutiste con tu madre, o continúas pensando en Terry?”

 

La enferma levantó la vista con enojo.  “¿Cómo puedes pensar que aún sigo enamorada de Terry, después de todo lo que he vivido aquí en este hospital?  ¿Cómo te atreves siquiera a comparar mi noviazgo con Terry con los momentos que yo he pasado aquí contigo?”  Comenzó a arrastrarse por el suelo, hasta que volvió a encontrar los pies de Neil, y aferrándose a ellos exclamó:   “¡No me prives del placer de contar con tu compañía!”

 

“¿Estás enamorada de mí, Susana?”

 

Ambos guardaron silencio.  Susana lo miró con ojos muy abiertos, haciendo un esfuerzo por controlar el temblor que hacía rechinar sus dientes.  Sin decir nada, cerró la boca con firmeza, y al verla una vez más a los ojos, Neil obtuvo la respuesta a su pregunta.  “No puede ser…” Se llevó las manos detrás de la cabeza, y cerró sus ojos en un intento por borrar la escena de su memoria.  “¡No puede ser!”

 

“No es tu culpa, Neil… no fue mi intención haberme enamorado de ti, no sólo porque eres candidato a sacerdote, sino también porque no estaba lista para amar de nuevo…”

 

“¡No fue tu intención pero lo hiciste!  ¿Cómo fue que sucedió… algo que hice o que dije? ¿En qué fallé para que te ilusionaras de esa manera?”  Dio un puño contra la cama.  “¡Jamás pensé que esto pasaría!”

 

“¿No pensaste ni un poco en esa posibilidad?”

 

“¿Posibilidad?”  La levantó de golpe colocándola al borde de la cama.  “Aquí hay un malentendido; mi intención contigo al venir a visitarte  era brindar  apoyo amistoso y espiritual, y ese apoyo se lo hubiera ofrecido a cualquier otro paciente, ya que cuando el doctor Lenard me pidió que colaborara con su paciente, no pensé que se tratara de ti… ¡así que quítate esa absurda idea de la cabeza!”

 

“Te amo, Neil”, confesó ella ante la mirada perpleja de su acompañante, “ …más que a Terry, y más que a ninguna otra persona en este mundo… y tenía la esperanza que recapacitaras a tiempo sobre tu práctica religiosa y estuviéramos juntos.  ¿Acaso no estuviste enamorado de Candy, según me habías contado?”  Los ojos de la rubia joven imploraban, y Neil tuvo el imperioso deseo de salir corriendo del hospital.

 

“Pensé que lo estaba, pero sólo era un capricho, y fue hace mucho tiempo.  Yo sólo estoy enamorado de Dios, y tan grande es ese amor que en mi corazón ya no hay espacio para ninguna mujer.”

 

“¡Eso no era lo que pensabas cuando te fijaste en Candy!”

 

“¿Por qué insistes en competir con ella?  Comprende de una vez, Susana, Candy no es tu rival, nunca quiso serlo. ¡Por eso te dejó el camino libre para que estuvieras con Terry!”

 

“¿No puedes siquiera pensarlo un poco?  ¡Recuerda todas las cosas que tenemos en común!  Ambos cometimos errores en el pasado y estuvimos dispuestos a enmendarlos-“

 

“No se puede enmendar un error con otro”, aclaró él.  “De yo haber sabido que esto pasaría, no hubiera aceptado ayudar al doctor Lenard.”  Se dirigió a la puerta.  “Adiós, Susana; siento mucho que tenga que ser de esta manera… ¡ni siquiera me atrevo a abrazarte!”  Ya todo le quedaba claro:  la rápida mejoría en la salud de la chica, la intención de ésta en terminar de escribir la obra, su recuperación con la pierna recién adquirida… ¡ninguno de los avances de Susana se debía a su deseo de realizarse como mujer, sino a que se había enamorado de él!

 

“¡No me trates así!”  Al ver la furia contenida en los ojos del religioso preguntó:  “¿Es por mi pierna amputada que me rechazas?”

 

“Esto no se trata de rechazarte o no, sino de lo que es correcto para ambos.”

 

Ella continuó llorando, y luego de unos segundos dijo:  “Necesito tomar aire, Neil… ¿serías tan amable de abrir la ventana, por favor?”

 

“Seguro”, contestó él.  Abrió la ventana de par en par, y antes de salir por la puerta añadió:  “Prometo escribirte, pero ante las circunstancias, no lo haré de inmediato… al menos no hasta que me demuestres que ya no piensas en mí como hombre.”

 

“Neil, no te vayas… ¡sin ti yo no soy nadie!”, exclamó Susana.

 

“Busca de Dios; sin Él, entonces sí que no eres nadie…”  Y sin decir más, cerró la puerta tras de sí, dejando a una desconsolada Susana llorando con histeria en la amplitud del Cuarto Especial.

 

A medida que bajaba las escaleras principales del hospital, Neil veía cómo todo daba vueltas a su alrededor.  Aún no podía dar crédito a las palabras de Susana, a su confesión de amor… Ya se encontraba en los jardines frontales cuando tuvo un súbito deseo de recostarse contra un árbol para darse un  respiro en medio de su agitación, y así lo hizo.

 

“¡Ese gran pájaro va a estrellarse contra el suelo!”, gritó un pequeño paciente, apuntando hacia el edificio central.

 

Neil giró en dirección al punto hacia el cual señalaba el chico, en el mismo instante en que un bulto descendía al vacío y aterrizaba dando un mortal golpe sobre una fuente.  Pero el niño se había equivocado: no era un pájaro lo que había caído… El cuerpo inerte de Susana Marlowe flotaba sobre el agua, y sus ojos abiertos y carentes de luz parecían mirar a Neil con reproche.

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