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El padre Leagan-Capítulo 12

PARTE XII:  Bendito engaño

 

 

Un mes después

 

El rocío de la mañana adornaba la espesa vegetación tras la cual parecía esconderse la mansión Leagan, y unos tenues rayos de sol se infiltraban a través de la ventana de la habitación de Neil, quien le había tomado la delantera al amanecer, empacando sus pertenencias en plena madrugada.  La ansiedad no le había permitido dormir, y no era para menos, pues la impotencia de no cumplir con nada de lo que había propuesto lo había dejado abatido.  Archie aún no perdonaba a Annie, a pesar de que la boda seguía en pie y la misma estaba pautada para celebrarse en los próximos dos días, pero Neil no estaría presente para la ocasión pues en un par de horas abordaría el tren que lo llevaría de regreso a Nueva York… y al seminario.

 

Pero el disgusto de Archie y Annie  no era lo único que lo perturbaba.  Albert aún no emitía contestación alguna sobre lo que él le había propuesto durante la conversación que ambos habían sostenido poco después del regreso del millonario Andley a Illinois, y eso le preocupaba sobremanera; por su parte, Susana, quien ya estaba próxima a abandonar el hospital luego de habérsele administrado una serie de ejercicios haciendo uso de su nueva pierna, había sufrido una inesperada recaída de salud.  El doctor Lenard se mostraba profundamente consternado por el desánimo que mostraba la chica, aún luego de que ésta recibiera la visita de su madre los pasados días. Su única motivación era terminar de escribir la obra que tanto deseaba presentar en un futuro en algún teatro de la nación.  “Iré a verla un momento , luego paso a recoger mis cosas y me marcharé”, se dijo Neil con tristeza… y es que luego de la sincera conversación que él y Eliza habían sostenido con su padre, la señora Leagan se negaba por entero a compartir en familia con ellos, mientras que el señor Leagan hacía todo lo contrario: con excepción de los momentos en que Eliza y Neil cumplían con sus respectivas obligaciones con Tom y Candy,  el hombre que antes fuera un ocupado hombre de negocios salía a todos lados en compañía de sus hijos, disfrutando cada instante al máximo, como si cada día fuera el último.  ‘Mamá’, pensó Neil conteniendo un sollozo, ‘¡no quisiera despedirme de ti de esta manera!’

 

Colocó las valijas al pie de la cama con sumo cuidado para así evitar que Dorothy tropezara con las mismas a la hora de asear la habitación.  Dorothy había regresado a Lakewood la semana anterior, y más tarde Neil la llevó al hogar de Pony, donde encontraron a una jubilosa Candy quien junto a su huésped Patty mostró a Dorothy cada rincón del hogar.  No era de extrañarse que Candy hablara hasta por los codos con ambas amigas, pero Neil quedó boquiabierto al ver cómo Patty se desenvolvía con una soltura nunca antes vista en ella, y llegó un punto en que se preguntó:  ‘¿Es ésta la misma muchacha tímida que partió de Florida destruida por la muerte de Stear?’  Tal parecía que la estepa africana le había sentado bien física y emocionalmente, pues hubo ocasiones en que incluso se le veía más extrovertida que Candy.  Patty no paraba de hablar de las clases impartidas a los niños, de los consejos que le daba la hermana María, de los paseos que daba en compañía de Albert… y era entonces cuando el semblante de la diminuta chica adquiría diferentes matices.  Por otro lado, Candy, en medio de su alegría de tener cerca a sus amigas, andaba un tanto distraída, y al principio Neil pensaba que se debía a la propuesta de trabajo en Nueva York, por lo que una tarde, mientras ayudaba a Candy a ordeñar unas vacas, decidió ir al grano y preguntó a la chica directamente qué era lo que le ocurría, y cuando ésta finalmente  reveló lo que ocupaba su mente, él tuvo que sostenerse de la vaca para no desplomarse.  Candy, la siempre alerta y sensata Candy White, había mantenido oculto un secreto, el cual hasta entonces no se había atrevido divulgar, ni siquiera a la señorita Pony y a la hermana María, como tampoco a Albert: en las pasadas semanas, había tenido alucinaciones con Terry.  “Si continúo así, iré a la clínica del doctor Martin para que me examine”, había dicho ella la última vez que se vieron, mientras que Neil permanecía impávido escuchando todos los relatos de su amiga sobre el alegado número de veces que ella había visto a Terry… a cada hora y en cada lugar.  Terry en la iglesia, Terry en la colina de Pony, Terry en el lago… y cuando Neil le recordaba que Terry se encontraba en Nueva York, y que las posibilidades de este último de viajar a Chicago eran muy remotas, Candy sólo se encogía de hombros y le daba la razón.  ‘Necesitas ayuda, Candy, y no solamente de Dios’, pensó Neil sintiendo lástima de la atormentada jovencita.

 

Cerró la puerta tras de sí, y caminó en puntillas para no despertar a Eliza.  ¡Qué mucho había cambiado su hermana en las últimas semanas!  Los esfuerzos de ésta en mejorar sus relaciones en la familia eran la única satisfacción del chico en medio de tantos intentos frustrados en ayudar a sus otros amigos.  ¿Pero por qué ella no abría su corazón a Tom?  Al principio pensó que se debía a la diferencia de clases, pero descartó esa posibilidad al observar cómo Eliza atendía los asuntos de la granja y se ofrecía a ayudar en el hogar de Pony ocasionalmente.  ¿Qué la detenía entonces?  Una vez la oyó decir que Tom no era lo que aparentaba, que sólo le interesaba el dinero… A Neil se le hacía imposible imaginar a Tom en ese plano, más aún tomando en cuenta la prosperidad de la granja y las ganancias que el ranchero había obtenido de las mismas dentro y fuera de los Estados Unidos, por lo que las razones expuestas por Eliza para no aceptar otro tipo de relación de Tom no eran sino una excusa para no estar a su lado.

 

Mientras Neil abordaba el coche que lo llevaría al hospital Santa Juana, a pocos pasos de dicha institución  Abigail Townsend estrechaba la mano de Archie Cornwell.  “Es para mí un placer conocerlo en persona, señor Cornwell; ¡es usted un joven muy apuesto!”, exclamó la mujer ajustando su sombrero.

 

“Me disponía a atender unos asuntos de mi tío cuando recibí un nuevo telegrama de usted.  ¿Qué se le ofrece?”

 

“Verá… en el poco tiempo que llevo en la ciudad, he aprendido a amar tanto este lugar que no puedo evitar preocuparme por todos los que aquí viven, incluyéndolo a usted y a su distinguida familia, y fue por tal razón que envié aquel telegrama sobre su prometida y el joven con el cual se veía a escondidas… y es inquietante ver cómo ese sujeto tiene el descaro de continuar frecuentando estas calles, atentando contra la reputación de sabe Dios qué otra jovencita.  ¿Comprende usted lo que quiero decir?”

 

“Absolutamente.  Pero dígame, ¿qué tiene que ver eso conmigo, señora Townsend?”

 

“Usted pertenece a una de las familias más ricas y poderosas de todo Chicago.  ¿No cree que es hora de que alguien confronte a ese desvergonzado y lo ponga en su sitio?”

 

“¿Ha tratado de hablar con él, señora Townsend?”

 

Ella se aclaró la garganta.  “Ejem… yo soy una dama, y tengo miedo de los peligros a los cuales pudiera enfrentarme si hablo con ese tipo.  En cambio usted… al ser un hombre,  tiene menos probabilidades de que lo lastimen.”

 

“¿Se encuentra él aquí ahora mismo?”

 

La viuda miró a ambos lados, alcanzando a ver la ya conocida figura.  “Allá está, a punto de entrar al hospital Santa Juana. Siempre entra allí, fingiendo visitar a un enfermo,  pero puedo apostar a que debe estar citándose con algunas de las enfermeras.”

 

Archie contuvo el deseo de darse la vuelta e ir corriendo en busca del desgraciado que le había robado la atención de Annie.  “No creo que sea buena idea hablar con él, señora Townsend;  un tipo de su calaña no merece que movamos un solo dedo.”

 

“Creo que no tiene otra salida, señor Cornwell”, dijo la señora Townsend, “porque viene directo hacia nosotros.”

 

Archie sintió cómo sus poros exudaban adrenalina en grandes cantidades, siendo incapaz de reprimir la ira que se acrecentaba a medida que escuchaba los cada vez más cercanos pasos de su rival.  En un solo movimiento, cerró uno de sus puños, y dándose la vuelta, propinó el mismo contra el rostro de… “¡Neil!”, gritó.  Pero ya era tarde: el joven Leagan yacía en el suelo, intentando limpiar su ensangrentada nariz.  “Neil, ¿qué estás haciendo aquí?”

 

“Precisamente eso iba a preguntarte, y además quería despedirme pues hoy regreso a Nueva York”, contestó Neil, tratando de incorporarse, mas echó la cabeza hacia atrás luego de un repentino mareo.  “¿Qué haces aquí a tan tempranas horas?”

 

“¿Entonces ustedes se conocen?”, preguntó horrorizada la señora Townsend.

 

“¡Claro que nos conocemos!”, exclamó Archie con indignación.  “¡Neil Leagan es mi pariente, y está próximo a convertirse en sacerdote!”  Tomó la mano de Neil, ayudándolo a ponerse en pie.  “¡Neil, cuánto lo siento!  La señora Townsend aquí presente me citó con el propósito de yo enfrentar al hombre que se veía con Annie y-“

 

“¿Usted es la señora Townsend?”, preguntó Neil, alzando las cejas con sarcasmo.  “Pues ya que está tan interesada en el bien común, debería usted estudiar un poco más la historia de los Andley, así como la de los Leagan.”

 

“¿Es Neil el hombre que usted vio junto a mi prometida, señora Townsend?”  Al ver que la mujer no respondía, se dirigió a Neil.  “¿Por qué ustedes no me habían dicho nada?”

 

“Annie me pidió guardar silencio”, respondió Neil, frotando su adolorida barbilla.  “Ella no estaba segura de tu cariño, y luego de tu escenita de celos, quiso ponerte a prueba.  Espero que con este malentendido se hayan despejado todas tus dudas, no sólo sobre la integridad de Annie, sino también sobre lo que sientes por ella.”

 

“Neil, ¿tienes idea de lo angustiado que he estado estas últimas semanas, pensando que mi Annie ya no me amaba y que pensaba en alguien más?  De la noche a la mañana se había convertido en una mujer tan fuerte y segura de sí misma que parecía ignorarme por completo… ¡y cada día está más hermosa!”

 

“¿Le has dicho lo mucho que te importa?”

 

Archie guardó silencio y luego dijo:  “Debo serte sincero… no he sido muy expresivo con Annie en torno a mis sentimientos, y a decir verdad estaba muy molesto con ella por la forma como estaba manejando el asunto de la boda, pero eso no justifica mi actitud.  Ella debe estar pensando lo peor de mí, y no la culpo; ¡fui un estúpido al haber dudado de ella!”

 

“¿Qué tal si se lo dices en persona?  Ella no ha cancelado la boda; eso ya es una esperanza, ¿no crees?”  Miró a una estupefacta señora Townsend y añadió:  “Por inexplicable que pueda parecer, Dios coloca algunos obstáculos en nuestro camino, pero sólo es parte de Su Orden Divino.  Aún estás a tiempo de arreglar tus cosas con Annie, Archie.”

 

“Yo… no estaba al tanto de quién era usted realmente, padre Leagan”, balbuceó la señora Townsend.

 

“¡Entonces debió haberlo pensado antes de haber armado todo este revuelo!”, reclamó Archie.  “¡Su indiscreción está a punto de costarme mi futuro matrimonio!”

 

“¿Así es como ustedes agradecen mi intervención para que Chicago sea una ciudad ejemplar?  Apuesto a que ustedes ni se han enterado de unos gemelos que entran y salen de un hotel; no son idénticos, y uno de ellos llegó esta madrugada, aunque se me hace un poco conocido… ¿alguien famoso, quizás?”

 

“No nos interesa saber eso, y no es apropiado que usted salga a la calle en horas de la madrugada”, sostuvo Neil.  “Y ahora, si me disculpa, debo ir al hospital a ver una paciente, no sin antes pedir a una de las enfermeras que me ayude con mi nariz.”

 

“¡Me siento tan apenado, Neil!”, exclamó Archie.  “Si deseas, yo puedo acompañarte.”

 

“Te lo agradezco, pero lo más importante ahora es que corras al lado de Annie y resuelvan todos sus problemas.”

 

“Tienes razón, Neil.  Discúlpame por no  despedirme de ti como es debido, ¡pero debo recuperar a Annie!  Que tengas buen viaje, y te deseo lo mejor…”  Ignorando a la señora Townsend,  Archiwald corrió a su auto, y emprendió una acelerada marcha rumbo a casa de los Britter.  Neil sonrió al ver el coche desaparecer de su vista, y cuando se volteó en dirección a la señora Townsend, ésta se había alejado a regañadientes.   ‘Debe de estar buscando una nueva víctima para sus enredos… ¡mira que hablar ahora de unos gemelos!’

 

 

 

“¿Hoy vendrá el padre Leagan a visitarnos, Candy?”, preguntó John mientras terminaba su desayuno.

 

“¡Es la tercera vez que haces esa pregunta!”, rió Candy.  “Recuerda que ayer vino a despedirse de todos nosotros.”

 

“Lo echaré de menos.  Creo que él siempre ha sido bueno, pero le hacía falta conocer a Dios para darse cuenta de ello.”

 

“¡Ahora no sólo lo conoce, sino que también llevará Su Palabra a todos lados!”, exclamó Candy con orgullo.  “Yo también lo extrañaré mucho.”

 

“Permíteme lavar los platos hoy mientras lees los periódicos.”

 

“Tienes razón; ¡prometí a la señorita Pony y a la hermana María ponerme al día con los diarios!”

 

“Para que no te aburras leyendo, debes salir a tomar un poco de aire mientras lo haces.  No te preocupes por Patty; aún está dormida y si despierta de seguro nos enseñará algunas materias.”

 

“No puedo creer que Patty regrese a Florida en unos días”, murmuró Candy.  La joven O’Brien había decidido esperar a que llegara el día de la boda de Annie y Archie, y de concretarse la misma, participaría del festejo y luego partiría en el próximo tren rumbo a casa de la abuela Martha. 

 

“El señor Albert estará muy triste cuando ella se vaya”, añadió John.  En las pasadas semanas, John y Albert habían disfrutado de innumerables paseos, y durante los mismos el millonario Andley no dejaba de hablar de la transformación que había tenido Patty durante la misión en África.  ‘Una hermosa metamorfosis’, decía el rubio una y otra vez.  Lo que John no se explicaba era el motivo por el cual Albert ahora pasaba más tiempo con él y no con el resto de los niños.

 

“Seguiré tu consejo, John”, sonrió Candy.  “¡Subiré a la colina de Pony y allí leeré tantos diarios como pueda!”  Con una energía inexplicable, tomó un puñado de periódicos, y salió corriendo rumbo a la colina.  ‘¿Por qué estoy tan contenta?’, se preguntó.  Momentos antes de desayunar junto a John, había despertado con una sonrisa a flor de labios, y una sublime sensación de que el nuevo día le deparaba nuevas e inquietantes emociones, ¿pero por qué?

 

Apenas podía concentrarse mientras terminaba de subir, pues dedicaba su atención a la pesada pila de diarios que llevaba en ambos brazos; pero una vez llegó al tope de la colina, dejó que cayeran al césped. 

 

Frente a ella, una vez más, estaba el “fantasma” de Terry.

 

‘Voy a terminar con esta locura de una buena vez’, pensó Candy.  Tratando de controlar el escalofrío que recorría su espalda, caminó con determinación hacia la imagen que había traicionado su cordura el pasado mes, hasta quedar a unos escasos centímetros de la aparición, y una vez más comprobó que el rostro que la contemplaba con tranquilidad no era el de Terry.  Candy tomó una bocanada de aire, y con voz temblorosa dijo:  “Si no estoy loca, habla en este preciso momento y dime quién eres, ¡y esta vez no huyas como sueles hacer!”

 

El muchacho de ojos grises sonrió con timidez, y Candy vio con espanto cómo el echaba su cabeza hacia atrás, removiendo su falso cabello, y revelando unos furiosos rizos rojos.  “Mi nombre es Russell… Russell Bird.  Hace aproximadamente un mes la llevé en brazos de vuelta a su hogar, pero no estaba vestido de esta manera.”

 

“Supongo que eras tú quien me espiaba todo este tiempo.  ¿Por qué lo haces, Russell… qué es lo que quieres de mí?”  Tuvo un súbito deseo de salir corriendo ante el peligro que la acechaba.

 

“Yo sé muy bien que cuando me ve, está deseando ver a alguien más.”

 

“¿Qué tanto sabes sobre mí?”

 

Russell intentó calmarla.  “Comprendo que esté asustada; esta situación es tan absurda para mí como lo debe ser para usted.  Yo sólo sigo instrucciones de mi jefe… confíe en mí.”

 

“¿Cómo voy a confiar en un hombre que oculta su identidad bajo un disfraz?”

 

Volviendo a colocarse la peluca, Russell suspiró.  “El me había dicho que no sería fácil, y es por eso que decidió llevar a cabo todo temprano en la mañana, pues sabía que usted despertaría antes que todos y en cualquier momento subiría a la colina, de manera que nadie podrá intervenir.”

 

Ella lo observó por una fracción de segundo, y antes que él se diera cuenta, salió corriendo de vuelta al hogar de Pony; pero él reaccionó con suficiente rapidez para sujetarla por el brazo, haciendo que ella quedara de espaldas a él, quien añadió:  “¿Sabe qué más dijo?  ¡Que la amarrara si fuera necesario!”

 

Candy intentó gritar, pero Russell le tapó la boca con una mano mientras que con la otra aprisionaba sus dos brazos.  Luego la volteó, quedando ambos mirándose frente a frente, y antes que pudiera lanzar otro grito, el sacaba un pañuelo de uno de sus bolsillos y la amordazaba con destreza y precisión, manteniéndola sujetada con la mano que le quedaba libre.  Luego extrajo otro pañuelo, y llevando las frágiles manos hacia atrás, amarró las mismas detrás de la espalda.  Finalmente, y haciendo uso de un tercer pañuelo, le cubrió los ojos, y Candy sintió como Russell hacía fuerza sobre sus diminutos hombros, haciendo que ella perdiera su balance y cayera sentada sobre el césped.  “¿Qué vas a hacer, Russell?”, preguntó.  Escuchó cómo los  pasos del extraño pelirrojo se alejaban, hasta quedar en absoluto silencio.  “¡Ayúdenme!”, gritó.  “¡Alguien ayúdeme, por favor!”  Incapaz de soltarse, y al ver que nadie respondía a su llamado de auxilio, estalló en llanto,  sus lágrimas de desesperación rodando por sus mejillas.

 

Fue entonces cuando sintió cómo un dedo que no era el suyo hacía presión sobre la tela que cubría sus labios.  “Shhhhh…”, dijo la voz.  ¿Pero de dónde había salido?  No había escuchado nuevos pasos desde que Russell abandonara la colina, ¿significaba que alguien la había estado observando, acercándose de espaldas a ella?  ¿O sería que Russell había regresado?  “R-rr-ussell, ¿e-eee-rrr-es tú?”, tartamudeó.  Sintió cómo una de sus manos era liberada mientras que la otra era sujetada por la muñeca, y el sujeto guió la mano libre hacia el cabello de éste.  “Sí, eres tú, Russell”, murmuró Candy con resignación, mientras que él frotaba su propio cabello contra la mano de la chica.  ‘Qué peluca tan suave y abundante’, pensó ella, arrepintiéndose al instante del agrado que le produjo el contacto.  Luego sintió como él descendía la mano de ella hasta tocar un ancho hombro, desprovisto de la capa que antes lo cubría.  ‘No debo estar pensando esto, ¡pero se siente tan fuerte y varonil!’ Sin saber la razón, su miedo se convirtió en curiosidad, abriendo paso a una inesperada sensación de paz.  ‘No debo sentirme así’, se dijo.  ‘Este hombre me tiene atrapada, ¡y sólo Dios sabe lo que me hará!  ¿Por qué de repente estoy tan tranquila?’

 

Como intuyendo las variadas emociones de la chica a quien tenía cautiva, el joven soltó el pañuelo que amarraba su boca, y ni él ni Candy habían advertido que ambas manos de la joven habían quedado libres por completo.  En lugar de escapar, ella permaneció a la expectativa de lo que acontecería, y una voz interna le decía que no moviera un solo músculo de su cuerpo.  El presentimiento que horas antes había tenido sobre el día que habría de acontecer regresaba con todas sus fuerzas, y el corazón de Candy comenzó a galopar sin control alguno, anticipando lo que estaría por ocurrir.

 

Tomándola por la nuca, él unió sus labios a los de ella.

 

A pesar de la extraña calma que reinaba en el lugar y en todo su ser, Candy no estaba preparada para tan repentina acción.  Los dedos que descansaban en su nuca eran largos y al mismo tiempo firmes, y la blanca piel se erizó ante el placentero descubrimiento.  Ahora la boca de él  reclamaba, exploraba, encontraba… pero lejos de asustarse, o de echarlo hacia un lado, Candy permitió que sus cinco sentidos absorbieran cada emoción percibida: ternura, pasión contenida… ¿cómo era posible advertir dos sentimientos tan disímiles en un solo contacto?  Antes que pudiera evitarlo, su boca comenzó a responder en armonía a la de él, y oyó un gemido de… ¿triunfo, satisfacción?,  en la garganta de él, quien aminoró el ritmo hasta que ella se unió a la danza de sus labios, mientras sus manos descansaban sobre el amplio y agitado pecho masculino… y lo que comenzó siendo una invasión se convirtió, sin ella proponérselo, en la unión de dos almas.  ‘¿Qué estoy haciendo, Terry?’, pensó, rememorando la ocasión en que el prepotente Grandchester le había robado su primer beso aquella tarde en Escocia.  ¿No se suponía que ese primer beso era el más especial, proviniendo del hombre que amaba?   ‘¿Por qué me siento mejor ahora, cuando debería estar asustada?  Oh, Terry… ¿es que acaso todos los besos son igual de especiales?  ¿Por qué me gusta más este beso con un perfecto extraño… y no me siento culpable? ’

 

La mano que antes sostenía su nuca ahora se enredaba en los dorados cabellos, cuyas coletas habían desaparecido, mientras que la otra se posaba en una de sus mejillas.  “¡Oh!”, exclamó ella, incapaz de contener su euforia ni su emoción bajo las cálidas manos que la tocaban, al tiempo que ambos quedaban embriagados con el sabor de sus besos.  Sin pensar en lo que hacía, ella apretó su pecho contra el de él, y una agradable fragancia de masculina lavanda emanaba del mismo, y podía palpar el corazón de su captor latiendo tan apresuradamente como el de ella.  Con osadía, ella apoyó su mano sobre el pecho que se estremecía bajo una camisa de algodón, y fue ascendiendo hasta descubrir que el cuello de la camisa estaba levantado, impidiendo que continuara su exploración.  ‘¡Un momento!’, pensó en su interior.  ‘¡El cuello de la camisa no se veía a través de la capa que llevaba puesta Russell!’

 

Candy se apartó de golpe, y se sorprendió al percibir que el sujeto no hacía esfuerzo  alguno en volver a inmovilizarla.  Se arrancó el pañuelo de los ojos;  al abrir los mismos, unos ojos azules como el océano la contemplaban con intensidad, y una sonrisa retorcida hacía juego con su oscuro y genuino cabello… y como si él leyera sus pensamientos, pronunció las palabras que confirmarían la realidad de lo que ocurría:  “Temo que me veré en la obligación de revisar tu expediente de besos, Tarzán pecosa…”

 

Lakewood, Chicago, Londres, Escocia, Broadway… todos los lugares y escenas de la vida de Candy White Andley pasaron instantáneamente por su mente, y se detuvieron en el aquí, en el ahora, en ese instante sin tiempo ni respiración, allí, en la colina de Pony.  El hombre que Candy tenía ante sí, y con quien había compartido tan íntima y grata experiencia, no era Russell Bird, ni se parecía a Terry… era Terry.

 

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One comment

  1. ilian cristina armenta chavez

    WOOOOOOOOOOOOOOOOOW
    ese beso me parecio tan romantico pensaba k era el otro muchacho pero me kede kuando dijiste k ea terry me kede bokiabierta por un segundo kise ser candy muy buena la historia

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