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El padre Leagan-Capítulo 11

PARTE XI:  El pensamiento de Albert

 

“¡Papá, papá!”, gritó Eliza a medida que subía a toda prisa las escaleras de la mansión Leagan.

 

“¡Eliza, espera!”, gritó Neil intentando alcanzarla.  “¡Aún no sabemos si está en casa!”

 

“Aquí estoy”, anunció el señor Leagan mientras salía de su habitación.  “¿Qué es todo este escándalo, Eliza?”

 

“¡Papá!”  La joven corrió a los brazos de su progenitor, estallando en un incontrolable llanto.  “¡Papá, te amo!  Nunca te lo había dicho porque temía que volvieras a abandonarme en cuanto te lo dijera, pero ya me cansé de ocultarlo.  ¡Te amo, y no quiero que vuelvas a abandonarnos!”

 

“¿Se puede saber qué es todo esto?”  La señora Leagan subía el último peldaño de la amplia escalera.  “¿Qué es todo este despliegue de sentimentalismo?”

 

“Este ‘sentimentalismo’ como tú dices”, contestó el señor Leagan mientras acurrucaba a Eliza entre sus brazos, “es lo más hermoso que me ha sucedido en mucho tiempo.  ¡Nuestra hija acaba de decirme que me ama!”

 

Neil los observaba cual si fuera un extraño espectador,  un cúmulo de emociones atravesando su mente.  Sus ojos se nublaron con lágrimas que amenazaban con delatar su confuso estado, y haciendo un esfuerzo sobrehumano, se sobrepuso al temblor en su garganta y masculló:  “Papá, yo también te amo… siempre los he amado a ti y a mamá, al igual que a Eliza.  ¡Perdóname por haber sido tan mal hijo!”  Buscó los protectores brazos de su padre, quien hizo un espacio entre él y la aún sollozante Eliza, cobijándolo también en su pecho.

 

“¿A qué se debe todo este espectáculo?”, preguntó la señora Leagan.

 

“Querida”, respondió su esposo, “agradezco todo este tiempo que has llevado la carga de mantener este hogar y de hacerte cargo de nuestros hijos en mi ausencia, y ya es tiempo que yo te libere de tanta responsabilidad.  La razón por la que no me he ido aún, es porque no pienso hacerlo.  Ahora es mi turno de llevar las riendas de esta familia, como siempre debió de ser.”

 

“¡Papá!”, exclamaron Neil y Eliza al unísono, mientras la madre de éstos abría la boca sin disimular su asombro.

 

“¿Estás hablando en serio, papá?”, preguntó Neil.

 

“Así es.  Los negocios han prosperado de tal manera que ya no es tan indispensable que viaje con frecuencia; además, Archie se puso en la mejor disposición de ofrecerme asesoría legal en cuanto termine sus estudios en abogacía, y Albert y yo incrementamos nuestras acciones.  Fueron muchos años de sacrificio para ustedes, pero mi tiempo de estar fuera del nido se terminó.  ¿Podrán perdonarme?”

 

Eliza alzó la cabeza, y por vez primera vio un cielo de tristeza en las oscuras pupilas de su padre.  “Claro que te perdono… y ahora que estaremos más tiempo juntos, ¡prometo comportarme un poco mejor!”

 

“¿Un poco?”, rió el señor Leagan.  “Sólo espero de ti una cosa, hija.  ¡Nunca cambies!  Tú tampoco, Neil, aunque ya lo has empezado a hacer luego que te pusieras al servicio de Dios.”

 

“Somos nosotros quienes te pedimos perdón por todos los desaires que te hemos hecho… bueno, no todos”, agregó Eliza.  “Si no hubiera sido porque hubieras traído a Candy a nuestras vidas, y por todo este tiempo que he tenido que soportar su existencia, Neil y yo nunca nos hubiéramos dado cuenta de qué era lo que nos aquejaba.”

 

“No tengo nada que perdonarles.  ¿Debo suponer que ahora aceptas a Candy?”

 

“Ella se niega a reconocerlo, pero creo que ya comienza a tolerarla”, indicó Neil.

 

“¿Tolerar a esa mugrosa entrometida?”  La señora Leagan alzó la voz más de la cuenta.  “¡Todo esto es por tu culpa, Neil!  Estás tan obsesionado con tu vida de sacerdote que has ejercido una muy mala influencia en tu padre y tu hermana, y has destruido a la familia… ¡después de todo lo que he hecho por ustedes!”

 

“Esta familia ya estaba destruida antes que Neil partiera”, intercedió su marido.  “Y eso, en parte, se debe a nosotros dos.  A mí, por no haber tomado más participación en su crecimiento; y a ti, por haberlos envenenado con tu odio y resentimiento.  ¡Descarga tu frustración conmigo, no con ellos!”

 

“¿Cómo te atreves a hablarme así frente a nuestros hijos?”

 

“Tomaste esta situación en ventaja tuya, mamá”, añadió Neil.  “Mientras papá no estaba, siempre buscabas la manera de manipularnos a tu antojo, y lo conseguiste… hasta ahora.  Pero Dios está obrando maravillosamente en esta casa, comencé a sentirlo hace un par de horas mientras contemplaba la naturaleza desde lo alto de un árbol, el mismo árbol contra el cual se había estrellado mi auto. ”

 

“Te amamos, mamá, y te damos las gracias por habernos cuidado, pero si seguimos permitiendo que manejes nuestras vidas como lo has estado haciendo, sólo conseguirás arruinarlas como también arruinarás la tuya”, finalizó Eliza.

 

La señora Leagan apretó los puños.  “Sólo espero que este arrebato de insolencia no se deba a tus ratos de ocio con ese insignificante granjero… pero una cosa les digo: ¡esto no se quedara así!  ¡Hablaré con la tía Elroy, y si es preciso escribiré a William y evitaré toda esta locura!”

 

“¿Qué locura, madre… la de estar más tiempo juntos como familia?”, inquirió Neil.  “Si es así, no creo que el tío Albert haga caso alguno a tus reclamos.”  Y mientras la autora de sus días desaparecía de la vista de todos, observó a Eliza, y luego dijo a su padre:  “Creo que las visitas al rancho de Tom sí han hecho una diferencia en mi hermana después de todo.”

 

“¿Neil, cómo te atreves?”, protestó ella.

 

“Entonces tomé una buena decisión”, concluyo su padre.  “Y ya que estaré viviendo en esta casa de forma permanente, traeré de regreso a Dorothy.  Como ustedes saben, hace un tiempo dejé que se reuniera con su familia, recibiendo su salario como de costumbre, hasta que yo encontrara la oportunidad de incorporarla nuevamente a nuestra familia.”

 

“Nunca entendí por qué hiciste eso”, comentó Neil.

 

“En virtud de la creciente amistad entre ella y Candy, y luego de la muerte de Anthony, temí que la tía Elroy estuviera tan abatida por la pérdida que terminara desquitándose con Dorothy.  La tía abuela estuvo de acuerdo en enviarla de regreso con su familia manteniendo su empleo y su paga.”

 

“¡Con Dorothy de vuelta, seremos una gran familia!”, exclamó Neil con alegría.  Y mientras se mantenían abrazados, no dejaba de pensar en su madre… y en silencio rogó a Dios que la colmara de prudencia e iluminara su alma.

 

 

 

Al día siguiente, Candy mantenía los ojos cerrados por instrucciones de Neil.  “¿Ya llegamos?  Me gustan las sorpresas, ¿pero sacarme del hogar de Pony?”

 

“Me enteré  esta mañana por medio de un telegrama.  Pero no preguntes, ya sabrás a qué me refiero.”

 

Ella emitió una sonora carcajada.  “¡Me encanta todo este misterio, y a Clin también, pues no deja de moverse entre mis brazos!”

La voz de Eliza era inconfundible.  “¡Apestoso animal!  No sé como Neil me convenció de acompañarlos.”

 

“No fue Neil quien te convenció, sino yo.”  En su imaginación, Candy veía a Tom sonriéndole a Eliza con deleite.  “Y ya que estamos todos, quiero decirte que me siento orgulloso de ti y de tu valentía al haber hablado con Candy y estar con ella ahora que está por recibir su sorpresa.”

 

“¡No debes sentirte orgulloso pues yo no soy nada tuyo!  Además, ¡eres tú quien está siendo pagado por este favorcito que te pidió mi padre, no yo!”

 

“Eliza, debo confesarte que-“ 

 

“Oigo trenes… ¡estoy en una estación de tren!”, exclamó Candy con alegría.  “¡Por favor, díganme de que se trata todo esto!”

 

“Confía en nosotros, Candy, más tarde lo entenderás”, aseguró Neil.  “¡Miren todos, allí viene Archie!”

 

“Hola a todos”, saludó Annie, quien llegaba en sentido opuesto a su prometido.  Ninguno se había percatado de su llegada, y al escuchar la voz de su amiga, Candy sintió una atmosfera de tensión entre ellas y Neil, e intentó animar a los presentes.  “¡Annie!  ¿Tú también formas parte de todo esto?  ¡Eres muy mala!”, rio.

 

“Neil envió por mí en  cuanto lo supo, pero no sé cómo Archie vaya a tomar mi presencia aquí.”

 

“No te preocupes, no voy a arruinar la sorpresa a Candy”, aclaró Archie, quien recién había llegado, y se dispuso a  saludar a sus amigos y parientes.  “No permaneceré aquí mucho tiempo.”

 

“No tienes que retirarte tan pronto”, comentó Annie.  “¡Aunque yo tampoco me marcharé!”

 

Archie observó a Annie por una milésima de segundo, lo suficiente para que la chica advirtiera una chispa encenderse en los ojos almibarados de sus amado, y contuvo los deseos de ruborizarse.  En eso, ambos fueron interrumpidos por Neil.  “Archie, ¿puedo hablar contigo un segundo?”

 

“Recuerda lo que acordamos, Neil”, dijo Annie.

 

“Es un trato”, reafirmó Neil.

 

“¿Qué es lo que están ocultando?”, cuestionó Archie.  “¿Y por qué debes hablar conmigo a solas, Neil?”

 

“No estás siendo muy razonable, pero si tanto te incomoda todo esto, podemos hablar frente a Annie”, respondió el otro, mientras Tom y Eliza ayudaban a Candy a sentarse en un banquillo cercano.  “Todos estamos al tanto de lo sucedido entre ustedes, y aunque yo no soy quién para inmiscuirme, y mucho menos para decirte lo que debes hacer, quiero darte un consejo: nunca dudes de Annie, ni del inmenso cariño que siente por ti.”

 

“Aprecio tu interés en ayudarnos, pero no se realizará la boda, al menos por un tiempo.”

 

“Nadie va a forzarte al matrimonio si no lo deseas, el casamiento es un paso muy serio, pues la unión de un hombre y una mujer es como la unión de Cristo y la Iglesia.  Yo sólo quiero que pienses un poco más las cosas antes que sea demasiado tarde.”

 

“¿No será acaso que tú conoces al sujeto con quien Annie se esta citando a escondidas?”

 

“¡Archie, discúlpate con Neil de inmediato!”, exclamó Annie.

 

“¡Desde cuándo proteges tanto a tus amigos?”, espetó Archie, con una mezcla de indignación y admiración.  ¡Annie, su Annie, defendiendo con uñas y dientes a los suyos!

 

“¿No era eso lo que tanto querías, que fuera más fuerte y segura, que luchara por mis ideales y mis intereses?  ¿No deseabas que fuera un poco más como Candy… o es que ahora no estás tan seguro?”

 

“¿Estar… seguro?”, tartamudeó él, y al no encontrar palabra alguna para responder, se dio la vuelta y caminó al banquillo donde Candy intentaba hacer reír a Eliza, ante la mirada divertida de Tom.  “¿De qué hablaban?”, preguntó.

 

Eliza se encogió de hombros.  “Ha llegado la sorpresa, pero aún no la vemos… esperen, allí veo algo, sí… ¡allí está!”

 

Annie y Neil se acercaron a ellos, este último tomando a Candy por los hombros.  “Candy, cuando yo así te lo indique, abrirás tus ojos en dirección al tren que acaba de llegar, y descubrirás al fin tu sorpresa…”

 

“¡He cerrado tanto los ojos que la vista se me nublará en cuanto los abra!”, exclamó la rubia dejando asomar su juguetona lengua.  “¡Ahora los abriré, Neil!”  Poco a poco fue separando sus apretados párpados, y tal y como se esperaba, una nube blanca se interponía entre ella y el resto de la gente.  Abrió las pupilas lo más que pudo, intentando borrar la mancha blanquecina que cegaba su campo visual.  Entonces lo vio, detrás de una columna. ‘Se está escondiendo’, pensó, ‘¡siempre tan escurridizo!’  La figura dejó entrever una holgada capa ondeada por el viento, que también agitaba su espeso y oscuro cabello…  Candy dejó caer a un aturdido Clin al suelo, y salió corriendo al encuentro del sujeto.  “¡Terry!”

 

“¿Terry?”, repitió un confundido Neil, ante la mirada atónita del resto de los amigos.  “Candy, espera, no es-“

 

“¡Terry!”, gritó Candy una vez más, disponiéndose a sacar al hombre de su improvisado refugio y descubrirlo ante todos; pero una vez llegó a la columna, había desaparecido.  “¡No es posible!  Terry estaba aquí… ¡estaba aquí!”

 

“Yo no soy Terry, pero espero que corras a mí con el mismo entusiasmo”, dijo una voz conocida.

 

Candy apartó su vista de la columna donde creía haber visto a Terry, volviendo a cerrar sus ojos para así descartar toda posibilidad de un nuevo espejismo.  Al abrirlos, William Albert Andley sonreía de par en par.  “¡Albert!”  Antes que reanudara su carrera, esta vez para recibir a su gran amigo, éste dio dos pasos adelante, y colocando la dorada cabeza de la chica sobre su hombro, la rodeó con sus brazos.  “Aquí estoy, pequeña… sano y salvo, tal y como te lo prometí.”

 

“¡Albert!”  El torbellino de emociones que había embargado a Candy culminó en un llanto incontrolable.  “Albert, qué bueno que estás aquí, ¡me hacías tanta falta!”

 

“Lo sé…y es por eso que en cuanto supe que volveríamos a casa, preferí darte la sorpresa, a pesar de haberte escrito una última carta.”

 

“Sí, llegó hace dos días.  ¿Dónde están Patty y la hermana María?”

 

“La hermana María está por bajar del tren.  Y Patty, bueno… ¡te ha estado observando, pero tal parece que no la has reconocido!”

 

Candy miró por todos lados, buscando a su diminuta amiga de anteojos; en su lugar, una delgada joven de larga y oscura cabellera se aproximaba, vistiendo pantalones largos y blusa de manga larga.  Al detenerse frente a Candy, una amplia sonrisa iluminó su rostro.  “¡Un alma buena reconoce a otra alma buena!”

 

Candy se llevó un puño a la boca, incapaz de creer lo que estaba viendo.  “Patty, Patty O’Brien… ¡no puedes ser tú!”  Miró a sus amigos, quienes se acercaban a saludar a Albert, y exclamó:  “¡Estuve con los ojos cerrados demasiado tiempo, ya ni siquiera puedo ver bien!”

 

“Soy yo, amiga”, confirmó Patty.  “Perdí los anteojos durante una encomienda, y por razones que no puedo explicar, nunca más los necesité.”

 

“Es más que los anteojos”, dijo Candy abrazando a su amiga.  “Es algo en tu apariencia, en tu actitud… ¡estás completamente cambiada!”

 

“Tal vez se deba a las continuas cartas que le envió la abuela Martha insistiendo en que disfrutara al máximo la temporada”, comentó Albert al mismo tiempo que  daba una palmada a Patty en el hombro. 

 

“¿Albert, cómo crees?”, protestó Patty, encontrando en los ojos del millonario una mirada de complicidad.  Abrazó muy fuerte a Annie y a Archie, y luego Candy le presentó a Tom, quien súbitamente era sujetado por el brazo por Eliza, evitando que éste estrechara con mayor profundidad la mano de Patty.

 

Neil mantenía una discreta distancia del grupo, hasta que Albert se percató de su presencia, y se apartó de los demás.  “¡Neil!  ¡Qué alegría me da regresar y verte aquí en Illinois!”  Ambos se dieron un amistoso abrazo.  “¿Cómo van tus estudios?”

 

“¡De maravilla!”  Y en voz baja añadió:  “Sé que apenas has bajado del tren, pero necesito que en cuanto tengas una oportunidad nos reunamos para platicar durante el día de hoy… se trata de algo sumamente importante.”

 

“¿Sucede algo con Candy?”, preguntó Albert alarmado.

 

“Ella también me preocupa, pero tengo otro asunto del cual hablarte; y no podré hacer nada al respecto a menos que consulte contigo.”

 

“¡Sólo espero que no se trate de nada grave, vaya que me espera mucho trabajo en los próximos días!”

 

“Si lo tomas desde el mismo punto de vista, y si piensas igual que hace un par de años, puede ser muy, muy bueno.”

 

Albert asintió con la cabeza, buscando a Patty con la mirada, asegurándose que ella y Candy estuvieran bien.  Sintiendo que la observaban, Patty miró a ambos lados de la estación, y una vez más sus ojos se encontraron con los del rubio.  Haciendo él a un lado un repentino hormigueo en su piel, dijo a Neil:  “De acuerdo, hablaremos más tarde. Pero primero contéstame una cosa:  ¿sucede algo entre Annie y Archie?  Percibo cierta frialdad entre ellos.  ¿Y qué hace Eliza aquí?  No me molesta su presencia, pero es extraño que tu hermana se encuentre aquí, tranquila, sin tramar nada contra Candy.”

 

“Es muy largo de contar, Albert… ¡mira, allí está la hermana María!”  Todos salieron al encuentro de la religiosa, quien a duras penas sostenía dos valijas entre sus manos, y en medio de dichas pertenencias, Pupée asomaba su inquieto hocico.  Archie avanzó hacia ella.  “Permítame ayudarla con su equipaje, hermana…”

 

“Gracias, Archie”, dijo la monja.  Entonces vio a Candy y Annie, quienes permanecían abrazadas a Patty.  “Hijas mías… ¡mis hijas!”

 

“¡Hermana María!”, gritó Candy, saltando sobre ella, cayendo ambas al suelo, aplastando con ello a Pupée y a Clin, quienes correteaban cerca. 

 

“¡Candy, saltas sobre las personas mejor que Miena!”, exclamó la hermana María entre risas.  Luego se puso de pie, y tomó a Annie entre sus brazos.  “¡Estás hermosa, hija mía!”  Pero la morena joven no pudo emitir palabra alguna, pues era tal su emoción al ver a la mujer que la había rescatado de la nieve hace mucho tiempo, que apenas podía contener el llanto.  Entonces la hermana María procedió a saludar a Tom así como a los hermanos Leagan, y Annie dio rienda suelta a todo su sentimiento, dejando escapar todas las lágrimas de alegría y de desconsuelo acumuladas en las pasadas horas.  Archie corrió a su lado de inmediato, y sin pensarlo un segundo la tomó en sus brazos, permitiendo que ella llorara sobre su hombro.  “¡No llores, Annie!  Sabes que no me gusta verte así…”

 

Ella se apartó lo suficiente para quedar frente a frente al hombre que siempre había amado.  “Debo aprender a ser fuerte, Archie.  ¡No puedo estar el resto de mi vida llorando por cualquier cosa!”

 

“¿Vamos todos al hogar de Pony o piensan quedarse aquí jugando a los naipes?”, interrumpió Eliza.  “¡Si es así, Tom y yo nos adelantaremos!”

 

“¿Y quién ha dicho que pienso regresar contigo?  Aguardaré por los demás, y dejaremos que sea Neil quien conduzca en lugar del chofer para darle un descanso al pobre hombre.”

 

“Yo…no puedo conducir…”, murmuró Neil.

 

“Ah, sí… mi hermano no se atreve manejar un auto desde que tuvo el accidente”, recordó Eliza. 

 

“No es para menos”, indicó Albert.  “Tuvo una experiencia muy fuerte.  Pero tienes razón, Eliza, ¡es hora de ir al hogar de Pony!”

 

“¡Estaba esperando que lo dijeras, Albert!”, exclamó Candy con un guiño de ojo.  “Clin, Pupee, vengan conmigo, ¡tenemos mucho que celebrar!”

 

 

A las afueras del hogar, la señorita Pony aguardaba impaciente.  ¿Cuál sería la sorpresa que Neil y Annie le tenían preparada a Candy?  Y justo cuando se disponía a entrar a la casa, dos automóviles se estacionaban frente a la cerca, y de ella bajaron Candy, Annie, Neil, Eliza, Tom y… “¡Hermana María!”  La señorita Pony corrió al encuentro de su fraternal compañera en el hogar, abrazándola con todas sus fuerzas.  “¡Que alegría tenerla de regreso, hermana!”

 

“No vine sola, señorita Pony”, sonrió la hermana María.  “¡Patty y Albert regresaron conmigo!”

 

“Annie y Neil se las ingeniaron para darnos la sorpresa”, dijo Candy, “¡y muy bien que lo hicieron!”

 

Todos entraron y tomaron asiento en la larga mesa donde los niños del hogar solían comer, y Candy y Annie ayudaron a la señorita Pony a preparar la comida, mientras que Patty, la hermana María y Albert conversaban plácidamente con Archie y los hermanos Leagan.  La señorita Pony optó por no emitir comentario alguno sobre la separación de Archie y Annie , situación que Candy le había informado el día anterior.  Esta última, por su parte, agradeció en silencio a todos sus amigos por no hacer mención alguna del confuso momento en que corrió hacia la nada en la estación del tren, creyendo haber visto a Terry.  ‘¡Qué vergüenza!’, pensó.  ‘Todos deben pensar que me estoy volviendo loca, ¡pero creo que ya lo estoy!’  Recordó su gran desilusión al ver que nuevamente se había equivocado, que  ningún Terry la esperaba en la estación de tren, que Terry no era la tan anhelada sorpresa… y sintiendo un gran vacío en su interior, salió por la puerta trasera del hogar, recostándose sobre la pared.

 

“¿Aún piensas en Terry, verdad?”

 

Candy se sobresaltó al ver a Albert que la contemplaba en silencio.  “¡Qué susto me has dado!  No es porque seas feo, claro está.”

 

Albert no pudo evitar reír.  “Tú siempre con tus ocurrencias, Candy, aún en medio de tus tristezas…”

 

“¿Tristezas?”

 

“Sí, pequeña; la tristeza reflejada en tus cartas, la misma tristeza que veo en ti ahora, y la misma que vi el día que te conocí, cuando éramos apenas unos niños, y tu no sabías quién era yo entonces… la misma tristeza que siento yo ahora que no confías en mí como antes.”

 

“¡Albert!”

 

“¿Crees que no he pensado en lo incómoda que ha sido esta situación para ti… el descubrir que el abuelo William, el príncipe de la gaita y yo éramos la misma persona?  Debe haber sido agobiante para ti saber que he estado en tu vida más de lo que creías posible… y fue por tal razón que me marché.”

 

“Cómo… ¿tú partiste a África por mí?”

 

“Más que por ti, lo hice por mí mismo.  Verás, yo también atravesé una etapa de gran confusión… durante la amnesia, había dependido de ti por entero, y mi convivencia contigo había hecho que afloraran en mí ciertos sentimientos que debía mantener en secreto.  ¡Creí haberme enamorado de ti!”

 

“¿Por qué nunca me lo dijiste?”, preguntó Candy con asombro.

 

“Por respeto a tu relación con Terry”, contestó él con seriedad.  “Pero luego de haber recuperado la memoria, y aún después que tú y él se separaran, yo continuaba pensando en ti día y noche. Nunca te lo mencioné, ¡pero me sentía culpable al haberme permitido cobijar sentimientos amorosos hacia mi hija adoptiva!  Entonces se me presentó la oportunidad de ir a África y así ayudar a los más necesitados, y pensé que dicho viaje me serviría de ayuda para guardar la distancia suficiente como para aclarar lo que sentía por ti realmente.  Siempre te he querido, y siempre te querré… como tu hermano, tu padre, tu amigo… Entonces intuí  por medio de tus cartas que te estabas alejando… tal vez dejé que las cosas llegaran demasiado lejos, y quiero pedirte perdón por eso.”

 

A pesar de que Candy había resuelto no volver a llorar el resto del día, el llanto escapó de su conmocionado ser.  “Oh, Albert, ya casi estoy igual de llorona que Annie pero… ¡cuánto lamento haberme distanciado,  pensé que entre tú y yo las cosas ya no serían como antes!”

 

“Yo también lo temí”, confesó él, “pero el lazo que nos une es mucho más importante que cualquier otra relación que pensáramos o que pudiéramos tener.”  La tomó por los hombros.  “Sé que fui tu primera ilusión, tu adorado príncipe de la colina, mas no siempre la primera ilusión es la definitiva.  Candy, me hace tan feliz el haber regresado… ¡así estaremos más cerca el uno del otro para escucharnos, para apoyarnos! Pero por lo visto alguien más te ha ayudado, y admito que no contaba con dicha ayuda.”

 

“¿A quién te refieres, Albert?”

 

“A Neil;  basta mirarlo a los ojos para saber que su compromiso con Dios y con los demás es sincero.  Cuando se está en paz con Dios, la alegría de saberse amado por El es palpable.  También he visto cómo Eliza se muestra más amable con los demás. ¡Ahora mismo intenta ayudar a la señorita Pony preparando un guiso!”

 

“Tom también forma parte del cambio de Eliza, Albert.”

 

“¿En serio?”, rió.  “¡Veo que tenemos muchas cosas que contarnos, pequeña!”

 

“¡En especial tú!”  Ella inclinó la cabeza hacia un lado.  “¿Cómo hiciste para alegrar tanto a Patty?  Ha transcurrido un año de la muerte de Stear, ¡y se le ve tan radiante!”

 

Candy vio cómo los azules ojos de Albert se llenaban de un inexplicable brillo, y luego de guardar un profundo silencio lo escuchó decir: “Patty… esa chica sí que me ha sorprendido, ha sido una brillante maestra, y una luchadora incansable… aún no puedo creer que permanecerá en el hogar de Pony por sólo un mes.”

 

“Debe regresar a Florida con su familia, Albert.”

 

“Lo sé”, susurró él.  Y mientras ambos conversaban animadamente sobre lo que había acontecido en sus respectivas vidas los pasados meses, ella contemplaba a su padre adoptivo con mayor admiración.  ‘Albert’, pensó, ‘aún no te has dado cuenta, pero creo que sí estás enamorado después de todo.’

 

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