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El padre Leagan-Capítulo 10

PARTE X:  Los motivos de Eliza

 

 

En la cocina de Tom, los esfuerzos de Eliza en hornear el pastel eran infructuosos; y sentado en una mesa, Tom la contemplaba divertido.  ¿Qué tenía esta insoportable chiquilla que le carcomía el cerebro?  Ella le había dicho que sólo prepararía el pastel “para mostrar que la tía Elroy nos ha educado muy bien en los quehaceres del hogar”; no obstante, él tuvo que ayudarla a mezclar los ingredientes.  ‘Qué orgullosa es’, sonrió.

 

Eliza sintió la invasiva mirada de Tom sobre su espalda.  Olvidando su tarea, se dio la vuelta.  “¿Y tú por qué sonríes?”

 

“Porque no es la primera vez que una chica me prepara la comida, pero sí la primera vez que quien lo hace finge no hacerlo con gusto.”

 

Ignorando la sonrisa burlona del ranchero, ella apretó los puños, y su rostro adquirió un furioso tono rojizo.  “¿Que no es la primera vez que una chica queeeé?  ¿Y se puede saber quién es esa otra chica?”

 

La sonrisa de Tom se transformó en una sonora carcajada.  “Hace un tiempo, mi padre, que en paz descanse, y debido a su crisis de salud, tuvo la absurda idea de comprometerme en matrimonio… ¡con una niña de siete años!”  Dejó de reír al recordar al señor Steve.  “¡Diana se esmeraba tanto!  A su corta edad ella cocinaba, limpiaba la casa… ¡Qué alegría sentí cuando Candy salió a mi rescate!  Papá pensó por un momento que Candy y yo éramos novios pero luego le aclaramos que…”

 

“¿Tú y Candy?”, se arrancó el delantal que llevaba puesto y lo lanzó al vacio.  “¿Tú y Candy?”, repitió.

 

“…pero luego le confesamos que lo habíamos engañado pues yo no estaba listo para tener una relación con ella ni con ninguna otra.”

 

Los colores desaparecieron del rostro de Eliza.  “¿Qué broma le jugaste a tu padre?  No era nada gracioso, y lo sabes.”

 

“Estoy de acuerdo contigo en que había llegado muy lejos para entonces, pero fue lo único que se me ocurrió para impedir que la pobre Diana se desviviera poniendo la casa en orden.”

 

“Esa Diana… ¿era bonita?”

 

Tom comprendió el por qué de la pregunta.  Ignorando los crecientes latidos de su corazón, mostró una amplia sonrisa.  “Era… es… una bella y dulce niñita,  así que no tienes por qué estar celosa de ella.”

 

“¿Celosa yoooo?  ¿Cómo voy a sentir celos por tu causa?  Tú no estás a mi altura… ¿cómo puedes siquiera pensar que voy a estar celosa por ti?”

 

“¿Entonces cómo me explicas el rubor de tu rostro?”

 

“¡Siempre me ruborizo cuando me molesto!”

 

“No te creo; tú eres una experta ocultando tus emociones… excepto tu desprecio a Candy.  ¿Qué tienes en su contra, Eliza?”

 

Ella enmudeció.  El día anterior Neil le había formulado la misma pregunta, y de igual manera, Eliza no tenía respuestas inmediatas.  “¿Acaso todos se han puesto de acuerdo en preguntarme lo mismo?  Odio a Candy desde que la vi por primera vez, los motivos son insignificantes.”

 

“¿Qué te ha hecho para que le hayas tomado tan mala voluntad?”

 

“¡Simplemente su forma de ser!  Es una mosquita muerta, siempre queriendo impresionar a todos.  ¡Pues no lo consiguió!  Tal vez si mi padre hubiera estado presente más a menudo el hubiera-“

 

“¿Hubiera qué, Eliza?”

 

Ella quedó sin habla, observando un punto inexistente en una de las paredes.  Entonces de eso se trataba… “Tom… creo que sí tengo una explicación después de todo.  ¿Me llevas a ver a Candy y a Neil al hogar de Pony?”

 

“¿No te importa viajar en una carreta?”

 

“¡Con tal de decirle a Candy lo que siento, soy capaz de cruzar el Atlántico en bicicleta!”

 

“No pensarás hacer algo inapropiado, ¿verdad?  ¡Quiero que respetes el lugar donde ella y yo crecimos!”

 

“Descuida… además, mi célibe hermanito no lo permitiría.”

 

“¿Qué hay del pastel?”

 

“¿En serio pensabas comértelo?”  Al ver que Tom fijaba su vista en el suelo, se mordió los labios para no reír.  “¡Entonces apresúrate!”

 

 

 

 

 

Poco después que Annie se marchara, Neil dijo a Candy:  “Pronto vendrá el chofer a recogerme…”

 

“¿Hace cuánto no conduces un auto?”

 

“¡Buena pregunta, ni yo mismo lo había pensado!  No recuerdo cuándo fue la última vez que…”

 

“¿De casualidad no fue el día del accidente?”

 

Neil quedó pensativo por un instante, hasta que alzó las cejas y se encogió de hombros en señal de derrota.  “¡Supongo que tienes razón!  No me había dado cuenta de eso, Candy.”

 

“¿Tienes miedo de manejar, Neil?”  Al no tener respuesta alguna, ella iba a ofrecer su opinión al respecto cuando Eliza Leagan abrió la puerta de golpe, seguida de un confundido Tom.  “¡Candy White!”, exclamó.

 

“¡Querrás decir Candy White Andley!”, aclaró su hermano.

 

Candy permaneció impasible ante la abrupta llegada de quien por años fuera la mayor causante de sus desdichas… y la responsable de que ella y Terry no permanecieran juntos en el colegio San Pablo.  Olvidando la presencia de Neil en la casa Pony, la miró con cautela.  “¿Qué se te ofrece, Eliza?”

 

“¡Candy, te juro que no tengo idea de qué es lo que pretende!”, indicó Tom.

 

“No te preocupes, amigo”, dijo Neil.  “Así es mi hermana, ¡impulsiva como nadie!”

 

“Me alegra que decidieras convertirte en sacerdote, y no sabes cuánto lamento saludarte en estas circunstancias”, dijo el cohibido granjero.

 

“Ahórrense el drama ustedes dos”, interrumpió Eliza.  “¡Acabo de hacer un descubrimiento y es preciso que Candy sepa por qué la odio!”

 

“Vaya…¡eso sí es muy interesante!”  Candy guiñó el ojo a los presentes.

 

“¿Crees que estoy bromeando?  Pues antes que comiences a pensar que estoy loca-“

 

“Eso yo lo sé desde el día que te conocí”, dijo Tom.

 

Eliza lo miró; sus ojos echaban chispas.  “¡Tu cállate, me vas a quitar la inspiración!”

 

“¡Habla ya de una vez, por favor!”, insistió Neil.

 

“Candy”, comenzó Eliza, “aún no me simpatizas, y dudo mucho que tú y yo nos sentemos a hablar alguna vez como dos personas normales;  sin embargo, no es sino hasta ahora que comprendo los motivos por los cuales me inspiras tanto desagrado.”

 

Neil tomó asiento.  “Esto se pone bueno…”

 

“Tu hermana tiene algo importante que decirnos a todos”, dijo Tom con seriedad.

 

“Cuando mi padre nos avisó a mí y a Neil que te llevaría a vivir con nosotros”, continuó Eliza, “…me sentí desfallecer.  El decía que yo necesitaba la compañía de una amiga, ¡y lo que él no entendía, o no quería entender, era que a quien más necesitaba era a él!  Si él apenas tenía tiempo para estar en nuestra casa y conversar con nosotros, ¿cómo yo podía compartir ese escaso tiempo con alguien más?  ¡No podía permitir que me robaras el cariño de mi padre!”  Intentó controlar el mar de llanto que se avecinaba; pero al buscar a Tom con la mirada, lo que vio en los ojos del chico fue una genuina e infinita ternura.  “Entonces tú también quieres mucho a tu padre”, dijo él.

 

Eliza no pudo más, y corrió a los brazos del fuerte y gentil ranchero, y sin pensar en lo que opinaran los demás, permitió que la envolviera en sus brazos, y dejó escapar toda su soledad en ahogados sollozos.  “¡Claro… que quiero… a mi padre!  ¡Me siento… tan… sola!”

 

“Me ofendes, hermana”, intervino Neil.  “Aunque yo haya sido un indeciso a lo largo de casi toda mi vida, eso no significa que haya colaborado en tus intrigas por puro amor al arte.  ¡La persona más importante para mí has sido tú!  No era mi padre pues apenas lo conocía; y aunque nuestra madre me sobreprotegía, no me brindaba la ayuda verdadera para salir adelante como hombre de bien, y mucho menos me ha prodigado cariño alguno.  Puedes decir lo que quieras sobre tu soledad, ¡pero yo siempre he estado aquí para escucharte y ayudarte!”

 

“Pero ya no vives con nosotros, sino en el seminario”, dijo ella con resignación.  Ya se estaba haciendo a la idea de que la conversión de su hermano al sacerdocio no era un acto de demencia pasajera.

 

“Neil, Eliza…”, dijo Candy, “esta conversación gira más en torno a ustedes que a mí.  ¿Han hablado con sus padres para decirles cómo se sienten?”

 

“Creo que por primera vez podremos hablar con nuestro padre”, contestó Neil.  “Pero me temo que no podemos decir lo mismo de nuestra madre.”

 

“Debió ser muy ventajosa para ella la ausencia de papá”, añadió Eliza.  “Así podía tener un control absoluto en la familia.”

 

“Tu madre también debe sentirse sola sin su marido”, comentó Candy.  “¿Qué les parece si hablan con alguno de ellos de inmediato?  ¡Hoy ustedes han hecho descubrimientos muy importantes en sus vidas y merecen compartirlos con sus papás!”

 

“¿Comprendes ahora por qué te odio?”, preguntó Eliza tratando de ocultar la pena que sentía.

 

“Creo que ya no me odias, pero no lo quieres admitir”, dijo Candy con una sonrisa, dejando entrever sus risueñas patas de gallo que hasta entonces permanecían escondidas bajo un manto de tristeza.

 

“¡Ni yo mismo había analizado mi actitud desde la perspectiva con la que nos has explicado todo, hermanita!”  Neil se rascó la cabeza. 

 

“¿Qué creías… que la vida en el seminario te iba a hacer más inteligente que yo?”

 

Todos rieron, y cuando el coche de los Leagan pasó a recoger a ambos hermanos, Candy observó a Tom con muchas interrogantes en sus ojos verdes.  El chico esquivó la mirada,  y fue entonces cuando ella supo con certeza lo que tanto se suponía mientras él estuvo al lado de Eliza minutos antes.  Está enamorado de ella…  Apartando sus pensamientos, salió una vez más en busca de la escurridiza vaca.

 

Buscó por todos lados: el corral de los cerdos, el terreno del señor Cartwright, la colina de Pony… ¡la res había desaparecido de la faz de la tierra!  Justo cuando se había dado por vencida y marchaba de regreso al hogar, oyó un escandaloso mugido.  “¡El padre árbol!”, exclamó.  Corrió con la misma agilidad adquirida en su infancia, y cuando llegó, el animal estaba recostado al pie del árbol, observándola con toda la tranquilidad del mundo… y junto a la vaca, una figura masculina se encontraba de espaldas a ella.

 

Sin poder creer lo que veía, la chica comenzó a pestañear varias veces. “Es una alucinación”, dijo ella en voz alta.  “¡Candy White, te estás volviendo loca!” Una capa roja cubría la silueta del hombre, cuya larga y oscura melena era ondeada por el viento de Lakewood.  Parecía contemplar la lejanía, y Candy contuvo los deseos de correr hacia él.  “¡Terry!”, gritó.

 

El joven se dio la vuelta sin emitir palabra alguna.  ‘No eres tú, Terry’, pensó la muchacha con desilusión.  ‘Y yo que pensé que venías a buscarme…’ Bajó la cabeza intentando despejar todo pensamiento de su gran amor inglés, y cuando alzó la vista nuevamente, el sujeto había desaparecido.  “Juraría que había alguien”, murmuró Candy, “¡y se parecía mucho a Terry!”

 

La señorita Pony terminaba de impartir su clase de ciencias cuando tropezó con una pensativa Candy, y junto a ésta, la vaca perdida.  “¿Te ocurre algo, Candy?”

 

La joven enfermera decidió salir de dudas.  “Señorita Pony, ese muchacho que ayer me trajo hasta aquí, mientras estaba dormida… Russell Bird… ¿cómo era?”

 

“¿Para qué preguntas eso?”

 

“Es sólo una curiosidad.”

 

“Si así lo dices… era alto, delgado, pelirrojo, cabello corto-“

 

“Gracias, ¡eso era todo lo que quería saber! ¿Me ayuda con la vaca, por favor?”

 

Desconcertada, la señorita Pony asistió a Candy llevando la vaca a su lugar.  Su niña había cambiado mucho desde ese penoso viaje a Broadway, ¡pero su comportamiento era cada vez más extraño!  ‘Mi hermosa niña… ¡cómo quisiera ayudarte!’, pensó.

 

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