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Aun en el tiempo y la distancia,… al final habremos de encontrarnos Capítulo 19

Capítulo 19    Déjame alcanzarte, para intentar volver a vivir

“Voy a tu encuentro, con el alma entre las manos y el corazón a flor de piel, esperando que lo estreches en tu pecho, y devuelvas a mi vida la luz que tu mirada me arrebató cuando por mi egoísmo dejé que te fueras… ¿aún tengo cabida en tu corazón mi amor?”

Terry Grandchester fumaba frente uno de los ventanales abiertos de su estudio, por el cual entraba el aire gélido de la tarde que arrastraba las volutas de humo que salían de sus labios. Desde que tenía quince años el cigarrillo era un vicio que entraba y salía de su vida con cada encuentro y desencuentro, aunque alguna vez Terry pudo ser tan estúpidamente optimista – con ese optimismo insensato que el amor regala – como para pensar que hasta podría dejarlo. Alguna vez, pretendió que una vieja armónica pudiera darle el mismo sosiego a sus labios. Ahora simplemente no podía… tal vez algún día el sabor del metal volviera a ser tan seductor como el del cigarrillo, pero por lo pronto él no lo creía posible. No cuando Candy ya no era un recuerdo agridulce, sino que su esencia nuevamente le mordía las entrañas en una herida profundamente dolorosa. Finalmente, era el cigarro el último amigo que lo acompañaba siempre con cada renuncia… aquel olor era un veneno agradable que si tenía suerte, lo mataría poco a poco. Lo dejaría vivir lo suficiente y sin embargo sería lo adecuadamente rápido para evitarle seguir pensando en ella por muchos años; sobre todo ahora que sabía que aquel “…también te amo…” escuchado de sus labios se había convertido en una sentencia que día tras día le recordaría que su pérdida era mucho más inmensa de lo que él había imaginado.

Afuera estaba nublado, y el viento helado calaba hasta los huesos el cuerpo del hombre que se había quitado la chaqueta para que el frío reptara inmisericorde por su piel a través de la delgada camisa. Terry tenía la mirada perdida en la lejanía, porque realmente lo que quería ver estaba en un lugar inalcanzable para sus ojos. Seguramente para estas fechas, Candy ya debería estar casada con Albert… y aunque él procuró no enterarse del día del enlace, la desesperación que desde hace días le recorría el cuerpo parecía gritarle que ella ya estaba casada, que compartía sus días y sus noches con Albert y que estaba ya irremediablemente perdida.

¡Demonios! Una furia intensa le hervía en las venas, y por eso había abierto la ventana para buscar que el frío de la tarde pudiera sosegar su ánimo, enardecido por la locura de unos celos inútiles. Sintiéndose tan herido, hasta pensó que hubiera sido mejor que nunca la hubiera vuelto a ver. Hubiera preferido guardar su recuerdo como aquella chica inalcanzable e imposible de su adolescencia, y no como la mujer compleja que sabiendo que lo amaba lo había abandonado para entregarse a su amigo. Era cierto que Terry mejor que nadie comprendía lo que significaba el abandono de un amor en aras del deber… pero que entendiera, no significaba que estuviera preparado para aceptarlo ni tampoco que estuviera listo para sentir día tras día la tortura que aquel abandono significaba, porque él sabía que no podía ser como Candy, que hacía sus entregas y sus renuncias plenamente decidida y sin mirar atrás. Él admitía que era un egoísta y que en su egoísmo, lo único que deseaba ahora era no volver a seguir pensando en ella… en Candy, que ahora era de otro. En Candy… que ahora era de su amigo.

Con las volutas de humo que salían de sus labios, también su corazón herido elevaba la súplica imposible de que pronto pudiera olvidar hasta el último de los gestos de ella… hasta el último caracol de sus rizos. ¡Cuánto deseaba no haber vuelto a verla jamás! ¡Cuánto deseaba arrancársela del alma!

Candy al fin había llegado a Nueva York después de tantos días de viaje, mientras la locomotora terminaba de llegar a la estación Candy pudo ver cómo la gente se iba amontonando frente del andén en espera de los viajantes que con el tren llegaban.

Al bajar del tren y recorrer los pasillos de esa vieja estación vino a ella una muy curiosa sensación al saber que ahora no había nadie que la esperara, y que ahora estaba sola entre desconocidos simplemente como un rostro más. Lo que si era igual a la última vez que pisó esa estación era que nuevamente llegaba cargada de miles de retazos de sueños, de esperanzas y de ansiedades.

Caminando entre el rió de gente llegó a la puerta de cristal para salir de la estación y la empujó para salir a la calle, hacía mucho frió así que se hundió más en su abrigo y subió las solapas de su cuello, para protegerse del frió viento que arrastraba las hojas a su paso. Parada en medio de la acera el ajetreo neoyorkino invadió sus sentidos, el ir y venir de la gente, la multitud de automóviles mezclados con los carruajes por las calles, los edificios altísimos, las familias que bajo las farolas se reunían entre risas y abrazos, la multitud de citadinos que envueltos en sus abrigos recorrían las calles, totalmente ajenos a las historias de los viajeros que llegaban en la estación. La ciudad le otorgó una increíble sensación de inmensidad, y temor, pero a la vez un terrible nerviosismo, al encontrarse ante la inmensidad de su propio destino.

Por un momento pensó si el buscar a Terry en ese momento era lo adecuado o si debía primero buscar dónde hospedarse, tomó un coche de alquiler, y como la noche pronto caería, decidió primero buscar algún hotel donde pasar la noche.

Sentada junto a la ventana observaba a las personas pasar por las calles mientras todos sus sentidos y pensamientos rondaban la misma pregunta, ¿Terry la aceptaría nuevamente en sus brazos después de aquel rechazo? No podía dormir, pues la impaciencia la mataba. Venía llena de sueños, dispuesta a entregarse de una vez por todas a ese sentimiento que desde su adolescencia llenaba su corazón, dispuesta a corresponder ese amor entregado por Terry en ese beso, dispuesta a quedarse para siempre a su lado. Pero la incertidumbre vagaba en su cabeza otorgando cierta angustia y alegría en ella.

 “Y yo te voy a esperar, y no me voy a pintar, yo sé que te gusto mucho cuando me ves natural, y llegaré tan puntual no quiero perder más tiempo, cada segundo que tardas es un beso que te resto… me pondré el vestido azul ese que te gusta más, dejaré mi pelo suelto para que baile en el viento, y en nuestra esquina de siempre el aire se ha perfumado, porque en todas las ventanas el amor se está asomando”

La mañana acababa de anunciarse con los tenues rayos de sol que entraban por su ventana. Despertó con una gran sonrisa en su rostro y con ese hormigueo inconfundible en su estómago. Ansiosa de salir en busca de Terry, se levantó cuanto antes y se duchó, no quería perder ni un segundo para salir en su búsqueda.

Estando en la habitación buscaba en su maleta el vestido más lindo que llevaba., era un lindo vestido azul, de mangas largas, y escote no muy pronunciado, un poco ceñido en el talle, lo usaría en contraste con un bonito abrigo blanco.

Mirándose en el espejo, se preguntaba a si misma como se arreglaría, pues iría a buscarlo y quería estar totalmente bella para volver a sus brazos, después de un momento decidió que no usaría ni una gota de maquillaje, pues este le cubriría las pecas y no quería que eso pasara, pues si de algo estaba segura que él amaba de ella eran sus pecas, dejó sus cabellos sueltos, tomó un pequeño bolso y salió rumbo a donde ensayaban los actores de la compañía Strafford.

Al caminar por las frías calles de Nueva York solo recordaba aquella vez en la que a su lado paseaba por ahí. Imaginando en que quizás esa ciudad pronto se convertiría en su hogar. Pensando y soñando que quizás al fin tendría un hogar, y una familia, al fin estaría a su lado y ya nada los separaría. Estaba llena de sueños, de ilusiones. Como en aquella tarde…

Pronto llegó a donde la compañía, al entrar se encontró con montones de actores que ensayaban una y otra vez. Había muchísimo ajetreo por los pasillos del lugar.

– Buen día señorita. – dijo acercándose a un pequeño mostrador.

– Buen día ¿en qué puedo ayudarla? – respondió amablemente la muchacha que parecía estar a cargo de supervisar la llegada de los actores.

– ¿Usted me podría dar información del Señor Terriuce Grandchester? ¿No sabe si ya llegó para ensayar?

La muchacha se extrañó de la pregunta, pero de inmediato contesto:

–- No señorita, el señor Terriuce no vendrá hoy a su ensayo, pero puede buscarlo en su residencia, o en su apartamento aquí están las direcciones. – dijo y le dio una pequeña tarjeta donde venían las direcciones del joven.

Candy tomó la tarjeta y salió del lugar.

Al salir se encaminó de inmediato a su apartamento, pues aun recordaba el camino, al llegar reconoció de inmediato aquel sitio, aunque solo una vez había estado ahí. Lo recordaba perfectamente, porque sencillamente era imposible olvidar nada de lo que había vivido al lado de Terry ¡ni siquiera un solo segundo! pues ese poco tiempo que había sido feliz a su lado, era el tiempo y los momentos que ahora le daban la chispa a su vida. Simplemente era imposible para ella y para su corazón olvidarlos, al encontrarse allí, ese sabor de la nostalgia la inundó de nueva cuenta, llenándose de temores, de volverlo a encontrar, de saber si él la aceptaría después de todo.

Dudó por un momento al estar de frente a la puerta sobre llamar o no, en ese momento todos los recuerdos que tenía del actor pasaron por su mente dándole la fuerza que necesitaba para de una vez para llamar a la puerta y así lo hizo, golpeó la puerta esperando que llegara él y al verla ahí de nuevo la aceptara gustoso en sus brazos.

Después de un momento al ver que nadie atendía, se comenzó a impacientar volvió a llamar un par de veces, hasta que un hombre que pasaba por su lado se acercó y le preguntó:

– ¿Señorita busca a alguien?

Al escuchar su pregunta Candy pensó que entonces seguramente Terry ya no vivía ahí y que lo encontraría en su residencia. – Si, busco a Terriuce Grandchester– Respondió.

El señor se extrañó por un momento y luego dijo:

– Me temo que no lo encontrará, el actor salió hace como una hora para la estación. Parece que estará varios días fuera de la ciudad.

Al escucharlo Candy se exaltó, pues tal parecía que su viaje había sido en vano.

El hombre vio el gesto adusto de Candy y le dijo:

– Pero quizá si va ahora mismo a la estación lo alcance antes de partir.

Al escuchar eso el rostro de Candy se iluminó ante la expectativa de poder alcanzarlo y salió a toda prisa del edificio, al bajar las escaleras volvió su rostro para dar las gracias al hombre con una amplia sonrisa. Al salir del edificio tomó el primer carruaje que pudo y al igual que aquella tarde en Chicago partió a toda prisa a intentar alcanzarlo antes de que partiera.

Sintiendo la certidumbre y un gran hormigueo en su corazón… recordando y repasando en su mente aquella promesa que se hizo a si misma aquella noche en Londres…

“Mientras estemos vivos en algún momento habremos de encontrarnos…”

… esperando y confiando que al fin se cumpliera.

Al llegar, bajó a toda prisa, y entró corriendo a la estación, miraba por todos lados tratando de llegar, buscando entre los miles de rostros ajenos aquellos ojos inconfundibles, que estaban cargados del mar de emociones que solo ellos lograban estallar en ella. Los sentimientos de Candy se volvían contra ella buscando los ojos de su verdadero amor. estaba totalmente absorta intentando reconocerlo entre la multitud que no pensaba en nada que no fuera verlo a él, sentía incesantemente la necesidad de cantar y danzar la melodía de Terry en su corazón ante la ilusión de alcanzarlo, soñando en que pudiera pasar, cargando con ella todos esos sueños que había tejido desde su juventud, esperando que hubiera llegado la hora de hacerlos realidad, de pronto el sonido de las campanas del ferrocarril al partir la alejaron de sus pensamientos y la trajeron a la realidad, lo divisó al fin, al otro lado del andén, estaba a punto de abordar el tren que empezaba a partir.

Corrió entre la gente tratando de alcanzarlo justo como en Chicago al tratar de pasar en medio de sus admiradoras para que la viera.

– ¡Terry! – grito desesperada. Al ver que este entraba al vagón y que el tren comenzaba a partir. –

Por un momento los oídos de Terry parecieron reconocer aquella lejana voz, pero creyó que era una jugada más de su imaginación., justo igual que esa noche en que la había dejado en Londres.

Candy se quedó parada en medio de la multitud, sintiendo que una vez más había llegado tarde… sintiendo que el amor y la felicidad se le esfumaban una vez más de las manos, sintiendo el peso de la derrota caer nuevamente sobre sus hombros.

Otra vez se había ido, otra vez teniéndolo tan cerca lo había perdido. En su mente pasaban una y otra vez esas palabras, esa promesa…

“Mientras estemos vivos habremos de encontrarnos…”

Esa promesa… la sentía como una cadena, como esa promesa que el tiempo y el destino se encargaban de disolver cada que todo parecía estar bien. Si, aún seguían siendo las piezas favoritas del destino, que jugaba una y otra vez con ellos haciéndolos perderse en cada encuentro, poniéndolos un sin fin de veces bajo la misma escena convirtiéndola en la escena indiscutible de la perpetua perdición… tal como la escena de Romeo y Julieta…

Siempre a pesar de todo seguirían interpretando a la perfección la discordia de estos, pues su amor seguramente siempre sería un amor imposible… sería ese amor que es como una persecución en la que solo se alcanzan para perderse nuevamente y para siempre…

“Pero no vino nunca, no llegó, y mi vestido azul se me arrugó y esta esquina no es mi esquina y este amor ya no es mi amor… pero no vino nunca, no llegó y yo jamás sabré lo que pasó, me fui llorando despacio me fui dejando el corazón…”

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8 comments

  1. noooooooooooooooooo!!!!!!!!!! me corto las venasssssss

  2. haaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa 🙁

  3. por que,,,,porque no encontrarse de una buena vezzzzz

  4. owwwwwwwww q tristeza abuuuu
    nunca se encuentran, el destino no es justo con a vida de ambos
    y lo ultimo el ultimo verso lo sacaste de la cancion mi vestido azul de floricienta verdad, q gran detalle, esa parte era perfecta para estar ahi

  5. triztemente sienpre fue asi el destino los separaba de algun modo u otro en canbio a candy y a albert los unia aunque duela aceptarlo el destino es sabio

  6. lo que escribiste es de la cancion de floricienta,”mi vestido azul” me encanta esa cancion y me encanta tu historia muy bien escrita, me tienes emocionada

  7. me encanta la cancion… pobre Candy porque el destino es tan cruel…porque?

  8. Debería quedarse sola, no quiso a ninguno de los dos

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