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Aun en el tiempo y la distancia,… al final habremos de encontrarnos Capítulo 18

Capítulo 18      Nuevamente en soledad

 “Ven a mí, que a partir de mañana otro hombre será el dueño de todo lo que más adoro, el dueño de tu alma tu cuerpo y tu amor. Ven a mí, que no sepan tus ojos que es la última vez que tus labios me besen, que tu cuerpo me abrase, que tu vientre reciba mi último adiós…”

 Al verlo así, ella pudo ver sus ojos cristalizados, sabía que aun el bueno y fuerte de Albert sufría con esto…

– Adiós, Candy… – dijo entonces Albert, ya de espaldas a ella, saliendo de la habitación…

Ella salió desesperada pero solo lo vio perderse entre los jardines sin mirar ni una sola vez hacia atrás… ella todavía no podía entenderlo… pero luego recordó todo lo que Albert había hecho siempre por ella, protegiéndola en nombre de los Andley, y el suyo propio velando siempre por su bienestar y su felicidad. Y ahora que se había marchado le demostraba cuanto le importaba su felicidad aún a costa de la propia.

Recordando su gesto, Candy se sintió indigna de un cariño como el de Albert, sobre todo cuando ella se había comportado tan egoístamente al evitar enfrentarse con sus propios remordimientos y en cambio, había preferido enfrentar a Albert con el dolor de saber que ella no se quedaba a su lado por amor. Lo había lastimado. Candy estaba convencida de que todo había sucedido porque ella en su infinita soberbia había creído que podía manejar los hilos del destino para causar el menor daño posible. Pero por más buenas que fueran sus intenciones, finalmente ella había terminado por lastimar y alejar a Albert con su falta de sinceridad; y por lastimar y perder a Terry, escudada tras un vano deber. Se sentía ahora tan culpable por haber tomado decisiones erradas subestimando a Albert e ignorando el sentir de Terry, que de pronto creía no tener ánimos para tomar ninguna otra decisión más.

 “Que me digas que ahora el amor sabe mal… Que me digas que el sol va a dejar de alumbrar… Es querer renunciar a los sueños de ayer… Es mirar la montaña y decir no podré superar esta prueba que puede matar, cuando estas justo ahí de poderla alcanzar…”

Había pasado poco más de un mes desde le partida de Albert y el clima estaba cada vez más frío, con los ventarrones que arrastraban como mariposas muertas las ultimas hojas caídas del otoño. Los días tenían un dejo gris y lejano… mientras que en el aire flotaba un ambiente melancólico y sombrío en el que Candy solía hundirse, mientras miraba por las tardes el reflejo de su propio rostro triste que le devolvían los cristales de su habitación.

George se había encargado de cancelar definitivamente la boda entre ella y Albert; y aunque toda la alta sociedad de Escocia – y sobre todo la aguerrida prensa–, preguntaban insistentemente el motivo que había llevado a los Andley a suspender el enlace, el silencio envolvió los motivos reales de la separación. Lo único que se supo sin duda alguna fue que Sir William Andley había abandonado el país en pos de alguno de sus múltiples negocios, pero nadie sabía si como víctima o verdugo de aquella separación.

Candy no había salido de su habitación en días llorando noche y día, al sentirse culpable por el terrible dolor que le había causado a Albert, lamentándose una y otra vez su infinita soberbia. Pensando y dando vueltas en su cabeza buscaba como una autómata la que hubiese sido la mejor solución.

Buscaba la explicación de por qué no había podido enamorarse de Albert, lamentando haber cometido ese error en aquella lejana noche en Nueva York, y es que no podía entenderlo de otra forma, esa lección en su juventud había sido algo que ahora tras varios años de por medio aun dolía en su ser y seguía destrozando una y otra vez su alma.

Ahora comprendía que estaba totalmente sola, pues Albert se había ido y también había perdido a Terry. Por ese error, por esa jugada del destino, había terminado por perder a esas dos personas mágicas en su vida. Quedando totalmente sola.

Y recordando esa pequeña frase que había pronunciado en ese último paseo con Albert.

“Se había vuelto una cobarde”

Al igual que aquella frase pronunciada por Terry en pos de su último adiós:

“Albert merece saber. Es tu amigo…”

Y por eso su corazón estaba destinado a estar solo, pues por la falta de honestidad y de valentía para afrontar con la verdad esa realidad había perdido todo lo bello en su vida, de hoy en adelante solo existiría ella en su vida. Todos esos sueños de ser irremediablemente feliz habían quedado en nada, nuevamente se habían esfumado en la inmensidad del invierno.

“Y ahora somos todos como extraños que se van sin más… como extraños más que van quedándose detrás”

Después de varios días, Candy por fin había decidido encarar su nuevo destino, y animándose un poco más en su ánimo decidió salir de su habitación.

Archie y Annie, habían decidido guardar silencio en torno al tema para evitar más tristeza en la mansión.

La llegada del primogénito Corwneld estaba ya a la vuelta de la esquina, pues el vientre de la señora Corwneld cada día se notaba más lleno de vida y más redondeado. La impaciencia comía a ambos padres quienes a pesar de la tensión vivida en la mansión a partir de la salida de Albert y la tía Elroy de Escocia, se les notaba en la mirada esa gran ilusión solo experimentada ante la incertidumbre y alegría de la llegada de un nuevo ser a sus vidas.

“Pero no vino nunca no llegó, y mi vestido azul se me arrugó y esta esquina no es mi esquina y este amor ya no es mi amor… me fui llorando despacio, me fui dejando el corazón…”

Candy después de decidirse a salir por primera vez, acudió nuevamente a ese lugar mágico en el que tantos momentos había compartido con él. El lugar estaba cubierto de nieve y sus ojos se llenaron de lágrimas imaginando que nuevamente podía mirar en la nieve las huellas de Terry que se perdían en la distancia. ¡Justo como aquella fría tarde en el hogar! ¡Él también se había ido tan derrotado! Terry le había abierto una vez más su corazón, con esa forma impetuosa que tenía de vaciarlo de un solo golpe cuando vencía su propia cautela; pero una vez más ella lo había rechazado, tal y como hizo aquel día en ese mismo lugar cuando tras la entrega de su primer beso, terminó por responderle con una bofetada.

¡Qué dolor tan profundo!, ¿cómo podía olvidar todo lo vivido? Si cada rincón, cada espacio tenía su esencia, su presencia…

Los días pasaron, y pronto la espera de los Corwneld llegó a su fin. Una fría noche de enero, tras una gran incertidumbre, y cuidado por parte de la partera de la familia y un poco de la ayuda de Candy. Llegó a los brazos de Annie y Archie el esperado Alistear Corwneld Britther. Provocando en esta la incomparable dicha que solo puede manifestar una madre, cuando por fin después de nueve meses de espera tiene entre sus brazos a esa criaturita fruto del amor profesado a quien por siempre será el amor de su vida.

Después de la ardua labor del parto, Candy observaba a su amiga tras la ventana de su habitación arriba de un gran árbol contándole al cielo los nuevos secretos de amor del que en ese momento era testigo.

Tras la ventana podía observar claramente a Annie que descansaba sobre los grandes almohadones de su cama con el semblante pálido y los ojos ojerosos, sus largos y oscuros cabellos descansaban extendidos sobre las almohadas dándole un aspecto vulnerable y etéreo. Un pequeño bebé envuelto en sábanas dormía placidamente totalmente ajeno al ajetreo del mundo al que acababa de llegar.

Annie miraba a su hijo con un tierno gesto en su rostro cargado de emociones de ternura y amor para su pequeño, pero sobre todo en su rostro radiaba una singular alegría imposible de ocultar.

Archie se acercó pronto a ella acariciando suavemente sus cabellos y tomando dulcemente entre sus brazos a su esposa y a su hijo. Un brillo especial irradiaba esa familia en ese momento. Ambos eran felices.

Candy claramente de daba cuenta de ello. Al verlos imaginaba lo contentos que debían estar Anthony y Stear en el cielo viendo tan feliz al tercer caballero de Lakewood.

Al recordar a Stear no pudo evitar pensar nuevamente en Paty que otra vez se había marchado… ¡su gran amiga Paty! Ahora la entendía tan bien… pues ahora ella también experimentaba lo que era perder a aquel quien había sido y siempre seria el amor de su vida.

El tiempo pasaba y la cuarentena obligada había concluido, con la estadía en la villa en la compañía de sus grandes amigos, Candy disfrutaba cenar a diario en familia en el cálido comedor que la familia Corwneld le proporcionaba, al sentarse a la mesa y compartir ese momento con ellos, sentía ese calor que solo una familia es capaz de brindar. Aunque al pensarlo así descubría que ellos eran solo una familia prestada y que pronto tendría que regresar a Chicago a enfrentar la cruda realidad de encontrarse sola… y tomar nuevamente las riendas de su vida.

Pronto, como invocándolo, el día llegó y el viaje de vuelta a sus vidas comenzó. Todo lo vivido en Escocia no había sido más que un bello paréntesis.

Candy volvió a su antiguo hogar el pequeño departamento en el que había vivido al lado de su gran amigo Albert. ¿Cómo había podido permitir que las circunstancias se hubiesen dado de esa forma? ¿Por qué no había sido sincera con aquellos dos hombres que significaban todo para ella? Se preguntaba constantemente en la soledad de su hogar. Y como una ayuda a salir de esa desesperante soledad que la agobiaba, decidió regresar a su turno en el hospital, para por lo menos despejar su cabeza con las nuevas cosas y caritas sonrientes que veía día a día en el área de pediatría en la cual había sido asignada a su regreso. El tiempo pasaba volando y sin darse cuenta el invierno llegaba a su fin.

Nuevamente tomando las riendas de su vida, solía ir después de su turno en el hospital a visitar a Annie y al pequeño Stear a la mansión en Chicago, ya había pasado mucho tiempo y aun no recibía noticias de Albert, la tía abuela había regresado a Chicago pero él aun seguía en Canadá, y Candy empezaba a hacerse a la idea de jamás volver a verlo, lo cual solo acrecentaba su lamento diario por la pérdida de alguien tan valioso como él.

En las revistas de espectáculo, Candy se enteró también del gran éxito que seguía teniendo Terry en las representaciones de su nueva obra de teatro. Saber eso de algún modo le devolvía en cierto modo la alegría a su vida. Pues Terry después de tanto tiempo nuevamente alcanzaba su sueño de ser un gran actor. De repente al pensar en ellos vino a ella aquellas promesas y sueños que en su adolescencia concebía al imaginar una vida en común con él, y es que al fin y al cabo, ahora que ya eran adultos le correspondía mirar atrás aquellas promesas no pudo evitar meditar en cómo de todos sus sueños solo uno se había cumplido, pues ahora era una enfermera y esa necesidad de ella por ayudar al desvalido como un acto noble impulsado por su ser se saciaba día a día al dar en su trabajo lo mejor de sí.

Con el tiempo la joven avanzaba más en conocimiento y acataba mayor experiencia, pero aun con todo esto estaba sola, todos esos sueños se habían esfumado con la fría nieve del invierno, y ahora de todos esos grandes y maravillosos sueños solo le restaban los recuerdos de lo que podría haber sido.

El invierno parecía salir poco a poco, y las noticias de Albert no llegaban, era obvio que había regresado a su vida de viajero discreto, pues no le había escrito ni a ella ni a nadie, ni siquiera el buen George había tenido noticias de él. Seguramente volvería a ser como en aquella época ese amigo misterioso. Pero por lo menos en aquellos días escribía de vez en cuando… a veces como el incógnito tío William y otras tantas como el vagabundo y buen amigo Albert.

Al recordar eso con nostalgia aceptó que quizás también esas cartas cesarían para ella.

La noche llegó y ya estando preparada para entrar su cama como era costumbre antes de llegar el sueño llegaron los recuerdos, caminó hacia su ropero y de un pequeño cajón saco su cofre de tesoros, tesoros reliquias y recuerdos con los cuales podía entretejer el lienzo de su vida.

Sentada sobre la cama, Candy levantó la tapa y re-descubrió sus recuerdos, aquellos que siempre la esperaban. Recorrer los objetos de esa caja era hacer un recuento de las pérdidas que había tenido que enfrentar a lo largo de su vida: Candy tomó el crucifijo que le había dado la Señorita Pony aquel día de finales de invierno, cuando por primera vez ella se separaba del hogar que hasta ese entonces había llenado todo lo que había sido su universo infantil. Luego estaba la foto de Anthony. Él fue la primera persona que ella perdería irremediablemente… Candy era una niña entonces, pero el saber que su amado Anthony se había ido sin una despedida y sin una esperanza de retorno, había resquebrajado también su universo de cuento de hadas. Al irse Anthony, Candy comprendió que la gente buena también se iba. Recordar aquella última mirada de Anthony fue como haber visto la muerte a los ojos, que le decía que hasta la gente que ella amaba partía sin retorno. Lo mismo sintió al abrir la cajita de Stear que Paty nuevamente le había dado y escuchar aquella música cristalina que brotaba de ella…

Las cartas que Terry le había mandado durante sus épocas de estudiante de enfermería, llenaban la mayor parte de la caja de sus recuerdos.

Candy paseó sus dedos por esas hojas, que ya estaban un poco desgastadas por las lágrimas que a veces había vertido sobre ellas de tanto tocarlas al releerlas una y otra vez, recordando aquellos momentos tan felices cuando fueron escritas… ella solía releerlas día tras día después de la separación en las escaleras de Nueva York, hasta que un día cansada de llorar las había guardado junto con el resto de los recuerdos que señalaban sus pérdidas. Cinco años atrás, Candy había creído que Terry también se había ido para siempre…

Bajo todas las cartas, Candy descubrió finalmente el brillo inconfundible del broche insignia de los Andley que para ella simbolizaba el Medallón de su Príncipe. Lo había guardado junto con sus recuerdos, aunque siempre había tenido la confianza de que aunque todos sus amores entraran y salieran de su vida, la única cosa inamovible de ella siempre sería su príncipe, su protector, su amigo… pero ahora mientras tomaba el broche entre sus manos, Candy se dio cuenta que finalmente, hasta Albert se había ido…

Volvió a dejar el broche entre las cartas de Terry, preguntándose si siempre tendría que vivir de sus recuerdos y continuaría agregando objetos a esa caja. Si siempre continuaría añorando a la gente que se iba. Cerró la caja y la puso sobre el buró, mientras la pregunta siguió dando vueltas por su mente hasta que se quedó dormida.

Al día siguiente se levantó temprano dispuesta a salir a la calle a dar el primer paso que le devolvería su vida. Se dirigió muy temprano a la casa Corwneld, recibida por una doncella entró a buscar a Annie, pero al estar en el recibidor escuchó una hermosa melodía que llegó hasta sus oídos. Era el sonido delicado de una melodía al piano tocada con total virtuosismo, que Candy no tardó mucho en reconocer la forma de tocar de Annie. Se dirigió hacia el saloncito de música para contarle sus planes y cuando entró, vio que efectivamente, su amiga estaba al piano concentrada en los acordes que surgían de sus dedos. Tocaba con los ojos cerrados y una sonrisa relajada en el rostro… Candy podía sentir como transmitía toda su felicidad a través de la música.

Cuando Annie dejó de tocar, Candy le dedicó un aplauso y ambas se sonrieron. La rubia caminó hasta su amiga, quien le hizo lugar en el taburete para que se sentara a su lado.

– Tocas muy bien, Annie. Hacía mucho tiempo que no te escuchaba… deberías hacerlo más seguido.

– Gracias, Candy. Me gusta mucho hacerlo, pero ya en los últimos meses del embarazo me resultaba un poco molesto sentarme al piano – Annie sonrió –Ahora el pequeño Stear disfrutará la música desde fuera.

– Te ves muy feliz, Annie.

– Es porque lo soy – aceptó ella – Y tú también deberías serlo, hermanita. Siempre tan preocupada por los demás que te olvidas de ti misma… eso no es sano, Candy.

Candy suspiró pesadamente, agotada desde los últimos días por las intensas emociones que había vivido. Sin embargo, poco a poco comenzaba a sentirse más tranquila y a reflexionar sobre el nuevo cauce que tomaría su vida.

Annie vio el gesto adusto de Candy y tratando de animarla a volver a ser feliz dijo:

– Candy… ¿por qué no le escribes a Terry?

Ella sonrió sombría.

– ¿Para decirle qué cosa? Fui muy cruel con él. Primero le dije que lo amaba y luego le pedí que se fuera de mi vida… ¿qué más puedo pedirle ya?

– Dile que lo amas. Eso bastará.

– ¿Crees que él me escuche a pesar de todo? Es un hombre muy orgulloso.

– Yo no sé lo que haya pasado todos estos años con Terry. Sólo se que a pesar de lo hermético que suele ser, tú eras la única capaz de ver en su interior. Creo que todavía es así. Piénsalo Candy, ¿crees que él te escucharía?

Candy bajó la vista, soñando con la idea de que Terry volviera por ella. Por un momento, estuvo segura de que él le abriría los brazos pero inmediatamente la desesperanza la invadió nuevamente… ¿qué tal si todo era un sueño fabricado por sus anhelos? ¿Qué tal si él no quería verla nunca más, después de su rechazo?

– De todas formas – prosiguió diciendo Candy, evitando pensar en el temor que le daba haber perdido a Terry nuevamente y para siempre. Pensó que renunciando ella misma no tendría que sufrir la renuncia de él –- cada vez que salgo a la calle los reporteros me siguen por todas partes olfatean hambrientos tras el escándalo… ¿qué crees que pudiera pasar si Terry volviera por mí? Ya lastimé los sentimientos de mi amigo… no puedo además destrozar su reputación.

– ¡Candy! Eso es algo que nunca te ha importado.

– Pero me importa ahora por Albert. Le debo al menos eso… dejaré pasar los días. Tampoco sé si sea tiempo de escribirle a Terry… no sabría que decirle…

Annie la miró, impaciente.

– Candy ya basta, sigues tan enjaulada, Candy. Tú no eres así. ¡Libérate!

Con esas palabras, ella recordó la frase que Albert le había dicho:

“Sólo es digno de la libertad aquel que sabe conquistarla cada día”.

Y ahora ella estaba dispuesta a eso: a luchar por hacerse merecedora de su libertad, pero no sabía cómo hacer para no caer nuevamente en los errores del pasado…

Ambas se quedaron en silencio por un momento. Realmente, el silencio se debió a que Candy pensaba frenéticamente la mejor solución a tomar para libertarse de la jaula en la que se sentía agobiada. ¿Desde cuándo se había vuelto tan cobarde? ¿Desde cuándo perseguir su felicidad y la de los suyos era una tarea que podía postergar? Sin embargo recordó ese último paseo al lado de Albert y recordó lo que le había prometido

“Jamás vuelvas a sentirte culpable por las penas de los demás”

Annie la miró impaciente esperando una respuesta. Sin embargo por toda respuesta Candy levantó su rostro sonriendo y dijo:

– Annie,  iré a Nueva York… a buscar a Terry…

– Así me gusta, decídete Candy y deja que esta vez sea tu corazón no tu razón el que hable por ti.

Después de pedir el correspondiente permiso al hospital, Candy llegó a su departamento a empacar, en medio de sus cosas encontró su vieja maleta, aquella que la había acompañado en todos sus huidas desde que era una niña… ya estaba un poco maltratada por todos esos años de compañía y esos interminables viajes, pero a ella no le importaba, no podría salir con ninguna otra para ese viaje. La maleta era pequeña pues en ese entonces sus pertenencias eran pocas, sin embargo Candy decidió que también para este viaje su equipaje seria ligero, como el de aquellos días. Concluyó, que a partir de ese momento nacería nuevamente y ahora se marcharía con la vista hacia en frente. Volvería a hacer la Candy White que un día hacia tantos años había llegado a Lakewood con su maleta repleta de sueños; ahora su equipaje estaría lleno no solo de sueños como en aquella ocasión, sino que también llevaría sus amores y sus recuerdos…

Después de guardar sus pertenencias, se quedó por largo rato contemplado el cofre de sus recuerdos que había dejado en el buró. Finalmente decidió también guardarlo en la maleta para llevárselos con ella. Al fin era la única cosa indispensable de su equipaje.

Después de un momento bajó para tomar un carruaje que la llevara a la estación, y al salir de su apartamento se encontró con Archie, quien había ido a llevarla él mismo a la estación.

– Así que te vas a Nueva York – le dijo Archie quedamente, como un reproche. Tenía el gesto grave – Vas a buscarlo a él.

Candy asintió, resuelta.

– Sí, Archie. No me detengas por favor. Sé que Terry no es precisamente tu persona favorita, pero yo lo amo… si queda alguna felicidad en mi vida, es sólo la que puedo encontrar a su lado.

El lamentó haberse escuchado tan cortante ante la rubia.

– No voy a detenerte, Candy. Annie me llamó para explicarme que no podría despedirte sin llorar… y aquí estoy yo, para llevarte a la estación.

– Archie…

– El no me importa, pero tú sí. Y siempre he deseado que tú seas feliz.

Candy le sonrió aliviada, dejando traslucir todo el cariño que sentía por aquel que había sido un chico orgulloso e impaciente, pero también todo un hombre para soportar estoicamente los golpes de la vida y que aún seguía siendo el mejor de los amigos. Archie tomó su maleta y la acompañó al carruaje que los llevó a la estación.

Cuando llegó la hora Candy subió al tren pero no entró a tomar asiento, sino que siguió parada afuera mirándolo desde la barandilla del vagón.

– Es hora de irme – le dijo ella.

Archie hundió las manos en sus bolsillos, y miró al suelo sintiéndose incómodo. No parecía seguro de las siguientes palabras que estaba por decir, pero no podía postergarlas por más tiempo. Finalmente se decidió.

– Dile a ese tonto actor que te cuide y que te haga feliz.

Al escucharlo Candy sonrió.

El tren empezó a avanzar, en medio del silbido de la locomotora y rodeado por la luminosidad de la tarde.

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11 comments

  1. ME HUBIERA GUSTADO MAS SI HUBIERA IDO A BUSCAR A ALBERT Y NO A ESE………….. TERYY EN FIN ???

  2. seeeeeeeeeeeeeee eso essssssssssss k mande todo a volar y ya k se valla con terryyyyy porfavor grasias y espero miuy pronto la continuaciuonnnnnnn jajja grasiasssssssss

  3. Soy una fans d candy desde q era una nina.no pude ver en q terminaba y al encontrar este sitio donde puedo seguir donde m quede es fabuloso,estoy feliz d q esto exista.

  4. hola sakura oye mediste un gran susto al pensar que archie se le declararia de nuevo a candy…. pero a la ves fue un gesto muy lindo de archie al desearle ser feliz con terry ahora a esperar el reencuentro de esos chicos maravillosos se lo merecen despues de tantos sufrimientos y no te olvides de conseguirle una buena chica a albert despues de dejar a candy libre a costa de su propia felicidad se lo merece ,,a esperar el siguiente capitulo ,,,, chao

  5. waaaaaaaaaaaaaaaa ke emocionte!! sigue asi eres una exelente escritora felicidades!!!

  6. haaaaaaaaaaaaaaaaaaaa ya quiero leer el siguiente capitulo hojala se a el reencuentro tan esperado gracias por escribir tan bonito felicidades 🙂

  7. ya yayaa estoy esperando la continuaciòn gracias por tu trabajo …

  8. Que lindo por fin candy se decidió ser libre otra vez sin que le preocupe el que dirán de los demás, es fascinante leer esta historia Sakura me gusta mucho todo lo describes muy bien, esperare la continuacion…

  9. BUENO EL AMOR ES ASIII Y POCOS TIENEN EL VALOR DE RECUPERARLO NOCREEN

  10. Wao.si.que.me.has.conquistado,
    llore.con.este.cap.

    La.serie.de.Candy.Candy
    es.maravillosa.en.especial.Candy
    y.merecia.terminar.con.Terry.

    Esperaremos.con.ancias.la.conti.

  11. camil@ben bellaka

    buuuuuuuuuuuuuuu

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